La diana de los fascistas

Fassman y Deyka, mis padres

Publicado en mi blog «Algo que contar»

Nací de padres fuera de lo común. Tal vez por eso he pasado mi larga vida intentando comprender a los que se suponen mortales comunes. No lo he conseguido y supongo que ya no lo conseguiré. 

Por diferentes motivos y de diferentes formas, la política marcó mi infancia y, por lo tanto, mi vida entera. No por influencia familiar. La relación de mis padres con la política dependió siempre del azar y tuvo más de azarosa que de normal. La mía, podría haberla predecido una pitonisa. No tiene más base racional que un capricho de Moira o Fatum o Destino, si esa deidad, como se quiera llamar,  no fuera una excusa para librarnos de la responsabilidad que nos impone el libre albedrío.   En cualquier caso, empecé en la universidad a estudiar Ciencia Políticas y he terminado compartiendo mi opinión política en redes, en blogs y en diarios digitales. Nunca se me ocurrió pasar de ahí.   

Me contó mi madre una anécdota que no recuerdo en absoluto. La cuento como ella me la contó porque resulta necesaria para entender ciertas cosas.  Un día mis padres celebraron una comida en su casa. Cuando los invitados se marchaban y mis padres los acompañaban a la puerta, pasaron por la sala y allí estaba yo, sentada en el suelo leyendo un periódico. Tenía cuatro años. Los invitados se detuvieron ante lo que les pareció una escena divertida. Todos rieron, todos exclamaron elogios. Uno, digo yo que con ganas de aguar la fiesta, me preguntó qué estaba leyendo. Le leí de carrerilla un titular de la página que tenía abierta. Cuenta mi madre que todos se quedaron pasmados y que los más pasmados fueron ella y mi padre. Nadie supo nunca quién me enseñó a leer. Yo siempre lo he sospechado para no caer en la irracionalidad. Por su trabajo en el teatro, mis padres llegaban de madrugada a su casa o al hotel, dependiendo de dónde estuviéramos. Dormían hasta muy tarde y yo estaba siempre a cargo de una cuidadora. O me enseñó a leer una de esas señoras, lo más racional,  o nací con una facultad de fenómeno de feria como mi abuela y sus hijos; facultades que la ciencia no consigue explicar y, como yo tampoco les encuentro explicación, prefiero no pensar en ello. La verdad es que, a estas alturas de mi vida, me da igual. En cuanto a mi afición a los periódicos, supongo una explicación muy sencilla; no tenía libros. 

Mi afición a la lectura de periódicos y luego a los libros cuando los tuve libró a mis padres de los inconvenientes de soportar los ruidos y carreras de una criatura normal.  Podían llevarme a reuniones y comidas de mayores con la certeza de que yo no saldría del silencio mientras me pusieran un periódico o un libro en las manos. Mi padre me llevaba siempre a sus tertulias de café. Hasta que ninguno de los dos pudo llevarme a parte alguna porque se separaron cuando yo era muy pequeña; volvieron a juntarse por exigencias de un contrato; volvieron a separarse meses después y acabaron divorciándose. Yo fui a parar a un internado del que salía en vacaciones; vacaciones tan poco comunes como poco común había sido mi vida hasta entonces.  

La separación y el divorcio de mis padres ocurrió en América. Mi padre insistió cuanto pudo en que mi madre y yo volviéramos a Barcelona para que yo pudiera llevar una vida normal con mis abuelos, mis tíos, mis primos. Pero mi madre, que sin saberlo ni proponérselo era la mujer más auténticamente feminista que he conocido en mi vida, se negó rotundamente a volver a la España oscura en la que había conocido la muerte, el hambre, la represión, el desprecio a la mujer. Ella se quedaba conmigo en lo que era, aparentemente, tierra de libertad, y si mi padre quería verme, tendría que desplazarse hasta donde el destino -otra vez el destino- llevara a mi madre. 

Mi padre apareció en Lima porque mis primeras vacaciones me tocaron en Perú. Estábamos mi madre y yo en un hotel de lujo y lo que percibí entonces o después, a nivel inconsciente, claro, fue la intención de la mujer de presumir ante su ex marido de lo bien que se había montado la vida sin él. Al anunciarme que mi padre vendría a verme, mi madre me ordenó que le hablara en inglés. Pero, ¿cómo iba yo a comunicarme con mi padre en un idioma que él desconocía? Supongo que no le hice caso porque mi madre se vio obligada a comunicarle a mi padre que la nena sabía inglés. «Dile algo  a tu padre en inglés, nena». Algo habré dicho, supongo. No recuerdo la reacción de mi padre, si de alguna manera reaccionó. Mi padre no estaba para gracietas. Traía entre ceja y ceja convencer a mi madre de que volviera conmigo a Barcelona, lo que originó una discusión. Aquí se me apaga la memoria y se me vuelve a encender en un cine al lado de un hombre altísimo y fornido que no había visto nunca y que, por algún motivo, me había llevado al cine. Nunca le perdoné al individuo que me llevara a ver una película que me hizo llorar desde el principio y hasta muchos días después, cada vez que me acordaba. Tuvo el hombre la suerte de que yo no lloraba a gritos. Las lágrimas me caían en silencio. «¿Nos vamos?», me preguntó en un momento dado. Le miré y vi que a aquel hombretón le caían las lágrimas también. Nos fuimos y, aunque no pude superar la tristeza, le agradecí que pasara un buen rato comprándome helado y golosinas. Al volver al hotel, me enteré de que el individuo era un detective o algo así al que habían contratado para que mi padre no pudiera raptarme. No le dí ninguna importancia al asunto porque en mi mente se había grabado para siempre la escena en la que Bambi se queda huérfano porque un cazador ha matado a su madre. 

Las próximas vacaciones me tocaron en Caracas. Mi padre fue a buscarme al hotel en el que estaba con mi madre y pude salir con él. No se volvió a mencionar a Barcelona y a su familia, pero recordé lo del rapto porque, mientras estuve con mi padre, dos hombres nos seguían a todas partes. Mi madre me explicó muy pronto a qué se debía su miedo a perderme. Según la ley de Franco, si yo pisaba territorio español, la patria potestad pasaba a mi padre que podía negarse a dejarme salir del país. «Lo que quiere tu padre es obligarme a volver a España para tenerme esclavizada con su familia». Eso, entonces, no lo entendí, pero tampoco pregunté. Lo que entendí fue que el asunto se arregló haciendo firmar a mi padre  un documento en el que se comprometía a dejarme salir de España cuando se me acabaran las vacaciones. Desde entonces, pude estar más tiempo con él y volver a conocer a la familia de Barcelona que casi había olvidado. Menos aquel día en Caracas. Años después supe que aquellos dos hombres que nos siguieron durante el día que mi padre pasó en esa ciudad no tenían nada que ver con los miedos de mi madre; tenían que ver con la política.  Fue la política lo que aquella vez no me dejó pasar unos días con mi padre.         

Que Venezuela había sufrido una dictadura y acababa de estrenar democracia gracias a un golpe de estado lo sabía por los periódicos y por una escena que, gracias a los periódicos, pude entender perfectamente. 

Pocos días antes de llegar mi padre, me vi en la terraza de la casa de unos amigos de mi madre. Había varios adultos, casi todos mujeres, todos de pie mirando al cielo. De pronto empezaron a gritar: «Adiós, mi general». Las mujeres lloraban. Gritos y llantos los provocaba un avión o un helicóptero, no recuerdo el aparato, que, por lo visto llevaba al general de todos ellos. Mi madre también lloraba. No sé si le pregunté quién era el general o si me lo dijo ella sin preguntarle. «Ahí va Pérez Jiménez hacia el exilio. Le han derrocado», me dijo. ¿Cómo sabía esa gente que Pérez Jiménez iba en aquel aparato? Tenían en la casa una radio muy rara que no solo se escuchaba, sino que se podía hablar por ella y comunicarse con el que estuviera hablando al otro lado. Aquella radio había dicho que Pérez Jiménez saldría en breves momentos de no recuerdo dónde haciendo que todos los asistentes corrieran a la terraza para despedirle.     

Días después llegó mi padre y años después supe que los hombres que nos seguían eran de algo así como la Secreta. Mi padre se había distinguido unos años antes por sus relaciones con la dictadura y el nuevo gobierno seguía sus pasos para asegurarse de que no intentara nada malo. No creo que mi padre tuviera nunca intención alguna de meterse en política porque de política no me habló hasta que yo tenía más de treinta años cumplidos para preguntarme a quién había que votar y por qué, pero la fama deja, por lo visto, una marca indeleble. En aquellas vacaciones solo pude pasar un día con él porque aquella «secreta» se encargó de meterle en un avión para sacarle del país esa misma noche.  

Lo que hoy más recuerdo, lo que he recordado siempre con la claridad de un recuerdo reciente es la escena del grupo en la terraza mirando al cielo y despidiéndose de su general. Su general, Marcos Pérez Jiménez, se había distinguido, entre otras cosas, por la represión inmisericorde de sus adversarios políticos. Poco después, informada por la prensa, como siempre, empecé a preguntarme cómo había personas que lloraban por su deposición y su exilio. Eso tardé muchos años en comprenderlo y, a estas alturas, no estoy segura de comprenderlo del todo. Solo sé, y eso sí lo he aprendido, que en todas las épocas y todos los países, siempre ha habido personas que, por diversos motivos, han sido dianas de los fascistas; gente dispuesta a permitir que el fascista de turno destruya sus valores, destruya su humanidad convirtiéndoles en súbditos serviles de los mandamases. 

