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Un asunto muy serio

El líder del PP, Pablo Casado, se reúne con Aziz Ajanuch, presidente del partido Reagrupamiento Nacional Independiente (RNI) Fuente:LaHoraDigital
24 de mayo 2021 – María Mir-Rocafort

Empiezo en el mismo punto en el que dejé mi artículo anterior; con Nina Simone. Nina Simone se exilió voluntariamente de  Estados Unidos en 1969 tras el asesinato de Martin Luther King.  Aquel fue el último palo que mató a los gloriosos sesenta y dejó en su lugar un mundo cada vez más cínico, más decadente, más infrahumano. Los asesinatos de John Kennedy y su hermano Robert habían destruido todo sueño de su  Camelot, del país de utópica justicia social que ambos concebían y prometían. Quedaba Luther King con su lucha por una América libre de la infrahumana lacra del racismo. Cuando le mataron,  se murieron los sueños. Ya no quedó nada más que la certeza de que vivíamos en una selva de animales salvajes dueños de todos los árboles, a los que teníamos que vivir sometidos para poder comer. Hace unos días, hombres, mujeres y niños fueron cayendo en Gaza bajo los bombardeos de Israel; hombres, mujeres y niños buscaron desesperadamente llegar a la tierra de leche y miel que Ceuta les hacía imaginar.  Hoy, Israel ha dejado de matar en Gaza, y Marruecos ha cerrado su frontera para que no sigan pasando  miserables. Los muertos, las casas destruidas, los miserables que han sido devueltos al país de la miseria con sus sueños apaleados hasta la inconsciencia ya solo son cifras que no alteran las emociones a nadie. Nina Simone eligió exiliarse para siempre en Francia. Los seres humanos, verdaderamente humanos, hoy no saben dónde exiliarse.   

Lo de Gaza y lo de Ceuta ha dejado a los  auténticos seres humanos hechos polvo emocionalmente y con un lío mental considerable. 

Por un lado, Biden tiene que apoyar a Israel sancionando la matanza de palestinos indefensos y la destrucción de otra parte de su franja, ya casi destruida por años de ataques y de imposiciones infrahumanas. Biden tenía que apoyar a Israel porque Estados Unidos ha sido el único apoyo lo suficientemente fuerte que ha evitado que se cumpliera el juramento de los vecinos árabes que se comprometieron hace muchos años a echar a los israelitas al mar. Dirigidos por el poder de una derecha salvaje, los israelitas se defienden matando y destruyendo. Su dios y su instinto de supervivencia les llaman a una defensa asesina.

Lo de Ceuta ha dejado ojipláticos a la mayoría de los españoles. Resulta que el gobierno de España no tiene derecho a prestar ayuda sanitaria a quien le parezca sin pedir permiso al rey de Marruecos, porque si al rey de Marruecos no le gusta el enfermo que se está asistiendo, abre la frontera para que pasen a España miles de los miserables que viven en la miseria porque al rey de Marruecos y a las élites que le sustentan les importa un rábano la miseria de los miserables de su país. Quien allí no encuentre para comer que se vaya, a ver si en otro país le dan.  

Diríase que esto era lo peor que le faltaba a un gobierno asediado por la pandemia y por una situación política que sin duda inspiraría una de sus pesadillas a Tenesee Williams, padre de escorpiones rabiosos que exhibían en los  escenarios la potencialidad del odio y el rencor. Pero no, no era lo peor. Lo peor fue descubrir o constatar que dentro de nuestras fronteras, el odio, el rencor, la envidia de los enemigos del gobierno de España podían alcanzar con su lengua venenosa a los mismísimos cimientos del país; que los enemigos del gobierno de España albergaban tanto resentimiento en su seno, que se habían convertido en enemigos de España.

Que el nacionalismo es miope y excluyente lo sabe cualquiera que haya reflexionado sobre el asunto con racionalidad; como sabe cualquiera que una nación que llamamos nuestra por ser el territorio en el que nacimos o adoptamos para vivir, tiene cualidades de hogar, nos introduce en una gran familia, nos hace herederos de su memoria. Si un extranjero menosprecia o insulta a los españoles, difícilmente habrá español alguno que no se sienta ofendido por poco nacionalista que sea. 

Pues resulta que el principal partido de la oposición, en su afán ya casi demente por derrocar al gobierno de España, ha menospreciado a todos los españoles procurando que no alivie nuestra situación económica el dinero que tiene que llegarnos de la Unión Europea; ha amenazado la integridad territorial de España confabulándose con líderes de partidos marroquíes que quieren recuperar para Marruecos las ciudades de Ceuta y Melilla. Esto último merecería el juicio de traición y las consecuencias penales que se derivan del delito. Quien lo perpetró merecería,  sin contemplaciones, el epíteto de traidor. Si no fuera  porque la persona o personas involucradas tienen el eximente de la estupidez, de la más supina ignorancia y tal vez de algunos trastornos de mayor enjundia.          

¿A quién se le ocurre alardear de sus gestiones ante organismos extranjeros para que el dinero europeo no llegue a España? Al jefe de la oposición, Pablo Casado Blanco. ¿A quién se le ocurre alardear de que su jefe, Pablo Casado Blanco, se enteró antes que el presidente de gobierno de la intención de Marruecos de abrir la frontera de Ceuta, gracias a sus reuniones con líderes de los partidos marroquíes que quieren que Ceuta se anexione a Marruecos? El segundo de Pablo Casado Blanco. O sea, que los líderes del principal partido de la oposición no solo traicionan los intereses de España si no que lo hacen en tribunas con micrófonos abiertos y en programas de televisión; o sea, en público y alardeando de su traición como si fuera un gran triunfo. Esto supera, no ya la más ignorante de las ignorancias, sino diversos grados de trastorno mental.

Pero no debería extrañarnos.  El líder republicano de la minoría del Senado de la primera potencia y más antigua democracia del mundo confiesa en tribuna y con micrófono abierto que su principal cometido es bloquear el 100% de las iniciativas del presidente del país. O sea, que las leyes que posibiliten el bienestar de sus electores no son asunto suyo ni de su partido; y lo dice en público como para quedar bien.  El estado de Arizona, gobernado por el Partido Republicano, ha entregado todos los votos y máquinas tabuladoras de votos a una empresa llamada Cyber Ninja, sin ninguna experiencia en la auditoría de votos, para que audite los votos y certifique la victoria de Donald Trump, analizando los papeles a la busca de indicios de bambú para demostrar que hay países asiáticos implicados en el fraude electoral. El jefe del asunto lo dice así en televisión. Y podríamos seguir páginas enteras enumerando disparates; disparates que conocen todos los medianamente informados. Pero lo que en España, en Estados Unidos y en tantos otros países preocupa y mucho a los ciudadanos cuerdos es el grado de demencia que afecta a los líderes de las derechas, a sus seguidores y, lo que es peor, a los votantes a quienes contagian su locura. 

¿La mayoría está dispuesta a poner su vida en manos de gobiernos de dementes? El no tan pesimista tiene la tentación de decir que no será tanto, pero las últimas elecciones de la Comunidad de Madrid le desmienten. Todo es posible. Es posible hasta que se ganen elecciones en un futuro no muy lejano regalando en la puerta de los colegios electorales un chupachup o cualquier cosa a quien vote por uno de los partidos de derechas. ¿Imposible? Estos ojos que han de disolver la tierra vieron hace muchos años como el Partido Estadista Republicano de un estado asociado a los Estados Unidos ofrecía una mano de plátanos a quien les votara. Buena idea si en el país hubiese habido hambre, pero el caso era que, en aquella época, casi todo el mundo tenía una platanera en su terreno. El partido en cuestión perdió las elecciones, pero a mi se me quedó en la memoria la propaganda de un partido contrario. Decía: “Cojan los plátanos y voten a quién les dé la gana“. 

Tal como está la situación en nuestro país, que es naturalmente el que más nos interesa, cabe aconsejar a los cuerdos que no dejen de ver y oír a los líderes de las derechas en mítines y entrevistas por radio y televisión. Yo les aconsejaría hasta que tomen notas para constatar luego los datos que han pronunciado. Quien no se tome a risa lo que digan por considerar sus disparates asunto muy serio, tendrán, de todas formas, garantizada la sorpresa. No hay persona cuerda que no se sorprenda del grado de estupidez e ignorancia que algunos líderes políticos son capaces de exhibir sin ápice de vergüenza. La explicación más racional que a uno se le ocurre para entender el fenómeno es que los susodichos están convencidos de que los de sus audiencias son aún más ignorantes y más estúpidos que ellos. 

Lo más tranquilizador es que, aunque esa audiencia fiel sea multimillonaria, siguen siendo mayoría los que conservan su cordura por respeto a sí mismos. 

24 de mayo de 2021 – María Mir-Rocafort

El reino de las bestias

El martes no se comentaba otra cosa que los pitidos, abucheos e insultos que había recibido el presidente del gobierno a su llegada al desfile del  Día de la Fiesta Nacional y de las Fuerzas Armadas. Se comentaba en medios derechófilos con la evidente intención de reforzar en los cerebros despistados la idea de que los españoles no quieren a su presidente. Se comentaba en las redes sociales repitiendo insultos con la misma intención o insultando a los que habían insultado para afear su falta de respeto al presidente, a las instituciones allí representadas y al evento en general. Y se volvió a comentar al día siguiente en el Congreso en la Sesión de Control al Gobierno. El inefable Casado, jefe de la oposición más antagonista, antidemocrática y antipatriótica que ha conocido el país desde las trifulcas en la República previas a la guerra civil, recordó a Pedro Sánchez “lo que dice la calle de usted”. ¿Qué calle? La sinécdoque obviamente se refiere a los grupos más o menos numerosos de gente mal llamada de derechas que se apuntan a cualquier evento del PP o de Vox para armar follón contra las izquierdas. Esa gente no son de derechas; ni siquiera saben lo que son las derechas y las izquierdas. Esa gente son del PP o de Vox, los partidos de la mala leche. Esa gente son, simplemente, perdedores que desahogan su frustración atacando a quien triunfa cuando algún charlatán les mete en la cabeza que el que ha triunfado es el malo. La “calle” en España, el Capitolio en los Estados Unidos, cualquier sitio de cualquier país sirve para desahogar el descontento de los fracasados que necesitan sentirse integrantes del grupo de otros fracasados, unidos todos en el propósito de aplacar su sensación de fracaso con la ira. Las imágenes de los gritones que insultaban al presidente me hicieron recordar a aquel loco que en la película Cinema Paradiso iba por la plaza del pueblo gritando “La plaza es mía”, mientras intentaba ahuyentar a la gente pacífica que pasaba por ahí. Ese loco sumado a cualquier número de locos que, por un motivo u otro, intentan adueñarse de las calles, de las plazas, de los Capitolios, parece que quisieran vivir en un  mundo de bestias creado por los líderes de la derechas que quieren instaurar un reino de bestias. En estos momentos aciagos que nos ha tocado sufrir,  muchos nos preguntamos con preocupación, ¿lo conseguirán?

El día de la Fiesta Nacional que minúsculas hordas transforman, una y otra vez, en el día de pitidos y abucheos al presidente del gobierno cuando preside un gobierno de izquierdas, los políticos y los medios que valoran más su “conservadurismo” que los símbolos de la patria  y los intereses reales de los ciudadanos se preparan para montar la propaganda  contra el gobierno que un día, esperan, conduzca al poder a los unos y permita a los otros ganar los beneficios que produce controlar al poder. La apoteosis que los “conservadores” esperaban este año se redujo a unas pocas decenas de gritones, pero siguió siendo una apoteosis para los políticos y los medios que utilizan en su propaganda  a la mentira como expresión más eficaz para convencer y alterar al personal. Esa apoteosis debía pasar por la afirmación de Casado en el Congreso de que “la calle”, todas las calles de España rechazan al presidente del gobierno, y debía culminar con una entrevista televisiva a Pedro Sánchez conducida por un periodista camaleónico del que nadie sabe a ciencia cierta de qué pie cojea, pero a quien nadie niega el talento para producir espectáculo.                     

