El reino de las bestias

El martes no se comentaba otra cosa que los pitidos, abucheos e insultos que había recibido el presidente del gobierno a su llegada al desfile del  Día de la Fiesta Nacional y de las Fuerzas Armadas. Se comentaba en medios derechófilos con la evidente intención de reforzar en los cerebros despistados la idea de que los españoles no quieren a su presidente. Se comentaba en las redes sociales repitiendo insultos con la misma intención o insultando a los que habían insultado para afear su falta de respeto al presidente, a las instituciones allí representadas y al evento en general. Y se volvió a comentar al día siguiente en el Congreso en la Sesión de Control al Gobierno. El inefable Casado, jefe de la oposición más antagonista, antidemocrática y antipatriótica que ha conocido el país desde las trifulcas en la República previas a la guerra civil, recordó a Pedro Sánchez «lo que dice la calle de usted». ¿Qué calle? La sinécdoque obviamente se refiere a los grupos más o menos numerosos de gente mal llamada de derechas que se apuntan a cualquier evento del PP o de Vox para armar follón contra las izquierdas. Esa gente no son de derechas; ni siquiera saben lo que son las derechas y las izquierdas. Esa gente son del PP o de Vox, los partidos de la mala leche. Esa gente son, simplemente, perdedores que desahogan su frustración atacando a quien triunfa cuando algún charlatán les mete en la cabeza que el que ha triunfado es el malo. La «calle» en España, el Capitolio en los Estados Unidos, cualquier sitio de cualquier país sirve para desahogar el descontento de los fracasados que necesitan sentirse integrantes del grupo de otros fracasados, unidos todos en el propósito de aplacar su sensación de fracaso con la ira. Las imágenes de los gritones que insultaban al presidente me hicieron recordar a aquel loco que en la película Cinema Paradiso iba por la plaza del pueblo gritando «La plaza es mía», mientras intentaba ahuyentar a la gente pacífica que pasaba por ahí. Ese loco sumado a cualquier número de locos que, por un motivo u otro, intentan adueñarse de las calles, de las plazas, de los Capitolios, parece que quisieran vivir en un  mundo de bestias creado por los líderes de la derechas que quieren instaurar un reino de bestias. En estos momentos aciagos que nos ha tocado sufrir,  muchos nos preguntamos con preocupación, ¿lo conseguirán?

El día de la Fiesta Nacional que minúsculas hordas transforman, una y otra vez, en el día de pitidos y abucheos al presidente del gobierno cuando preside un gobierno de izquierdas, los políticos y los medios que valoran más su «conservadurismo» que los símbolos de la patria  y los intereses reales de los ciudadanos se preparan para montar la propaganda  contra el gobierno que un día, esperan, conduzca al poder a los unos y permita a los otros ganar los beneficios que produce controlar al poder. La apoteosis que los «conservadores» esperaban este año se redujo a unas pocas decenas de gritones, pero siguió siendo una apoteosis para los políticos y los medios que utilizan en su propaganda  a la mentira como expresión más eficaz para convencer y alterar al personal. Esa apoteosis debía pasar por la afirmación de Casado en el Congreso de que «la calle», todas las calles de España rechazan al presidente del gobierno, y debía culminar con una entrevista televisiva a Pedro Sánchez conducida por un periodista camaleónico del que nadie sabe a ciencia cierta de qué pie cojea, pero a quien nadie niega el talento para producir espectáculo.                     