Un altísimo porcentaje de rusos aprueba hoy las atrocidades que comete un criminal de guerra como Putin. En América, en Europa, en España, por no irme tan lejos como el extremo oriente, millones siguen y votan a individuos que niegan la libertad, es decir, la cualidad con que fuimos creados seres humanos. Lo que significa que votan contra su humanidad. ¿Hay ser humano alguno que pueda comprenderlo? Yo no. Aunque sí he encontrado con los años una explicación a la conducta de mis padres en relación con fascistas. Pero esa es otra historia.      

Algo que contar

En mis peores momentos, cuando mi mente se esfuerza por encontrar soluciones a problemas reales, me vuelve a la memoria la escena inicial de una película que he visto muchas veces; «La leggenda del pianista sull’ oceano». En la gran escalinata de una plaza, de noche, aparece un hombre sentado en un escalón  limpiando su trompeta. Piensa. Recuerda su trabajo como trompetista en la orquesta de un trasatlántico, pero en su pensamiento, lo que más le atormenta es la certeza de haber dejado en el barco a un amigo, un amigo incondicional, de esos que muy pocos tienen la suerte de encontrar en su vida; la certeza de que no volverá a verle nunca más y de que nunca más volverá a tener un amigo así. Recuerda entonces una frase que su amigo solía decir: «Nunca estarás realmente acabado mientras tengas una buena historia y alguien a quien contársela».   

Yo tuve quien me contara buenas historias desde que era muy pequeña. Me las contaba una mujer que, en aquella época, cualquiera hubiese dado por acabada. En aquella época, una mujer no podía vivir satisfactoriamente, mucho menos triunfar, sin un hombre al lado. Un día esa mujer, casada con un hombre como el dios de la sociedad mandaba, se vio sola, desamparada, pero tenía buenas historias y tenía a quien contárselas. Yo siempre las escuché con tal atención que sus palabras se transformaban en mi mente en cosas y situaciones reales. Seguí a esa mujer por calles, edificios, habitaciones en las que nunca había estado. Vi y oí a las personas que le hablaban y a quienes ella hablaba. Viví esas historias como si las estuviera viviendo sin darme cuenta, por supuesto, de que estaba viviendo la infancia, la adolescencia, la juventud de aquella mujer con más intensidad que mi propia vida. La noche del 10 de octubre de 1948, por ejemplo, vi a esa mujer rompiendo aguas en la mesa de una cena formal en la Embajada de España en Buenos Aires. Vi cómo  dos hombres, uno el marido de la mujer y el otro el embajador,  hacían una sillita con los brazos, cómo la mujer se sentaba en la sillita y cómo los dos, a toda prisa, la llevaban al coche de la embajada. Supongo ahora que con ella iría su marido, pero yo solo la veía a ella porque estaba con ella.  El coche se detuvo en la primera maternidad que apareció en su  camino. Allí parió la mujer a las 2:00 de la madrugada del 11. Aparecí yo entonces, pero no me vi porque ella no me incluyó en la historia. En una historia posterior supe que nací con mucho pelo y muy negro. 

Hoy me toca correr de la mano de mi madre hacia un refugio porque atruenan las alarmas que anuncian muerte en las casas y en las calles. El refugio no es un sótano de Ucrania; es un metro de Madrid. ¿Pero hay alguna diferencia? Son carreras que rompen la vida diaria. Es el miedo de los niños confundidos por el terror en los ojos de sus madres. ¿Qué pasa? Los hombres se están matando y matan a cualquiera que aparezca en su camino. ¿Por qué? Los niños no lo saben y por el estupor que transmiten las caras de las madres, se ve que los adultos no lo entienden. Alguien que manda mucho ha mandado que se maten hombres, mujeres, niños. En Madrid, en Ucrania, en Yemen, en cualquier parte donde alguien que manda mucho decide que se maten los demás. ¿Para qué? ¿Para que un día dejen de matarse y empiecen a limpiar escombros y a reconstruir lo que quede de sus vidas y ese alguien que mandaba u otro más o menos igual mande mucho más sobre los miserables en que los ha convertido a todos?     

Ayer vi vídeos y fotos de una manifestación en Madrid. Junto a camioneros, agricultores, cazadores y otros que dicen ser del campo, aparecían personajes con poses y expresiones arrogantes que a todas luces no eran como los que protestaban; que a todas luces eran esos alguienes que quieren mandar. Y oí en la radio a quien proponía soluciones imposibles para la mala situación económica que agobia a tantos y a otros que no ven otra solución que la de independizarse de un país y a otros que reclaman el derecho a vivir en condiciones infrahumanas los años que hagan falta hasta que el que manda por encima de todos les permita independizarse para seguir viviendo en condiciones infrahumanas. Me quedé mirando en mi alma a aquella mujer que, sin darse cuenta, me robó la infancia sustituyéndola por la suya. Me encontré preguntándole ¿qué pasa, mamá?, ¿por qué?, ¿para qué? Y entonces volví a oír en la radio la sirena que anuncia muerte y volví a correr con mi madre de once años hacia un metro de Madrid y a vivir el estupor, el miedo en los ojos de mi madre, de su madre, de todos los que estaban allí aferrándose a la vida; como en un sótano de Ucrania. 

Dicen los que saben mucho que el asesino al que le ha dado por matar ucranios para expandir su poder, caería, si triunfa, en una locura que le instigaría a seguir matando y que quienes podrían detenerle no se atreven por cuestión de intereses, de dinero. Y mientras escucho sus sesudos discursos comprendo todos los porqués. Pasa lo que pasa por la sencillísima razón de que la mayoría es estúpida y, como decía un economista y filósofo italiano, la estupidez de la mayoría acaba siendo la ruina de un país. Y quien dice un país, dice el mundo entero. Millones de estúpidos en el mundo entero ayudan a los alguienes que solo quieren mandar para que manden mucho más. Uno de esos alguienes marcó a fuego la vida de mi madre y, seguramente, la mía también. Pero esa es otra historia.        

Creadores y destructores

Otra guerra lejos. Vuelvo a mi Biblia. Mi Biblia solo tiene una página; el primer capítulo del Génesis. En él me cuenta el autor todo lo que puedo saber de Dios y lo esencial que tengo que saber del hombre, macho y hembra. En él me dice que soy de la estirpe del Creador y que fui creada con la misión de crear, de pasarme la vida creando. ¿Creando qué? Empezando por crear mi propia vida, las posibilidades son infinitas. Puesto que mi creación debe ser, esencialmente, como la creación del mundo que Dios me dio, un mundo que Dios vio que era bueno, el sentido de mi vida es seguir creando lo bueno; seguir creando el Bien. ¿Y el Mal? Dicen algunas religiones, de las que han creado un dios a imagen y semejanza de sus creadores, que el Mal es el demonio. Al margen de ese invento, dice la razón que el Mal es lo que destruye lo bueno creado para crear algo perverso en su lugar. ¿Quién crea el mal? Yéndonos a los principios de la historia, malvado es quien traiciona a su padre; el peor crimen para los griegos, el peor crimen para los romanos; el crimen contra la pietas, honrar a los progenitores. Siguiendo ese instinto que mueve el sentimiento, tan ligado al instinto de supervivencia, el Mal es el que intenta destruir el  mundo creado bueno por el Padre Creador, para crear  un mundo malo en su lugar. A quien no tenga fe en ningún ser sobrenatural, la razón puede llevarle a las mismas conclusiones. 

Hoy, el mundo sufre a un asesino empeñado en transformar en malo todo lo bueno destruyendo a las criaturas que se oponen a sus designios de destructor. Su maldad le ha llevado a atacar una nación para apropiársela, para destruir cuanto en ella pueda haber de bueno. Y no es la primera nación que intenta destruir. Antes destruyó a su propio pueblo. Para crear, para ser capaz de crear cualquier cosa, el ser humano necesita una facultad esencial; la libertad. Por no meternos aquí en discusiones filosóficas sobre el libre albedrío, simplifiquemos ciñéndonos al concepto de libertad mental. Sin libertad mental se puede copiar; pero sin libertad mental, crear es imposible. Este destructor empezó por minar la libertad de sus compatriotas para forzar su sometimiento a los designios de su voluntad destructiva. Cuando obtuvo el poder suficiente para imponer su voluntad sobre las leyes y la plebe de su país, su ambición obnubiló todas sus facultades lanzándole a la conquista del mundo para someterlo a su albedrío. Así nacieron y crecieron todos los imperios y parece que así quieren seguir naciendo y creciendo. El destructor que hoy amenaza al mundo se llama Vladimir Putin, pero nunca han faltado destructores en la historia de la humanidad.     