La entrevista, como espectáculo,  resultó un fiasco, tan fiasco como el de “la calle”. Pedro Sánchez, en el que todos los españoles han tenido tiempo suficiente para ver a un presidente, a un hombre comprometido exclusivamente con el gobierno  del país, no monta ni se presta a espectáculos ni en mítines ni en discursos ni en conferencias de prensa ni en entrevistas. Suponiendo que las preguntas de la prensa buscan respuestas sobre la política de su gobierno, Pedro Sánchez responde a la prensa con información sobre la política de su gobierno. En vano le pinchó Ferreras con algunas preguntas dirigidas a sus nervios para hacerle saltar. Sánchez respondió impertérrito y sin ninguna inconveniencia a preguntas sobre los abucheos, la oposición y hasta el rey emérito. Las preguntas de Ferreras sobre los tres asuntos iban más dirigidas a obtener material para el chismorreo que información. El presidente demostró que el chismorreo no es lo suyo respondiendo a esos asuntos tan en serio como a todo lo demás. Ese comedimiento hizo que lo más llamativo de la entrevista  fuera el momento en que Ferreras, por primera y última vez,  interrumpió a Sánchez notoriamente.  Cuando el presidente empezaba a destacar la necesidad de la unión de todos los españoles, oposición incluida, en la lucha contra la crisis sanitaria, económica y social que todos padecemos, Ferreras le interrumpió sin miramientos. Llamar a los españoles a la unidad; llamar a la oposición a colaborar con el gobierno para resolver los problemas del país es lo que, en estos momentos, cierta prensa no puede consentir. Llamar a la unidad, a la colaboración es lo que hacía Merkel, lo que hace Biden, lo que hace Pedro Sánchez. Es lo contrario de lo que necesitan las tres derechas españolas y las de otros países para triunfar. Estamos en la era del trumpismo, de la mala leche, del cabreo. Los políticos entregados al trumpismo entienden y predican que la humanidad quiere retroceder a la vida sencilla del reino de las bestias y que los políticos de buena voluntad, aquejados de lo que hoy se llama peyorativamente buenismo, son un obstáculo que impide volver a aquel reino que se regía, sin complicaciones, por la ley del más fuerte. 

Para los “conservadores” no cabe duda de que la ley del más fuerte es la más justa. Lo que ese tipo de conservadores quieren conservar es el derecho que la naturaleza, desde la creación del hombre, otorgó a los físicamente más fuertes y que la evolución de la especie transformó en el derecho de los más listos que han conseguido mayor poder. Ese derecho natural es el de sojuzgar a los física o económicamente más débiles. Ya pueden los legisladores prohibir y penalizar la violencia contra las mujeres, por ejemplo. Para la justicia natural, un hombre puede derribar a una mujer de un puñetazo sin dificultad gracias a la testosterona con que la naturaleza le dotó estableciendo la fuerza bruta como diferencia primordial entre un hombre y una mujer. Penalizar una decisión de la naturaleza es la mayor injusticia. Claro que el hombre ha evolucionado. En algún momento de la evolución, la inteligencia consiguió que los hombres más listos se impusieran sobre los demás acaparando tierras y riquezas. La naturaleza quiso que la estrategia superara a la fuerza. Todas las leyes que se han promulgado y se siguen promulgando, en nombre de una falsa moral, para regular las estrategias que permiten a los más listos  acaparar riquezas y poder son leyes antinaturales. La moral es un invento de pensadores. La naturaleza no conoce la moral.

Esta doctrina es, evidentemente, la más sencilla de entender y la más avalada por la realidad. Ofrece, hasta al más ignorante, una explicación del mundo tal como es y una disculpa  a todos sus fallos. No debe sorprender, por eso,  que los ignorantes la abracen con el mismo fervor con el que los muy religiosos se adhieren a lo que aceptan como palabra de Dios. 

Todos los psiquiatras y analistas políticos americanos libres de obediencia a Trump y a su partido hoy concluyen  que el trumpismo  se ha transformado en un culto. En ese culto se venera el mito del buen salvaje en el sentido rusoniano, con todas las contradicciones de Rousseau. “El hombre nace bueno y la sociedad le corrompe” decía el filósofo defendiendo la libertad absoluta mientras proponía el contrato social para dar el poder absoluto de regular las relaciones a lo que él llamaba la voluntad general. ¿Y quién decide la voluntad general? ¿Quién la traduce en hechos? Para los defensores de la ley natural, la autoridad la debe ejercer quien se demuestra capaz de concebir las estrategias más adecuadas para obtener su propio beneficio. Como un artículo no basta para analizar asuntos filosóficos en profundidad, éste debe limitarse a saltar a la conclusión que más nos importa por las amenazas que los conservadores primitivistas suponen para la democracia, para nuestra mismísima humanidad; conclusión que Voltaire expresó en respuesta a una carta de Rousseau: “…Jamás se desplegó tanta inteligencia para querer convertirnos en bestias”.     

¿A alguien le cabe la menor duda de que esa es la intención de quienes intentan bestializarnos con mentiras que contradicen a la razón, de quienes quieren convertir a nuestro país y al mundo entero, si es posible, en un reino de bestias? La belleza, en el sentido platónico, se ha convertido en antigualla.  Hoy triunfa la fealdad en el arte y en todas las manifestaciones de la cultura. Triunfa el terror en literatura y en películas. En la vida cotidiana, triunfan la automatización y las relaciones virtuales. El propósito de quienes han logrado transformar la sociedad en multitudes de irracionales que babean ante los inventos tecnológicos que les alejan, cada vez más, de las cualidades  inherentes al género humano, es ganar dinero bestializando las conciencias porque es el dinero el que otorga el poder; es conseguir sociedades de súbditos bestias que obedezcan a los que tienen poder y no exijan más de lo que cualquier bestia exige: que les permitan llenarse los estómagos. Como la Miranda de Shakespeare en La Tempestad, que alucina viendo a unos marineros borrachos  porque nunca había visto más hombre que a su padre, hoy ya son muchos, demasiados los que  exclaman como ella,  “Oh, maravilla…Oh valiente nuevo mundo el que tiene gente así”.

Las palabras que Shakespeare puso en boca de Miranda podrían convertirse en una profecía. Si las hordas de súbditos conformes con un reino de bestias llegan a alcanzar la mayoría con derecho a decidir la voluntad general, ya no habrá quien distinga a un ser humano de un primate con apariencia de persona. Sólo los poderosos considerarían a ese nuevo mundo, su mundo, un mundo valiente, porque, habiendo reducido a la mayoría a la condición de bestias,  sólo ellos podrían jactarse de ser personas capaces de gobernar ese mundo.  

Los que entienden lo que es el ser humano, los que no quieren agachar la cerviz ante los listos que conciben estrategias para hacerse con el poder no pueden abandonar la lucha por mantener despiertos  a quienes la ignorancia  induce al sueño de la razón. Todos los analistas de la situación política, económica y social nos están advirtiendo lo que Angela Merkel manifestó hace poco en su visita a España: “…Hay que combatir los extremismos con la mayor determinación…La paz y la historia no se pueden dar por sentadas. Al contrario, hay que protegerlas y defenderlas”. ¿Cómo? Acallando las mentiras de los conservadores de la bestialidad con la verdad de los hechos. Educando. Reclamando la educación como un derecho de todos y desenmascarando las estrategias de los listos para generalizar la ignorancia.       

En vez de cerebros, mierda

Consejo de ministros

El título no es mío. Esas palabras se las atribuye un emigrante italiano a la voz del mar en mi película favorita: La leggenda del pianista sull’oceano.  Cuenta el hombre que en su vagabundeo por ciudades para él desconocidas en busca de medios para superar su mala suerte, un día, desde una colina,  descubre el mar, que no había visto nunca, y se queda atónito ante su belleza. Entonces le llega la voz del mar que grita una y otra vez: “¡Vosotros, con mierda en vez de cerebros! La vida es algo inmenso. ¿Lo podéis entender?” Ese grito le empuja a descubrir la inmensidad de la vida y se mete en un barco rumbo al que entonces, 1927, era el país de todas las promesas; los Estados Unidos de América. ¿Podemos entender a qué se refería el mar con esa llamada brutal? ¿Qué mierda tenemos las personas en la mente que la ciencia sitúa en el cerebro aunque en el cerebro no ha podido encontrarla? El emigrante comparte su vida en el barco hacinado con cientos de  personas en tercera clase que viajan con la esperanza de descubrir la inmensidad de la vida. Los ricos que viajan en primera  tienen el propósito de seguir disfrutando de esa inmensidad.  Pero los unos y los otros tienen algo en común que reduce y reducirá sus vidas para siempre: eso que el grito del mar llama mierda es el dinero. 

Esta semana, un Consejo de Ministros Extraordinario aprobó el Anteproyecto de Ley de Presupuestos Generales del Estado. El gobierno reparte el dinero público;  los medios disponen de un buen tema para exprimir durante muchos días; la oposición encuentra motivos para pasarse muchos días criticando al gobierno. Seguramente, el tema nos dará tema durante los próximos dos años.  

Hay en los presupuestos algo que casi todos criticarán, algo que criticarán hasta aquellos a quienes los presupuestos producen una vaga incomodidad aunque desconozcan su causa. Y es que los presupuestos del gobierno de izquierdas hablan de los pobres, de esos que hasta los pobres no quieren ni oír ni hablar. 

La escala de la pobreza empieza por abajo con los sintecho. Al sintecho, al que por falta de dinero no puede llamar suyo ni un lugar donde vivir, las cuentas de los políticos le importan un carajo, como le importan un carajo los consejos de las asistentas sociales y la caridad de los caritativos. El sintecho no quiere consejos ni compasión. Carente de todo, solo le interesa el algo que alguien le dé para subsistir. Recuerdo a una sintecho que pasaba el día en un banco de la plaza que estaba frente a mi casa.  Un día la saludé. Me miró con cierta sorpresa, pero muy seria, y me espetó: “¿Me compras un cartón de vino?” Preguntaba, pero no pedía. Me gustó su orgullo. A partir de aquel cartón de vino, empezamos a hablar un poco cada día. No quería dinero.  Tenía pasión por su soledad, por su libertad; eso era lo único que tenía sin contar todo el tiempo de todos sus días para pensar en lo que le diera la gana.  Si el cuerpo le pedía un cartón de vino o un bocadillo, eso le pedía al que se le acercara a darle algo. “Cuando no tienes nada”, me dijo un día, “no tienes nada de qué preocuparte”. A los sintecho no les preocupa la opinión del vecino porque vecinos no tienen y casi nadie les ve. Tampoco les ven los políticos. El sintecho ni produce ni vota. El sintecho vive en un mundo al margen de ese mundo que creó, antes de nuestra era, el primero que tuvo la ocurrencia de sustituir el trueque por el dinero. El primero que, en los comienzos de la civilización, llenó de mierda la cavidad craneal de todos los mortales, en palabras del mar.  

En el segundo escalón están los afortunados que viven en chabolas  y, un poco más arriba, digamos que en el tercero, los que viven en viviendas sociales de la época en que llamaban así a unos pocos metros cuadrados con un techo encima. Son los pobres. Los pobres tienen la mente tan atiborrada de lo que el mar llama mierda que apenas les queda algún huequecillo para pensar en otra cosa, y si tienen hijos pequeños, puede que ni ese huequecillo les quede. De la mañana a la noche, el pobre con techo  no puede pensar en otra cosa que en dinero. Dinero para la compra, para pagar la luz, el gas, si tienen esos lujos; dinero para pagar el alquiler y no quedarse sin techo o para pagar los materiales que necesite para tapar algún agujero, si vive en chabola. Dinero, y si no hay dinero, la asistencia social, la caridad, lo que sea porque sin dinero no se puede vivir; porque desde que el dinero rige la vida de todos, es decir, desde siempre, ni la vida de un ser humano es gratis. 

Los gobiernos de izquierdas sí ven a esos pobres. ¿Cómo no van a ver las larguísimas colas en las que centenares de cuerpos vencidos esperan para que les den una bolsa de comida? Los gobiernos de izquierdas se acuerdan de ellos a la hora de montar los presupuestos. Sanidad y educación gratuitas, ayudas para alquileres, ayudas para sobrevivir.  ¿Y los políticos de derechas? Los políticos de derechas también pasan por los barrios pobres; ven también esas que se han dado en llamar colas del hambre. Pero en esas colas, en esos barrios, los políticos de derechas no ven personas, ven votos. 

