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Un asunto muy serio

El líder del PP, Pablo Casado, se reúne con Aziz Ajanuch, presidente del partido Reagrupamiento Nacional Independiente (RNI) Fuente:LaHoraDigital
24 de mayo 2021 – María Mir-Rocafort

Empiezo en el mismo punto en el que dejé mi artículo anterior; con Nina Simone. Nina Simone se exilió voluntariamente de  Estados Unidos en 1969 tras el asesinato de Martin Luther King.  Aquel fue el último palo que mató a los gloriosos sesenta y dejó en su lugar un mundo cada vez más cínico, más decadente, más infrahumano. Los asesinatos de John Kennedy y su hermano Robert habían destruido todo sueño de su  Camelot, del país de utópica justicia social que ambos concebían y prometían. Quedaba Luther King con su lucha por una América libre de la infrahumana lacra del racismo. Cuando le mataron,  se murieron los sueños. Ya no quedó nada más que la certeza de que vivíamos en una selva de animales salvajes dueños de todos los árboles, a los que teníamos que vivir sometidos para poder comer. Hace unos días, hombres, mujeres y niños fueron cayendo en Gaza bajo los bombardeos de Israel; hombres, mujeres y niños buscaron desesperadamente llegar a la tierra de leche y miel que Ceuta les hacía imaginar.  Hoy, Israel ha dejado de matar en Gaza, y Marruecos ha cerrado su frontera para que no sigan pasando  miserables. Los muertos, las casas destruidas, los miserables que han sido devueltos al país de la miseria con sus sueños apaleados hasta la inconsciencia ya solo son cifras que no alteran las emociones a nadie. Nina Simone eligió exiliarse para siempre en Francia. Los seres humanos, verdaderamente humanos, hoy no saben dónde exiliarse.   

Lo de Gaza y lo de Ceuta ha dejado a los  auténticos seres humanos hechos polvo emocionalmente y con un lío mental considerable. 

Por un lado, Biden tiene que apoyar a Israel sancionando la matanza de palestinos indefensos y la destrucción de otra parte de su franja, ya casi destruida por años de ataques y de imposiciones infrahumanas. Biden tenía que apoyar a Israel porque Estados Unidos ha sido el único apoyo lo suficientemente fuerte que ha evitado que se cumpliera el juramento de los vecinos árabes que se comprometieron hace muchos años a echar a los israelitas al mar. Dirigidos por el poder de una derecha salvaje, los israelitas se defienden matando y destruyendo. Su dios y su instinto de supervivencia les llaman a una defensa asesina.

Lo de Ceuta ha dejado ojipláticos a la mayoría de los españoles. Resulta que el gobierno de España no tiene derecho a prestar ayuda sanitaria a quien le parezca sin pedir permiso al rey de Marruecos, porque si al rey de Marruecos no le gusta el enfermo que se está asistiendo, abre la frontera para que pasen a España miles de los miserables que viven en la miseria porque al rey de Marruecos y a las élites que le sustentan les importa un rábano la miseria de los miserables de su país. Quien allí no encuentre para comer que se vaya, a ver si en otro país le dan.  

Diríase que esto era lo peor que le faltaba a un gobierno asediado por la pandemia y por una situación política que sin duda inspiraría una de sus pesadillas a Tenesee Williams, padre de escorpiones rabiosos que exhibían en los  escenarios la potencialidad del odio y el rencor. Pero no, no era lo peor. Lo peor fue descubrir o constatar que dentro de nuestras fronteras, el odio, el rencor, la envidia de los enemigos del gobierno de España podían alcanzar con su lengua venenosa a los mismísimos cimientos del país; que los enemigos del gobierno de España albergaban tanto resentimiento en su seno, que se habían convertido en enemigos de España.

Que el nacionalismo es miope y excluyente lo sabe cualquiera que haya reflexionado sobre el asunto con racionalidad; como sabe cualquiera que una nación que llamamos nuestra por ser el territorio en el que nacimos o adoptamos para vivir, tiene cualidades de hogar, nos introduce en una gran familia, nos hace herederos de su memoria. Si un extranjero menosprecia o insulta a los españoles, difícilmente habrá español alguno que no se sienta ofendido por poco nacionalista que sea. 

Pues resulta que el principal partido de la oposición, en su afán ya casi demente por derrocar al gobierno de España, ha menospreciado a todos los españoles procurando que no alivie nuestra situación económica el dinero que tiene que llegarnos de la Unión Europea; ha amenazado la integridad territorial de España confabulándose con líderes de partidos marroquíes que quieren recuperar para Marruecos las ciudades de Ceuta y Melilla. Esto último merecería el juicio de traición y las consecuencias penales que se derivan del delito. Quien lo perpetró merecería,  sin contemplaciones, el epíteto de traidor. Si no fuera  porque la persona o personas involucradas tienen el eximente de la estupidez, de la más supina ignorancia y tal vez de algunos trastornos de mayor enjundia.          

¿A quién se le ocurre alardear de sus gestiones ante organismos extranjeros para que el dinero europeo no llegue a España? Al jefe de la oposición, Pablo Casado Blanco. ¿A quién se le ocurre alardear de que su jefe, Pablo Casado Blanco, se enteró antes que el presidente de gobierno de la intención de Marruecos de abrir la frontera de Ceuta, gracias a sus reuniones con líderes de los partidos marroquíes que quieren que Ceuta se anexione a Marruecos? El segundo de Pablo Casado Blanco. O sea, que los líderes del principal partido de la oposición no solo traicionan los intereses de España si no que lo hacen en tribunas con micrófonos abiertos y en programas de televisión; o sea, en público y alardeando de su traición como si fuera un gran triunfo. Esto supera, no ya la más ignorante de las ignorancias, sino diversos grados de trastorno mental.

Pero no debería extrañarnos.  El líder republicano de la minoría del Senado de la primera potencia y más antigua democracia del mundo confiesa en tribuna y con micrófono abierto que su principal cometido es bloquear el 100% de las iniciativas del presidente del país. O sea, que las leyes que posibiliten el bienestar de sus electores no son asunto suyo ni de su partido; y lo dice en público como para quedar bien.  El estado de Arizona, gobernado por el Partido Republicano, ha entregado todos los votos y máquinas tabuladoras de votos a una empresa llamada Cyber Ninja, sin ninguna experiencia en la auditoría de votos, para que audite los votos y certifique la victoria de Donald Trump, analizando los papeles a la busca de indicios de bambú para demostrar que hay países asiáticos implicados en el fraude electoral. El jefe del asunto lo dice así en televisión. Y podríamos seguir páginas enteras enumerando disparates; disparates que conocen todos los medianamente informados. Pero lo que en España, en Estados Unidos y en tantos otros países preocupa y mucho a los ciudadanos cuerdos es el grado de demencia que afecta a los líderes de las derechas, a sus seguidores y, lo que es peor, a los votantes a quienes contagian su locura. 

¿La mayoría está dispuesta a poner su vida en manos de gobiernos de dementes? El no tan pesimista tiene la tentación de decir que no será tanto, pero las últimas elecciones de la Comunidad de Madrid le desmienten. Todo es posible. Es posible hasta que se ganen elecciones en un futuro no muy lejano regalando en la puerta de los colegios electorales un chupachup o cualquier cosa a quien vote por uno de los partidos de derechas. ¿Imposible? Estos ojos que han de disolver la tierra vieron hace muchos años como el Partido Estadista Republicano de un estado asociado a los Estados Unidos ofrecía una mano de plátanos a quien les votara. Buena idea si en el país hubiese habido hambre, pero el caso era que, en aquella época, casi todo el mundo tenía una platanera en su terreno. El partido en cuestión perdió las elecciones, pero a mi se me quedó en la memoria la propaganda de un partido contrario. Decía: «Cojan los plátanos y voten a quién les dé la gana«. 

Tal como está la situación en nuestro país, que es naturalmente el que más nos interesa, cabe aconsejar a los cuerdos que no dejen de ver y oír a los líderes de las derechas en mítines y entrevistas por radio y televisión. Yo les aconsejaría hasta que tomen notas para constatar luego los datos que han pronunciado. Quien no se tome a risa lo que digan por considerar sus disparates asunto muy serio, tendrán, de todas formas, garantizada la sorpresa. No hay persona cuerda que no se sorprenda del grado de estupidez e ignorancia que algunos líderes políticos son capaces de exhibir sin ápice de vergüenza. La explicación más racional que a uno se le ocurre para entender el fenómeno es que los susodichos están convencidos de que los de sus audiencias son aún más ignorantes y más estúpidos que ellos. 

Lo más tranquilizador es que, aunque esa audiencia fiel sea multimillonaria, siguen siendo mayoría los que conservan su cordura por respeto a sí mismos. 

24 de mayo de 2021 – María Mir-Rocafort

El nacimiento de los dioses y la muerte de la creación

Algunos cristianos conmemoran el nacimiento de su dios el 25 de diciembre; otros lo conmemoran quince días después. Hay otros dioses en el mundo que no nacieron, se revelaron explicando su vida, milagros y mandatos a algún profeta. Sus fieles conmemoran la supuesta revelación en otras fechas. Pero en todos los conmemoradores de fechas señaladas por la aparición de distintos dioses hay algo en común. Desde el momento en que nacemos, todos los hombres, machos y hembras, nos percatamos de nuestra indefensión. Nuestra vida, la de todos, nos irá corroborando nuestra impotencia, nuestro desamparo ante circunstancias que no podemos controlar. La comprobación constante de la impotencia esencial del hombre le hace necesitar la fe en un ser omnipotente a quien recurrir para sentirse protegido. Así parece que nacieron todos los dioses que consideramos personales porque cada creyente tiene un dios que protege a su persona. Así nacieron todos los dioses creados por los hombres.    

Todos los dioses creados por los hombres nacen con las máculas de maldad de sus creadores. Todos los libros que sus creyentes consideran sagrados, libros que nos cuentan las hazañas y mandatos de esos dioses, revelan un ansia de poder y un desprecio al ser humano que en ningún caso se puede atribuir a un ser perfecto. De esos libros salen la misoginia, la desestimación de los niños,  la homofobia, la fobia a todo aquel que cree en un dios diferente, la sacralización del castigo, de la venganza; en fin, todas la lacras con que el hombre ensucia y amarga su vida y la vida de los demás. Esta realidad indiscutible debería alejar de esos dioses antropomórficos a todo ser humano con valores morales, pero, por el contrario, las distintas comunidades valoran y ensalzan a quien adora al dios de su comunidad y observa sus enseñanzas y mandamientos. A esa adoración y observancia llaman religión y ser religioso, en ese sentido, se considera una virtud.

Generalmente, quienes rinden culto a esos dioses suelen ser personas muy conservadoras. Entienden que se han de conservar los valores, los mandamientos, las tradiciones que exige el dios milenario de su tribu. En el fondo de esa realidad se encuentra el motivo más perentorio de toda religión, que no es tanto la fe y la confianza en un dios personal, cuanto la necesidad de acogerse al amparo de una tribu que ha elegido como protector a uno de esos dioses. Porque en el principio, para el hombre, la salvación no provenía de un ser sobrenatural, provenía de sus semejantes. Ante el ataque de una tribu extraña, la vida de todos dependía  de que todos hicieran piña para defenderse. No fue el amor lo que unió a una comunidad, fue el miedo. Y sigue siendo el miedo lo que congrega a los hombres en torno a un dios, sea el que sea, incluyendo al dios de los ateos militantes. Por eso y como prueba de eso, en los textos más antiguos sobre dioses y religión se valora el «temor de Dios» como máxima virtud indicativa de y hasta superior a la inteligencia. 