Hace algunos años, por ejemplo, los españoles se dividieron abiertamente entre buenos y malos. Los buenos aprovecharon la libertad para crear, para ir creando un mundo de libertades y derechos que hasta entonces les habían negado las monarquías. Los malos les atacaron para destruir lo que habían creado. Buenos y malos hubo en ambos bandos ideológicos, pero llevaron al extremo su maldad los que destruyeron vidas para que jamás pudieran volver a crear. Amparados en una ideología, Fancisco Franco y su tropa asesinaron a españoles a mansalva con la ayuda de los bombardeos de otros dos destructores, Hitler y Mussolini. Defendían a España, decían; un nombre inerte al que sólo da vida la sangre, la vida de los españoles. Porque el nombre de un país es como cualquier cáscara vacía sin los habitantes que dan a ese nombre categoría de hogar. Franco y su tropa, vencedores de la guerra, siguieron matando después de la victoria; siguieron cortando lenguas y secando plumas hasta destruir por completo la libertad que permitiera a los españoles volver a crear. Los fascistas les redujeron a todos, de vástagos del Creador, a súbditos del Mal entregados, por el miedo, a obedecer y respetar al Mal. ¿Fascista Mussolini, Hitler, Franco? Por supuesto, pero también Stalin y sus predecesores y los destructores que le siguieron. Entonces, ¿qué significa fascismo?  

Hoy el  fascismo se ha camuflado con tal habilidad que cuesta identificarlo. Por un lado, la palabra fascista se ha reducido a la categoría de insulto vulgar ocultando así sus armas pavorosas. Por el otro, la ignorancia lo ha convertido en definición ideológica exclusiva de las derechas. Pero lo de izquierdas y derechas es una antigualla del siglo XVIII que surgió de la colocación  de los representantes de la Asamblea Francesa de la Revolución. En la complejidad política de nuestros días, no sirve. No sirve, desde luego, para identificar el fascismo. Tan fascista es lo que se llama ultraderechas como el comunismo con su lucha de clases y su dictadura del proletariado. No es que los extremos se toquen; es que ambos aparentes extremos de algo distinto son lo mismo. En la realidad dolorosamente comprobada durante el siglo pasado y hasta nuestros días,  el fascista no se atiene ni a una ideología ni a un programa determinado. No persigue imponerse, como cree quien lo asocia exclusivamente a las derechas,  para defender los privilegios de los privilegiados. Tampoco persigue imponer los derechos de los proletarios como proclama cuando se disfraza de comunismo.  El fascista de un bando y de otro solo busca el poder para imponer sus propios privilegios y los privilegios de aquellos que les llevan al poder y les ayudan a conservarlo. 

Los catorce puntos con que Umberto Eco desnudó al fascismo, mi Biblia de una página los resume en una sola oración: El fascismo es el Mal. El Mal quiere privar al ser humano de la memoria de su estirpe creadora y se reconoce por utilizar todos los medios a su alcance para privarle de su libertad mental anulando así su capacidad y su voluntad de crear. El fin del Mal es destruir todo lo que vio Dios que era bueno; todo lo que reconoce como bueno la razón. 

Hoy el Mal, el fascismo, se yergue como un peligro mayor que el demonio de las supersticiones. La destrucción de Ucrania no saciará el apetito de poder de Putin ni de los oligarcas que deben a su poder las inmensas fortunas que han amasado. Destruida Ucrania, irán a por otra democracia en la que puedan acabar con la libertad; y después de esa, otra y otra. Los pacifistas, en el colmo de la ingenuidad o de otra motivación oculta, predican que a la Rusia de Putin se la debe apaciguar con el diálogo. ¿Mientras la Rusia de Putin va destruyendo la libertad allí donde se lo aconseje su estrategia para seguir destruyendo? Los políticos demócratas con sentido de estado temen defender a Ucrania con sus armas ante la amenaza de una guerra mundial. ¿Mientras la Rusia de Putin va llevando sus guerras de un país a otro como una pandemia peor que la causada por cualquier virus? 

El ciudadano corriente, que no ve la necesidad de implicarse en guerras lejanas ni en líos de política que no entiende ni le interesan, sigue su vida diaria planeando diversión y vacaciones para descansar del trabajo, sin sospechar siquiera que la debilidad de su mente le convierte en la diana preferida de los fascistas. O a lo mejor sí lo sospecha o lo sabe. A lo mejor ya le parece bien volver a aquella época gloriosa del Imperio Romano con aquellos espectáculos tan divertidos en que corría la sangre de gladiadores o de tipos luchando con fieras. Hoy eso resulta una exageración y, además, no hace falta porque cosas más truculentas puede disfrutar en la televisión, en su tableta, en su móvil. Mientras el imperio, sea quien sea el emperador,  le garantice el pan, ¿para qué va a perder el tiempo tratando de reflexionar sobre la primera página de la Biblia o preguntándole a su razón para qué ha venido  a este mundo?    

El piano de Dios

Dice el protagonista de «La legenda del pianista sull’ oceano» que el mundo es el piano de Dios, un piano con un número infinito de teclas; un número infinito de posibilidades. También son infinitas las posibilidades que la libertad confiere al hombre; un número infinito de posibilidades que perviven en una mente humana hasta el final de su vida biológica y quién sabe si más allá.  Esta realidad erige una muralla que ningún extraño puede salvar; que no pueden salvar ni psicólogos ni psiquiatras. Nadie puede extraer hechos del análisis de la mente de otro. Todo cuanto se extraiga no será nunca más que una opinión.

A pocos adultos bien informados habrá sorprendido el espectáculo de circo de pueblo que esta semana nos ofrecieron los protagonistas del principal partido de la oposición. Condenado dos veces como partícipe en delitos a título lucrativo, el Partido Popular se ha visto involucrado en tantos juicios por corrupción que solo pueden creer en su honestidad los patéticamente ilusos. No cabe suponer que de esos haya millones en España. ¿Por qué son, entonces, millones los que votan por ese partido en todo tipo de elecciones? 

Esta semana, en la pista del circo se expuso una pareja de trapecistas con escasa destreza y ningún arte que se balanceaba en sus respectivos trapecios amagándose mutuamente con un puñal en la mano. El montaje del número era tan penoso que solo podían tomárselo en serio y sentir miedo los más ingenuos. Sin embargo, todos los críticos lo comentaron en los medios como si se tratara de una muy efectiva película de terror y hubo público que se dejó conmover hasta el extremo de tomar partido por uno de los dos protagonistas. Unos llegaron a gritar el nombre de la damisela en la calle acompañados por la policía y por un mariachi que le cantaba al galán derrotado «Canta y no llores». Líderes del Partido Popular con los cargos más importantes se pusieron de parte del galán. Uno de ellos, el de más prestigio, ordenó que no llegara la sangre al río mientras otra, sacada del museo arqueológico del partido, pedía más víctimas. Ganó el más prestigioso y el número terminó con el trapecio en el suelo y los dos trapecistas dándose la mano, aunque la otra mano, tras sus espaldas, ocultaba los puñales. Buena estrategia propagandística para que el público ávido de sangre volviera al día siguiente a por más emoción. No cabe suponer que entre periodistas, líderes y público haya tanto estúpido en este país; entendiendo por estúpido la definición de Cipolla: aquel que hace daño a los demás sin obtener ningún beneficio. ¿Por qué, entonces, se conmueven tantos, de la élite y de la plebe, barruntando en tan triste espectáculo un desastre nacional?

Para responder a esas preguntas y más que nos plantea el asunto habría que sentarse en el taburete de Dios y enfrentarse al teclado de posibilidades infinitas. ¿Quién sabe lo que le pasa por la mente a un mindundi cuando coge una papeleta del Partido Popular y la deposita en la urna electoral? ¿Quién sabe lo que pasaba por la mente de quienes gritaban «Ayuso, presidenta» en la calle sabiendo que les estaban filmando para exhibirlos en un telediario; sabiendo que ante toda España figurarían como partidarios de la mujer que ordenó que no se llevaran ancianos enfermos a los hospitales omitiendo el deber de socorro que exige la ley, que exige la Justicia en cualquier país con poder judicial independiente? ¿No les perturbaba ni el más mínimo escrúpulo, ni un asomo de vergüenza? Cuando Pablo Casado se levanta de su escaño en el Congreso para interrogar al presidente del gobierno sobre su gestión y una y otra vez le repite «sus socios comunistas, etarras, separatistas» como un antiguo disco rayado, ¿no colige que los ciudadanos pueden pensar que carece de ideas, de programa, de  liderazgo? Casado podría ofrecer una respuesta fácil a esta pregunta: «Con eso me votan». Pero tomando en cuenta sus insultos al presidente y los insultos al presidente que Ayuso lanza con entusiasmo igual, uno podría sospechar razones más profundas: ¿el odio que produce la envidia? ¿la necesidad de eliminar de la vida política a un hombre como Pedro Sánchez que constantemente, sin decirlo, les recuerda su mediocridad? 