Para entender la diferencia entre derechas e izquierdas no hace falta subirse a las nubes de la teoría política. Basta tener la especial sensibilidad que a aquel emigrante italiano le permitió escuchar los gritos del mar. La diferencia entre derechas e izquierdas es básicamente una cuestión de dinero. 

Para las derechas, la vida es inmensa en la medida en que son inmensas las empresas, las corporaciones. Tienen por dogma que el dinero llama al dinero y por norma moral, que hay que proteger al dinero porque solo el dinero proporciona prosperidad al país. ¿Los pobres incluidos? Como dice su evangelio parafraseando a Mateo, proteged a los dueños del dinero, y a los demás se les dará por añadidura. Pero los pobres votan y su voto vale igual que el de los ricos; y los votos son dinero. Hay que hacer caso a los pobres. Luego si los políticos de derechas tienen que pasar en campaña electoral por la contrariedad de visitar barrios de pobres, sacrifican su vista y su olfato y pasan y hablan e intentan convencer. A los pobres se les convence fácilmente porque la mayoría no ha podido estudiar y, además, no leen ni los diarios. Los diarios y los libros valen dinero; el dinero que el pobre necesita para cubrir sus necesidades elementales. Los libros y los diarios no se comen. Para convencer a los pobres hay que darles un poco de diversión con discursos broncos contra el gobierno y prometerles el oro y el moro. Los pobres se creen las promesas fácilmente, engañados por su necesidad de creer cada día en un milagro que les saque de penas,  y fácilmente creen cuanto se les diga contra el gobierno porque si el gobierno fuera bueno, ellos no serían pobres. Siguen siendo pobres cuando las derechas llegan al gobierno, más pobres, pobres sin ayudas. Dicen los políticos de derechas que presupuestar el dinero público incluyendo partidas para ayudar a los pobres es comunismo, una doctrina diabólicamente injusta que roba a los ricos lo que les pertenece. Dicen que a un gobernante no le eligen para gestionar sentimientos. La culpa de la pobreza es de los pobres que  quieren de todo sin aportar nada; que no cumplen su función en la sociedad que no es otra que trabajar por sueldos que no afecten la riqueza del que les da trabajo. Algunos pobres piensan que a lo mejor esos políticos tienen razón.

El panorama se vuelve más bonito visto desde el escalón siguiente. Allí vive la llamada clase media, los medio pobres porque a ricos no llegan aunque algunos hacen todo lo posible por no caer al escalón de abajo y otros hacen todo lo posible por parecerse a los del escalón de arriba. El grupo es muy heterogéneo, pero todos, todos, como todo el mundo, tienen el cráneo ocupado por la misma mierda universal. Con uno o dos sueldos o los beneficios de un negocio, de una pequeña empresa, los medio pobres tienen sus neveras más o menos bien alimentadas; pagan sus facturas con más o menos agobio; renuevan armario con ropa de más o menos calidad procurando obedecer a los que en cada estación deciden lo que se va a llevar en la estación siguiente. Los medio pobres pueden vivir como medio ricos gracias a las tarjetas de crédito y a los créditos que les ofrecen los ricos a cambio de intereses, como, por ejemplo, coches a plazos; móviles a plazos; electrodomésticos a plazos; viajes a plazos; hasta libros a plazos. El pago de esos plazos y de diversas facturas les obliga a vivir como los pobres; pensando en el dinero de principio a fin de mes, o sea, según las circunstancias, de principio a fin de cada día. Pero esa preocupación es el precio que pagan a gusto por no ser pobres. Además, les ayuda el gobierno, si es de izquierdas. 

Los Presupuestos Generales del Estado revelan un interés preferente por esa clase de ciudadanos que no llegan ni a pobres ni a ricos. De ese grupo depende el bienestar y el prestigio de un país. En ese grupo están los que realizan trabajos más especializados, algunos intelectuales; trabajos necesarios para sostener la economía y, gracias a la economía, mantener una sociedad fuerte, bien trabada; o sea, conseguir, gracias a la economía, la paz social. El gobierno de izquierdas aporta a este grupo seguridad mediante sanidad y educación públicas, becas, rebaja de impuestos. Pero para aportar algo a los pobres y a los medio pobres, el gobierno tiene que recaudar dinero. Un gobierno de izquierdas exige y sube impuestos a los ricos para mantener el bienestar de los que no lo son. 

La exigencia de que los ricos paguen los impuestos que no pagan y la subida de impuestos que los ricos que pagan deben pagar producen a los políticos  de derechas una euforia que se revela en discursos histéricos contra el gobierno. Esas medidas a favor de pobres y medio pobres que esos políticos consideran comunistas estimulan la generosidad por parte de los ricos a la hora de donar dinero para las campañas  de los partidos de derechas. Mientras más ayude el gobierno de izquierdas a los ciudadanos que lo necesitan, más ayudan los ricos a los partidos de derechas que los necesitan a ellos para montar espectáculos que sugestionen al personal y conseguir más tiempo en los medios de comunicación y propaganda. Esta última circunstancia es vital para convencer a los medio pobres. A los pobres les basta con los espectáculos. Pero para recabar votos en el nutrido y heterogéneo grupo de los medio pobres hace falta un esfuerzo superior. Hace falta concebir mentiras y repetirlas con absoluta convicción hasta crear dudas y conseguir que esas dudas se conviertan en verdades. El mejor ejemplo de la eficacia del proceso lo ofrece el hecho increíble de que el 70% de los americanos que votaron por Trump sigue creyendo que Trump ganó las elecciones a pesar de que ni una sola prueba ni un solo dato confirman que hubiese fraude electoral.

Y en la cumbre de los escalones,  los ricos. De los ricos poco puede decirse que no sepamos. Ayudan, naturalmente, a los políticos que les dejen ganar y gastar sin ninguna interferencia del estado en sus asuntos. Los políticos de derechas no tienen ni que pedirles el voto. Gozosamente se lo dan. La inmensa mayoría de los ricos, sino todos, son lo que eufemísticamente se  llama conservadores, siendo los partidos de derechas también conocidos por ese eufemístico adjetivo. Y la familia de los conservadores destaca por su buena relación. 

A los ricos, los pobres y los semi pobres los imaginan pensando siempre en mansiones, en yates, en viajes de lujo, pero el mar, con más millones de años de sabiduría, sabe que tienen el cráneo tan lleno de mierda como todos los demás. He seguido y sigo siguiendo por interés político la trayectoria de varios ricos. Entre todos, me confieso admiradora de la familia Vanderbilt. El primer Vanderbilt emigró de Holanda a los Estados Unidos en el siglo XVII. En siglos sucesivos, sus descendientes llegaron a amasar la mayor fortuna del mundo en empresas navieras y de ferrocarriles. En el siglo XX, la familia empezó a arruinarse por diversas circunstancias. Entre ellas, y para mi la más interesante, fue que algunos miembros de la familia, sobre todo las mujeres, se hartaron de tener el cráneo lleno de mierda y empezaron a gastar dinero a mansalva en mansiones magníficas, en obras de arte, en obras filantrópicas. Su cráneo lo llenó su mente, mente prodigiosa como la de Gloria Vanderbilt, artista, escritora, actriz, diseñadora de moda. Su hijo, Anderson Cooper, es uno de mis presentadores y analistas políticos preferidos de la cadena de televisión CNN. 

Pero el prodigio Vanderbilt es eso, un prodigio. Y un prodigio no basta para quitar la razón al mar. En el nuevo plan de la ESO, se ofrece la asignatura de Economía y Emprendimiento. El texto del proyecto dice así: “La economía está presente en todos los aspectos de la vida, de ahí la importancia de que el alumnado adquiera conocimientos económicos y financieros que le permitan estar informado y realizar una adecuada gestión de los recursos individuales y colectivos”.

Sí, es de suma importancia que los jóvenes aprendan a gestionar bien la mierda que ocupará sus cráneos toda la vida, porque desde siglos antes de Cristo, el ser humano no ha encontrado otra forma de vivir que pagando su derecho a la vida con conchas de mar y después con monedas y billetes. La única esperanza de contar con auténticos seres humanos que garanticen la supervivencia de la auténtica humanidad es llenar espacios en las mentes de niños y jóvenes con otras cosas para que la mierda no les ocupe toda la cavidad craneal y les convierta en esclavos de la mierda.   

La destrucción de los cerebros

Conferencia de prensa de Díaz Ayuso en Nueva York

Tenía planeada una trilogía de artículos sobre el peligro mortal que hoy acecha a la democracia en todo el mundo. Escribí el primero sobre quiénes y cómo están montando la demolición controlada de la estructura política en la que hemos vivido durante  décadas disfrutando de cierta libertad basada en el reconocimiento de nuestros derechos fundamentales. Escribí el segundo sobre el cabreo general que impide a los ciudadanos utilizar su facultad racional sin que la obnubile la erupción de las emociones. Iba a escribir el tercero sobre la manipulación de la voluntad por parte de unos medios que, en lugar de información veraz, arrojan la propaganda encubierta que les dictan los dinamiteros. Y aquí me quedé en blanco. Tanto he leído, escrito, hablado sobre el modo en que los medios manipulan a lectores, oyentes, espectadores que no conseguía dominar el miedo a repetirme y a repetir lo que muchos ya han comentado. ¿Quién puede evitar repetirse sobre un tema que ya han descubierto y que comentan en redes y probablemente en casas y en bares  todos los ciudadanos de este país que piensan aunque solo sea de vez en cuando? A repetirme sin pena ni gloria me había resignado cuando el azar me llevó a una imagen que, de pronto,  me produjo  el estremecimiento de la inspiración. 

De pie tras un atril, recta, con un atisbo de sonrisa, traje chaqueta negro que podía parecer un uniforme, a la oradora solo le faltaban birrete y  toga para ofrecer la imagen perfecta de la alumna más aplicada pronunciando un discurso en el día de la graduación de un colegio americano. Una imagen tan digna es, sin duda, de lo más adecuado para dar a conocer al mundo a la presidenta de la capital de España, me dije mientras visualizaba el vídeo del acto. Solo sus enemigos políticos y los criticones que critican todo lo criticable criticarían  que  Isabel Díaz Ayuso tuviera que leer su breve discurso, que su lectura no fuera muy fluida, aunque en castellano, y que no hubiera practicado un poquito su pronunciación en inglés con la ayuda de un especialista; total, en inglés solo decía los nombres de fondos de inversión y cosas de esas. Pero no habían sido  esos detalles sin importancia lo único que se había criticado del asunto despertando mi curiosidad. Díaz Ayuso había sufrido las críticas más punzantes porque el acto era una conferencia de prensa en Nueva York a la que solo asistieron periodistas españoles porque ningún medio americano encontró motivo de interés suficiente para enviar a uno de sus periodistas a cubrir el acto. Esas críticas fueron proferidas por las izquierdas, claro. Para los medios abierta o camufladamente de derechas, el viaje de Díaz Ayuso a la capital del mundo era poco menos que una epopeya.   

¿A qué fue Díaz Ayuso a Nueva York?, me pregunté mientras Díaz Ayuso explicaba el motivo de su viaje. A lo mismo que había ido el presidente del gobierno de España en julio, viaje que incluyó Los Ángeles y San Francisco; a entrevistarse con inversores para promocionar a España. A Pedro Sánchez sí le hizo caso la prensa americana y tuve la oportunidad de verle en uno de mis programas favoritos de análisis político, Morning Joe, en la cadena MSNBC, en el que le hicieron una entrevista, en inglés, por supuesto. Pero, hija de Dios, iba a decirle yo a Díaz Ayuso mientras veía su vídeo y la escuchaba exponer sus objetivos, ¿cómo se te ocurre copiarle al presidente viaje y motivos para promocionar una comunidad cuando ni siquiera te sale la pronunciación correcta de la sílaba –tion (-shon)?  ¿Se te ocurrió, tal vez, que el presidente no elogiaría a la capital de España y que debías viajar tú para elogiarla? ¿O se te ocurrió que como el presidente hablaba con los americanos en inglés, en España no iba a entenderle nadie y era necesario que fueras tú para traducir a los de aquí, que según dices hablan en español, lo que se hablara allá, después de que un traductor te lo tradujera, claro?  