Y las tribus crecieron y, para autorizar o aprobar todo acto, uso o costumbre de los miembros de cada tribu, apareció la política y, para asegurarse la obediencia a los dictados de los gobiernos, los escritores supuestamente inspirados por los dioses concibieron y divulgaron el temor de dios. A lo largo de los siglos, los teólogos han explicado de diversas maneras en qué consiste ese temor, pero esas  explicaciones  parten de una premisa falsa. Si existe un creador sobrenatural de todas las cosas, nadie, absolutamente nadie puede saber qué es ni, por lo tanto, cómo es. De lo que se deduce, sin duda alguna, que todo estudio y discurso sobre lo que se llama Dios es fruto de la reflexión de los teólogos para explicar racionalmente la revelación que atribuyen a Dios. Creer que el mismo Dios reveló a los hombres qué es y cómo es depende, por supuesto, de la fe. Y la fe no puede depender de otra cosa que no sea de la voluntad de cada cual.

Quien en el libre ejercicio de su voluntad decide creer en un creador sobrenatural de todas las cosas racional y éticamente, solo cuenta con un texto para explicar su fe sin meter a un dios en el berenjenal de sus necesidades humanas. Ese texto es el primer capítulo del Génesis. Ese texto dice de Dios lo único que se puede decir, que creó todas las cosas, entre ellas, al hombre, y que al hombre le creó macho y hembra. No se puede decir más porque una mente natural como la del hombre no puede, de ninguna manera, penetrar en misterios sobrenaturales sin recurrir a la excusa a la que todas las religiones recurren; atribuir a sus dioses una revelación.    

De aquí, el temor de Dios. Dios, cualquier dios, no es temible por su cualidad sobrenatural. Dios, cualquier dios, es temible por la naturaleza de sus creadores. Los dioses se hicieron temer por las guerras que se libraron en su nombre y por los horribles castigos que se imponían a quienes desintieran o se apartaran de los dogmas o normas establecidos por una religión; dogmas y normas decretados por los creadores de dioses y, ciertamente, decretos que obedecían a las creencias, convicciones e intereses de quienes tenían poder para imponerlos. Todo esto puede ponerse hoy en presente. 

Si de esas conclusiones extraídas en la esfera de la razón bajamos a la tierra pura y dura de nuestra vida cotidiana, la realidad nos dice que no es a dios, cualquier dios, al que hay que temer. El peligro real que amenaza, que siempre ha amenazado a los hombres, es el hombre mismo, y el hombre más peligroso para sus congéneres es el que se disfraza de un dios. Los dioses antropomórficos están alienando al hombre y, por lo tanto, descomponiendo a la sociedad. Tal parece que esos dioses pretendieran destruir toda la creación, fuera ésta creada por un ser sobrenatural o por la naturaleza.     

Las noticias actuales abruman porque en su conjunto dibujan una distopía que no parece esperar al futuro. El terror al desamparo empuja al hombre a buscar desesperadamente, como en sus principios, la protección de la tribu aunque ello suponga renunciar a su personalidad, a su inteligencia, a sus valores humanos. La máxima demostración de ese terror es la facilidad con que el hombre, de cualquier género y de cualquier edad, ha entregado su humanidad a máquinas que ocupan su tiempo, sustituyen a sus facultades mentales, determinan su conducta. El hombre, deshumanizado, está perdiendo hasta la esperanza de salvar su parcela en el mundo. Bastan unos cuantos ejemplos.

Millones de personas asisten impávidas a la esclavización y hasta el asesinato de mujeres porque dicen los intérpretes de la voluntad de su dios que ese dios así lo manda. ¿Puede un dios crear a una mitad de la humanidad más fuerte en masa muscular y a otra mitad físicamente más débil para que sirva a los más fuertes? Puede en la mente perversa del que creó a ese dios con el mismo propósito que llevaba a los esclavistas a secuestrar africanos para utilizarlos como elementos de producción. La creencia en la inferioridad de la mujer nace de las miles de leyendas que los libros sagrados para muchos atribuyen a la revelación de su dios, ignorando el sencillo relato de la creación: «Creó, pues, Dios al hombre…macho y hembra los creó». Esa perfecta igualdad entre los dos géneros de la especie empezó a ignorarse desde el momento en que el macho descubrió que la vida, la suya y la del resto de la tribu, dependía de la fuerza bruta. ¿Y cómo se convenció a las mujeres de que aceptaran su inferioridad, no ya la física, sino también la intelectual? Atribuyendo tal inferioridad al mandato de dioses. 

Millones de personas desprecian a los pobres equiparando la pobreza al fracaso. A nadie se le ocurre indagar sobre las causas de esa pobreza y, menos aún, sobre el modo de acabar con ella. Los pobres, como los fracasados, ensucian las conciencias, y muy pocos están dispuestos a tolerar que les manchen la vida. Aquí también, algunos creadores de dioses ofrecen explicaciones balsámicas. La pobreza es señal del rechazo, abandono, indiferencia de dios al infeliz que no sabe o no puede conseguir dinero suficiente para vivir con dignidad. Si su dios mismo les abandona, ¿por qué iban los humanos a molestarse preocupándose y ocupándose de  los pobres? Las religiones que predican amor al prójimo resuelven el problema moral con el paliativo de la caridad; otras, ni eso. En un mundo en el que considerables mayorías abrazan como dogma divino el «sálvese quien pueda», cada cual se siente obligado a buscar su salvación y a no perder el tiempo preocupándose y ocupándose de la salvación de los demás. 

Millones de personas se adhieren a los versículos del libro que consideran sagrado en los que su dios maldice al extranjero  y ordena a los suyos que no permitan extranjeros en su país. Ese mandamiento cumplen hoy gobiernos que se proclaman cristianos y que de su Biblia leen lo que consideran más conveniente a su concepto del gobierno. Pululan por los mundos de la política partidos que se proclaman «nacionalistas cristianos» atribuyendo a Cristo la división del mundo en parcelas y el rechazo a quien proviene de una parcela distinta a la suya. Algunos de esos partidos rizan el rizo proclamándose «nacionalistas cristianos blancos». De lo que resulta un Cristo xenófobo y racista. ¿Cómo puede tal aberración triunfar en las mentes de seres humanos y convertirse en votos en las democracias? Otra vez, por el poder de los que dirigen su tribu y la necesidad perentoria de los hombres de vivir incluído en una tribu temiendo su exclusión. 

Millones de personas abdican de las facultades de su mente, de su razón, de su voluntad, para entregarse a las creencias de su tribu, a las decisiones de quienes dirigen su tribu; tribu a la que pertenecen por nacimiento o tribu en la que cada cual consiguió introducirse por distintos motivos para huir de la soledad.  ¿No hay, entonces, quienes puedan deshacerse de cadenas para buscar un sitio donde les dejen vivir libres sin sufrir el ostracismo por lo que creen o dejan de creer? 

Hoy existe algo que se llama socialdemocracia. Social por tener a la sociedad, al hombre que compone todas las sociedades, como centro de toda preocupación y actividad humana. Democracia por tener a la libertad como facultad humana para decidir la vida de cada cual según su propia voluntad. Parece que todo hombre, macho o hembra, que se precie debería abrazar la libertad que le permite evolucionar como ser humano. ¿Cómo es, entonces, que millones se sumergen en lo que les dictan las máquinas para huir de su humanidad? ¿Cómo es que millones prefieren pasar por conservadores observantes de lo que dictan los dioses creados por los hombres antes que considerarse seres humanos libres para pensar y actuar? Estas preguntas debe contestárselas cada cual después de haber respondido a la más crucial de todas las preguntas:  ¿Me considero un hombre, macho o hembra, dispuesto a cultivar y a luchar por mi humanidad, o estoy dispuesto a renunciar a mi humanidad por seguir los dogmas y las normas de quienes han creado dioses para someter a los hombres deshumanizándoles?   

¿A quién importan los enfermos de odio?

Hace unos días, un psiquiatra describió en la prensa la actitud y la conducta cotidiana de personas aquejadas de la enfermedad del odio. Descripción impresionante. Quien lleva en el alma el peso del resentimiento, del rencor, de la envidia, de la ira, de todas esas pasiones que le causan un dolor que le hace detestar al mundo, se levanta cada nuevo día con sus facultades mentales, sus emociones y hasta la expresión de cara y cuerpo predispuestas a enfrentarse a un mundo hostil del que solo espera y al que solo ofrece hostilidad. 

Es tan fuerte la palabra odio que pocos enfermos se reconocen el padecimiento y aún son menos los que lo aceptan. Así, el odio va creciendo en el alma en silencio como un tumor, sin diagnóstico ni tratamiento; amargando la vida del infeliz que lo padece hasta que la muerte del cuerpo le llega como una liberación. Por eso el odio se manifiesta en distintos grados. Puede ir del mal humor crónico a una aversión grave contra lo que el sujeto identifica como causa de su mal; gravedad que en su peor extremo puede llevar a la violencia. 

No hay cifras que cuenten el número de enfermos de odio en sus diversos grados. Las que se ofrecen sobre salud mental se quedan en el recuento de enfermos de ansiedad y depresión. Aún no se ha llegado al reconocimiento del odio como enfermedad, tal vez porque su apariencia es tan monstruosa que da miedo o porque más miedo da enfrentarse al hecho de que una inmensa parte de la humanidad padece ese trastorno. Por lo que sea, la sociedad en los países civilizados, tan aparentemente preocupada por el bienestar general, deja al enfermo de odio a su suerte. Del enfermo de odio solo habla la prensa cuando la enfermedad lleva a un enfermo  o a un grupo de enfermos a la violencia, en cuyo caso solo se refiere el suceso violento y la víctima o víctimas que ha causado. El enfermo de odio vive condenado a sufrir en soledad. Aunque hoy, el verbo vivir podría ponerse en pretérito imperfecto. A los enfermos de odio hoy les tiene en cuenta un colectivo que descubrió  hace mucho tiempo, en su trastorno y en la cantidad de trastornados, una mina de la que pueden extraer abundantes beneficios. Ese colectivo es el de los políticos fascistas de distinto signo, de extrema derecha y de extrema izquierda, como se les llama imprecisamente para entenderse.

El fascismo fue una respuesta a la hecatombe de la Primera Guerra Mundial. Invento colosal de Benito Mussolini, fue después la inspiración de Hitler y, después de Hitler, de Franco. Los historicistas y analistas políticos de toda índole definen al fascismo como una ideología. En sentido estricto, no lo es. El fascista no tiene ideología porque todas sus facultades mentales se ocupan únicamente del modo de conseguir el poder y de conservarlo cuando lo consigue. Para conseguir el poder, Mussollini y Hitler contaron con propagandistas geniales que sabían llegar al núcleo de las almas excitando las fibras más sensibles. Franco lo consiguió venciendo en una guerra. Los tres lanzaron anzuelos cargados de odio a los que acudían en tropel los enfermos de odio atraídos por sentimientos familiares. Los tres proporcionaron a esos enfermos el consuelo de integrarse en una tribu; una tribu sancionada por los poderosos que les acercaba al poder sacándoles del rechazo que les condenaba a la soledad.

Lo que fue una pandemia de odio quedó en el pasado por la derrota de los que fundaban su poder en el odio. Solo Franco logró morir en una cama.  Tras la muerte de los tres dictadores, la libertad permitió evolucionar a los ciudadanos y todas las personas de los países libres pudieron disfrutar de la democracia. Pero llegó otra depresión, la depresión causó el fracaso de muchos y el fracaso aumentó el número de los enfermos de odio. Atraídos por esas masas crecientes de odiadores, los obsesionados por el poder volvieron a lanzar sus anzuelos sobre el cardumen de enfermos, y así llegamos a la atmósfera podrida de odio que amenaza hoy al mundo con mayor peligro aún que el deterioro del medio ambiente físico. 