Las redes sociales hierven de respuestas, unas más educadas, otras menos y algunas, groseras. En cualquier caso, opiniones, porque nadie puede penetrar en las mentes de los politiqueros fascistas. El gran misterio siguen siendo las razones que mueven a los votantes a entregarles el destino de sus vidas sabiendo que sus vidas importan poco o nada a los líderes del politiqueo; sabiendo que la aparente cercanía al pueblo que esos líderes demuestran cuando acceden a hacerse un selfie con un mindundi no tiene nada que ver con la empatía, tiene que ver con la pesca de votos porque son los votos los que otorgan el poder. Cuando, terminado el recuento en una jornada electoral, cientos o miles de personas jalean a un líder del Partido Popular elegido presidente, expresando su alegría como si la presidencia la hubiesen ganado ellos, uno se pregunta, ¿qué sienten cuando ese líder privatiza la educación, la sanidad? ¿Qué sienten cuando ese líder les niega todo tipo de ayuda de su gobierno porque no se puede dar nada gratis? ¿Se resignan? ¿Se desahogan llenando las redes de improperios? ¿Se sueltan improperios a sí mismos por haber votado a gente que solo les ha utilizado para llegar al poder? O, incapaces de sustraerse a la idea de que pertenecer a un partido de ricos disimula su pobreza o medio pobreza, ¿les siguen votando?

Quien sabe. El teclado de Dios es infinito. El único consuelo de los sensatos es recordar que la esperanza, en el sentido de «a Dios rogando y con el mazo dando», también puede ser infinita si uno quiere.  
  

En el país de las maravillas

Mitin de Vox en Castilla y León

Anoche, mientras iban saliendo los resultados de las elecciones de Castilla y León, me vi consolando y llamando a la esperanza a los amigos socialistas que manifestaban pesarosa sorpresa. No me costaba ningún esfuerzo.  Esos resultados empezaron a causar en mi alma una leve sonrisa que, al finalizar el recuento de votos, estalló en una risa liberadora de toda pena. A media noche, recibí un email de mi hijo, algo insólito a aquellas horas. Se ve que estaba el pobre preocupado suponiéndome muy afectada por haber perdido las elecciones el partido socialista.  Me reí otra vez. Escribí algunas frases más de consuelo para los pobres amigos que se daban por derrotados y me fui a mi habitación. Al notarme sonriendo con ganas me detuve en las escaleras para preguntarme, «¿Se puede saber por qué estás de tan buen humor?» Me contestó mi memoria, «Alicia, Alicia en el país de las maravillas». Empecé a ver a Alicia encogiéndose, creciendo, volviendo a encogerse, volviendo a crecer en medio de un mundo absurdo poblado por absurdos animales cuyos actos y diálogos, ajenos a la razón, negaban toda lógica. Volví a reír y di las gracias al alma de  Lewis Caroll. Me metí en la cama. Puse la radio para escuchar más análisis del tema, pero no pude prestar mucha atención. Mi memoria me llevó a otro rompecabezas: «Finnegans Wake» de James Joyce. En algún momento me quedé dormida, y como una lirona dormí hasta las 8:00. No recuerdo si soñé. 

Ayer, en Castilla y León, Pablo Casado quedó muy lejos del triunfo arrasador que esperaba en votos, pero ese fracaso aparente no debería llevarle hoy a la tristeza o la desesperación. Pablo Casado tuvo ayer el triunfo trumpiano de comprobar que se la había dado con queso de vaca y oveja, regado con vino, a casi cuatrocientos mil castellanos y leoneses; audiencia a la que muy pocos comediantes pueden aspirar. Decidme si no es para sonreír que los analistas políticos de todos los medios de comunicación sigan tomándose a este hombre en serio, profundizando en sus discursos disparatados, inventando sentido a sus actos absurdos, llenando páginas y horas de tertulias analizando el sentido que ellos mismos le acaban de inventar. James Joyce sonreía de oreja a oreja leyendo las críticas de críticos sesudos que deslomaban sus cerebros por explicar racionalmente un libro que Joyce había escrito al dictado de mil cosas ajenas a su facultad racional. Lo que trae a mi memoria la escena de la genial película «El club de los poetas muertos» en la que un profesor de literatura ordena a sus alumnos que arranquen de un libro las páginas que él considera inservibles. Dentro de unos días, quienes votaron por el PP tirarán a la basura las inservibles fotos y discursos de Casado. ¿Y después? Un creyente formal contestaría que, después, lo que Dios quiera.

«¿Lo que Dios quiera?», replicarían los descreídos de Vox. «Será lo que queramos nosotros». Pues bien pensado, tendrían razón. Anoche, un triunfante Abascal decía que a su candidato Juan García-Gallardo se le había puesto cara de vicepresidente. Hoy imagino a Mañueco de rodillas ante el caudillo de Vox, llorando a moco tendido: «Abascal, por Dios, no me hagas eso. Si te meto en el gobierno me linchan hasta en Bruselas. No te quiere nadie». Abascal, en súbito arrebato de furia ante tan imprudentes e insultantes palabras, le coge por el cuello y  grita a un ayudante «Que le corten la cabeza». El de cara de vicepresidente le suplica: «Todavía no. Consolidémonos un poco más.  Ya verás que pronto alcanzaremos el poder absoluto. Entonces podrás mandar que corten la cabeza  a quien te dé la gana». Pero Abascal se ha embalado. Entra un sirviente a decirle que están en la puerta los de Soria ¡Ya! pidiendo audiencia. «Que les corten la cabeza», grita Abascal. «Pero, ¿por qué?» pregunta humilde y acojonadamente su vice. «Porque son separatistas. España una, grande y libre», Abascal vuelve a gritar. Abascal se tranquiliza cuando su aide-de-camp le asegura que los de Unión del Pueblo Leonés no le presentarán ningún problema y que los de Podemos siguen obsesionados solo con cargarse a Pedro Sánchez. Siendo imposible el sorpasso, Podemos se conforma con restar. «¿Restar a quién?», pregunta Abascal amenazando con el ceño. «Al PSOE, ¿a quién va a ser, mi general?» «Ah, bueno. Pues que sigan restando. Que resten, que resten», exclama Abascal mientras le toman medidas para otro chaleco antibalas. «Recuérdame que un día de estos invite a cenar a Iglesias y a la otra, como se llame. Y tú, vicepresidente, aprende. A los que te ayudan hay que hacerles la pelota, pero no demasiado.» 

Tudanca termina su discurso, en el que ha felicitado a los ganadores del PP, como está mandado, y dicho poco más, como Pedro Sánchez. Y es que Tudanca, como Pedro Sánchez, se empeña en la sobriedad, oral y gestual. No se quieren enterar de que a la plebe la aburren los asuntos de gobierno. ¿A quién le importa si el gobierno ha subido las pensiones, si ha mejorado la reforma laboral, si sube los sueldos, el salario mínimo y no pares de contar? Eso es cosa de los políticos que para aburrirse les pagamos. En los mítines hay que ofrecer caña, guerra para que los asistentes se diviertan, como hace Ayuso y mira como le va. Pedro Sánchez se cree que es presidente de Francia o de Alemania o de uno de esos países tan importantes donde le reciben tan bien. A Casado no le recibe ningún finolis de esos de Europa; no le reciben porque es español, tan español como los de Vox, como los que se levantan al amanecer a ordeñar lo que sea, como los amos a los que no importa ensuciarse los zapatos visitando un establo de vez en cuando para hacerse una foto. Aquí, los españoles tuvieron que estudiar la carrera del hambre durante tantos años que lo que aprendieron se lo han pasado a sus hijos con la sangre. Al amo se le respeta como se respeta al toro y a la pila bautismal. Al amo se le respeta tanto que hasta se respeta su derecho a robar. No se habla de cosas aburridas, de tragedias tampoco. Mira como lo entiende Santiago Abascal que exige al PP que derogue las leyes de Memoria Histórica y de Violencia de Género. Con tanta serie, con tanta discoteca donde ya se puede entrar, con tanto smartphone y tanto viaje a crédito hay que ser tonto para amargarse la vida pensando en tragedias y asuntos serios. ¿Como la sanidad, la educación? ¿A quién se le va a ocurrir hablar de esas cosas mientras se toma una caña con los amigos? Y con el sol que hace. ¿Sequía, cambio climático? Anda ya, a decírselo a quienes están disfrutando de una terraza en pleno invierno. De los asuntos serios solo habla el PSOE, y así les va. 

A un analista americano se le ocurrió decir por televisión antes de ayer que Estados Unidos está al borde de una guerra civil. Al presentador y a mí se nos puso cara de seriedad incrédula.  La  cosa está muy mal porque los republicanos están montando allí otro país de maravillas; de los países de maravillas que monta el fascismo, pero de ahí a una guerra civil, sonaba a exageración. Entonces el analista empezó a explicarse. En un país profundamente dividido entre fascistas y progresistas, en el que todos tienen derecho a portar armas, basta que un grupo se líe a tiros con otro para que la matanza se extienda por todo el territorio nacional sin necesidad de ejércitos. El presentador se puso blanco y yo busqué en un cajón de mi escritorio una pastilla para la arritmia. 

Los españoles estamos profundamente divididos como demuestra el casi empate del domingo entre las opciones fascistas y progresistas. Afortunadamente, solo los cazadores pueden comprar armas. ¿Y si los más fascistas de todos los fascistas se empeñan en legislar, en nombre de la libertad, algo parecido a la segunda enmienda de la Constitución americana para que cada español lleve una pistola en el bolsillo?  Entonces los viejos muy viejos se alegrarán de haber envejecido y de que no les quede mucho tiempo por vivir. Pero esperemos que eso no ocurra. Esperemos que lo del domingo haya sido una chifladura pasajera y que, cuando los chiflados se den cuenta de lo que les va a costar a todos haber votado como votaron, tengan un súbito ataque de cordura que les haga fiscalizar al gobierno que se forme y no volver a votar jamás a tontas y a locas.