Mientras miraba el vídeo, la actuación de Díaz Ayuso ante sus compatriotas periodistas me estaba pareciendo algo tan frívolo, tan vulgar como esas ceremonias de fin de curso en las que la chica más mona y modosita -en los colegios a los que me llevó el destino no había chicos- leía un discurso, toda modosa y mona; ceremonias que, al menos a mi, me exigían denodados esfuerzos para no dormirme de aburrimiento. Mis aburridos ojos empezaron a deambular por el escenario preparado para la ocasión y, por puro aburrimiento, se detuvieron en los micrófonos del atril. Okdiario, decía uno. Empecé a despertarme. Telemadrid, decía otro. Me desperté. RNE. Joder, me dije, medios mainstream (convencional o algo así), lo que en España significa, en la mayoría de los casos, medios afínes a las derechas o equidistantes, o sea, críticos con las izquierdas para neutralizar el efecto de alguna crítica a las derechas que se hayan atrevido a soltar. 

Fue entonces cuando el aliento de los dioses descendió sobre mi alma y mi memoria me gritó: “Noam Chomsky”. ¿Chomsky? ¿A tan alta cumbre tenía que escalar para que me saliera un triste artículo sobre el tristísimo panorama político de España, especialmente de Madrid, una comunidad marcada por el ridículo y por cosas mucho peores? Mi memoria me respondió con una de las frases más citadas de Chomsky: “La manipulación mediática hace más daño que la bomba atómica porque destruye cerebros”. Y comprendí que, aún sin ganas, tenía que escribir por obligación sobre un tema que me estropea el humor, siguiendo el ejemplo de Noam Chomsky que, por lo que considera una obligación moral,  ha entregado toda su vida a la farragosa tarea de componer el mundo. 

Otra de esas burlas sangrientas de la vida. Las circunstancias de mi juventud me forzaron a huir de los libros y artículos del filósofo y lingüista que revolucionó la lengua y las conciencias de los años más revolucionarios del siglo pasado. En aquella época yo no podía ni nombrar a Noam Chomsky sin que me cayeran encima todas las advertencias de los orientadores que me rodeaban. Chomsky era un radical, un revolucionario que quería revolucionarlo todo, desde la lengua hasta la política. Chomsky era un anarquista que intentaba destruir el orden mundial que protegía la paz de los sepulcros de las santas clases medias y  la felicidad inalterable de los multimillonarios. No pude empezar a  leer a Chomsky hasta  los treinta años y hoy, con muchos más años encima, no solo le entiendo si no que sigo su ejemplo en muchos aspectos. Como diría la cantante de uno de mis grupos favoritos de los 80: “Cómo hemos cambiado”.    

Pues con la ayuda de Chomsky, a lo que aquí toca. Todo español pensante, aunque sólo piense en ocasiones, sabe que, en España,  la mayoría de los medios  mainstream, de los que más se escuchan, se ven y, en menor medida, se leen, promulgan noticias y comentarios afines  a las derechas o, al menos, aparentemente equidistantes. La equidistancia siempre produce el efecto de librar a las derechas de toda culpa demostrando que todos los políticos son iguales y que, por lo tanto, no vale la pena molestar a la razón para elegir, racionalmente, qué camino conduce a la meta que más nos conviene como seres humanos y como ciudadanos de una democracia. En palabras de Chomsky de hace muchos años, los propietarios de la prensa mainstream son grandes corporaciones, y esa prensa refleja, por lo tanto, las prioridades e intereses de las grandes corporaciones; prioridades e intereses que coinciden con los de la ideología de las derechas, porque la ideología de las derechas se resume en protección del dinero de los que tienen dinero. O sea, que el periodista que quiera conservar empleo y sueldo sabe que no puede soliviantar a sus jefes con opiniones peligrosas, es decir, de izquierdas, como sus jefes saben que no pueden soliviantar a los empresarios  que ponen el dinero para sostener al medio. 

¿Qué pasaría en España si los medios se atrevieran a decir lo que piensan sobre el principal partido de la oposición, corrupto hasta la médula, entregado a la mentira, carente del más mínimo escrúpulo a la hora de difamar al presidente y a su gobierno en España y parte del extranjero? En una comunidad de seres humanos comprometidos con una conducta ética, semejante partido no podría existir porque no habría quien le votara. ¿Por qué le votan? Pues será porque los medios no se atreven a decir por qué ningún ciudadano inteligente y moral debería votarle. 

En Estados Unidos, la prensa veraz advierte, con datos irrefutables, que Trump y su partido están preparando las elecciones de 2024 para ganarlas, sea cual sea el resultado electoral, aprobando en los Congresos con mayoría republicana leyes anticonstitucionales que dificultan el voto de las minorías, generalmente demócratas, y dando a funcionarios republicanos la potestad de cambiar los votos electorales si el resultado del voto popular no les da la victoria. Cuesta creer que la presidencia de los Estados Unidos pueda ser ocupada por un autócrata perturbado cuya obsesión caliguliana por demostrar su poder podría destruir el mundo causando una guerra nuclear. Cuesta creer, por ejemplo, que un 70% de los votantes republicanos registrados sigue creyendo que a Trump le robaron las elecciones; que Trump es el mesías que salvará a los auténticos americanos  de la diabólica intención de los socialistas del Partido Demócrata de importar inmigrantes con ADN no blanco; que las masas se alzarán, como en enero en el Capitolio, para sacar de la Casa Blanca a Biden, el ocupa, y devolver la mansión a su legítimo dueño, Donald Trump. (Esto debería sonar a los españoles, víctimas de los socialistas-comunistas que ocupan La Moncloa, dicen). Semejante negación de la realidad sugiere un altísimo porcentaje de enajenados. ¿Pero es posible que haya tanto loco en la nación más rica y poderosa del mundo y en otras como la nuestra, con fama de democracias serias? 

Una encuesta reciente explica la causa de la aparente enajenación de tantos americanos et al. Todos los adoradores de Donald Trump confiesan, en encuestas y entrevistas, que sólo ven y escuchan medios de extrema derecha.  Quien siga a las cadenas americanas de análisis político puede pensar que en España no hay analista ni medio que se atreva a decir en cámara tantas mentiras, tantos disparates como los comentaristas de esos medios americanos. ¿Que no? No voy a poner nombres que demuestren que sí. Que le hagan propaganda sus abuelas.  Todos saben quiénes son y todos podemos elegir libremente si evitamos el aburrimiento con una distracción que no ponga en peligro nuestras facultades mentales. 

Las grandes corporaciones han hecho a casi toda la población de todas las edades adictos a la adrenalina. Casi no hay serie ni película de éxito que no ofrezca a los espectadores bólidos que se estrellan, personajes que se matan, monstruos que aterran, tragedias horripilantes. Cuando el espectador se levanta de su butaca  en el cine o apaga la tele para irse a la cama, su cerebro, inundado de adrenalina, ya está preparado para silenciar cualquier análisis racional. Ese cerebro ya no puede cuestionar la veracidad de un discurso de Trump, y aquí, de Abascal, Casado y toda su tropa. La adrenalina ha  atrofiado sus facultades mentales y llega un momento en que la víctima no reacciona a discursos que expongan la realidad, que digan las cosas como son ofreciendo datos comprobables. Decir que el Partido Popular está ocupando a sopotocientos tribunales con sus casos de corrupción ya no impresiona a nadie. Hace tantos años que la noticia se repite que ya no es noticia digna de un esfuerzo mental para analizarla y comprender sus consecuencias. La consecuencia es muy sencilla de entender. Ante una urna electoral, el cerebro atrofiado por los medios no tomará en cuenta la corrupción y votará al Partido Popular o a cualquiera de las otras dos derechas  por cualquier motivo irracional que se le ocurra. Lo grave, gravísimo del asunto lo resume Chomsky: “Una democracia que valga la pena requiere que sus ciudadanos ejerzan una defensa intelectual contra los medios y la cultura intelectual que busca controlarlos”. Aquí ya casi no quedan ciudadanos dispuestos a defender otra cosa que sus neveras, sus coches, su diversión, sus vacaciones.

En estos momentos, el gran peligro que afronta la democracia en Estados Unidos, en España y en medio mundo es que los ciudadanos no aceptan “la responsabilidad por sus propios pensamientos y acciones y no aplican a los demás las mismas normas que se aplican a sí mismos“. Otra vez, Chomsky. El resultado son países controlados por las grandes corporaciones y los intereses financieros. Y mientras esa siembra de cerebros obnubilados se produce, los ciudadanos se van convirtiendo, sin darse cuenta, en poco más que en patatas echadas en un saco en el que van engendrando raíces que producen más patatas. Esto es lo que hacen la mayoría de los medios: convertir a la mayoría de los ciudadanos en poco más que patatas. 

Sólo la especie humana es capaz de pensamiento crítico. Luego se trata de asfixiar el pensamiento crítico para privar a los ciudadanos de humanidad y convertir sus conciencias en vegetales que ni entiendan ni quieran entender ni exijan que se respete su derecho a vivir una vida humana.   

Díaz Ayuso sigue en los grandiosos Estados Unidos de América, pero menos cubierta por la lona de anonimato que estaba haciendo su estadía absolutamente insustancial. Díaz Ayuso sabe quitarse esa lona de encima soltando, de vez en cuando, una genialidad que eclipsa a todos los astros. Esta vez, se ha metido con el Papa, toma ya, porque el Papa ha pedido públicamente perdón por todos los pecados cometidos por la Iglesia en la conquista de América. Dice la sapientísima y valentísima presidenta de Madrid, la Roma contemporánea, y cito porque tanta genialidad tiene que respetarse: “Me sorprende que un católico que habla español hable así a su vez de un legado como el nuestro, que fue llevar precisamente el español y, a través de las misiones, el catolicismo y por tanto la civilización y la libertad al continente americano…El indigenismo es el nuevo comunismo”. ¿Dejarán de votarla por eso todos los curas, prelados y  monjitas de nuestro país? Porque eso de llamar al Papa un católico  que habla español parece demasié hasta para la sacrosanta presidenta. No lo esperemos. Todos los medios españoles han dado a esas  terribles palabras amplia cobertura con los comentarios de rigor  para que lectores, oyentes y espectadores les den la categoría de inspiradas por Dios. 

Y bien, ¿qué hacemos? ¿Nos dejamos vegetalizar por los medios de derechas y los equidistantes engrosando las cuentas bancarias de sus dueños a base de permitir que las nuestras sobrevivan a duras penas o se mueran de hambre? No será para tanto, habrá quien diga. Y habrá quien siga votando con las glándulas para ahorrar esfuerzos a su razón. En algo estamos todos de acuerdo. Pedro Sánchez y su gobierno van aprobando leyes que humanicen a la sociedad. Casado y su tropa no hacen otra cosa que tomarnos por patatas. Pero nadie puede negar que Isabel Díaz Ayuso es muchísimo más divertida que Pedro Sánchez, adónde va a parar. 

Gobernar contra el cabreo

Empiezo con dos frases de mi artículo anterior: “Ni Pedro Sánchez ni ningún otro presidente de un gobierno democrático puede solo contra la dinamita que los politiqueros y los medios de desinformación acumulan para demoler nuestras libertades y nuestro bienestar. Los gobiernos democráticos necesitan más que nunca la ayuda de los ciudadanos”. Y resulta que uno de los más graves peligros que hoy acechan a nuestra democracia es que la mayoría de los ciudadanos están cabreados, muy cabreados. A casi nadie le faltan motivos. El motivo más grave parece ser el ataque del coronavirus, pero no lo es. En mayor o menor medida, el virus nos ha desmoralizado a todos. Despertarse cada día con la noticia del número de afectados, hospitalizados graves y muertos asusta, preocupa, deprime, pero, ¿puede decirse que cabrea? No. Cabrean el confinamiento, los toques de queda, la pérdida de una pequeña empresa, de un trabajo, de la compañía de los amigos, de esas cosas que cada cual apreciaba en su vida con la seguridad de estar viviendo una vida normal.  Pero siendo graves esas consecuencias de la Covid 19, no es lo más grave que nos está pasando. Lo más grave es que estamos sufriendo un trastorno para el que no hay vacuna; un trastorno que no se relaciona con el virus y que, en nuestro país,  ningún medio se atreve a  comentar. Estamos sufriendo una pandemia de vesanía universal; dicho en plata y con mayor concreción, una pandemia de cabreo. 