De los Estados Unidos a Rusia, pasando por Brasil, por toda Europa, los fascistas de todo signo, dispuestos a cualquier cosa por obtener dinero y mando, aprovechan la libertad de expresión que les otorga la democracia para envenenar a los ciudadanos con mentiras. A la cabeza de todos, como ídolo inspirador, Donald Trump. Trump domina, como nadie en este siglo, la propaganda que encumbró a Mussolini, a Hitler, a Franco. Los fascistas de medio pelo memorizan y repiten sus palabras con la esperanza de engañar al mayor número posible de perturbados a los que el odio impide el uso saludable de su facultad racional. Trump exige por escrito, ya sin contención alguna, que se acabe «con todas las reglas, regulaciones y artículos, incluyendo los de la Constitución» y se le devuelva a la Casa Blanca o que se convoquen elecciones de inmediato porque Joe Biden es un presidente ilegítimo. Los fascistas discípulos suyos copietean. O perdieron las elecciones por fraude o  perdieron el poder por una moción de censura injusta. Por lo que sea, los fascistas no dejan de clamar por el poder que les arrebató un presidente ilegítimo. Si no pueden esperar la intervención a su favor del ejército, claman por elecciones inmediatas. El presidente ilegítimo ha hundido al país, dicen, aunque las cifras macroeconómicas desmientan el disparate. Ese presidente ilegítimo es un dictador que quiere acabar con la democracia, dicen, aunque fuera elegido democráticamente y consiga aprobar leyes dialogando con legisladores de diferente signo. La cuestión es mentir, insultar al adversario, deshumanizarle para convencer al personal de que es un enemigo a abatir. ¿Suena familiar? 

La sarta de mentiras que los fascistas repiten constantemente porque complacen a los enfermos de odio y pueden hacer dudar a los sanos, ya suena familiar en todas partes. Tan familiar como el rechazo al diferente que en todas partes va engrosando el número de sucesos violentos. Como sabido es que la política aburre a la mayoría, los fascistas aliñan sus discursos tronando contra quienes, por diversos motivos, se diferencian de lo que la mayoría considera normal. Esa deshumanización del diferente resulta mucho más eficaz que toda crítica al político porque excita las fibras más sensibles de los odiadores. Se trata de convencer a odiadores y sanos de que el diferente quiere quitarles algo que es suyo. Así consiguió Hitler inculcar el antisemitismo en Alemania; antisemitismo que se contagió en los Estados Unidos de los años 30 y 40. En las sociedades multiétnicas y multiculturales de hoy, florecen como setas venenosas el racismo, la xenofobia, la misoginia, la pornografía violenta, la aporofobia, la homofobia. Reflexionando sobre ese campo de odio y muerte, uno se pregunta si la enfermedad del odio contagiará a la mayoría; si los fascistas lograrán triunfar convenciendo a la mayoría de que el odio es más excitante que la aburrida humanidad.

La victoria del voto

Este artículo viene a ser una continuación de mi artículo anterior. Lo escribo dos días después para compartir una alegría. 

Raphael Warnock ha ganado la segunda vuelta de las elecciones a senador de Georgia. ¿Por qué tendría que interesar a los españoles una noticia sobre el sur profundo de los Estados Unidos? ¿Por qué tendría que interesarme tanto a mi? Empecé mi artículo de hace dos días  presentando las elecciones de Georgia como un ejemplo del trastorno que aqueja a millones de votantes y que amenaza a la democracia en todos los países en los que la democracia garantiza la libertad. El ejemplo tenía valor universal. Hoy me ha animado el alma el corto y sencillo discurso de Warnok agradeciendo su victoria y hoy quiero compartir unas frases suyas que también valen para el mundo entero.  La esperanza vence siempre cuando cuenta con la asistencia de la razón y la voluntad de luchar contra los malos agüeros de quienes, por diversas razones, prefieren ver todo mal.

A las elecciones a senador por el estado de Georgia, el Partido Republicano presentó de candidato a Hershel Walker, ex estrella del fútbol americano. Por varias razones que expliqué en mi artículo anterior, Walker demostró durante toda la campaña su absoluta ineptitud, no solo para acceder al senado, sino para el desempeño de cualquier profesión que requiriera un mínimo esfuerzo intelectual. Lo único que validaba su candidatura era el patrocinio, descaradamente entusiasta, de Donald Trump; patrocinio que carecía de explicación racional alguna. En los últimos días de su campaña, la ineptitud de Walker se hizo tan patente y risible que acabó sugiriendo un motivo tan oscuro e inmoral que ni el más valiente de los analistas se atrevió a manifestar en público. Hershel Walker es negro. Perorando con el acento y el tono que se utilizaba en el cine hasta no hace mucho para ridiculizar a los negros de baja extracción, Walker convertía sus mítines en payasadas para provocar la risa del personal. ¿Por qué Donald Trump, convencido y público supremacista blanco, se empeñó en convertir a Walker en candidato al Senado? Con esa candidatura mataba dos pájaros de un tiro. En primer lugar, ventilaba la inferioridad de los negros y lo que podía esperarse de los negros si se les daba poder. En segundo lugar, Trump demostraba que tenía razón al escribir en su red social que se consideraba con derecho a hacer lo que quisiera. La candidatura de un negro casi analfabeto demostraba que ni todo un Partido Republicano, con más de cien años de historia empezando por Abraham Lincoln, podía oponerse a sus caprichos de Calígula. Si ese negro casi analfabeto ganaba las elecciones -y Trump estaba seguro de que, con su nombre de por medio, las iba a ganar- su presencia en el Senado demostraría lo perjudicial de la democracia. Pero además, y lo más importante, el mundo entero reconocería el poder omnipotente de Donald Trump, y los Estados Unidos de América recuperarían su poder imperial bajo la férula del emperador que había sido capaz de destruir la democracia más longeva del mundo. 

Las elecciones al Senado de los Estados Unidos por Georgia las ganó ayer el candidato del Partido Demócrata, Raphael Warnock; un negro con varios titulos, entre ellos, un doctorado en Filosofía; pastor de la Iglesia Bautista que había sido regentada por Martin Luther King; con un año de experiencia en el Senado. Los mítines de Warnock no eran sermones, como podría esperarse de un pastor. Warnock enumeraba y explicaba los diversos problemas que aquejan a  sus compatriotas de Georgia, sin distinción de razas ni de estatus social, y se comprometía a utilizar el gran poder del Senado americano para promover soluciones a esos problemas. Quien le escuchara con atención sabía que no soltaba promesas hueras por propaganda. Durante el año escaso que estuvo en el Senado, Warnock no dejó de trabajar por los intereses de los ciudadanos, y no solo por los ciudadanos de Georgia. Warnock participó en la consecución de un bipartidismo sin precedentes para que se aprobaran leyes sociales y estructurales que paliaran la difícil situación económica que atraviesa su país, como todos los países del mundo. 

Pues bien, todas las encuestas predecían un empate entre Walker y  Warnock, solo explicable porque Warnock no podía competir con la ex estrella de fútbol americano en materia de diversión. Entonces, ¿qué pasó? Lo dijo Warnock en el discurso, totalmente improvisado, en el que agradeció su victoria: «La gente, una vez más, se alzó en una coalición de conciencia multiracial y multireligiosa«, dijo, y dijo más: «Un voto es una especie de oración por el mundo que queremos para nosotros mismos y para nuestros hijos. Votar es la fe puesta en acción«. No se refería a la oración y a la fe como asuntos religiosos porque añadió: «Y si no sois dados a esa clase de lenguaje religioso, está muy bien. Nuestra tienda es muy amplia. Pongámoslo, simplemente, de esta manera. Cada uno de nosotros tiene valor, y si tenemos valor, tenemos que tener voz. Y el modo de tener voz es tener un voto que determine la dirección de nuestro país y de nuestro destino dentro de este país».

En nuestro país, parece imposible que el principal partido de la oposición entienda que la política no tiene nada que ver con una propaganda constante basada en insultos y mentiras. En nuestro país, el principal partido de la oposición desprecia a los ciudadanos hasta tal punto que, por no prepararse los discursos, sus líderes sueltan cualquier disparate convencidos de que colará. En nuestro país, el principal partido de la oposición no respeta el valor de los ciudadanos ni su capacidad de votar en conciencia; no respeta el valor de la democracia; no respeta el valor de la libertad. 

Dicen las encuestas que el principal partido de la oposición y el principal partido del gobierno están casi empatados. Al que piensa en su futuro y en el de sus hijos y en el  futuro del país en el que viven él o ella y sus hijos, le queda la esperanza, hoy fortalecida, de que en las elecciones prevalezca la razón y la voluntad de la mayoría de los votantes; de que a la hora de votar, la mayoría de los votantes demuestre la fe en sí mismos y la voluntad de trabajar para sí mismos y para su país.

¡Alerta! ¡El TOC más peligroso!

Una epidemia muy grave nos amenaza. ¿Tan grave como el Covid 19? Más. Según las encuestas, millones de españoles sufren el trastorno obsesivo-compulsivo conocido por el acrónimo TOC. De este trastorno neurológico solo se mencionan los síntomas que más se asocian a las manías, como lavarse las manos compulsivamente por temor a una infección o dedicarse obsesivamente a ordenar cosas. Pero nadie, absolutamente nadie, ni siquiera la Asociación Americana de Psiquiatría, se atreve a profundizar en causas y consecuencias de un TOC que no se manifiesta con lo que podría confundirse con una manía; un TOC que pone en peligro, no solo la calidad de vida de quien lo padece, sino el bienestar de millones a su alrededor. Nada más peligroso que una persona dispuesta a votar por un partido que se ha demostrado corrupto por sentencia judicial; que allí donde gobierna demuestra absoluta indiferencia por la salud de los menos favorecidos, por los trabajadores, por la educación de los jóvenes, por los discapacitados, por los ancianos; que dedica su trabajo político a recortar derechos y libertades de mujeres y  minorías. Nada más peligroso que una persona dispuesta a votar por un partido que ignora la Constitución cuando la Constitución no le conviene y que secuestra al Poder Judicial cuando no le conviene que los jueces le apliquen la ley. Nada más peligroso para toda la población de un país que una persona dispuesta a meter en la urna un voto sin plantearse siquiera las consecuencias que ese voto puede tener en su vida y en la vida de los demás.  Votar por un partido que acepta la democracia como un mal menor que se puede ir superando subrepticiamente a base de demostrar con hechos su inoperancia denota un grado de autodestrucción que solo puede obedecer a un trastorno neurológico. Ese trastorno se confunde, muchas veces,  con fobia a la política; es decir, rechazo a enterarse de quiénes y cómo  gobiernan nuestras vidas. Y ese trastorno es, hoy por hoy, una pandemia. 

La política en los Estados Unidos de América ha llegado a un grado de locura que raya la bufonada. Mañana se elige a un senador por el estado de Georgia. El candidato que presenta el Partido Republicano es Herschel Walker, ex estrella del fútbol americano, sin estudios y sin haberse asomado a la política en su vida. No hay analista político serio que pueda contener la risa cuando comenta los  discursos de Walker en su campaña electoral. Con acento apenas inteligible, Walker cuenta historias disparatadas, chistes, fantasmagorías. De su programa electoral, solo una frase porque no sabe más: está contra el aborto, como su partido, a pesar de haber obligado a abortar dos veces a una amante que lo ha ventilado en toda la prensa. El contrincante demócrata de Walker, Raphael Warnock, es un pastor bautista, doctor en filosofía, senador desde 2021. Pues bien, Walker y Warnock aparecen en las encuestas cuello con cuello. Los caminantes entrevistados por locutores de diferentes cadenas que se dicen dispuestos a votar por Walker dan como razón que era una estrella de fútbol y alguno se manifiesta apolítico. Si gana las elecciones, Walker pasará a la historia como el senador que hacía retumbar las risas en las paredes del senado, como las risas sacuden todos los locales donde da sus mítines. Pero ayer ocurrió algo tan despatarrante que eclipsó a Walker y a todo lo demás. Donald Trump escribió en su red social un comunicado repitiendo que las elecciones de 2020 habían sido fraudulentas y exigiendo que se acabara con la Constitución y se le devolviera a la Casa Blanca o que se convocaran elecciones generales de inmediato. Las cadenas por cable interrumpieron noticias, entrevistas y comentarios para leer el texto de Trump. Los presentadores se quedaban ojipláticos durante unos segundos y después disimulaban la risa sonriendo. Todos, en todas las cadenas, sugirieron que Trump sufría un trastorno mental. Aún así, la Casa Blanca envió enseguida un comunicado defendiendo la Constitución. ¿Por qué a Trump se le ocurrió de pronto escribir ese texto durísimo con tono y exigencias de monarca omnipotente? Porque le espera, de un momento a otro, una ristra de imputaciones por varios delitos cometidos durante y después de su presidencia y necesita desesperadamente recuperar la inmunidad que la presidencia otorga. Trump ganó las elecciones de 2016 con chanchullos y los cuatro años de su mandato fueron demenciales. El problema al que su partido se enfrenta hoy es que a Trump no hay quien le tosa porque recibe millones de dólares en donaciones que podrían ayudarle a ganar las elecciones en 2024. El partido no puede renunciar a esos millones. Los donativos importantes tienen fácil explicación. Provienen de grandes empresarios que esperan favores a cambio si Trump recupera el poder. ¿Pero cómo se explican los donativos de millones de ciudadanos que le envían cantidades pequeñas? Fobia a la política y trastorno autodestructivo; no tiene otra explicación.