Lewis Caroll salió del jardín maravilloso en el que había metido a la pobre Alicia despertándola de su sueño. James Joyce mete a los lectores de su Finnegans Wake en un círculo interminable empezando por donde termina y terminando por donde empieza, más o menos como la vida misma. Uno puede acabar mareado si se pone a pensar que la vida de los habitantes de este mundo está condenada a girar y girar saliendo de un punto para pasar una y otra vez por el mismo sitio. Aunque esa reflexión también sirve para soportar con sonrisas la locura de ayer. Pasemos por donde pasemos en los próximos días será, de cualquier modo, un pasar pasajero que no nos impedirá seguir adelante hasta que toque volver a pasar.  Además, según  algunos críticos, Finnegans Wake también recrea la experiencia de los sueños. A lo mejor resulta que, como Alicia, un día nos despertamos  hartos de tanto mareo y decidimos avanzar de verdad. Consuela pensar que depende de cada uno de nosotros.            

La muerte del ruiseñor

Estaba yo a punto de entrar en la adolescencia cuando un libro me estremeció desde el título hasta la última palabra; «Matar a un ruiseñor». Leí todas las críticas que fueron saliendo y corrí a ver la película que no tardó en salir. Las críticas y la película me permitieron profundizar y entender lo que a mi mente, demasiado verde entonces, se le había perdido del texto, empezando por el título. Entendí que matar a un ruiseñor significaba matar la inocencia.

Salimos de una semana en la que parecía que fuerzas malignas hubiesen organizado una batida contra todos los ruiseñores de nuestro país. Empezó con  la estela de la denuncia de Alberto Palomas contra los abusos sexuales que sufrió de niño a manos de un religioso en un colegio católico.  Terminó con el episodio rocambolesco de la aprobación de la reforma laboral en el Congreso; constatación, por enésima vez,  de que la libertad, la moralidad, el respeto al prójimo sufren el acoso de politiqueros fascistas a los que no importa despreciar la Constitución y las leyes; a los que no importa deteriorar la convivencia de los españoles con tal de alcanzar y monopolizar el poder.   

La muerte de la inocencia martillea, consciente o inconscientemente, en la mente de casi todo adulto durante toda la vida. Pocos no recuerdan con nostalgia la época en que el mundo parecía bueno. Tal vez en estos momentos, asistiendo a los últimos estertores de la inocencia que pueda quedar a cada cual,  a casi todos apriete el miedo al constatar, cada cual, que se ha convertido, irremisiblemente, en adulto; un adulto encerrado en su ego, incapaz de aproximarse al otro sin desconfianza, incapaz de amar sin temor; un adulto envejecido, tenga la edad que tenga,  por la sequía de sentimientos. 

El niño acosado sexualmente y violado por un adulto sufre para siempre el sentimiento de soledad que le causa no poder fiarse de nadie. Es perfectamente comprensible. Ese adulto monstruoso suele ser un profesor o entrenador simpático, un amigo de los padres, alguien de la familia, alguien que el niño suponía digno de confianza. Todo el que no padezca una lacra sexual destructiva puede comprender que sea la confianza en los demás lo primero que pierde un ser humano cuando alguien de su confianza le produce un daño psicológicamente tan irreparable como una violación. Pero cuando la sequía de sentimientos convierte a los individuos en  páramos con apenas vestigios de humanidad y esa sequía se extiende como una epidemia contaminando a sociedades enteras,  la causa, las causas, no surgen de un modo tan evidente. Hay que analizar.

La nueva semana empieza con encuestas. Las encuestas nos dicen que, tanto en las elecciones de Castilla y León como en la intención de voto en las generales, se produce un empate técnico entre lo que por costumbre se llama izquierdas y derechas como si todavía viviéramos en el siglo XVIII. Para ponernos al día en nuestra realidad política, tenemos que hablar de partidos progresistas y partidos fascistas. Solo llamando a las cosas por el nombre que las definen podemos entender lo que son y de qué modo nos afectan.

En este caso concreto, las encuestas indican que nuestra sociedad se encuentra dividida en dos mitades. Una mitad se preocupa por el presente con la esperanza de ir progresando en libertades y derechos; la otra mitad vive aferrada al pasado, a la época en que las personas corrientes abdicaban de sus libertades y derechos entregando la organización de sus vidas a quienes ostentaban el poder político; entregándola a fascistas. 

Esa división resulta incomprensible para quienes entienden la vida como un camino que debe transitarse hasta que orgánicamente se acaba la facultad de seguir avanzando. ¿Cómo puede ser que la mitad de la gente que nos rodea tenga la intención, no solo de frenar su progreso vital, sino de frenar el progreso vital de todos los demás? La explicación, en el caso concreto de nuestro país, no es tan difícil como pueda parecer. Esa mitad se niega a avanzar por cobardía. La cobardía es  natural en el niño que empieza a tomar conciencia de los peligros del mundo de los adultos y de su propia debilidad, pero cuando el que la sufre es un adulto, esa cobardía revela su falta de valor para vivir.  

En España, los horrores de la guerra civil produjeron una sociedad acobardada. No hubo niño al que la guerra no matara la inocencia, la confianza en los adultos de un mundo atroz. No hubo adulto capaz de pensar en otra cosa que en la supervivencia. Pasado el peligro de las balas, los cañonazos, los bombardeos, no hubo superviviente a quien quedara valor para luchar contra otra cosa que el hambre. El fascista que había causado la guerra y había vencido pudo ejercer durante muchos años las prerrogativas que otorga el poder absoluto con absoluta tranquilidad porque sus gobernados formaban una masa que había perdido el nervio, el criterio, la voluntad; una masa de niños conscientes de su debilidad que se entregaron sin reservas a los dictados de quien se había erigido en Padre Protector de todos. ¿Pero es posible que después de tantos años de la muerte de ese caudillo paternal, después de tantos años de progreso al amparo de la democracia, la mitad de la población añore la época en que el amo  del poder imponía a sus súbditos  la infancia perpetua, los miedos de un niño cobarde?

Los fascistas actuales bombardean constantemente a toda la población con discursos que apuntan al miedo. Hay que convencer a todos de que el gobierno actual es un peligro, de lo cual deducirán fácilmente que el peligro siempre peligroso es la democracia. El progreso nos ha alejado de aquella infancia idílica en que podíamos vivir a la sombra de los poderosos sin que nos incordiara la necesidad de hacernos responsables de nuestros pensamientos, de nuestras decisiones, de nuestros actos. Luego el progreso también es un peligro que debemos evitar porque nos aleja de aquella infancia; la infancia de los irresponsables que quieren ahorrarse por todos los medios el esfuerzo de crecer.

«Matar a un ruiseñor», el libro de Harper Lee que me impresionó y aún me impresiona -lo que me dice que, aunque nunca dejaré de crecer, nunca envejeceré- habla de una sociedad asesina de ruiseñores; una sociedad que por todos los medios mata la inocencia de los niños y de los adultos que ponen todo su empeño para no dejar de creer en la bondad del mundo. Sale en sus páginas toda la inmundicia de una sociedad inmunda; racismo, clasismo, inferioridad de las mujeres, todo cuanto  sigue ensuciando la convivencia entre las personas por más siglos que pasen desde la creación del hombre. Pero salen en sus páginas también la compasión, la tolerancia, el valor de la verdad, la importancia esencial de un criterio informado por valores humanos y el coraje para defenderlos a toda costa. 

Uno querría que esa mitad de los nuestros que acepta las mentiras con que los fascistas intentan esclavizarnos a todos, leyeran ese libro con la inocencia y la receptividad de un niño. Pero vivimos en un mundo en el que se han impuesto las pantallas para educar a las almas en la sumisión al poder. Ahora mismo, en varios estados de los Estados Unidos, los alcaldes del Partido Republicano, totalmente entregado a Donald Trump, están prohibiendo el libro «Matar a un ruiseñor» en todas las bibliotecas públicas, incluyendo las de los colegios. 

El ruiseñor es un pajarillo que no hace daño a nadie y que, al contrario, a todos hace bien con su canto imitando los sonidos de otras criaturas del bosque. ¿Quién querría matar a tal ejemplo de convivencia? Solo quien sea capaz de despejar esa incógnita podrá evitarnos a todos el mal que nos acecha. 

Sálvese quien pueda

Y ahora, la comunidad autónoma de Castilla y León se encuentra metida en una campaña electoral sin que sus ciudadanos entiendan por qué. Su presidente ha convocado elecciones. ¿Por qué? Porque le salió de las agallas y la ley se lo permite. ¿Y de lo nuestro?, preguntan el castellano y el leonés. ¿Qué es lo vuestro? Lo nuestro es la pandemia y el empleo y que la gente se va y qué hacer para que no se vaya. En fin, «lo nuestro» son todas esas cosas del trajín cotidiano con las que se supone lidien los políticos que se supone son servidores nuestros por cuyo trabajo les pagamos pingües sueldos.