El sábado 18 de septiembre se produce una manifestación ante el Capitolio de los Estados Unidos para protestar contra la injusticia de tener encarcelados a unos 500 “inocentes patriotas” acusados del ataque al Capitolio del 6 de enero que causó 5 muertes y  lesiones a 140 policías. La reivindicación de esos “presos políticos” es de Donald Trump, por escrito. En Cataluña, los independentistas consideran “represaliados” a los fueron condenados e indultados por haber promovido un referéndum ilegal y proclamado la independencia, y a los que aún están por ser juzgados; al president que se fugó para montarse en Bélgica una República de Cataluña en una mansión alquilada, le llaman “exiliado”. Este sábado, alteró las calles de Madrid una manifestación de energúmenos de la eufemísticamente llamada ultraderecha contra la homosexualidad y los homosexuales. En Estados Unidos, en Francia, en España y otros países, se manifiestan desquiciados contra la obligación de vacunarse y llevar mascarilla para salvar vidas. En Rusia, la mayoría vota sin rechistar para seguir garantizándole el poder a un autócrata que vive del erario público como un rey y que mete en la cárcel a cualquiera que le estorbe. En  Venezuela, la mayoría jalea a un matón que defiende sus políticas autoritarias con el tono de un boxeador que estuviera promocionando su estampa antes de un campeonato importante. En Nicaragua, un mandamás emula  las formas de gobierno del tirano que hace años ayudó a derrocar. En Brasil… Me guardo los etcéteras porque excederían a las  páginas que corresponden a un artículo razonablemente largo.

En un mundo en el que imperara la racionalidad, estos personajes estarían en la cárcel, de haber cometido un delito, o en un sanatorio psiquiátrico, sin suponer una preocupación para nadie más que para sus familias. En el mundo que todos estamos sufriendo, el peligro mortal lo constituyen los millones y millones de seguidores que les jalean, que les apoyan, que han renunciado a la cordura para no desentonar con la chifladura reinante. Esa chifladura se caracteriza, sobre todo, por el cabreo. Lo más curioso y alarmante del caso es que los cabreados no lo están contra la desigualdad, la temporalidad laboral, los salarios de miseria y las condiciones de trabajo infrahumanas; ni siquiera por  convicción, por la ilusión de que nuevos gobernantes  lo harán mejor. Los cabreados siguen a los nuevos populistas,  convertidos en personajes sacralizados gracias a una propaganda aún más eficaz que la de Goebbels, porque esos personajes han conseguido sublimar todas las frustraciones de su vida elevándolas a un cabreo seudo político que les hace sentirse superiores.  Goebbels, el genio de la propaganda nazi que parecía insuperable, ha sido superado en este nuevo siglo por una nueva máxima. Una masa de cabreados responderá con fidelidad ciega al líder que consiga cabrearlos.  Cabrear a un individuo fracasado contra su propia vida le libra de la depresión y le proporciona el desahogo que necesita para seguir viviendo. Con esto en mente, conviene recordar que cuando la propaganda se dirige a cultivar la violencia, la vida de cualquiera y de todos está en peligro.            

¿Quienes asaltaron el Capitolio el 6 de enero con palos, tubos y otras armas, llamando a Nancy Pelosi, presidenta de la Cámara de Representantes, con voces amenazadoras de película de terror y pidiendo que ahorcaran al vicepresidente de Estados Unidos? Había miembros de una cantidad de organizaciones antisemitas, de supremacistas blancos, de secesionistas sureños, de abiertamente nazis, todos con símbolos en camisetas y banderas para que nadie confundiese su filiación. Aparentemente, querían evitar el recuento de votos electorales a favor de Biden, pero en entrevistas posteriores para radios y cadenas de televisión se demostró que muchos de esos insurreccionistas no sabían lo que eran votos electorales. ¿Por qué participaron, entonces, en la insurrección? Porque Trump les ordenó que asistieran, dijeron muchos y siguen diciendo, algunos bajo juramento. ¿Y cómo consiguió Trump convertirse en mesías que millones siguen adorando y obedeciendo en América aunque ya no tiene ningún poder real? A todas esas organizaciones las une un nacionalismo racista como el de la Alemania de Hitler. Los discursos populistas contra los negros y marrones revuelven las glándulas de los frustrados, y la presencia de negros y marrones en cargos políticos importantes y demostrando un alto nivel intelectual en todas sus intervenvenciones en los medios ensangrientan de furia los ojos de los blancos fracasados. Trump ha conseguido aglutinar toda la frustración de los medio pobres blancos y de los pobres de solemnidad que los medio pobres llaman “basura blanca”, con discursos que incitan al odio; discursos que son divulgados y comentados por radios y cadenas de televisión afines. Trump ha convertido la frustración de los frustrados en cabreo y ese cabreo en un impulso ciego que les fuerza a cometer cualquier atrocidad para cargarse a la democracia que consideran culpable de su fracaso.

Lo del independentismo catalán y el negacionismo fanático es otra cosa que merece otra explicación en artículo aparte, pero tienen en común con los cabreados americanos que, cada cual por sus motivos, vive en perpetuo cabreo contra las cosas como están. Los unos están dispuestos a renegar de la democracia española aún sin saber cómo se montaría lo que viniera después. Ningún político les dice el cómo. Solo les dicen el modo de emocionarse y cabrearse contra lo que hay. Los negacionistas están dispuestos a arriesgar su propia vida y la vida de los demás. La sensación de superioridad que les proporciona su fanatismo es, en esencia, la misma que siente un supremacista blanco. El vegetariano y el vegano pueden justificar la elección de sus alimentos por su especial empatía con los animales. El negacionista se cabrea si no se le permite que todos se arriesguen como él; es decir, exhibe con orgullo su falta de empatía con sus conciudadanos.  Si su fanatismo les obliga a vivir en un ay que, encima, no pueden confesar, ¿qué derecho tienen los vacunados y enmascarillados a vivir más tranquilos? El negacionista basa su superioridad en una falsa valentía que le obliga a vivir con el miedo a la pandemia que sufren todos los demás, pero con el agravante de que tiene que ocultarlo.  

La manifestación de los homófobos en Madrid revela otro trastorno del que nunca se habla. La sexualidad es un asunto privado que puede tener o no sus complicaciones, pero a ninguna persona que disfrute, más o menos, de una sexualidad satisfactoria, le preocupa la sexualidad de los demás. Algo le pasa al que tiene que afirmar su heterosexualidad públicamente con actitudes homófobas o con ruidosas manifestaciones callejeras. Algo muy grave le pasa al que tiene que afirmar su heterosexualidad agrediendo a homosexuales. Tan injustificables agresiones sugieren que el aparente homófobo se agrede a sí mismo castigándose por reprimir su propia orientación. La explicación puede parecer retorcida pero, ¿qué otra puede haber? Hay quien justifica su homofobia con argumentos religiosos, lo que prácticamente tiene carácter blasfemo. Denostar la homosexualidad en nombre de Dios es atribuir a Dios un interés por la sexualidad que le reduciría a la naturaleza de los dioses míticos.      

Falta decir algo sobre los hombres cabreados por los derechos y libertades que adquieren las mujeres en una democracia; cabreo que vuelcan en los partidos democráticos que aprueban leyes a favor de la igualdad. El gran descubrimiento del cavernícola fue que la mujer tenía mucha menos fuerza que él, lo que le permitía esclavizarla sin gran dificultad. Hoy sigue siendo numerosa la tribu de los hombres que, amparados por su cantidad de testosterona en sangre, utilizan a la mujer como un objeto al que pueden manipular, maltratar y hasta matar. El cabreo de estos hombres contra quienes permiten que la mujer acceda a cargos de relevancia a los que ellos, probablemente, jamás podrán aspirar engorda alimentándose con el empoderamiento de las mujeres gracias a las leyes que lo protegen y a su propia lucha por conseguirlo. Si esos hombres frustrados pudieran, descargarían su cabreo contra los gobernantes y legisladores que les privan de utilizar su fuerza física impunemente para demostrar su superioridad. Hace veinte años empezaron a verse los efectos de la democracia en la defensa de los derechos de las mujeres en Afganistán. Los infrahumanos talibanes han acabado con esos derechos  en pocos días y en nombre de su dios. ¿Cuántos hombres habrá en el mundo que, cabreados por su frustración, hoy envidian regímenes absolutistas como los de los talibanes y otros por el estilo? 

No hace falta devanarse los sesos para descubrir el cabreo que afecta a sociedades que, en el mundo entero, se alejan cada vez más de la naturaleza humana.  Ni hace falta tener una inteligencia portentosa para darse cuenta del daño que los individuos infrahumanizados pueden hacer a todos con su cabreo. En España, la mayoría de los ciudadanos ya han detectado que la propaganda de los tres partidos de derechas se funda en la crítica feroz al gobierno, en el insulto, en la voluntad de cabrear. Conviene que el gobierno tenga en cuenta el objetivo de esa propaganda y a él se enfrente como si se tratara de una emergencia nacional, porque de una emergencia nacional se trata. Un gobierno democrático necesita a los ciudadanos para mantener una democracia fuerte y saludable.  Un gobierno democrático tiene que imponer, por lo tanto, una educación humanizadora que a todos instruya sobre las características y las exigencias de la auténtica libertad, preparando a los ciudadanos de todas las edades para enfrentarse a los ataques destructivos de la desinformación.  O el gobierno lucha contra el cabreo con todos los medios a su alcance o la democracia se convertirá, más pronto que tarde, en un cuento embellecedor del pasado.    

Pedro Sánchez contra la dinamita

¡Peligro! Ya hace un tiempo que se están colocando explosivos en varios pilares de todos los continentes del mundo para provocar la demolición controlada de la democracia. En los Estados Unidos de América, la mayor democracia del mundo, supuesta impulsora y vigilante de todas las democracias, los explosivos se están colocando con una prisa que alarma al estamento intelectual de todas las tendencias. Ya no hay periodista comprometido con una información veraz ni analista político sensato que no manifieste su preocupación ante una hecatombe que se teme muy próxima. Son muchos los datos que la hacen predecible. El Partido Republicano se ha entregado en cuerpo y alma a Donald Trump, un demente que estuvo a punto de dar un golpe de estado para no perder la presidencia y que está dispuesto a presentarse otra vez a las elecciones en 2024 para acabar de una vez por todas  con la democracia en su país. Un partido que se consideraba conservador hoy exhibe un radicalismo inmoral aprobando leyes que restringen el derecho al voto de las minorías, entre otras barbaridades, para evitar que el Partido Demócrata, progresista, vuelva a ganar elecciones estatales y generales. Si, gracias a esas leyes, el Partido Republicano se instala en la Casa Blanca y en el Congreso con mayorías invencibles, los Estados Unidos sufrirá el triunfo de los supremacistas blancos, bajada de impuestos para los más ricos, restricciones a la inmigración, aumento del gasto militar, restricción de los derechos de los sindicatos,  prohibición del aborto; es decir, racismo, puritanismo anticristiano y  capitalismo salvaje. ¿Eso afecta a los españoles? En España corremos el mismo peligro si ganan elecciones las tres derechas.

Me encanta Rachel Maddow, para mi la mejor presentadora y analista política de la televisión americana. Comenta todos los temas con veracidad y claridad, todos lo hacen en las cadenas serias, pero Maddow los expone con un toque de humor que permite escuchar la situación desastrosa de la política  y los peligros que amenazan a su país con una sonrisa. Ese toque de humor no lo da una ocurrencia ni un chiste. Lo da Maddow partiéndose de risa sin contención cada vez que suelta el último disparate de Donald Trump y de sus súbditos del Partido Republicano. 

A la hora de decir disparates, los politiqueros españoles no tienen nada que envidiar a Trump y a los trumpistas, pero aquí los presentadores y tertulianos no se atreven a reírse, tal vez porque la mayoría confunde la altura intelectual y moral con la equidistancia y temen que su imparcialidad se cuestione si se ríen de alguna barbaridad de las derechas. Anoche, sin embargo, un presentador muy serio no pudo contener la risa cuando un entrevistado de derechas soltó una parida para morirse. Hubo tuiteros que se lo agradecieron. Nada como una sonrisa para sobrellevar una tormenta con algo de alivio. 