Algún americano, por defender a su país, podría comparar la chifladura de sus políticos republicanos con la de los políticos españoles imprecisamente llamados de derechas. Pero un español medianamente enterado podría demostrarle que los de aquí superan de calle a los de allá. 

El presidente del Partido Popular, por ejemplo, inspira a los usuarios de redes sociales que reproducen sus discursos a rematar comentarios con emoticones que lloran de risa. Parece imposible que Feijóo pueda hilvanar un discurso entero sin circunloquios hilarantes y sin pifias. Cuando sentencia, parece haberse leído todos los discursos de Rajoy y cuando ofrece datos de cualquier índole, parece no haber leído un libro en su vida. Uno se vería tentado a preguntarse de dónde ha salido ese hombre si no fuera porque todos sabemos que fue presidente de Galicia durante 13 años; lo que, a su vez, mueve a preguntarse, ¿qué le pasa a los gallegos que le votaban? Claro que el hecho de que no sepa hablar en público sin torturar el idioma y confundir datos no parece algo grave que le impida gobernar estando asesorado por expertos. Lo que tiene una importancia vital porque afecta a todos los españoles es que Feijóo, palmariamente y sin ambages, desprecia a la Constitución y a la democracia. Ya pueden todos los medios afines a las derechas repartir culpas equitativamente entre Feijóo y Sánchez por los cuatro años que lleva bloqueado el Consejo General del Poder Judicial. Todo el país sabe que la institución que rige al Poder Judicial no ha podido renovarse porque Rajoy primero y Feijóo después se oponen al mandato constitucional de renovarla. Todo el país sabe que Rajoy primero y Feijóo después quieren controlar el poder judicial por la misma razón por la que Trump quiere perpetuarse en la presidencia. Ciertos políticos mal llamados conservadores protegen la impunidad propia y la de sus correligionarios haciendo lo que sea para controlar a los jueces. 

Tiene el Partido Popular otro personaje de película. Isabel Díaz Ayuso, incapaz de soltar un discurso, por corto que sea, sin leer lo que le han escrito, dice sin inmutarse tal cantidad de auténticos disparates que ni siquiera incita a sonreír. Quien le escribe los discursos confía en la sensatez de Pedro Sánchez para que a la presidenta de Madrid no le caiga una denuncia por difamación. Lo que la presidenta, al parecer, toma por desprecio porque sus insultos contra el presidente del gobierno van subiendo de tono hasta rayar en la vesania. Pero, como en el caso de Feijóo, sus discursos no son lo más serio. Corre a diario por las redes una cifra pavorosa: 7.290. 7.290 fue el número de ancianos que fallecieron de Covid 19 durante el confinamiento, encerrados en residencias sin recibir socorro, sin atención médica; 7.290 ancianos a los que la Comunidad de Madrid negó asistencia hospitalaria. No hay caso como éste que pueda disculparse en un país desarrollado. ¿Hay caso como el de esta persona que merezca ganar unas elecciones por mayoría casi absoluta? Solo en caso de que quienes la votaron sufran un trastorno neurológico como el descrito en la entrada. 

Podría concluir su relato el español medianamente enterado mencionando los exabruptos de los de Vox y Ciudadanos en el Congreso. No tienen nada de original ni de risible, pero sí de peligro.  Se trata de burdos intentos de ensuciar la política para que los votantes aquejados del trastorno que les hace votar a ciegas, voten a ciegas en un ejercicio de autodestrucción.

Día Internacional del Palabreo

«Parole, parole, parole» cantaba Mina, gran dama de la canción italiana de mi niñez y mi juventud. El Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer ha traído a mi memoria su voz y la sonrisa irónicamente triste con que la cantaba. Palabras, palabras, palabras. 1.171 mujeres asesinadas desde que empezaron a contarse sus cadáveres en 2003. ¿Cuántas más habrá hasta que se muera este año el 31 de diciembre? Mientras tanto y durante nadie sabe cuántos años más, minutos de silencio, flores, manifestaciones con camisetas, pulseritas y pancartas moradas y discursos, muchos discursos, muchas palabras, palabras, palabras. A nadie se le ocurre que mientras miles por todo el mundo se manifiestan y discursean con emotivas palabras reivindicando el derecho de la mujer a vivir sin miedo, a una mujer la está amenazando en su casa  un puño cerrado, un cuchillo. ¿De qué le sirven a esa mujer las manifestaciones, los discursos? ¿De qué le van a servir los minutos de silencio si los golpes o el cuchillo acaban con su vida? 

Todos los golpes que recibí desde los diez a los quince años y el miedo a los golpes que amargaron mi infancia y mi adolescencia me dan derecho a decir, ya sin ambages, que me revientan los minutos de silencio, las manifestaciones y los discursos emotivos que convierten un día como el de hoy en un festival. Mientras miles por todo el mundo se manifiestan y discursean reivindicando el derecho de una mujer, de una niña, a vivir sin miedo, millones por todo el mundo cantan, saltan y gritan por los goles del mundial de Qatar. Mientras miles por todo el mundo se manifiestan y discursean reivindicando el derecho de una mujer, de una niña, a vivir sin miedo, el mundo aparentemente civilizado se postra ante lo millones de Arabia Saudí; ignora la opresión, el terror de las mujeres en Afganistán, en Irán y en muchos etcéteras porque ya no son noticia. Las manifestaciones y los discursos feministas me recuerdan a algún vecino piadoso que alguna vez me curó un golpe que sangraba y no se metió en más honduras porque cada cual tiene sus cosas. Y ese recuerdo me hizo pensar en la cantidad de cosas que tendrá el rey de España que, con tres mujeres en su casa, se va a Qatar sin ningún reparo a ver el juego de los españoles. No sería muy patriota poner en peligro el dinero que países como Qatar y Arabia Saudí invierten en España. Pues bien, los golpes que recibí y el miedo a los golpes con el que viví durante los años más cruciales de mi vida, me dan derecho a decir, a mi provecta edad, que me revienta la hipocresía y que ya va siendo hora de que reviente soltando lo que he callado durante tantos años; repitiendo la solución que tantas veces he escrito demasiado tímidamente. Claro que el problema tiene solución de verdad, sin palabreo. Lo que no tiene solución es la cobardía de quienes, teniendo el poder para solucionar el problema, alivian su conciencia con flores, velas y palabras. 

Una tarde de mis quince años me vi en la terraza del Caribe Hilton de Puerto Rico en una situación que me parecía irreal. Estábamos en una mesa mi padre, mi madre, el segundo marido de mi madre y yo. Dos días antes, mi madre había recibido un telegrama anunciándole la llegada de mi padre al país y ese telegrama había causado en la casa pánico. Yo tenía un ojo medio cerrado por un puñetazo y llevaba varios días diciendo lo que me pedía mi madre que dijera; que me había caído. Eso iba a decirle a mi padre cuando me preguntara, pero mi padre no me preguntó. Sin estridencia alguna, con voz hasta cordial, mi padre se dirigió al marido de mi madre. «Me han dicho que le pega usted a mi hija». El marido de mi madre se explayó enumerando todos los defectos que me convertían en merecedora de todos los golpes. Mi padre le escuchó sin interrumpirle. Cuando el cafre hubo terminado, la cara de mi padre se transformó sin ningún aspaviento. Le miró fijamente con la seriedad de Fassman en el escenario y le dijo, «Usted es un cobarde». La frase y su efecto fueron para mí una revelación. Aquel individuo grande y robusto que desde mis diez años me pegaba todos los días con mano abierta y puño cerrado y cinturón y cualquier cosa que tuviera en la mano,  se convirtió de pronto en un alfeñique tembloroso. «Los tipos como usted», siguió mi padre, «solo pegan a las mujeres porque con un hombre no se atreven.» En ese momento, sentí que se me había muerto el miedo.  Mi padre dijo más, pero no lo recuerdo. «Si vuelvo a enterarme de que pega a mi hija», concluyó, «se va a tener que enfrentar conmigo y le aseguro que lo voy a dejar hecho trizas». El cafre no volvió a pegarme nunca más aunque me hacía la vida imposible con lo que ahora llaman maltrato psicológico. Dos años después, me negué a volver a la casa de mi madre. El asunto se solucionó.  

¿Existe una auténtica intención de solucionar la violencia que sufren las mujeres por parte de sus parejas y de otros hombres? Feministas y políticos responden al unísono que solo se soluciona con la educación. Y sí, es necesario educar a los chicos para que repudien el machismo y a las chicas, para que no lo toleren. Pero no es suficiente. El mundo está lleno de homínidos que no logran evolucionar al grado de seres humanos, y algunos de esos homínidos son cafres. La educación puede transformar en ser humano consciente a quien tenga la disposición de aceptar un criterio moral y de regir por él su conducta. Pero eso, evidentemente, depende de la voluntad de cada cual. ¿Se puede solucionar la violencia contra las mujeres esperando que los hombres quieran educarse y se eduquen? Solo si a feministas y políticos no les importa seguir esperando años de manifestaciones, flores, velas y discursos para decir a las mujeres maltratadas cuánto importa su tragedia personal.  

La única auténtica solución me la sugirió mi padre aquella tarde. Los cafres son cobardes que atacan al más débil porque saben que no se podrá defender. Los hombres cafres maltratan a las mujeres porque las superan en porcentaje de testosterona en sangre y la testosterona incrementa la masa muscular y ósea y la fuerza. Ante los golpes de un cafre, una mujer no tiene defensa posible. Pero, ¿qué pasaría si esa mujer tuviera maña suficiente para evitar los golpes del cafre y vencer su fuerza?  La pregunta encontraría respuesta rápidamente si en todo los colegios se impartieran, por ley, a las niñas clases de defensa personal y esas clases se impartieran a adultas gratuitamente. ¿De qué sirve que en manifestaciones y pancartas feministas se diga que la mujer quiere salir a la calle sin miedo? No sirve absolutamente para nada porque el que está dispuesto a violar a una mujer que ve caminando sola  no piensa en manifestación ni en pancarta alguna. Otra cosa muy distinta ocurriría si cundiera la información de que las chicas salen del colegio sabiéndose defender. Poco después de aquella tarde memorable en la que mi padre me reveló muchas cosas sin saberlo, salió en la portada de varios periódicos americanos la  noticia de que un japonés delgado y bajito había dejado tontos en el suelo a cuatro hombres que le habían atacado en un callejón. El japonés tenía una academia de karate y judo. La noticia puso de moda a las artes marciales causando furor.

Con las clases de defensa personal desde pequeñas, se acabaría el problema de la violencia contra las mujeres. ¿Cómo es que esa solución tan sencilla no se le ocurre a nadie? La respuesta nos enfrenta a otro problema. ¿Cuántos políticos hay en los países democráticos que se atrevan a proponer esa solución? Evidentemente, ninguno.  