Pablo Casado se encuentra, de pronto, con una agenda a rebosar de posados, como un modelo contratado por una empresa en plena promoción de un producto nuevo. Rodeado de vacas, rodeado de ovejas, delante de un bar donde se bebe vino,  deja muy claro que el nuevo producto va dirigido al cateto de toda la vida acostumbrado a vivir entre balidos, berridos, mugidos; poco acostumbrado a la palabra. ¿Qué decirles? A esos homínidos se les puede decir cualquier cosa que cualquier cosa aceptarán como buena si distinguen en el discurso algún vocablo conocido y si la sonrisa fotogénica del orador les transmite su cualidad de amigo. El orador les habla de ganado, de granjas, de vino en vez de agua

Esta campaña es un paseo para los asesores y redactores de discursos de Casado porque, aunque no hayan pisado un campo en su vida, ¿quién no sabe por cuentos y fotos y películas cómo son y cómo viven esos seres primitivos que viven de la tierra que ellos mismos cultivan y por la que pastan los animales que les alimentan?  En los discursos sale mucho la palabra tierra porque la tierra propia excita fibras sensibles y ya se sabe que las emociones mueven mucho más que cualquier reflexión. Partiendo de esa premisa, el discurso culmina con un abuelo recorriendo los campos de Castilla en una mula para curar enfermos. La imagen impacta con más intensidad que el viejo olmo de Machado. Casado le imparte un realismo incuestionable al decir que ese abuelo era su abuelo. 

Pero, ¿es que Casado se presenta ahora a presidente de la comunidad de Castilla y León? No, pero, ¿qué más da? Pasa que a Casado, la presidenta de la comunidad de Madrid le salió rana, metamorfosis al parecer común en la política de esa región según la ex presidenta Aguirre. De dechado de simpatía y modelo de cualidades femeninas, de pronto Ayuso se transformó; sacó más pecho que Abascal, convocó elecciones, arrasó como Casado no ha arrasado nunca y se atrevió a retar al jefe a una carrera con la meta en la Moncloa. Que se lo ha creído, saltaron Casado y asesores. Y se pusieron a buscar una comunidad donde las elecciones pudieran adelantarse dando la oportunidad a Casado de lucirse con brillo estelar en la campaña electoral y de atribuirse luego el triunfo de su partido, un triunfo más sonado que el de la Comunidad de Madrid. Y la encontraron rápidamente. ¿Cuál mejor que la comunidad natal de Casado?       

El paso siguiente para los avezados asesores de comunicación de Casado consistió en analizar la campaña de Ayuso para descubrir los secretos de su éxito. Lo que destacó a primera vista fue su fotogenia. Afortunadamente, resulta que Casado también posee esa involuntaria cualidad. Pero Ayuso, además, resulta atractiva, lo que no puede decirse de un hombre sin desperfectos visibles, pero más bien correntito. Claro que Casado  tiene una ventaja que Ayuso no puede igualar; es un hombre, y su masculinidad será, sin duda, un plus en una región tan conservadora y religiosa como la familia del presidente del PP.

Terminado el análisis de los asuntos físicos, los asesores se pusieron a estudiar el contenido de los discursos de Ayuso. 

A bote pronto, lo primero que captaba la atención de todos sus oyentes en todos sus discursos eran sus críticas a Pedro Sánchez; críticas despiadadas y sin reparos en verdad alguna que las justificara; críticas propias de una mujer despechada por la indiferencia del amor de sus sueños. Con retoques para no tentar a malos pensamientos, los asesores decidieron que Casado acusaría en sus discursos  a Sánchez de todos los males de la tierra mentando, de vez en cuando, al comunismo como quien menta al diablo. Es probable que  su gran descubrimiento psicológico les hinchara de satisfacción. Seguramente, los rústicos a quienes se dirigirían los discursos iban a misa los domingos y en esas misas escuchaban sermones  contra el mal y consejos para librarse del mal que incluían la instancia al auxilio divino para que del mal les librara. Bastaría convencerles por repetición de que Pedro Sánchez encarnaba el mal  para que de esa verdad dogmática se acordaran hasta cuando rezaran un Padrenuestro. Pero, ¿qué tenía que ver Sánchez con Castilla y León? Lo mismo que con Madrid, y se trataba de conseguir el mismo resultado. Para que no se notara demasiado la incongruencia, siempre se podría acabar culpando a Sánchez  de asfixiar a la comunidad reteniendo los fondos que le correspondían. De lo cual se podía deducir fácilmente que todas los problemas y carencias del territorio tenían un único culpable en el gobierno de la nación. 

De las críticas extemporáneas al presidente del gobierno, Ayuso pasaba a terrazas, cervezas y libertad; todo muy cosmopolita. Los asesores de Casado adaptaron enseguida el discurso  sustituyendo la diversión de la ciudad irresponsable y blanda por el esfuerzo heroico del campesino; madrugar, ordeñar. Teniendo en mente paisaje y paisanaje, las fotos con vacas y ovejas y los discursos con mula y abuelo salieron con facilidad; todo muy bucólico. 

¿Y el candidato de verdad? Alfonso Fernández Mañueco tiene una virtud que en ciertos partidos políticos se valora en grado sumo; la docilidad. Cuando el partido le pidió que adelantara elecciones, no dudó ni un momento en mandar a sus socios de gobierno a paseo. Hoy hasta les llama transfugas para que nadie asocie a los transfugados con el PP. Cuando el partido decide que el protagonista de la campaña sea Casado, Mañueco no tiene ningún inconveniente en relegarse a la categoría de actor de reparto. No es buen orador, no es muy fotogénico, no sabe enseñar los dientes en una sonrisa cordial, pero sí sabe muy bien que la humildad obediente puede llevarle muy lejos y espera tranquilo los réditos de su humildad.  Mañueco se limita a acatar esperando su momento, lo que, de todos modos, resulta mucho más fácil que ponerse a gobernar.

Alguno se preguntará qué tienen que ver las elecciones en una comunidad autónoma con el presente y el futuro de España; por qué todos los medios están dando a la campaña electoral de una región tanta importancia, como si se tratara de unas generales.  Parece, porque no puede parecer otra cosa, que personalidades influyentes están ejerciendo toda su influencia para hacer propaganda al espectáculo de la reaparición de Casado. 

Puede que alguno, más dado a reflexionar, se pregunte qué tiene que ver el espectáculo con lo que se entiende por política. Parece, porque no puede parecer otra cosa, que quien confunde ambos términos concibe la política como medio para alcanzar el poder y nada más. Es la confusión que lleva al populista a valerse de personalidades influyentes concediéndoles cuanto piden en cuanto pueden y a mangonear al pueblo con los recursos psicológicos de la propaganda. Para el populista, el gobierno es asunto de asesores y funcionarios. La agenda del gobernante no puede ocuparse intentando resolver problemas que, en general, no sirven para montar discursos que agiten a los  votantes para sacarles votos.

Donde se dice populista, sería más preciso decir fascista. Pero el fascio italiano de Mussolini y su adaptación al nazismo de Hitler y su adaptación al Movimiento de Franco cometió tantas atrocidades que la palabra fascista se ha convertido en un insulto. Hoy en día, el fascismo no comete atrocidades porque no puede, pero sigue existiendo agazapado en partidos que se llaman conservadores para atraer a los ingenuos que aún creen que esos partidos ofrecen una ideología digna de conservación. El Partido Republicano de los Estados Unidos, entregado a la defensa de la supremacía blanca; los partidos de derechas que hoy salpican el mundo con la voluntad de hacer que la historia retroceda a las épocas en que los vulnerables respetaban el derecho a privilegios de los poderosos, responden a la definición resumida del fascismo: movimiento que, fingiendo una ideología política y social, consiste exclusivamente en la conquista y disfrute sin límites del poder. 

Un análisis profundo de la supuesta ideología de las tres derechas españolas revela su carácter fascista. Un somero análisis de sus seguidores y votantes revela su absoluto desinterés por la política, por lo que resulta fácil convencerles de que las derechas, el fascismo, serán los dueños del poder y, por lo tanto, el mejor árbol al que pueden arrimarse para que les cobije buena sombra.  No saben que ese árbol es una realidad virtual  y que cuando el fascismo gana elecciones, la sombra desaparece y en su lugar queda el pavoroso desierto del «sálvese quien pueda».       


La banalización del fascismo

Marcha fascista

Un día se esparció por el mundo un virus que podía ser letal. Desde ese día y todos los días, los noticieros empiezan con cifras. Cifra de incidencias, hospitalizados, en UCI, fallecidos. Cifra de vacunados y de no vacunados. Cifra de positivos en confinamiento. Cifras. Durante dos años, un virus y los que informan sobre el virus nos recuerdan, nos corroboran, que vivimos en un mundo deshumanizado; un mundo en el que seres humanos y humanoides pierden su identidad en cuanto nacen, pasando a diluirse en una cifra. El virus nos ha corroborado que el hombre, macho y hembra, como ente individual creador y propietario del mundo, no existe; que la individualidad es pura ilusión creada para dar sentido a la lucha por la supervivencia de un ser consciente.  El virus nos ha impuesto la realidad como nunca antes, y la realidad de este mundo es que la única ciencia que puede explicarlo todo  es la matemática.  