Hace unos días, una insigne de esa  política ultraconservadora que se disfraza de liberal nos ofreció un entremés digno de encomio y agradecimiento. Lo de Esperanza Aguirre llamando chiquilicuatres y niñatos a los de su partido de Madrid y rematando, con toda la cara, que tiene su conciencia tranquila, es para alegrarle el día al más amargado. Imagino las carcajadas de Maddow ante la risible confesión de inocencia de una señora que montó en su entorno una charca con una especie de ranas de lo más sucio para que fueran ensuciando la política madrileña sin cuartel. Y es que Esperanza Aguirre es muy bruta, -en la tercera acepción del diccionario, no como insulto-, muy bruta a pesar de sus estudios. Sorprende que la  educación recibida no haya pulido su tosquedad, pero la herencia genética continúa reservándose misterios que no quiere revelar ni a la ciencia. Solo un ser omnisapiente sabe de qué antepasado sacó Esperanza Aguirre su brutalidad y la egolatría que la convierte, a sus ojos, en superheroína invencible. Aguirre vive en su mundo, un mundo en el que Saramago se convierte en Sara Mago y Santiago Segura no existe; en el que ella está por encima de leyes y normas porque policías y jueces saben con quién están hablando cuando hablan con ella y se cuidan muy mucho de incomodarla; un mundo donde todos sus caprichos se materializan porque quien se arriesga a desencapricharla sabe que corre el peligro de desaparecer del mapa de sus intereses, y la señora tiene poder. Puede decirse que en esto, como en otras cosas, Esperanza Aguirre pertenece al grupo psicológico de Donald Trump. Y puede decirse más. Las derechas españolas pueden presumir de haber tenido en ella a una precursora de Trump que si no se adelantó al americano en fama, fue porque España, parva península del sur de Europa, solo suena en el mundo por la genialidad de sus cantantes, actores  y cineastas. 

A Esperanza Aguirre le ha dado por aupar a Isabel Díaz Ayuso a la presidencia de su partido con la esperanza, se supone, de que llegue a presidenta del gobierno del país. Aquí está la dinamita para la demolición de la democracia en España y no es broma. Díaz Ayuso, fotogénica y con cierto talento como modelo,  no tiene ni pajorera idea de nada que tenga que ver con política y gobierno, y en eso se ha fundado su triunfo en el partido en unos momentos en que no conviene que las figuras políticas que dan la cara a la prensa sepan de asuntos serios. Si los que mandan le dicen a Díaz Ayuso que tiene que asistir a un hospital privado con mil millones de euros, ni lo cuestiona ni quiere enterarse de cómo ese hospital los va a invertir. Para ella, ese gasto tiene el mismo valor que una subvención a una corrida de toros. Si después de un posado trágico en una catedral, de luto la ropa y los chorretones que le caen de los ojos por las mejillas, se va a celebrar una inauguración sonriendo como corresponde a una inauguración, al espectador le sale una sonrisa y lo agradece. Este es el secreto del triunfo de Díaz Ayuso en Madrid. En medio de una tragedia muy negra, ¿qué mejor que un discurso tan infantil que hasta inspira ternura?, ¿qué mejor que la gracia salerosa de una madrileña de postín que no tiene el mal gusto de amargar al personal hablando de una pandemia? Esperanza Aguirre, que de vender política sabe mucho, está cosechando un triunfo tras otro con su pupila porque su pupila arrastra a los que se identifican con su ignorancia y aplauden sus posados y discursos agradeciéndole la diversión. Encima, no deja de dar palos a Sánchez y al gobierno como la marioneta del bueno de los viejos teatros de títeres que la emprendía a palazos contra el demonio para regocijo de los niños. Pues bien, si el voto de los que se identifican con ella y agradecen su salero un día la llevaran a La Moncloa dándole el gobierno del país, los que mandan, que son los que más tienen, y los que roban porque son los que más quieren tener, convertirían a España en un banco para ricos privando a los que no lo sean de voz y voto.     

¿Y Pablo Casado? Pablo Casado fue la primera caja de dinamita en la que se pensó para la demolición de la democracia, ese invento para beneficiar a pobres y medio pobres. Al igual que Díaz Ayuso, de política no sabe más que lo que le escriben en los discursos, pero carece de la gracia de la madrileña que atrae los votos de quienes solo quieren saber de política lo que les divierte. Casado se ha tomado demasiado en serio su cargo en el partido y su escaño en el Congreso. Contra Sánchez la emprende con mala leche y la mala leche le contrae los músculos de la cara. En la mayoría de los posados que aparecen en las redes sale como si estuviera sufriendo un retortijón de tripas. Esas expresiones de dolor sientan muy mal a quienes no quieren que nadie les recuerde el virus que sigue enfermando y matando. Además, su valedora ya no tiene poder y está demasiado ocupada intentando resolver sus asuntos y los de su marido con la Justicia. Pablo Casado se está quedando solo. Parece que ya sólo cuenta con uno de su mismo nivel intelectual que intenta hacer gracia, pero sin conseguirlo, y otro que va de serio, pero no consigue  superar ni una entrevista sin poner de manifiesto el embrollo ininteligible de sus contradicciones.   

La última caja de dinamita la pondría Vox porque, seguramente, ni Díaz Ayuso ni Casado podrían gobernar sin sus votos. No hace falta repetir la lista de leyes que acabarían demoliendo la democracia porque cada día salen informaciones al respecto en la prensa de Madrid y de las otras comunidades autónomas donde gobiernan las tres derechas. Y hay que decir tres porque Ciudadanos, relegado a las sombras, espera a que alguno de los otros dos partidos o los dos a la vez le necesite para formar mayorías. En ese caso, Ciudadanos acudiría raudo a asistir a cualquiera de los dos que le llamase, haciendo a su supuesta ideología los ajustes que hicieran falta con tal de aparecer en alguna parte. 

Pedro Sánchez, su partido y sus socios de gobierno saben perfectamente lo que está pasando aquí y en muchos otros lugares, sobre todo, en Estados Unidos. Las grandes corporaciones y las grandes riquezas no se resignan a la derrota del capitalismo salvaje, llamado, eufemísticamente, neoliberalismo. Estaban tocando la victoria definitiva con la yema de los dedos cuando al mundo entero llegó un virus que les echó para atrás. Ahora tienen que volver a empezar, pero son persistentes. Los politiqueros a su sueldo tienen la orden de convencer al personal de que todas las izquierdas son iguales y  equivalen al comunismo, que se adueñó de  la propiedad privada y confiscó todos los derechos y libertades de los ciudadanos.  Si consiguen convencer a la mayoría, podrán apretar el botón que cause la demolición controlada de la democracia para siempre, asegurándose de que no habrá en el mundo virus ni fuerza alguna que les impida la hegemonía definitiva.

La socialdemocracia, que sí respeta derechos y libertades individuales, pero que, conscientes de que no son posibles sin una distribución justa de la riqueza, procura garantizar sueldos justos, pensiones, ayudas a los más vulnerables; la socialdemocracia que otorga la máxima prioridad a la sanidad y la educación públicas; la socialdemocracia que hoy gobierna en los países más adelantados lleva en su nombre lo que las derechas trumpistas quieren demoler: la democracia. Mientras los ciudadanos puedan votar libremente, siempre cabe la esperanza de que la mayoría se niegue a que los politiqueros manipulen sus emociones, y procure informarse para descubrir mentiras y disparates antes de votar. Con Biden en Estados Unidos y Pedro Sánchez y su gobierno en España, aún cabe la esperanza de que los ciudadanos sepan apreciar las medidas que convienen a su bienestar y rechacen la intoxicación de los medios interesados tomándose unos minutos cada día para contrastar la información que reciben sobre los avatares diarios de la política. Ni Pedro Sánchez ni ningún otro presidente de un gobierno democrático puede solo contra la dinamita que los politiqueros y los medios de desinformación acumulan para demoler nuestras libertades y nuestro bienestar. Los gobiernos democráticos necesitan más que nunca la ayuda de los ciudadanos. Al mismo tiempo que en los Estados Unidos los republicanos aprueban leyes antidemocráticas, surgen las asociaciones de ciudadanos para oponerse a ellas por todos los medios; manifestaciones pacíficas y recursos a tribunales. En España, por el momento, basta con que los ciudadanos voten racionalmente rechazando los intentos de las tres derechas de atontarles para que voten con las vísceras, como pasó en Madrid.  

La desaparición de la vergüenza

Apertura del Año Judicial

Hace mucho tiempo, la vergüenza, sintiéndose cada vez más postergada, desapareció de la sociedad escondiéndose en el alma de unos cuantos que hoy podrían considerarse anticuados. La vergüenza, como si se avergonzara de sí misma, parece que hubiese desaparecido. ¿Qué pasó con esa emoción ancestral que ruborizaba las mejillas al caballero tenido por hombre de bien al que se le descubría un acto deshonroso o a una señora de limpia fama si un golpe de viento le volaba la falda exponiendo sus pantorrillas al escándalo público?  Ha sido un avance que hombres y mujeres puedan ir por la calle en verano con camisetas de saldo que se pegan a la piel destacando los huesos de los flacos, los rollos de grasa de pechos y vientres rellenos,  el abombamiento de barrigas cerveceras.  Ha sido un avance porque, en muchos aspectos, ha democratizado la estética de la vestimenta. Pero haber perdido la vergüenza que encorsetaba los cuerpos de nuestros antepasados no es lo mismo que ignorar las consideraciones morales que determinan la conducta de un individuo decente; no es lo mismo que  haber perdido la vergüenza que avisa con sensaciones físicas y psíquicas para evitar la ignominia. Cuando esa vergüenza moral desaparece, los individuos se quedan sin freno humanizador.

Da gusto contemplar el acto de apertura del año judicial. Los jueces con sus togas, sus togas con elaboradas puñetas, los impresionantes collares de oro del rey, del presidente del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Supremo, del ministro, hoy ministra, de Justicia nos llevan a una época de elegancia, época de veneración por la belleza poética de los símbolos; nos reafirman, con su solemnidad, en la permanencia de valores inmutables. ¡Qué sensación más agradable de orden, cordura, humanidad nos hubiese quedado si después de hacerse la foto y cantar un himno, por ejemplo, esas autoridades tan bien vestidas  hubieran desfilado hacia sus casas o hacia donde pensaran comer sin abrir la boca! Pero, ¡ay!, empezaron los discursos y con ellos la deprimente sospecha de la desaparición de la vergüenza.

Ya sabemos que el CGPJ lleva más de mil días caducado. ¿A qué olería un yogur con la misma fecha de caducidad? La comparación es irreverente, pero es que ya no hay nada en el poder judicial que mueva a la reverencia. Sabemos también que Carlos Lesmes, presidente, además, del Supremo, llegó a sus cargos judiciales después de haber servido durante años en el gobierno de José María Aznar. No es solo que Lesmes sea conservador, es que es conservador del PP. Y el discurso de la apertura le salió, naturalmente, como a buen conservador del PP.

Lesmes hizo honor a la verdad más incuestionable al decir que el CGPJ debía ser renovado con urgencia. Pero, ¿cómo calificar su llamamiento a que la institución judicial se deje fuera de “la lucha partidista”, a que “las fuerzas políticas concernidas alcancen en las próximas semanas el acuerdo necesario para la renovación”? ¿No sabe Lesmes que en la renovación de CGPJ no hay lucha porque en el ring solo hay un partido dando puñetazos al aire? ¿No sabe Lesmes que todos los obstáculos para evitar la renovación del CGPJ mientras gobierne el partido socialista los ha puesto el PP? ¿No sabe Lesmes lo que sabe hasta el tonto del capirote? ¿Cuántas causas por corrupción le quedan al PP en los tribunales? Con todo eso encima, ¿va a permitir que le quiten su artera apropiación del poder judicial? ¿Va a permitir el PP renovaciones con mayorías progresistas que amenacen con borrar de las papeletas a su partido corrupto? Hasta los pobres infelices que votan a conservadores sin saber lo que están votando contestarían al discurso de Lesmes con un sonoro “No me jorobes”, probablemente seguido por una carcajada; pero los pobres infelices no se ponen a oír discursos de apertura del año judicial. Lástima, porque se habrían tronchado cuando Lesmes dijo con profunda seriedad y sin el más mínimo rubor que la “no renovación de CGPJ resulta insostenible”. Imagino a esos infelices ante una cerveza en su bar de la ciudad o del pueblo gritando, “¿Y por qué no dimitís todos, coño?” Eso me saca una sonrisa fugaz. Porque la desaparición de la vergüenza es algo muy serio, y cuando te la recuerda una toga con puñetas y medalla de oro es para echarse a temblar.  