Para enseñar a los niños la igualdad de facultades y derechos de hombres y mujeres, bastaría leerles y explicarles el primer capítulo del Génesis. «Creó, pues, Dios al hombre…macho y hembra los creó». Sustitúyase la palabra Dios por Naturaleza para los no creyentes; la igualdad de machos y hembras de la misma especie sigue siendo cierta. ¿De dónde salió entonces la desigualdad que las mujeres tuvieron que sufrir durante siglos, que aún sufren en algunos países, que siguen sufriendo en países democráticos que conservan discriminaciones atávicas? Salió de la superioridad que al hombre otorga la testosterona y de la doctrina y los mandamientos de los dioses creados por los hombres. Hoy por hoy, la desigualdad intelectual de las mujeres solo la puede afirmar un imbécil. La desigualdad física no se puede negar y por eso los cafres siguen maltratando y matando a mujeres.

La nave de los locos

Madrid vio el domingo una multitudinaria manifestación en defensa de la sanidad pública. Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, vio en las calles de su capital a 34 médicos y 200.000 comunistas.  Todas las encuestas y los analistas políticos de los Estados Unidos predecían que una marea roja, es decir, marea de votantes del Partido Republicano, iba a cubrir el país en las elecciones legislativas y federales. Se equivocaron. Resultó ser una marea azul  que entregó la mayoría del Senado al Partido Demócrata y una mayoría escuchimizada  a los republicanos en la Cámara de Representantes. Pero Donald J. Trump, ex presidente de los Estados Unidos y máximo responsable de la debacle republicana en las elecciones, ha anunciado que  volverá a presentarse como candidato a la presidencia en 2024. Lo anuncia con dos años de antelación por diversos motivos, uno de ellos, para no renunciar a su vocación de estrella mediática; vocación que, durante su mandato, convirtió a todo el país, incluyendo la Casa Blanca, en un inmenso plató de televisión. Vladimir Putin despertó un día sintiéndose heredero de los zares de Rusia, llamado por el destino a devolver a la gran nación su antigua gloria. Empezó por querer anexionarse a Ucrania y nadie sabe cómo acabará porque, si no le dejan anexionarse todas las antiguas repúblicas soviéticas y seguir más allá, puede que decida demostrar su poder omnímodo destruyendo el mundo con su armamento nuclear.  Probando el armamento nuclear de su país, Kim Jong-un, líder supremo de Corea del Norte, entretiene su abundantísimo tiempo libre jugando a convertirse en líder mundial. Muy cerca, Xi Jingpin, líder supremo de China, se prepara para anexionarse a Taiwan amenazando con bombas nucleares a quien se le ponga por delante. Y estos son solo unos cuantos de los ejemplos que demuestran que el mundo se ha convertido en una nave conducida por locos hacia el Paraíso de los Locos, según la alegoría de Platón. 

Diríase que vivimos al borde de hundirnos en las profundidades de un mar proceloso conducidos, por los que tienen el poder, hacia un inevitable y definitivo naufragio. La Historia nos tranquiliza contándonos que hubo tiempos peores, mucho peores, de los que la humanidad salió, en los países civilizados, más robustecida, más libre, más humana. Vano consuelo. No había en tiempos de reyes y guerreros locos armas de destrucción masiva ni estaba el mundo entero amenazado por los elementos dispuestos a vengarse de los abusos de los hombres. Hoy todo amenaza muerte. Los hombres, machos y hembras, parecen haberse hartado de la Creación; de la exigencia de evolucionar creando; creándose, sobre todo, a sí mismos. Hoy parece que los hombres se hubiesen rendido agotados por el esfuerzo racional que exige alcanzar el grado de seres humanos. Alcanzar ese grado debería determinar el rumbo de una vida humana para llegar al puerto final con la certeza de haber cumplido con la razón por la que Dios o la Naturaleza ofreció al hombre la Tierra y cuanto en ella existía para que la gobernara y disfrutara. Pero hoy parece que los hombres se hubieran cansado de gobernarse a sí mismos  y de gobernar a la Tierra y hasta de disfrutar con el alma cuanto el mundo les ofrece. Hoy parece que la mayoría prefiriera un mundo virtual.   

La democracia moderna otorga el poder, en primer término, a los votantes para que los votantes elijan a quienes van a representarles en el gobierno de una nación. Parecía que los políticos habían dado con la fórmula idónea para convivir con la igualdad de todos ante la ley y la libertad que a todos permite evolucionar como seres humanos. Pero un buen día, la mayoría de los ciudadanos, embriagados por los discursos de locos que parecían importantes, entregaron a esos locos el poder sin preguntarse si esos locos estaban capacitados para pilotar la nave del gobierno. Y en el mundo que llamamos civilizado, se armó la de San Quintín; aquella batalla del siglo XVI que costó miles de vidas humanas y que ha servido desde entonces para referirse lo mismo a una gran conflagración que  a un escandalete. 

Hoy vivimos entre conflagraciones y escandaletes  porque la tripulación de la nave parece haberse vuelto loca y confía la nave y sus vidas a quienes no saben ni quieren saber cómo llevar un timón. Dice Benjamin Jowett, traductor inglés de Platón, que la tripulación de la nave de los locos se adueñó de la despensa y no hacía otra cosa que beber y comer. Borrachos de distracciones y hartos hasta reventar, los medio pobres de hoy llenan sus ratos libres con todas las formas de diversión que les ofrecen los magnates de la diversión y que sus cuentas bancarias y préstamos y tarjetas de crédito les permiten. No tienen tiempo ni ganas de mirar al cielo, de auscultar al viento, de calcular el rumbo. Hoy diríamos que esa tripulación de necios corresponde a los que, declarándose apolíticos, entregan con su voto el gobierno de sus vidas a quien menos rabia les dé o más diversión les proporcione. 

¿Cómo se justifican los votantes madrileños del PP haber dado mayoría casi absoluta para gobernarles  a una mujer que solo sabe con certeza cómo poner cuerpo y cara para salir bien en fotos y por la tele? ¿No pensaron que necesitaban servicios públicos y que esa mujer tenía solo una vaguísima idea de lo requería la creación y gestión de esos servicios? ¿Creyeron que más importante que cualquier otra cosa era que el físico y la sonrisa de esa mujer adornara las pantallas de sus móviles? ¿O es que con los estómagos llenos ya solo necesitaban la diversión que esa mujer pudiera proporcionarles? ¿Y qué puede proporcionar a marineros borrachos más diversión que los insultos de taberna contra los adversarios; la excitante expectativa de trifulcas?  En España hay varios políticos con la misma habilidad de sublevar al personal; por ejemplo, la portavoz del PP que parece retarse con Díaz Ayuso a ver quién resulta más borde y la dice más gorda. Intentan imitar a las dos otros líderes de las derechas, pero esos carecen de dotes histriónicas y aburren. 

Siguiendo con el orden de ejemplos de la entrada, vemos que a Donald Trump, estrella televisiva durante catorce años antes de acceder a la presidencia de la nación, nadie le gana a la hora de divertir con insultos a contrarios y llamadas a la violencia. ¿Quién, en el mundo, puede presumir de haber conducido una horda emborrachada por sus discursos a asaltar el Capitolio de los Estados Unidos de América? Se sabe que la mayor parte de esa horda sigue organizada y dispuesta a asaltar todas las instituciones habidas y por haber si Trump no gana las elecciones de 2024 y les conmina a la movilización. O detienen al mandamás de la tripulación de los locos o la democracia americana se acabó y con ella, las democracias de todos los países que entreguen el poder a mandamases necios. 

La democracia se acabó en los países de los otros ejemplos. Todos ellos están gobernados por autócratas fascistas aunque hay todavía muchos necios que adjudican a algunos de esos líderes la ideología comunista; un sistema socioeconómico que, tal como lo concibieron y propugnaron Marx y Engels, ya no existe en ninguna parte. Ya no hay lucha de clases. El obrero, el trabajador, manual o intelectual, hoy lucha por no bajar al sótano de los pobres soñando con subir al piso de los ricos. El comunismo sólo pervive en el mundo de  las ideas románticas; las ideas de todo lo que una vez alguien soñó que fuera y no fue. Prometía la perfecta igualdad de todos los hombres exigiendo a cambio que cada cual renunciara a su libertad; o sea, que el mundo se transformara en una nave de necios con los estómagos llenos y las mentes vacías. No pudo ser. El hombre de hoy ha renunciado a valores, al esfuerzo de construirse un criterio moral por el que regir su conducta, pero a lo que todavía no renuncia es a lo poco que le queda de ser humano; la libertad.       

Queda poco, muy poco al hombre, macho y hembra, para cumplir con la razón por la que fue creado por Dios o por la Naturaleza. Pero por exiguo que sea lo que le queda, hoy por hoy todavía es suficiente para evitar el naufragio definitivo. Donald Trump perdió las elecciones; perdió las elecciones legislativas el Partido que escoró a la extrema derecha por seguir las órdenes de Donald Trump; Bolsonaro, otro fascista disfrazado de cristiano evangélico, también perdió. En España ganó las elecciones generales un partido que nunca entregó el timón a un necio. Pedro Sánchez está llevando la nave del gobierno con todo el arte que se exige a un buen capitán en medio de una borrasca espantosa. Esto significa que la mayoría sigue razonando, respetándose, utilizando su libertad para confiar el gobierno de su vida a quien tenga los conocimientos, la habilidad y, sobre todo, la voluntad de llevar las vidas de los ciudadanos a buen puerto. Y en esta tripulación de seres humanos inteligentes, hay quien no se limita a ejercer su poder en unas elecciones. Cientos de miles de madrileños se manifestaron en la calle exigiendo una sanidad pública. Cientos de miles de iraníes se manifiestan cada día en las calles de todo su país exigiendo libertad. Sigue siendo minoritaria la tripulación de los necios que, con apariencia de personas, se empeñan en emular a los animales. 

Respeto a la verdad

Tardé mucho en enterarme que, para atraer lectores, tenía que empezar mis artículos con frases cortas y claras como eslóganes que incluyeran, preferiblemente, el nombre de los políticos que salen en portadas. Soy muy lenta. Pero como también soy persistente, me acabé enterando y conseguí que las estadísticas pagaran mi esfuerzo diciéndome que me leían miles. Hoy me pueden las circunstancias, y lo que más me importa no es el número de lectores. Dentro de pocos días se eligen en los Estados Unidos una cantidad de cargos locales y estatales, todos los representantes y un tercio de los senadores del Congreso. ¿Influirán esas elecciones en las autonómicas y municipales de España? Es muy probable que influyan en el mundo entero. Por lo pronto, me influyen a mi y a muchos como yo atizándome el miedo como se atiza el fuego de un tronco viejo para que siga echando llamas. Tenemos miedo; los que pensamos que la política afecta profundamente la vida de todos los ciudadanos porque determina el modo y las posibilidades de vivir o de malvivir, tenemos miedo. El colosal esqueleto del fascismo ha salido de su tumba con los brazos abiertos para sofocar a todos cuantos no entienden la vida sin libertad. Quienes no estamos mirando hacia otros lados le vemos acercarse y sentimos miedo. Pero el miedo da dos opciones: enfrentarse al peligro o escapar. En el mundo entero gritan las mentes de quienes han decidido enfrentarse. Esos gritos se transforman en palabras que piden ayuda a todos los demás para devolver el monstruo a su tumba.    

Un peligro gravísimo amenaza a la democracia, a la libertad de todos los americanos dentro de tres días. En el gobierno de la nación, un presidente progresista trabaja sin descanso para levantar la economía y evitar que la inflación afecte a pobres y medio pobres. En la oposición, un partido totalmente infectado por la ideología fascista trabaja sin descanso para recuperar el poder. Por si alguien duda de las intenciones del Partido Republicano de poner en práctica su ideología, el candidato republicano a gobernador de un estado, en una ataque de sinceridad, dijo en un mitin a sus seguidores: «Si mi partido es elegido, nunca más volveremos a perder unas elecciones». 

El fascismo conquistó Italia en los años 20 del pasado siglo y se extendió por toda Europa, parte de América, África y Asia. Sus políticos nunca perdieron elecciones porque las elecciones desaparecieron con la democracia en los países conquistados. En los países que no llegaron a caer del todo, como en los Estados Unidos, los políticos fascistas intrigaron cuanto pudieron para conseguir que cayeran hasta que la guerra mundial les silenció. Con el paso del tiempo, el fascismo se convirtió en un recuerdo cada vez más lejano de pobreza, analfabetismo, muerte. Cuando el tiempo se hizo años, ese recuerdo se borró. El mes pasado, los italianos dieron el poder a un partido abiertamente fascista. Al día de hoy, las encuestas predicen la victoria de los fascistas americanos en las dos cámaras del Congreso y la victoria de la mayoría de los candidatos fascistas a cargos federales y locales.  