La entrevista, como espectáculo,  resultó un fiasco, tan fiasco como el de «la calle». Pedro Sánchez, en el que todos los españoles han tenido tiempo suficiente para ver a un presidente, a un hombre comprometido exclusivamente con el gobierno  del país, no monta ni se presta a espectáculos ni en mítines ni en discursos ni en conferencias de prensa ni en entrevistas. Suponiendo que las preguntas de la prensa buscan respuestas sobre la política de su gobierno, Pedro Sánchez responde a la prensa con información sobre la política de su gobierno. En vano le pinchó Ferreras con algunas preguntas dirigidas a sus nervios para hacerle saltar. Sánchez respondió impertérrito y sin ninguna inconveniencia a preguntas sobre los abucheos, la oposición y hasta el rey emérito. Las preguntas de Ferreras sobre los tres asuntos iban más dirigidas a obtener material para el chismorreo que información. El presidente demostró que el chismorreo no es lo suyo respondiendo a esos asuntos tan en serio como a todo lo demás. Ese comedimiento hizo que lo más llamativo de la entrevista  fuera el momento en que Ferreras, por primera y última vez,  interrumpió a Sánchez notoriamente.  Cuando el presidente empezaba a destacar la necesidad de la unión de todos los españoles, oposición incluida, en la lucha contra la crisis sanitaria, económica y social que todos padecemos, Ferreras le interrumpió sin miramientos. Llamar a los españoles a la unidad; llamar a la oposición a colaborar con el gobierno para resolver los problemas del país es lo que, en estos momentos, cierta prensa no puede consentir. Llamar a la unidad, a la colaboración es lo que hacía Merkel, lo que hace Biden, lo que hace Pedro Sánchez. Es lo contrario de lo que necesitan las tres derechas españolas y las de otros países para triunfar. Estamos en la era del trumpismo, de la mala leche, del cabreo. Los políticos entregados al trumpismo entienden y predican que la humanidad quiere retroceder a la vida sencilla del reino de las bestias y que los políticos de buena voluntad, aquejados de lo que hoy se llama peyorativamente buenismo, son un obstáculo que impide volver a aquel reino que se regía, sin complicaciones, por la ley del más fuerte. 

Para los «conservadores» no cabe duda de que la ley del más fuerte es la más justa. Lo que ese tipo de conservadores quieren conservar es el derecho que la naturaleza, desde la creación del hombre, otorgó a los físicamente más fuertes y que la evolución de la especie transformó en el derecho de los más listos que han conseguido mayor poder. Ese derecho natural es el de sojuzgar a los física o económicamente más débiles. Ya pueden los legisladores prohibir y penalizar la violencia contra las mujeres, por ejemplo. Para la justicia natural, un hombre puede derribar a una mujer de un puñetazo sin dificultad gracias a la testosterona con que la naturaleza le dotó estableciendo la fuerza bruta como diferencia primordial entre un hombre y una mujer. Penalizar una decisión de la naturaleza es la mayor injusticia. Claro que el hombre ha evolucionado. En algún momento de la evolución, la inteligencia consiguió que los hombres más listos se impusieran sobre los demás acaparando tierras y riquezas. La naturaleza quiso que la estrategia superara a la fuerza. Todas las leyes que se han promulgado y se siguen promulgando, en nombre de una falsa moral, para regular las estrategias que permiten a los más listos  acaparar riquezas y poder son leyes antinaturales. La moral es un invento de pensadores. La naturaleza no conoce la moral.

Esta doctrina es, evidentemente, la más sencilla de entender y la más avalada por la realidad. Ofrece, hasta al más ignorante, una explicación del mundo tal como es y una disculpa  a todos sus fallos. No debe sorprender, por eso,  que los ignorantes la abracen con el mismo fervor con el que los muy religiosos se adhieren a lo que aceptan como palabra de Dios. 

Todos los psiquiatras y analistas políticos americanos libres de obediencia a Trump y a su partido hoy concluyen  que el trumpismo  se ha transformado en un culto. En ese culto se venera el mito del buen salvaje en el sentido rusoniano, con todas las contradicciones de Rousseau. «El hombre nace bueno y la sociedad le corrompe» decía el filósofo defendiendo la libertad absoluta mientras proponía el contrato social para dar el poder absoluto de regular las relaciones a lo que él llamaba la voluntad general. ¿Y quién decide la voluntad general? ¿Quién la traduce en hechos? Para los defensores de la ley natural, la autoridad la debe ejercer quien se demuestra capaz de concebir las estrategias más adecuadas para obtener su propio beneficio. Como un artículo no basta para analizar asuntos filosóficos en profundidad, éste debe limitarse a saltar a la conclusión que más nos importa por las amenazas que los conservadores primitivistas suponen para la democracia, para nuestra mismísima humanidad; conclusión que Voltaire expresó en respuesta a una carta de Rousseau: «…Jamás se desplegó tanta inteligencia para querer convertirnos en bestias».     