Hubo una vez un cálculo que acabó de sembrar la duda ancestral sobre la identidad del hombre y su cualidad de propietario de este mundo.  Fue la logística, rigurosamente planeada y ejecutada, para exterminar a los judíos en los campos de concentración de la Alemania nazi, junto a otros grupos étnicos y políticos considerados indeseables por el régimen. El vulgo, naturalmente,  no reparó en la identidad individual de cada cuerpo amontonado en torres de restos humanos que la fotografía captó para la posteridad. Unos se horrorizaron al ver esas fotos  y pasaron a otra cosa. Otros negaron su autenticidad por diferentes motivos. Lo que ni los unos ni los otros percibieron fue que el cálculo macabro que esas fotos evidenciaban contribuiría a la deshumanización. 

En el genocidio, cada vida humana con su realidad individual se diluye en miles o millones de asesinados. En la realidad organizada, cada vida humana se diluye en cifras que miden el comportamiento de la masa. El modo en que los medios presentan y tratan la masificación, la disolución del ser humano en una masa informe, parece obedecer al objetivo de que el ser humano acepte la inexistencia de su identidad individual; acepte que una vida humana satisfactoria exige, como la de cualquier animal, seguir al rebaño.    

Masificar a los hombres como si de cualquier animal se tratara es una exigencia de diversas disciplinas para entender y organizar sociedades humanas, pero es en el campo de la política donde esa masificación afecta directamente a cada individuo, afecta cuanto supone vivir dotado de cuerpo y mente. Cabe argüir que para administrar los recursos de un país se impone considerar a la sociedad como conjunto. Por supuesto, y es en esta consideración donde se producen las diferencias ideológicas y de otro tipo que orientan el modo de administrar; que orientan la política. Evidentemente no es lo mismo la ideología del político que en la masa distingue las necesidades de cada grupo y en cada grupo, las de los ciudadanos que lo componen, que aquellos que conciben la política exclusivamente como medio para llegar al poder. 

Para quienes la política es, por encima de todo, un trampolín para alcanzar sus intereses personales, los individuos humanos no existen.  Existe la  masa para descubrir y analizar tendencias. Donde el poder depende de elecciones democráticas, en los componentes de esa masa sólo se distinguen votos. Ese es el enfoque del fascismo. 

Hace poco, una representante del Congreso de los Estados Unidos, célebre por el catastrófico estado de su mente, comparó la obligación de llevar mascarillas con la imposición de los nazis a los judíos de distinguirse llevando en el pecho una estrella de David amarilla, y comparó la obligación de vacunarse con el Holocausto. Esta mujer pertenece a la derecha más extrema del Partido Republicano; es trumpista a morir, por supuesto; es fascista. Sin embargo, lo que más llama la atención del personaje es su habilidad para recaudar fondos para sus campañas; para conseguir votos y dinero. Lo que significa que el fascismo vende, que vende cada vez más.  

Las definiciones y análisis del fascismo inundaron las editoriales desde la caída de Mussolini y de Hitler. Desde el invento de Internet, los análisis del fenómeno se cuentan por millones. Cabría suponer que, habiéndose popularizado tanto, cualquier hijo de vecino entiende a fondo el significado del término, pero no es así. El significado y las consecuencias del fascismo se quedaron en la primera mitad del siglo XX y la memoria de los jóvenes se resiste a revivir los horrores de aquella época. El calificativo de fascista se ha convertido en un insulto sin más que los activistas de izquierdas dirigen en las redes sociales a los de derechas, como los de derechas llaman comunistas a los de izquierdas. 

A los politiqueros fascistas ya les viene bien que la mayoría rechace la memoria histórica, que la mayoría se niegue a recordar aquella doctrina que predicaba la destrucción del otro, la destrucción de todo aquel diferente que no pudiera o no quisiera ocultar su diferencia, la destrucción de todo aquel que formara parte de otro rebaño o que no estuviera dispuesto a renunciar a su individualidad para someterse a las reglas del rebaño del líder fascista. Convirtiendo la palabra fascista en un simple insulto se embota el filo del cuchillo y el arma ya no asusta. Banalizando al fascismo desaparece el lobo bajo un disfraz y los incautos pueden acercarse a él sin miedo tomándolo por cualquier perro.

Ayer salió la encuesta del CIS de intención de voto. Suben los que votarían por el PP y por Vox. Quien piensa se pregunta cómo es posible que en un país aplastado durante cuarenta años bajo la bota del fascismo millones de votantes estén dispuestos a entregar al fascismo el poder para que vuelva a aplastarles. ¿Falta de memoria? ¿Deshumanización? ¿Cómo, si no, se explica que millones de votantes estén dispuestos a ignorar la corrupción, la mentiras flagrantes, la prédica del odio, la traición al país para justificar el todo vale para hundir al contrario; dispuestos a ignorar toda la politiquería inmoral del fascismo? ¿O será que esos millones de votantes anhelan que un fascismo fuerte les permita pastar en paz librándoles de la responsabilidad de pensar y actuar como seres humanos?

Parece que el fascismo se está extendiendo por el mundo entero como una pandemia sin necesidad siquiera de imponerse por la fuerza de las armas. Los ciudadanos están votando a fascistas con la misma pasión con que siguen series y películas de terror, para entretenerse.   

Las víctimas del pánico

El dios Pan

Cuenta la mitología que en una batalla contra los titanes, el dios Pan soltó un grito tan horrible que los enemigos huyeron aterrorizados. Los siglos dieron el nombre de pánico al terror más intenso; un miedo que, fundado o no en causas reales, llega a controlar el cuerpo forzándolo a huir o paralizándolo. 

Durante un año, el pánico intentó paralizarme. Un día, después de luchar durante un año para controlar el terror que amenazaba mi cuerpo y mi mente, la causa que me aterrorizaba desapareció. Entonces pensé que era mejor olvidar esa causa y ocuparme de reparar lo que el pánico me había estropeado. En eso estoy,  pero no está resultando tan fácil como me creía. Cada noche  llamo en mi ayuda a Jamie Raskin, representante demócrata por Maryland con varios cargos en la Cámara de Representantes de los Estados Unidos, viendo todos los vídeos de sus discursos y de las entrevistas que concede con asiduidad a diversas cadenas de televisión. 

El 31 de diciembre de 2020,  el hijo de Raskin, de 25 años,  se suicidó. Thomas Raskin sufría una grave depresión. El padre confiesa que el pánico le impidió hablar del suicidio a su hijo. Sigue convencido de que tenía que haber hablado con él sobre el tema. 

Hoy hace poco más de un año, mi hijo llegó a casa para quedarse. Llegaba de Barcelona derrotado por la pandemia, sin trabajo, sin todo cuanto le había proporcionado una juventud activa, emprendedora, esperanzada. Se encerró en su habitación. Agobiada por su sufrimiento y mi impotencia, oí en la radio cómo se estaba incrementando la cantidad de suicidios entre los jóvenes por culpa de la pandemia y la noticia estalló en mi cerebro como el grito de Pan. Me apresó el pánico y ya no me soltó.  Como Raskin, decidí no hablar del tema; no mencionar a mi hijo la palabra maldita para no darle ideas. Me tragué el terror. Y tuve suerte. Mi hijo no sufría una depresión. En vez de considerar el suicidio, no paraba de buscar trabajo en su ordenador. Yo me aliviaba pensando que mientras siguiera relacionándose, aunque telemáticamente, y mientras no le faltara la esperanza, su vida no corría peligro. Un día me di cuenta de que la que estaba en peligro era yo porque mi cuerpo no podría resistir por mucho tiempo ese pánico negro. Y empecé a luchar a conciencia para sacármelo de encima, por mi y por mi hijo.          

Jamie Raskin ha sido para mi un ejemplo en muchos aspectos. Todos los actos de su larga trayectoria política corresponden a los de un ciudadano honesto, profundamente humano. Un día después de enterrar a su hijo, fue al Capitolio. Era 6 de enero, la fecha en que el vicepresidente debía  proclamar a Joe Biden como ganador de las elecciones y presidente de los Estados Unidos. Raskin tuvo que soportar el ataque de la turba que pretendía impedir esa proclamación. Como todos los congresistas, se escondió  y volvió al hemiciclo  cuando la Guardia Nacional desalojó a los trumpistas. Cumplió con su deber, como los demás,  y Biden fue proclamado presidente ya de madrugada. Al día siguiente, sin concederse ni un día de descanso, Raskin empezó a trabajar para imputar a Trump la incitación a un golpe de estado. Lo hizo por su hijo, a quien había inculcado los valores de los que en política se llaman progresistas y que son, en realidad, valores humanos. Lo hizo por su hijo, por las dos hijas que le quedaban y por los hijos de todos sus compatriotas. 

Raskin no ha dejado de trabajar ni un solo día, ahora en el comité que investiga el ataque al capitolio del 6 de enero pasado. Le empuja el miedo, no el miedo que paraliza, ese miedo que le paralizó la lengua cuando tal vez debía haber hablado del suicidio. Le empuja el miedo que incita a luchar contra el peligro. 

Raskin, como tantos intelectuales, políticos y gente corriente que piensa, están convencidos de que la democracia americana está en grave peligro. Tiene miedo, y el miedo le anima a trabajar para que las dos hijas que le quedan y todos sus conciudadanos puedan seguir viviendo en un país en el que se respetan la libertad  y la igualdad. En el Congreso, Raskin es el presidente del Subcomité de Derechos y Libertades Civiles, y por los derechos y libertades civiles ha trabajado durante toda su vida política sin permitir que se lo impida ni el dolor más profundo que nada puede mitigar jamás; la muerte de un hijo.  