A las elecciones autonómicas y municipales de España del próximo mayo se presentan un partido abiertamente fascista, otro de ideología fascista disfrazada de moderación y otro que busca un hueco en los dos partidos fascistas importantes para sobrevivir. España sufrió el fascismo durante muchos años más que el resto de países afectados por su ideología, pero el recuerdo de muerte, pobreza, analfabetismo tardó muy poco en borrarse de las memorias de los medio pobres ascendidos a clase media gracias a la popularización de los créditos; tardó muy poco en olvidarlos gracias al silencio de abuelos y padres entrenados a callar por temor a represalias. En mayo del año que viene, los fascistas volverán a utilizar la democracia para llegar al poder y, si lo consiguen, utilizarán el poder para socavar a la democracia. Y no se trata de una acusación arbitraria. El bloqueo de la renovación del Consejo General del Poder Judicial con su repercusión en el bloqueo a la designación de jueces del Tribunal Supremo y del Tribunal Constitucional ilumina con la luz del día las intenciones fascistas del principal partido de la oposición. Minando uno de los pilares de nuestra democracia, los fascistas intentan derrumbar totalmente nuestro régimen de justicia, de convivencia, de libertades. Pues bien, algunas encuestas predicen que ese partido ganará las elecciones autonómicas y municipales en nuestro país. 

En los Estados Unidos gritan las mentes de los periodistas, analistas, comentaristas honestos instándoles a denunciar lo que está ocurriendo. Trump ha puesto de rodillas al Gran y Antiguo Partido Republicano para que ese partido ponga de rodillas a toda la nación. Periodistas, analistas y comentaristas inteligentes y honestos se lanzan a señalar por todos los medios la amenaza que se cierne sobre la democracia, sobre la libertad de todos los ciudadanos.  Los presentadores de programas políticos libres informan sin reparo ni miedo alguno sobre lo que Donald Trump y los políticos a su servicio hacen y dicen contradiciendo los valores y la Constitución de su república. Mientras tanto, los diarios más leídos y los medios más vistos y oídos de España, por miedo a perder privilegios, o sea, dinero,  ensalzan a la oposición fascista destacando las declaraciones de sus líderes y minimizando los trabajos y logros del gobierno. 

Entre varios presentadores y analistas políticos americanos, llaman especialmente mi atención dos ejemplos, sólo casualmente femeninos. Una es negra. Bajo su pelo modelado por alta peluquería; su ropa a la última, pero elegante; sus joyas, apenas un toque discreto de brillo, su inteligencia y sus conocimientos no cesan de emitir rayos luminosos en el   campo magnético de su cerebro. Bajo su cerebro, en su alma, una sima tan profunda  que se intuye, pero a la que nadie, ni la ciencia ha podido llegar, duele el dolor de la esclavitud de sus antepasados, muy lejana, pero siempre presente en el combate contra el desprecio, en la reivindicación de la igualdad. El destino la echó al mundo  mujer y negra  reduciendo, desde su nacimiento, sus posibilidades de triunfar socialmente y profesionalmente. Joy Reid ha triunfado gracias al esfuerzo ímprobo que  cada día le cuesta desmentir al destino. No hay, en España, ni presentador ni analista ni comentarista que se atreva, con sus datos y argumentos, a desnudar a los fascistas exponiendo sus mentiras y las funestas consecuencias de sus gobiernos allí donde han conseguido gobernar. 

El segundo ejemplo es una presentadora blanca. No tuvo que luchar contra un destino hostil. De familia acomodada, entró sin dificultad en las mejores universidades obteniendo varios títulos. Su carrera ha recibido varias veces los premios más importantes. Cometió lo que para mí es un desliz. Ventiló su vida sentimental con la artista Susan Mikula ganándose el, para mi, estúpido calificativo de lesbiana que hoy la acompaña en toda biografía. Dejando de lado su orientación sexual, que sólo importa a los que padecen de algún trastorno que les lleva a preocuparse por las camas del prójimo, Rachel Maddow expone las lacras de los fascistas con una ironía y un sentido del humor que deberían avergonzar a cualquier republicano inteligente. Se ríe de Donald Trump con datos incontrovertibles que demuestran su desajuste mental, poniendo en evidencia el desajuste de sus seguidores. Lo más notorio de Maddow es su último trabajo; un podcast sobre el florecimiento del fascismo en Estados Unidos a finales de los 30 y principios de los 40 del pasado siglo, con documentos escritos y grabaciones de la época. Los primeros episodios, y vamos por el quinto, causan, a cualquiera que piense, auténtico pavor. Sólo el ataque de los japoneses en Pearl Harbor impidió que los Estados Unidos se convirtiera en una república fascista en todo similar a la Alemania nazi.

Venciendo la parálisis, el silencio que causa el miedo, uno se pregunta si esas encuestas favorables a los fascistas no alterarían el orden si en España se emitieran semanalmente episodios sobre la guerra civil y la posguerra utilizando escritos, grabaciones y filmaciones de la época con la contundencia sin ambages con que Maddow desnuda semanalmente al país que se considera la mayor democracia del mundo.

El esqueleto del fascismo ha salido de su tumba, pero es un fantasma que sólo puede ver una minoría. ¿Cómo revelar su presencia a esa mayoría que puede darle el triunfo en las elecciones? Depende de presentadores, analistas y comentaristas que verdaderamente respeten su profesión; lo que significa que se libren del miedo, de la camisa de fuerzas de la equidistancia que el miedo les impone y se exijan, por encima de todo, respeto a la verdad.  

Sálvese quien pueda

Feijóo y Pedro Sánchez acuerdan renovar el Consejo General del Poder Judicial. Señalan fecha para comunicarlo oficialmente. Los líderes del PP buscan desesperadamente una excusa para romper el acuerdo, como han hecho siempre durante cuatro años. Y, ¡eureka!, la encuentran. La rebaja de las penas por sedición que Pedro Sánchez está decidido a incluir en el Código Penal, les ofrece otra excusa. Sánchez se ha aliado con los catalanes para romper España, pero no lo conseguirán. Las tres derechas de nuestro país vuelven a bajar de las alturas del recuerdo al Generalísimo Francisco Franco para que vuelva a liderar una Cruzada Nacional que limpie de rojos catalanes, vascos, gallegos la sacrosanta tierra de España. Pero es que con Sánchez no se rompe nada, dice un ingenuo que aún cree en el valor de la verdad. Pero es que hoy sabe todo el mundo que con la verdad no se llega a ninguna parte, y los probos patriarcas nacional-católicos quieren llegar al poder como sea. Como sea quieren los candidatos a representantes y senadores del Partido Republicano de los Estados Unidos conseguir, en noviembre, mayorías en ambas cámaras para derogar las leyes sociales que Biden ha conseguido aprobar y para iniciar procesos de destitución de Biden y su vicepresidenta, Kamala Harris, y de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi y de cuanto alto cargo de la actual administración se les ocurra a los republicanos. Como sea quiere Jair Bolsonaro ganar otra vez la presidencia de Brasil. Pero, ¿qué quiere decir «como sea»? Quiere decir que si para recuperar el poder hace falta destruir los valores individuales que hacen posible la convivencia entre seres humanos, se destruyen; se destruyen fácilmente predicando la violencia en nombre de un Cristo impostor que propugna el asesinato de los contrarios para limpiar al país de huestes infernales y convertirlo en un paraíso de seres obedientes a la cúpula de políticos, mangoneados estos, a su vez, por la cúpula de financieros. En nombre de Dios, las derechas utilizan todos los medios que la democracia les otorga para convencer a los ciudadanos de que un país idílico es aquel donde la masa lucha por la supervivencia sin exigir nada, disfrutando tranquilamente de la paz de los sepulcros.

Anoche, Seúl era una fiesta. Cien mil jóvenes llenaban calles estrechas y empinadas celebrando Halloween. Dicen que el terror excita las glándulas produciendo orgasmos mentales. Pues allí estaban cien mil veinteañeros orgásmicos disfrazados de personajes terroríficos en una orgía en la que el alcohol y las drogas libraban de todo reparo humano. Dicen que alguien dijo que en un hotel de una de esas calles estaba uno de los ídolos de los jóvenes surcoreanos y, de pronto, una avalancha de miles de cuerpos cayó sobre otros miles de cuerpos aplastando cuantos cuerpos encontraban a su paso; miles de fanáticos corrían sobre muertos y heridos para ver a su ídolo. Muertos y heridos dejaron de ser lo que eran cuando llegaron a la fiesta para convertirse en una cifra. Ciento cincuenta y pico muertos hasta ahora, miles de heridos, pero la cifra aumentará cuando logren sacar de una pila de siete pisos de muertos a los que, por ahora, dan por desaparecidos. Hoy, en su casa, miles de jóvenes que aplastaron bajo sus zapatos a otros miles descansan tras la juerga de sangre, muerte, terror con la que celebraron una fiesta concebida por el comercio para que los niños se compraran disfraces y fueran en grupos por las casas pidiendo dulces. Pero eran otros tiempos. Películas, series y videojuegos hoy enseñan a niños y jóvenes  a despreciar a la muerte y a aliñar sus vidas con la excitación de sus glándulas sexuales.      

En una fiesta excitante debió convertirse la alocución del Papa Francisco a un grupo de seminaristas instándoles a no mirar pornografía, diciendo abiertamente que la miran tanto laicos como sacerdotes y monjas. ¡Lo que ha hecho el móvil! Por la pornografía «un poco normal» entra el diablo, dijo el Papa. Dijo, además, que la pornografía debilita el alma. Si no fuera porque Francisco, con toda franqueza y honestidad, expuso lo que verdaderamente cree, podría decirse que se trata de otra mentira. La pornografía «un poco normal», como el Papa especificó, no hace otra cosa que excitar las glándulas sexuales. Lo que ensucia, debilita y puede llegar a destruir el alma es la necesidad, creada por diferentes medios, de vivir en perpetuo estado de excitación. 

En perpetuo estado de excitación viven los que han caído en las telarañas de las derechas; telarañas de mentiras que excitan a las glándulas incitando a la violencia. En las redes sociales, esas personas, convertidas en insectos indefensos, descargan su excitación insultando y amenazando a los seres libres cuya facultad racional aún funciona con normalidad. Un día, uno de esos pobres insectos, saturado de mentiras, insultos y amenazas, busca seguir excitándose pasando del dicho al hecho. Uno de esos entró en la casa de Nancy Pelosi hace dos días con la intención de matarla y casi mata al marido de un martillazo en la cabeza. Algunos comentaristas políticos americanos acompañaron la noticia con varios vídeos en los que senadores republicanos muy conocidos incitaban a la violencia contra la presidenta de la Cámara de Representantes después de haber lanzado contra ella los peores insultos acusándola de los actos más aberrantes. En los Estados Unidos, más de 9.000 cargos políticos federales y estatales reciben cada día insultos y amenazas en las redes sociales y por Whatsapp. La cifra ya ha vuelto imposible asignar guardaespaldas a todos. Nancy Pelosi, segunda en sucesión al Presidente, es una de las personalidades más protegidas del país, pero no estaba en su casa hace dos días y le tocó recibir el martillazo a su marido. Porque los predicadores de la violencia no se limitan a señalar a un personaje para ellos indeseable; señalan a toda su familia. Y ya no vale decir que eso sólo ocurre en los locos Estados Unidos de América. Después de la aparición estelar de Donald Trump, las derechas de todo el mundo se han lanzado a imitar a la estrella. Si el físico y la mente de sus líderes no les llega para imitar la genial locura de Trump, copian sus palabras y sus estrategias con la certeza de que así convencerán a millones y de que esos millones les llevarán al poder. La estrategia de Trump se reduce a convencer por todos los medios, pacíficos y violentos, a sus compatriotas para que le devuelvan a la Casa Blanca.  