¿A alguien le cabe la menor duda de que esa es la intención de quienes intentan bestializarnos con mentiras que contradicen a la razón, de quienes quieren convertir a nuestro país y al mundo entero, si es posible, en un reino de bestias? La belleza, en el sentido platónico, se ha convertido en antigualla.  Hoy triunfa la fealdad en el arte y en todas las manifestaciones de la cultura. Triunfa el terror en literatura y en películas. En la vida cotidiana, triunfan la automatización y las relaciones virtuales. El propósito de quienes han logrado transformar la sociedad en multitudes de irracionales que babean ante los inventos tecnológicos que les alejan, cada vez más, de las cualidades  inherentes al género humano, es ganar dinero bestializando las conciencias porque es el dinero el que otorga el poder; es conseguir sociedades de súbditos bestias que obedezcan a los que tienen poder y no exijan más de lo que cualquier bestia exige: que les permitan llenarse los estómagos. Como la Miranda de Shakespeare en La Tempestad, que alucina viendo a unos marineros borrachos  porque nunca había visto más hombre que a su padre, hoy ya son muchos, demasiados los que  exclaman como ella,  «Oh, maravilla…Oh valiente nuevo mundo el que tiene gente así».

Las palabras que Shakespeare puso en boca de Miranda podrían convertirse en una profecía. Si las hordas de súbditos conformes con un reino de bestias llegan a alcanzar la mayoría con derecho a decidir la voluntad general, ya no habrá quien distinga a un ser humano de un primate con apariencia de persona. Sólo los poderosos considerarían a ese nuevo mundo, su mundo, un mundo valiente, porque, habiendo reducido a la mayoría a la condición de bestias,  sólo ellos podrían jactarse de ser personas capaces de gobernar ese mundo.  

Los que entienden lo que es el ser humano, los que no quieren agachar la cerviz ante los listos que conciben estrategias para hacerse con el poder no pueden abandonar la lucha por mantener despiertos  a quienes la ignorancia  induce al sueño de la razón. Todos los analistas de la situación política, económica y social nos están advirtiendo lo que Angela Merkel manifestó hace poco en su visita a España: «…Hay que combatir los extremismos con la mayor determinación…La paz y la historia no se pueden dar por sentadas. Al contrario, hay que protegerlas y defenderlas». ¿Cómo? Acallando las mentiras de los conservadores de la bestialidad con la verdad de los hechos. Educando. Reclamando la educación como un derecho de todos y desenmascarando las estrategias de los listos para generalizar la ignorancia.       

Publicado por MARIA MIR-ROCAFORT - WEB

Bloguera. Columnista

2 comentarios sobre “El reino de las bestias

  1. Querida amiga. Siempre logras sorprenderme con la enorme cultura que atesoras.
    Es evidente que a ti, nunca te convertirán en bestia.
    Voltaire decía, tú lo has escrito: -Jamás se desplegó tanta inteligencia para convertirnos en bestias- Sin querer enmendar la plana a Voltaire, no creo que el despliegue de inteligencia sea una de las señas de identidad de las derechas de este y otros países. Bien al contrario, la conversión en bestias no viene dada por alto grado de inteligencia, más bien de todo lo contrario.
    ¿Alguien puede encontrar inteligencia en las charadas de Casado o Abascal?… Quiero pensar que no, lo que si encuentran, tú lo explicas muy bien, es el refugio a las frustraciones de la falta de inteligencia, de una vida que no les satisface porque cada día se sienten más y más bestias, alimentan su cerebro solo de porquería y soflamas, de mentiras flagrantes sin importarles un bledo y parar un momento a analizar lo que oyen.
    El encuentro de Merkel con Pedro Sánchez en Yuste nos mostró que otra forma de entender la política, y por ende la vida, es posible. Mientras Merkel departía con Sánchez, Casado, un escalón más arriba, escuchaba sin entender nada de lo que decían, el interprete que tenía a su lado apenas le iba traduciendo esbozos de la conversación. La soledad del estulto podía haber sido el pie de foto de ese momento.
    Creo que siempre lo escribo en mis comentarios a tus brillantes artículos: Pedagogía, educación, mucho de ambas cosas. El mundo sería de la inteligencia y nunca de los primates que se creen personas.

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