Pablo Casado, quien le aconseja o le manda y toda la hueste de su partido están demostrando a todo el país y parte del extranjero que uno de los requisitos indispensables para inutilizar a un poder del estado es embotar la vergüenza. Es así de sencillo. ¿De qué sirve torturarse los sesos estudiando la estructura de Montesquieu sobre la división de poderes para entender que la libertad de los ciudadanos de un país depende de los frenos, contrapesos y controles que evitan el poder absoluto de una sola persona o de las personas que constituyen un órgano de gobierno? Lo que hay que hacer es asegurarse el control de todos los posibles controladores mediante mayorías de compinches que voten siempre, sin vergüenza, lo que les manden los que mandan. Y una vez conseguida esa mayoría, justificar cualquier y todos los votos sin vergüenza.

Los líderes del PP llevan todos los años de caducidad del CGPJ justificando su negativa a votar por la renovación de sus miembros presentando ante la opinión pública una excusa tras otra, sin vergüenza. Que si no vota para poder renovar es porque en el gobierno hay comunistas bolivarianos; es porque el gobierno indulta a quienes el PP no quiere que indulte; es porque el sistema para la elección de sus miembros que ellos mismos establecieron ahora no les viene bien, etc. De nada sirve que se les demuestre racionalmente  la falacia de sus excusas. Para exigirse la racionalidad, la veracidad, la honestidad  de palabras y actos hace falta, entre otras cosas, la vergüenza, y la vergüenza ha desaparecido de las derechas. Y no solo aquí. Uno se queda lelo oyendo los discursos de los legisladores del Partido Republicano de los Estados Unidos defendiendo leyes antidemocráticas, defendiendo los caprichos antidemocráticos de un demente como Donald Trump. El poco avispado se pregunta, ¿es que no les da vergüenza? El espíritu de los tiempos les contesta que la vergüenza se quedó en un pasado que ya no volverá; que toca ponerse al día; al día de un cinismo sin vergüenza.

Al día se pusieron hace tiempo los periodistas, comentaristas y analistas  de derechas, y los ambidextros también.  Mandan los que mandan que si no queda más remedio que criticar a las derechas, amigas íntimas de los poderes económicos, hay que atribuir, a renglón seguido, los mismos defectos y errores al gobierno aunque sea imposible atribuirlos con hechos. Basta convencer, sin vergüenza, de que todos son iguales, para que la opinión pública se sienta en libertad de elegir las mentiras que menos rabia le dén. 

Mientras más mentiras sueltan y más gordas los que comentan la situación política en los medios, más audiencia consiguen. El cinismo atrae a oyentes y telespectadores como signo de modernidad. Luego millones de esos oyentes y telespectadores votarán por el candidato que más ha mentido sin vergüenza, ese que les ha hecho reír en las pantallas mintiendo con un descaro que delata tener unos atributos muy grandes y bien puestos. Votar a los que parecen curas predicando es de los tiempos del aburrimiento. Estamos en la época en que miles de jóvenes, saltando como monos borrachos, alegran las pantallas de televisión aunque causen envidia a los que ya no pueden con sus cuerpos ni podrían superar un coma etílico.   

En fin, que mientras queden políticos, analistas y votantes que no estén dispuestos a sacrificar la vergüenza porque reconocen su relación con el orgullo, con la sensación impagable de sentirse  orgullosos de sí mismos, y esa sensación no la quieren sacrificar, aún podemos dejar que vuele la esperanza.  Pero, ¿conseguirán los políticos y los medios sinvergüenzas que un día desaparezca la vergüenza como freno moral, que se transforme en una antigualla que sólo afecte a los nostálgicos pusilánimes que aún consideran a la honestidad como una  de las cualidades que distinguen a los seres humanos de las bestias? Dependerá, claro, del número de seres humanos que no se dejen bestializar.     

¡Aleluya!

“Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó.”

¿Se puede alabar a Dios en un mundo en el que parece haber demostrado veracidad la filosofía del absurdo? ¿Un mundo en el que la política, entendida como la administración de todos los recursos para el bien de todos los ciudadanos, se ha transformado, en casi todas partes, en pretexto de inmorales en busca de dinero y poder; en ardid de energúmenos que fundan su conducta en un único lema: “Por un voto, mato”? ¿Un mundo en el que enfermos y muertos se mezclan en una masa cuyos ingredientes solo se distinguen por un número? ¿Un mundo en el que los que tienen mucho y los que tienen suficiente se erigen en los ángeles que al final de los tiempos separarán a los malos de los buenos y los echarán al infierno, dice la Biblia; en el que esos falsos ángeles hoy decretan que los malos son los pobres, los que no tienen nada, y los echan en los estercoleros de la pobreza para que no molesten con su fealdad y sus necesidades?  ¿Un mundo en el que sus habitantes se empeñan en adelantar el Armagedón para que este mundo se acabe cuando ellos dejen de existir porque para qué se van a preocupar de lo que ocurra después? ¿Se puede alabar a Dios en un mundo lleno de dioses perversos o indiferentes inventados por los hombres para enmendar la plana al Creador? ¿Se puede alabar a Dios en un mundo de desencantados que ya no creen en Dios, en otro mundo, en otra forma de vida?

“Hallelujah” (Alabad a Dios), es una exclamación judía que adoptaron los cristianos y que se oye constantemente en las liturgias de todas las iglesias. Tiene una connotación jubilosa. Tal vez por eso el “alabado sea Dios” de nuestras abuelas cayó en desuso a medida que el clima se ennegrecía y la fe, herida por la mentira, los abusos  y la inanición, se fue muriendo. El mundo se ha entristecido tanto que cada vez quedan menos que sientan el impulso de agradecer a Dios sus circunstancias con un jubiloso ¡Aleluya!

A pesar de todo, Leonard Cohen, el poeta y compositor anglosajón más español, compuso y cantó un Hallelujah que ha sido una de las canciones más comentadas, más vendidas, más premiadas y más versionadas desde su publicación en 1984 hasta el día de hoy. ¿Tantos la han comprendido? Tal vez el secreto de su éxito reside en que cada cual puede entender la letra como quiera. Cohen escribió ochenta estrofas para la canción y eligió las que quiso para un disco. Cada cantante ha elegido luego las que ha querido cantar para su versión. En todas las versiones la luz resplandece en cada palabra, dice Cohen, sin importar qué palabra hayas oído, sin importar si has oído el Aleluya sagrado o un Aleluya roto; sin importar el nombre que le des a Dios o que no le des nombre alguno porque no lo sabes o porque ni siquiera sabes si Dios existe.

En esas ochenta estrofas se resume una vida entera. Esto nos revela que, más allá de la apariencia religiosa, bíblica, filosófica que destacan sus comentaristas, la canción penetra en el gran misterio de la vida humana, en ese núcleo indescriptible, mudo,  en que la mente y las emociones se unen permitiendo al ser humano empinarse por encima de la realidad exterior y encontrar algo que le hace superar sus limitaciones. La experiencia puede durar solo un momento, pero es en esos momentos felices cuando uno intuye el valor inmensurable de su existencia como ser humano y el alma exclama, aún inconscientemente, ¡aleluya! La alabanza puede no estar dirigida a Dios. Puede ser un aleluya frío y roto, dice Cohen, cuando la grandeza de ese hombre, macho o hembra, se estrella contra las miserias de su realidad exterior. Aún así, del alma brotan la alabanza y el agradecimiento porque en ese momento de extrema lucidez, el hombre, macho o hembra, se está alabando a sí mismo, se está agradeciendo haber llegado a donde está venciendo todos los obstáculos que el mundo le haya puesto por delante.  

El aleluya que Cohen atribuye al rey David en la primera estrofa es el reconocimiento al valor de la vida humana con todas sus primaveras y todos sus inviernos, con todos sus días de sol y todas sus tormentas. 

Leonard Cohen, judío, llevaba grabada en sus genes la memoria de toda la injusticia, de todo el dolor que los hombres se han causado los unos a los otros desde su creación y la certeza de haber sido creados para seguir creando. Es esa certeza lo que da al hombre, macho y hembra, la felicidad permanente, la felicidad que no alteran ni las alegrías fugaces ni las circunstancias adversas. Quien se sabe creador de todos sus actos en todos sus días vive con un orgullo que nada ni nadie le puede quitar. 

Por una misteriosa casualidad o serendipia, Leonard Cohen se enamoró del flamenco gracias a un par de clases de un guitarrista callejero y convirtió a  García Lorca en su gran pasión. Ambas experiencias cargaban con el luto de la muerte, pero al contarlas Cohen en su discurso de aceptación del premio Príncipe  de Asturias en 2011, aquel humilde guitarrista y el gran poeta aparecen con el aura de los inmortales. El primero creó hasta su propia muerte. Lorca llegó a la suya privado de todo menos del orgullo de vivir como había vivido, creando todo lo que había creado; eso no se lo pudieron matar; eso nadie se lo puede matar a otro. Para quien cree en la inmortalidad del alma, esa es la promesa de la gloria eterna. Para quien cree que todo termina con la desconexión del cuerpo, ese es el último instante de gloria al que todo ser humano inteligente debe aspirar porque de ese orgullo depende la felicidad perpetua.   

Pero las canciones terminan y esos momentos de radiante lucidez se apagan. Uno tiene que volver a la pensión en la que se suicidó el guitarrista callejero que enseñó a Cohen sus mejores acordes; al agujero desconocido en que sus asesinos enterraron el cuerpo de Lorca. Y lo que es peor, uno tiene que volver a los peligros que le amenazan y a la aplastante mediocridad que le rodea.

Casado, Arrimadas y políticos por el estilo intentan convencernos con sus fábulas de que nuestra vida será mejor si les dejamos gobernarla, mientras  cada palabra suya delata su convencimiento de que quienes les escuchan y les hacen caso son infelices de escaso discernimiento. Los políticos del Partido Republicano de los Estados Unidos, los Orban, Putin, Lukashenko, los talibanes y un largo etcétera esparcido por todo el mundo apuntan con todas sus armas contra la libertad y los derechos de todos los hombres, machos y, sobre todo, hembras, sin que sus compatriotas se atrevan a reaccionar contra las cadenas que intentan imponerles. A veces, las adversidades acobardan.

Porque las  canciones se terminan y los momentos radiantes se apagan y uno tiene que volver al mundo que los poderosos infrahumanos están descomponiendo como las larvas descomponen a un cadáver, hay quien se siente profundamente solo en medio de la podredumbre. Pero esa soledad, sin él saberlo, le une a millones de soledades que al penetrar en sus propias almas exclaman, aún inconscientemente,  ¡alabado sea Dios!; el Dios con el que se relacionan, aunque no sepan ni su nombre, cuando algo de todo lo creado les sorprende y les admira; el Dios de los ateos; el Dios que rechaza la siesta perpetua de los mediocres; el Dios que vomita a los tibios. Quien en esos momentos comprenda, a pesar de todos los pesares, la gloria de haber venido a este mundo para continuar la creación creando su propia vida, podrá ver, como dice el autor del primer capítulo del Génesis, lo que vio el Creador al terminar su obra, que todo está bien. Y un día, aunque parezca que todo ha ido mal, puede que se encuentre ante el Dios de la canción, como canta Cohen, sin más palabra en su lengua que ¡Aleluya!    

¿Se acabó la comedia?

Nazar Mohammad, el comediante asesinado por los talibanes

El pasado mes de julio, los talibanes asesinaron a Nazar Mohammad, un famoso comediante afgano que se burlaba de ellos en las redes. La noticia le recuerda a un periodista tuitero una sentencia de Schopenhauer: “Los fanáticos detestan la comedia porque la risa espanta al miedo”. Los talibanes, hoy máximos exponentes del fanatismo, han eliminado la risa de Afganistán. Todo su poder reside en el miedo. Su dios es el dios del miedo, el dios que tortura, que mata a quien contradice las órdenes que salen de las voluntades perversas de sus creadores y que sus creadores pronuncian en su nombre. Su dios es un dios de infinita maldad que aniquila a sus propias criaturas por negarse a obedecerle.  