En España, las derechas tienen un problema. Por algún motivo que sólo conocen sus partidos, sus líderes apenas llegan a actores de reparto. Abascal exhibe pecho con camisas que fuerzan los botones y hacen sospechar alguna especie de chaleco interior,  tal vez un antibalas. En la tribuna del Congreso ya ha agotado, contra Sánchez,  todos los insultos que permite el idioma. La repetición aburre y, por lo mismo, aburre Espinosa repitiendo lo mismo. Por pecho que saquen, los de Vox van descendiendo en las encuestas hasta la categoría de pesos gallo. Tenían una portavoz que, por su histeria, aún conseguía entusiasmar un poco, pero la echaron por creída. ¿Y el PP? A los líderes del PP ya no les entienden ni los del PP. Echan a un presidente joven con un físico que se define con lo de «no está mal», para poner a otro de edad y físico indefinible como eso que se califica con la palabra gris. Gris es Feijóo, tan gris que de él se dice que es moderado, lo que en nuestros tiempos equivale a muermo. Los que le escriben los discursos procuran echar picante con insultos contra el presidente del gobierno, pero Feijóo tiene la voz tan gris como su cara y todo lo que dice suena a lectura monocorde de una lista de la compra. A alguno se le ocurrió escribirle disparates que Feijóo repite ajeno al significado de lo que dice. Tal vez ese pensó que, diciendo los disparates que decía Rajoy, Feijóo conseguiría mayorías necesarias para gobernar. Lo que consigue el pobre es llenar las redes de comentarios burlescos y de emoticones con lágrimas de risa.  ¿No hay nadie más? Propios y extraños dicen que Isabel Díaz Ayuso le está haciendo la camaa Feijóo. Lo que, de tener éxito, dejaría al PP con una presidenta que nunca renuncia a su verdadera vocación; modelar. Díaz Ayuso posa y camina bien, pero difícilmente pasaría un casting de modelos porque su expresión, corporal y facial, es siempre la misma; la expresión de lo que en España se llama chica pija. Consiguió en Madrid una mayoría casi absoluta de votantes, seguramente porque la farándula y el famoseo atraen más que la aburridísima política, pero reunió o le hicieron reunir tal número de ineptos en su gobierno, que la educación y la sanidad en su predio han alcanzado la categoría de desastre. Cada vez abundan más los madrileños que por vergüenza ocultan que votaron por ella. 

Lo que no hay en las derechas españolas es alguien que sepa y pueda hablar de un ideario y, menos, de un programa. El ideario de las derechas de cualquier país se resume en la frase «sálvese quien pueda». Pero a nadie se le ocurre pescar votantes en tiempos de crisis confesando que el partido que quiere vender no promete soluciones porque a los políticos que se postulan para llegar al poder, las necesidades de los mindundis  les importan un carajo. Las derechas ofrecen eslóganes, mentiras digeribles por los cerebros más espesos. No necesitan ni promesas ni programas porque enarbolan algo que excita hasta a los más deprimidos; la bandera. Para entender que un país, una patria es un trozo de tierra que no tendría ni nombre sin los ciudadanos que la habitan, hace falta una cierta inteligencia. Los líderes de las derechas o carecen de inteligencia o disimulan la que tienen porque su objetivo no es llegar a conciencias que piensan. En Brasil se han forrado los que venden camisetas con los colores de la bandera de Brasil. Las han comprado miles matando dos pájaros de un tiro; en Brasil la bandera ya se identifica con Bolsonaro y la camiseta les servirá para ponérsela en el mundial. Mundial, por cierto, montado por mentes fascistas sobre los cadáveres de cientos de inmigrantes que levantaron los estadios por sueldos de miseria y, muchos, a costa de sus vidas. ¿A quién importa el detalle? A los miles de mindundis de todo el mundo que llenarán los estadios y las carteras de los empresarios implicados en el evento, evidentemente no.

Sálvese quien pueda es la consigna que siguen los que intentan desesperadamente salvar su vida en medio de una multitud descontrolada. Sálvese quien pueda dicen las derechas cuando llegan al poder y no tienen preocupación mayor que la de conservarlo. Sálvese quien pueda dice el que vota por el político que más ha excitado sus glándulas sin pensar que a ese político está entregando el gobierno de su vida y la de todos sus compatriotas. ¿Tiene remedio tanta inconsciencia? En Estados Unidos, Trump perdió las elecciones de 2020. Veremos qué pasa hoy en Brasil.     

¿Que por qué hay que luchar contra el fascismo?

Comité de la ultraderechista America First. 1939

Alberto Nuñez Feijóo siguió esta semana los pasos de Pablo Casado aterrizando en Bruselas y copió de Casado la actitud y los discursos que el anterior presidente del Partido Popular utilizaba en el ámbito de la Comisión Europea, dejando a cuanto interlocutor se le ponía a tiro, estupefacto.  Acostumbrados al perfil bajo y a los silencios de Mariano Rajoy, forzosos por desconocimiento de idiomas y vergüenza de admitirlo,  un día Casado sorprendió a todos denunciando al presidente del gobierno de España por haber destrozado el país y pidiendo a la Comisión que negara a ese país, el suyo, toda ayuda hasta que el sensato Partido Popular llegara al gobierno y reparara el desastre.  ¿Cómo iban a quedarse los de la Comisión, acostumbrados ellos a recibir a líderes que ponían a sus países por las nubes para luego pedir lo que hiciera falta?  Era la primera vez que aparecía uno pidiendo que a su país no le dieran nada.  A nadie debe haber sorprendido que los suyos echaran a Casado para poner a otro con fama de moderado y sensato. Y entonces llega Feijóo con el mismo discurso. Hasta los intérpretes debían preguntarse, ¿qué le pasa a esta gente? Es probable que los avezados líderes de la Unión, negándose a aceptar la explicación más fácil suponiendo estúpidos a los conservadores españoles, se estén preguntando si se trata de una estratagema para destruir todo vestigio de socialismo en España; lo cual no permitiría sonreír. Si de esa estratagema se trata, el asunto entraña un peligro gravísimo para la democracia.  

Los discursos de los líderes de las derechas de nuestro país parecen construidos por perturbados. Sin el más mínimo respeto por la verdad ni relación alguna con la realidad, esos líderes se han entregado al populismo con absoluta desfachatez repitiendo mentiras sin reparo y hasta contradiciendo sus propias afirmaciones de un día para otro sin temor a que alguna hemeroteca les ponga en evidencia; seguros de que a una población domesticada por los  palos de la situación económica no le importan ni las mentiras ni los desmentidos. Y lo peor es que eso no ocurre sólo aquí. Hace unos días, Trump respondió al requerimiento de la Comisión que investiga el asalto al Capitolio con una carta de catorce páginas sin pies ni cabeza ni lógica alguna que ayudara a entenderla, repitiendo una y otra vez la gran mentira de que le robaron las elecciones que perdió. Cualquier mente sana supondría que los  populistas sufren algún trastorno mental. Pero, ¿es posible que tantos partidos de derechas en tantos Parlamentos  y hasta en los Gobiernos de tantos países se hayan convertido en refugio de locos? Algunos de esos partidos tienen una trayectoria de años pasando por conservadores. La ideología conservadora puede estar equivocada, según quien la considere, pero conservadores ha habido siempre de indiscutible firmeza mental y hasta valor intelectual. Las derechas populistas de hoy tienen muy poco que ver con el conservadurismo. ¿Entonces? Descartando la posibilidad del trastorno mental, sólo queda preguntarse si tanto desvarío no obedecerá  a una estrategia bien concebida y bien planeada por mentes maléficas.

La informática ha popularizado en el mundo entero las biografías, las obras y milagros de las mentes maléficas que concibieron la descomposición de Alemania, la aniquilación de los judíos, la destrucción de varias democracias europeas, la intención de someter al mundo convirtiendo a los seres humanos en émulos de las míticas huestes infernales. Entre esos personajes, el más maléfico y peligroso después de Hitler, fue Joseph Goebbels, el ministro de Propaganda del gobierno nazi. Hoy su nombre sigue corriendo por las redes y no hace falta tener estudios ni conocimientos de historia para identificarle como el genio de la propaganda que fue. De sus diarios personales, un biógrafo extrajo once principios de la propaganda que hoy pueden reconocerse en los discursos de los populistas de todos los continentes. Goebbels penetró como un telépata prodigioso en las mentes de sus compatriotas y consiguió desentrañar las debilidades que convierten a una persona en un objeto maleable. El éxito de su propaganda fue apoteósico. A esa propaganda debió su éxito Hitler. A esa propaganda se debió el fervor con que los alemanes aceptaron la guerra y se lanzaron a la muerte. A los principios de esa propaganda  se aferran hoy los populistas de derechas para alcanzar la victoria. 

Hitler, sin más oficio ni beneficio que la agitación de masas, aquejado de una neurosis galopante que le hacía detestar a la humanidad, ganó las elecciones que le dieron el poder de la cancillería con el que fue destruyendo todas las instituciones de Alemania. Pero Hitler está muerto. Hace muchísimos años que su propia mano libró al mundo de su presencia diabólica. Para los jóvenes de hoy, su nombre es algo tan extraño y lejano como tantos otros nombres que tienen que aprenderse para soltarlos en un examen y olvidarlos inmediatamente después. Y aquí se nos revela el otro punto débil de la mente humana que sirve a los estrategas de la destrucción: la propensión al olvido. 

Contando con el olvido que permite a las masas lidiar y divertirse con el hoy ignorando el ayer, y contando con la propaganda que pinta un futuro glorioso, los populistas se van abriendo camino hacia lo único que les interesa; el poder. El olvido ha llevado al poder a las derechas populistas en Polonia, Hungría, Suecia, Italia. Con el olvido cuentan para alcanzar el poder la derecha populista de Francia y la derecha populista que hoy constituye el mayor peligro para la libertad en el mundo entero; la derecha populista del Partido Republicano de los Estados Unidos de América. Por lo visto, los jóvenes y los maduros ya no recuerdan a Mussolini, a Hitler, a Franco. Ya no recuerdan esos nombres que perpetuaron a la muerte en la vida de generaciones anteriores. Y porque no les recuerdan, esas ánimas negras hoy pueden reencarnar en almas similares sin que de ellas puedan defenderse los que rechazan el valor de la memoria.

La lucha casi desesperada de los analistas y activistas políticos americanos contra la propaganda populista y el olvido llega a conmover en vísperas de las elecciones al Congreso. Las mentes pensantes, horrorizadas ante la deriva del Partido Republicano que ha permitido que se presenten en su nombre casi 300 candidatos que niegan legitimidad a las elecciones de 2020 y, por lo tanto, al presidente Biden,  hacen a diario esfuerzos supremos por despertar a unos votantes en cuyas manos hoy se encuentra la supervivencia de la democracia, de la libertad. Destaca entre esas mentes Rachel Maddow con un podcast que está logrando sacudir a muchos indiferentes. «Ultra», se llama el podcast, nombre que se refiere a las ultraderechas que amenazaron la democracia americana en los años 40 del pasado siglo. Entonces fueron los ultras de asociaciones como «America First», admiradores de Hitler y del régimen nazi. Pero, ¿para qué resucitarles?, se preguntarán algunos. Pues para que en sus discursos y en sus agendas se reconozcan asociaciones actuales en los Estados Unidos con idénticos principios y objetivos. 