Hoy, con mi hijo trabajando en Barcelona acompañado por una mujer que comparte sus valores y muchas cosas más, tengo miedo. Sé que saldrá adelante con más o menos dificultad en medio de esta pandemia asesina de cuerpos y mentes, pero sé también, como Raskin, que la sociedad está al borde del abismo en el mundo entero. El agujero negro que espera un solo paso en falso para engullirnos a todos es el fascismo.  

Al fascismo se le intenta disfrazar con un oropel de ideología. Pero una ideología, de la tendencia que sea,  surge de un pensamiento racional. El fascismo no responde a un esfuerzo del entendimiento por comprender la realidad y concebir soluciones para los problemas que plantea. El fascismo responde, pura y llanamente, al ansia de poder de individuos capaces de hacer cualquier cosa que les pida su ansia, tan intensa como la de un vampiro que necesita sangre para sobrevivir. Y cualquier cosa incluye aplastar como sea a quien se oponga a sus propósitos.

El ejemplo más mundialmente famoso de fascista es hoy Donald Trump. Siendo su país la primera potencia mundial, si Trump consiguiera destruir en él la democracia, el efecto sería políticamente como el de una pandemia vírica. Y Trump no es el único que amenaza al mundo con el fascismo. El autócrata Vladimir Putin lleva años extendiendo el fascismo en Rusia y protegiéndolo en toda su área de influencia. En América del Sur hacen lo propio Jair Bolsonaro, Daniel Ortega, Nicolás Maduro. El enemigo a batir por todos ellos son los políticos de cualquier signo que entienden y defienden el concepto de democracia que expresó Abraham Lincoln en su discurso de Gettysburg; gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo.    

El fascismo no es política ni son políticos los fascistas. Al fascista no interesa el gobierno del pueblo a menos que tenga que ver con sus propios intereses. El ejemplo palmario e indiscutible lo tenemos en España. 

En España, el fascismo ha devorado lo que se llaman las derechas eliminando de sus trabajos toda ideología y programa político.  El PP, Vox y Ciudadanos intentan corroer el Congreso eliminando su función de centro de debate de ideas y programas para la promulgación de leyes; convirtiéndolo en tribuna de insultos y  descalificaciones contra el gobierno elegido por el pueblo que intenta gobernar según la definición de democracia de Abraham Lincoln. 

A los partidos fascistas no interesan las definiciones ni nada que tenga que ver con la verdad avalada por los hechos. A los partidos fascistas solo interesa llegar y conservar el poder a toda costa. Llegar al poder en España les exige desprestigiar a las instituciones para minar la confianza de los ciudadanos en la democracia y utilizar todas la tribunas para minar al gobierno elegido por la mayoría. Y eso es lo que hacen; eso es lo que han hecho incluso mientras los españoles se debatían entre la vida y la muerte en medio de la peor pandemia que registra la historia reciente; eso es lo que han hecho mientras el gobierno luchaba contra la pandemia con todos los medios a su alcance, pidiendo incluso la ayuda de la oposición; eso es lo que siguen haciendo aunque la pandemia aún no se ha superado. Contra todos los esfuerzos de gobierno y ciudadanos, los fascistas españoles utilizan a diario la mentira para destruir todo cuanto pueda lograr la verdad

La verdad es que el futuro de los españoles, como el de tantos ciudadanos de otras partes del mundo, hoy depende del esfuerzo de todos por analizar la realidad racionalmente y decidir, por uno mismo y por todos los demás, si estamos dispuestos a dejarnos engañar por las mentiras y falacias del fascismo; si queremos dejar que sus gritos nos conviertan en víctimas del pánico huyendo de la verdad, o si estamos dispuestos a luchar con todas nuestras facultades humanas para que nuestras sociedades sigan progresando; para que nunca nada ni nadie nos obligue a volver atrás. 

Dejadnos vivir en paz

Otra vez Casado suelta mentiras en el Congreso como si el resto del mundo no existiera. Esta vez escucho en las tertulias a los tertulianos que siempre critican a Sánchez criticar las mentiras de Casado por ser demasiado brutales. ¿A quién se le ocurre decir que los niños catalanes ponen piedras en las mochilas de los niños castellanoparlantes? ¿A quién se le ocurre decir que los maestros no permiten que los niños castellanoparlantes vayan al baño  sugiriendo que los salones de clase en Cataluña se transforman en piscinas de orines?  Se le ocurre al líder de un partido de derechas  que, en su desesperación por llegar al poder, compite con la ultraderecha franquista en decir barbaridades para pescar votos. 

Esta mañana, en una de esas tertulias radiofónicas en las que los tertulianos intentan explicarlo todo, intentaban explicar por qué el líder del Partido Popular ha perdido honra y vergüenza soltando insultos y mentiras nunca oídos en una institución como el Congreso. Uno de los tertulianos ofreció la explicación más verosímil. Casado ha descubierto el secreto de Donald Trump: apelar a los sentimientos y emociones de quienes le escuchan.  

Anoche, escuché a una mujer que es toda una institución en los Estados Unidos decir una frase que, sin sorprenderme, me impactó: «Nada se extiende más rápidamente que una mala idea«. Donald Trump descubrió la clave de su éxito comprobando  la resonancia de las malas ideas que vertía en sus mítines y ralis. ¿Descubrieron lo mismo Casado, Abascal, Arrimadas? Difícilmente. Los tres demuestran que la inteligencia no les llega a la de un hombre que ha conseguido engañar a todo un Departamento de Hacienda de Nueva York y a tantos millones cuantos le votaron para presidente de los Estados Unidos. Lo que los tres líderes de las derechas españolas han descubierto es que el éxito se puede conseguir copiando al exitoso Donald Trump.

Lo que lleva a cualquier ser humano a preguntarse, ¿en realidad vivimos en un mundo en el que prevalecen las malas ideas y las almas responden con mayor fervor a quienes apelan a sus sentimientos y emociones más maléficos? Una respuesta afirmativa puede destruir toda esperanza en un mundo más humano. Por eso el ser auténticamente humano se desvive por explicar lo humanamente inexcusable. 

Difícil lo tienen los seres humanos madrileños para explicar y excusar  la mayoría casi absoluta de votos que dieron a una mujer la presidencia de su comunidad después de haber condenado a muerte sin asistencia médica a miles de ancianos. ¿Qué logro político puede excusar un genocidio semejante? Ninguno. Esa mujer sólo ofrece juerga y posados de revista de moda. 

Difícil lo tienen los seres humanos españoles para explicar los millones de votos que obtuvo un partido condenado por corrupción, por robo de fondos públicos aportados por todos los contribuyentes españoles. Su líder hoy sigue presumiendo de honestidad y, según las encuestas, aún sigue habiendo millones que le votarían. ¿Qué programa político puede excusar semejante mentira y creer que esa corrupción endémica y esa endémica costumbre de mentir no se repetirán en el futuro? Ninguno. Ninguno de los partidos de las tres derechas ofrece un programa político porque, como buenos emuladores de Trump, saben que un populismo exitoso consiste en mentir, insultar, apelar a los sentimientos y emociones más negros de las almas sin distraer a nadie con propuestas racionales. 

Anoche, TV3 tuvo la brillante idea de dedicar la Maratón anual a recaudar fondos para la investigación y tratamiento de la salud mental. Desgraciadamente, el evento se realiza en catalán y, tal como está el patio, resulta inútil pedir o esperar que un no catalanoparlante lo vea intentando entenderlo. Pero uno, aferrado a la esperanza porque sabe que le va la vida en ello, desearía que de la salud mental hablen o escriban en todos los medios y en todas las lenguas oficiales del estado tan constantemente como tratan la pandemia y los recibos de la luz. Es vitalmente necesario que la mayoría ponga a los trastornos de su mente tanta atención como a los trastornos de su cuerpo porque esos trastornos pueden afectar gravemente el cuerpo; el cuerpo de cada trastornado y todo el cuerpo social. A la hora de votar,  esos trastornados no votan por políticos comprometidos con el bienestar de la ciudadanía; votan por populistas que mueven sus sentimientos y sus emociones afectando su facultad racional. Y votar por esos es hundirnos a todos.   

Hoy, cientos de investigadores oficiales, legisladores, juristas americanos están dedicando esfuerzos y todo su tiempo a descubrir las mentiras, fraudes y estafas de Donald Trump, un individuo que hizo y sigue haciendo todo lo que está a su alcance por destruir la democracia en los Estados Unidos. Los millones -repito millones- de pruebas recogidas tienen a ese individuo cada vez más contra las cuerdas. Ya hay analistas políticos que se atreven a escribir y a decir en público que es muy probable que Trump sea imputado por sus desmanes y acabe en la cárcel. Es probable que entonces, los americanos que han creído sus mentiras despierten a la racionalidad. Es probable que entonces, todos los mediocres que en el mundo decidieron copiarle sientan que el miedo les hiela las entrañas y se retiren de la política dejando a los seres auténticamente humanos vivir en paz.