Y eso, ¿en qué afecta a las personas que luchan por la supervivencia en nuestro país? ¿En qué afecta a los que trabajan procurando ignorar el peligro de más subidas de precio, de un despido, de cualquier cosa que pueda empujarles escaleras abajo? El ideario que movía aquí y allá a políticos y activistas ultras de los 40 es el mismo que hoy mueve, aquí y allá, a los políticos y activistas ultras o de derechas populistas o como quiera llamárseles para no ofenderles llamándoles fascistas. ¿Que en qué nos afecta ese ideario aquí? En lo mismo que allá. En lo mismo que afectará a los italianos en cuanto empiecen a enterarse de lo que la mayoría ha elegido para que les gobierne. Ese ideario promulga el regreso a la familia tradicional con el hombre en la calle y la mujer en la cocina. Ese ideario abomina de toda unión sentimental que no sea la de un hombre y una mujer unidos en santo matrimonio. Abomina del aborto estableciendo excepciones como en los casos de violación y riesgo de la salud de la madre o sin excepción alguna como ya ocurre en las leyes fascistas de algún estado americano. Abomina de otorgar protección a las mujeres víctimas de violencia de género. Abomina de las etnias diferentes a la etnia del país. Abomina de toda religión ajena a lo que llaman cristianismo. Abomina de los inmigrantes negándoles hasta el derecho de asilo. Abomina, en fin, de todo lo que pueda contribuir a la evolución del ser humano, empezando por la libertad. ¿Que en qué puede afectarnos? Quien no se reconozca en ninguno de los casos que enuncia la enumeración, se reconocerá, tal vez, en la parte económica del ideario que, en resumen, promete bajadas de impuestos, sueldos y pensiones para permitir a los ricos enriquecerse más suponiendo que su riqueza enriquecerá al país. ¿Que en qué puede afectarnos a la mayoría? Con elementos similares, suma y sigue.

En una democracia, los ultras o populistas de derechas o fascistas, como se les quiera llamar, no pueden llegar al poder por medios violentos; necesitan que les empuje el votante. Para juntar votantes suficientes dice un principio de la victoriosa propaganda de Goebbels que: “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida…La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”. O sea, que el votante ideal que persiguen los fascistas es el ignorante que se niega a recordar, que se niega al esfuerzo de reflexionar para comprender, que se deja llevar por todo aquello que le excite permitiéndole olvidar las vicisitudes de su miserable vida. Lo que nos recuerda otro principio: «…difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas» como la hostilidad contra el adversario, contra el diferente; como la defensa a muerte de la tribu propia a mazazo limpio si hace falta. Lo que nos recuerda otro: «Llegar a convencer a mucha gente de que se piensa como todo el mundo, creando impresión de unanimidad». Si algo asusta y acongoja a una persona desde niño es sentirse rechazado, aislado por sus congéneres. Para no sentirse raros y excluidos de la mayoría, para no sufrir el vértigo de la soledad, estas personas siguen las modas que dicta el mercadeo, siguen los argumentos que los fascistas dicen que todo el mundo está siguiendo. 

Pues bien, esos principios que se supone sigue todo el mundo son los que pregonan los fascistas actuales para juntar votantes, y esos votantes, ignorantes y desmemoriados, son los que están entregando el gobierno de sus vidas y de las vidas de sus compatriotas a los fascistas que quieren reducir las sociedades de individuos civilizados a la condición de tribus de infrahumanos que han renunciado a su libertad.       

¿Habrá quien se siga preguntando por qué hay que luchar contra el fascismo?

El triunfo del fascismo

Dos noticias eclipsaron  el jueves al maldito número 13 privándole de su fama agorera. El presidente del Gobierno compareció a petición propia en el Congreso para informar sobre la cumbre europea de la semana anterior y exponer sus medidas para paliar los efectos de la crítica situación mundial que nos afecta. Con una batería de datos que demuestran los resultados positivos de las políticas socialdemócratas ejecutadas bajo un liderazgo sensato y firme; con otra batería de medidas por ejecutar para que las políticas de su gobierno sigan garantizando el progreso de todos, a Pedro Sánchez nada podía salirle mal. El ridículo show de los ultra entrando al hemiciclo con un retraso de un minuto para vindicar al rey ultrajado el día anterior por Pedro Sánchez al hacerle esperar  menos de un minuto, no consiguió menguar el interés de presentes y televidentes  por escuchar lo que el presidente del gobierno tenía que decir. La respuesta al presidente de la portavoz del PP, con su habitual retahíla de críticas denigrantes, acusaciones falsas, predicciones catastróficas no consiguió enturbiar los datos que el presidente acababa de ofrecer en su discurso. Cuando terminó la actuación de Cuca Gamarra, con sus  voces de tiple enfadada y sus movimientos convulsivos  de cejas y comisuras, el interés de presentes y televidentes, que había decaído durante su show de actriz trasnochada, revivió en cuanto empezaron los discursos con preguntas, respuestas y argumentos de diputados serios. La comparecencia del presidente del gobierno a petición propia le salió a Pedro Sánchez muy bien. Pero una buena noticia no le bastaba al 13 para reivindicarse. Caía la noche cuando nos enteramos de un notición que sacudió al mundo entero. El Comité del Congreso de los Estados Unidos que ha estado investigando las causas y consecuencias del ataque al Capitolio del 6 de enero de 2021, finalmente citaba a Donald J. Trump a testificar ante el comité bajo juramento. Una reflexión sobre ambos sucesos nos permite descubrir la cuerda que les une y, lo que es más importante, la cuerda que a todos nos une a esos sucesos, y lo que es más importante aún, la cuerda que nos une a todos en la decisión de a quien damos el poder para determinar nuestras vidas.  

Lo que ha estado pasando en los Estados Unidos durante los últimos cinco años llega al resto del mundo con un diapasón muy bajo. Los estragos físicos de la pandemia dejaron escombros en las mentes que la mayoría aún no ha podido despejar. La onda expansiva de la guerra en Ucrania ha hecho estallar, en el mundo entero, la inflación. Miedo, pobreza, más miedo. Las almas viven en sus casas con el miedo y con el miedo van por las calles, cada cual intentando olvidar al miedo con todas las distracciones que le permitan sus circunstancias. 

El miedo ha obligado a cada cual a luchar contra el miedo y todas las amenazas que lo provocan atrincherándose en el egoísmo. Todo y todos pierden importancia cuando uno lucha por su propia supervivencia y esa lucha se instala en la rutina cotidiana como un trozo de pan. Todo y todos se aferran al pan como si el estómago fuera el órgano más importante del cuerpo. La mente sólo puede aportar reflexiones que intensifican el miedo. La mente sólo contribuye a reafirmar la certeza de que el hombre, macho y hembra, está solo y que hasta el final de sus días en este mundo tendrá que sufrir el vértigo de su soledad. Concentrando toda su atención en su estómago y sus glándulas, el hombre se esfuerza, con todos los medios a su alcance, por conseguir la inconsciencia de los animales.

Y, de repente, aparece un dios protector, un dios que promete acabar con todas las pandemias, inflaciones, amenazas que acobardan a los hombres; un dios que promete acabar con el miedo y hasta con la oscura sensación de soledad. ¿Cómo se llama ese dios? Ese dios no quiere decir su nombre, como Yavhé no quiso revelar el suyo a Moisés. «Yo soy el que soy», dijo Yavhé a Moisés desde la zarza ardiendo. «Yo soy el que soy», dice el dios que ha venido a salvar a los infelices del siglo XXI. Sólo los hombres a los que aún les quedan curiosidad y ganas de buscar respuestas, descubren en los libros de historia que es la segunda vez que ese dios habita entre nosotros. Hace muchos años, tras una guerra mundial y una pandemia; en medio de una recesión que costó vidas y una inflación que redujo el dinero al valor de toneladas de papel, ese dios apareció de repente prometiendo la salvación del mundo. En aquel entonces sí dijo su nombre. En medio de las ruinas de la antigua Roma, el dios gritó, «Fascismo», y millones de infelices en el mundo entero cayeron de rodillas para adorar al salvador. 

Durante el tiempo que duró su poder, el dios Fascismo ocasionó millones de muertos entre sus adversarios, los de etnias distintas a la suya y los que murieron en la segunda guerra mundial que él provocó.  Pero el dios Fascismo perdió la guerra; fracasó, y como fracasó, ahora que ha vuelto atraído por el olor a fracaso que percibe en el mundo, el dios Fascismo oculta su nombre no sea que alguien recuerde que él también fracasó. El dios Fascismo hoy se encarna en individuos como Orban, Bolsonaro, Trump, algunos fascistas de tercera y el de mayor celebridad mundial, Vladimir Putin. Todos ellos, sin importar de donde vienen ni adonde quieren llegar, rigen su conducta por el único mandamiento del fascista, alcanzar el poder y conservarlo a toda costa, y con la única prohibición de fracasar. 

El fracaso aparece tarde o temprano en la vida de todo mortal. Fracasa el joven que no consigue aprobar un examen; fracasa el futbolista que no consigue meter un gol; fracasa el hombre, macho y hembra, que no conquista o que no logra retener a la persona que ama. Pero todos esos fracasos que empañan un día, una época de la vida y, a veces, la memoria de todo mortal, no convierten a nadie en fracasado. Fracasado es aquel que, por miedo al fracaso, vive paralizado por el miedo que le impide salir de la fosa de un fracaso. Fracasado es aquel que no se arriesga a dejar un fracaso atrás para seguir buscando el éxito con la esperanza de lograrlo.

Por desgracia, los fracasados se cuentan por millones y es el olor a podredumbre de su ánimo lo que atrae al dios Fascismo. Porque en nuestros días, el dios Fascismo no llega al trono del poder por haber ganado una guerra o una revolución. Llega porque uno de sus adláteres  ha ganado unas elecciones. Y los seres racionales se preguntan, atónitos,  cómo es posible que millones voten por quien defiende una ideología totalitaria, ultranacionalista, enemiga de la libertad; cómo es posible que millones se traguen todas las mentiras que los líderes fascistas utilizan para ganar votos, por inverosímiles que parezcan a una facultad racional saludable. Tiene la respuesta el dios  Fascismo, auténtico padre de la mentira aunque ciertos creyentes atribuyan el apelativo al demonio. En tiempo de tribulaciones, el dios Fascismo se presenta como única salvación y, en tiempo de tribulaciones, la cobardía de los fracasados les lleva a caer en las redes de cualquiera que se proclame salvador.

Hoy, al dios Fascismo le disfrazan con el nombre de extrema derecha los fascistas que quieren ocultar el fracaso que convirtió su nombre en anatema. Hoy, otra gran mentira de los fascistas encubiertos es proclamarse conservadores para no asustar con lo de extremistas. Entonces, ¿cómo distinguir a un conservador de un fascista? De un modo muy sencillo; siguiendo la cuerda. 

No hace falta ser una lumbrera para advertir la diferencia entre un discurso en el Congreso del presidente del gobierno y las réplicas de los partidos de las tres derechas. El presidente propone medidas para que la sociedad se salve por el esfuerzo del gobierno para ayudar a los ciudadanos a salvarse a sí mismos. Las derechas se ofrecen como salvación sin decir cómo nos van a salvar. 

Cuando un candidato a elecciones para llegar al poder limita sus discursos a culpar al adversario de todos los males y a proponerse a sí mismo como única solución, es evidente que habla por boca del dios Fascismo. Porque de la boca del dios Fascismo no sale otra cosa que la descalificación, el enfrentamiento, la incitación a la violencia y, sobre todo, la mentira. Bolsonaro ya ha empezado a copiar el mensaje de Trump: si pierde las elecciones, el resultado tiene que ser fraudulento. Putin intenta superar el fracaso de la Unión Soviética y de su casa, la KGB, invadiendo a un país vecino que se empeña en fortalecer su democracia, y proclamando que el ataque ruso contra Ucrania no es otra cosa que una «operación especial». Especiales son las operaciones de los fascistas para monopolizar el poder. Trump, Bolsonaro, Putin y otros fascistas menos célebres empiezan por apoderarse del poder judicial para garantizarse la impunidad y conseguir que los tribunales ignoren la voluntad popular reflejada en las leyes.  

Y así llegamos al final de la cuerda; el votante. Al fascista se le reconoce por el catastrofismo que pregona en sus discursos para atemorizar más aún a los fracasados que le siguen y seducirles ofreciéndose como salvación. Si gana las elecciones, habrá demostrado al mundo la incompetencia de los ciudadanos; habrá conseguido el triunfo primordial del fascismo. El triunfo primordial del fascismo es la destrucción de la democracia.      

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