La naturaleza del Bien y del Mal ha preocupado al hombre, que sepamos, desde que empezó a escribir o a dictar lo que pensaba; tal vez mucho antes, pero no tenemos forma de saberlo. El asunto sigue deambulando por las mentes de los que piensan. Desde hace unos días aparece en las pantallas de todo el mundo una tragedia que hiere  las entrañas de  toda persona normal, es decir, de toda persona que sienta un mínimo de compasión por el dolor ajeno. Miles de seres humanos se agolpan contra el muro del aeropuerto de Kabul en un intento desesperado de salvar sus vidas. Ante esas imágenes horribles, nadie se pregunta qué es el bien y qué es el mal, quiénes son los buenos y quiénes los malos. Parece clarísimo. Pero, ¿cómo vamos a distinguir a los unos de los otros cuando despegue el último avión americano con los últimos afganos que consigan huir del horror que espera a los que se han quedado en tierra? ¿A quién le va a importar la tragedia de los que se queden cuando salgan de allí los americanos, los europeos y las cámaras de televisión? 

El mal habrá  triunfado en Afganistán en cuanto salga el último avión con refugiados por la razón incuestionable que verbalizó Edmund Burke:”Para que triunfe el mal, basta que los hombres de bien no hagan nada.”  Voltaire fue más rotundo. “No hacer el bien”, dijo, “ya es un mal muy grande.” Prefiero a Voltaire.  

El presidente de los Estados Unidos tiene el convencimiento de hacer el bien sacando a sus tropas de Afganistán. Su decisión se funda en una razón muy convincente: no puede permitir que los americanos sigan sufriendo la pérdida de sus hijos, de sus hermanos en una guerra que se sabe interminable por las características tribales del país y el odio ancestral entre las tribus. El argumento podría interpretarse, y algunos lo interpretan, como una variante del America first  (América primero) que empezó a escucharse en los discursos de los políticos demócratas y republicanos a principios del siglo XX y que sonó con más fuerza durante la época anterior a las dos guerras mundiales. Antes de la Segunda, hasta se fundó el America First Committee, una organización contraria a la entrada de Estados Unidos en la guerra, que ejerció como grupo de presión. Pero nada que ver las razones que lo inspiraron con los motivos de Joe Biden para sacar a las tropas americanas de Afganistán. 

Con la empatía que delatan todos sus discursos, una empatía sincera y profundamente sentida, insólita en casi todos los políticos, Biden manifestó su decisión irrevocable de devolver a sus parientes y amigos a los soldados que aún están arriesgando sus vidas en esa guerra inútil. Y, como casi siempre, recordó a su hijo, Beau Biden, Guardia Nacional que sirvió en la guerra de Iraq y volvió sano y salvo. El cáncer se lo llevó en 2015 dejándole a su padre el orgullo de sus condecoraciones y de su ejemplo y la petición de que no abandonara su carrera política. Biden tiene su legado siempre presente como si Beau fuera el padre desaparecido y él fuera el hijo que no olvida sus enseñanzas. 

El America first  de Biden delata su voluntad de que, al menos sus compatriotas, no tengan que pasar por el dolor de perder a un ser querido pudiéndolo él evitar; dolor que él mismo describe como un agujero negro en el que todo lo demás desaparece. El America First Committee se oponía a la entrada de los americanos en la Segunda Guerra Mundial porque sus convicciones antisemitas y fascistas hacían a sus miembros admiradores de Hitler. Es evidente, pues,  que America First no siempre quiere decir lo mismo. En ambos casos, sin embargo, el concepto resulta antipático y algo peor para los que no son americanos. El mundo entero ha podido ver en los últimos días las horribles consecuencias de la salida precipitada de las tropas americanas de Afganistán, abandonando a su mala suerte a miles de afganos condenados a la muerte o a una vida infame en su país. Las imágenes de su desesperación hacen del America First la manifestación de un egoísmo inhumano. Un concepto análogo se manifiesta en el lema oficial del país. El lema oficial de los Estados Unidos de América es In God We Trust (En Dios confiamos). ¿En qué dios? ¿Un dios tan mezquino que sólo se preocupa por el bienestar de los americanos dejando para otras nacionalidades lo que pueda quedarle de compasión? En ese dios tan patriótico depositaron su fe y su confianza los políticos americanos hace muchos años, decretando que el lema apareciera en todas las monedas y billetes del país. Curiosa relación la del dios en el que los americanos confían y el dios Dinero, fundamento de su poder.  Es una relación evidentemente humana que los políticos atribuyen a la divinidad para ganar adeptos y ocultar el mal que en ella puede esconderse. El trinomio Dios, Patria y Dinero como declaración de intenciones y como propaganda es de lo mejor. Para agitar emociones y conseguir votos no puede fallar.     

La reflexión sobre el patriotismo en diferentes épocas de la historia revela, a quien no sufra ceguera fanática, que poner a la patria en la cúspide de la pirámide de valores es un peligro que puede ser y ha sido muchas veces mortal. La patria es un territorio cuya importancia reside exclusivamente en las personas que lo habitan y cuyo valor sentimental depende de lo que cada cual sienta por determinadas personas de su entorno. Todas las mitologías han tenido a una diosa madre, Mut, Gea, Pachamama, porque los hombres, machos y hembras, de todas las épocas y latitudes sienten, aún inconscientemente, agradecimiento a la mujer que les ha dado la vida y la necesidad de honrarla. Es ese sentimiento el que utilizan los populistas para manipular a quienes se dejan llevar por instintos primitivos porque no piensan. La patria se predica como madre de todos y exige a todos sus hijos amor, respeto, devoción. De ese sentimiento irracional surgen el America First; la exaltación de la patria alemana del Tercer Reich, indisociable del racismo; el Make America great Again ( Haz América grande otra vez) que le sirvió a Ronald Reagan en su campaña presidencial, que Donald Trump registró como lema de la suya llenando el país con sus gorras MAGA y que ha sido explotado por los cómicos americanos consiguiendo las mayores audiencias. Por la patria se han partido la crisma millones de hombres a lo largo de los siglos. ¿Por qué dieron su vida esos héroes muertos? Por un territorio que sólo modifica, en realidad, la erosión del tiempo. Entonces, ¿la patria sólo sirve para que la utilicen los politiqueros como red para pescar almas de cántaro? Y si no, ¿para qué?

Cuesta creer que haya un número considerable de españoles dispuestos a entregar cuerpo y alma por España. El español no se toma en serio ni las abstracciones ni a los que se las toman o fingen tomárselas en serio. Aquellos españoles que se envolvían en la rojigualda para ir a la Plaza de Oriente a oírle el discurso al Generalísimo iban movidos por asuntos mucho más serios que la entelequia que se llama patria. De esos asuntos, el más importante era el miedo a pasar por desafectos y el segundo en importancia, seguramente, la extrema delgadez de sus carteras. ¿Y los que se envuelven en la bandera para asistir a los mítines de Vox y del PP? 

El patriotismo teñido de rechazo a algunos compatriotas es, cuando menos, sospechoso. La patria no puede rechazar a negros ni a marrones ni a homosexuales ni a pensionistas pobres ni a pobres sin más porque la patria solo vive en sus seres vivos sin juzgar. Amar a la patria no puede ser otra cosa que amar a los compatriotas, aunque sea en sentido genérico. Y son compatriotas, como su mismo nombre indica, los que viven en el mismo territorio, en la misma patria.  

Si la mayoría de los españoles se tomara la molestia de escuchar los discursos de Casado y Abascal en el Congreso y de enterarse por la prensa a qué leyes votan afirmativamente y a cuáles no,  a Vox y al PP no les votaban ni los parientes porque no hay discurso ni voto suyo en la Cámara  en los que no nieguen el patriotismo que predican. Abascal discursea como si odiara a todos los socialistas del mundo y del universo, si en el universo los hubiera. Casado parece odiarlos tanto que no tiene bastante con discursear como Abascal en la tribuna, y de vez en cuando se va al extranjero, presencial o telemáticamente, para poner verde al gobierno. Ya todos sabemos cómo intentó que no llegaran a España los fondos europeos y otras barbaridades más que ya da pereza enumerar. ¿Es eso patriotismo? Suerte tenemos, al menos, de que su patriotismo de politiqueros no lleve a Casado y Abascal al extremo de predicar una cruzada contra Portugal para reconquistar para España todo el oeste de la Península Ibérica.  De todos modos, no hay por qué preocuparse. Si pidieran voluntarios para semejante hazaña, sólo se apuntarían los tan locos que no supieran adónde los llevaban ni lo que tendrían que hacer. Los españoles no están para cruzadas patrióticas. Un virus les persigue y la tardanza en subir el salario mínimo interprofesional, que las derechas rechazan,  no les deja dormir. Con eso tienen bastante.

Tanto palo han recibido los españoles a lo largo de su historia que no se les puede culpar si olvidan la pena que causa la suerte de los afganos en cuanto las imágenes desaparecen del televisor. No se les puede culpar si votan a quien les promete libertad para sentarse en una terraza a tomarse unas cañas. No se les puede culpar si la mayoría decide no tomarse la vida demasiado en serio. Confieso que hasta no hace tanto, en mis momentos difíciles adquirí la costumbre de provocarme sonrisas viendo vídeos de animales divertidos. Hasta que en Twitter empezaron a aparecer casi a diario fotos y vídeos de Abascal, Almeida, Ayuso, Casado y el inefable Teodoro Egea. Algunos me han hecho hasta reír. Lo que me recuerda la teoría de Hanna Arendt sobre la banalidad del mal, lectura que recomiendo. Pero ahora, al terminar este artículo, lo que me vuelve a la memoria es la cara del cómico Nazar Mohammad  en la última foto que le hicieron dentro del coche en el que los talibanes se lo llevaban para ejecutarle. Juraría que estaba sonriendo. 

La importancia de las alpargatas

Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España, se reúne telemáticamente con Defensa y Exteriores para tratar la crisis de Afganistán; reunión que se inmortaliza en una fotografía. El asunto del que se trata es crítico, trágico, de la máxima gravedad. En manos de los gobiernos europeos y americano están millones de vidas humanas. De sus decisiones dependen millones que pueden verse condenados a la exclusión social o a la muerte por la horda de fanáticos infrahumanos que ha tomado el país. Pero un detalle elimina el alcance político, económico y hasta humano de la reunión. Debajo de la mesa de cristal sobre la que trabaja el presidente, asoman sus pies calzados con alpargatas. Las alpargatas del presidente deslumbran al portavoz de la oposición de derechas que corre a ofrecer en Twitter la ingeniosa deducción que se le ha ocurrido. Enseguida le siguen los de su confesión rivalizando en ingenio con memes y gracietas. Las imágenes horripilantes del aeropuerto de Kabul desaparecen. Ya no importa a nadie la desesperación de hombres, mujeres y niños que se apiñan contra la verja de acceso a la única posibilidad de salvación. Ya no importan ni la enfermedad ni la muerte próximas o remotas. Ya lo único importante en este mundo para politiqueros, internautas y prensa de derechas son las alpargatas del presidente. ¿Tanta importancia tienen unas humildes alpargatas? Quien analice el tema en profundidad, comprenderá que las alpargatas tienen una importancia vital. 

¿Que es una alpargata? El diccionario se limita a una descripción física: La alpargata es un “Calzado de lona con suela de esparto o cáñamo, que se asegura por simple ajuste o con cintas”. Llama la atención que algunos tuiteros hayan considerado falta de decoro  que el presidente haya utilizado un calzado así para reunirse con ministros. ¿Son indecorosas las alpargatas? No en verano. Que lleven alpargatas los veraneantes que pueden permitirse costosas sandalias puede resultar un toque divertido y hasta chic. En algunas fiestas patronales son de rigor. Catalanas, valencianas, baturras y un largo etcétera son alpargatas que van, obligatoriamente, con trajes regionales. Entonces, ¿qué tienen de indecorosas las alpargatas? Aquí está el quid de la cuestión. 

Durante siglos, la alpargata fue el calzado de las clases humildes en España y en algunos países de América. La alpargata puede, aún inconscientemente,  recordar por fotos o en películas la época en que distinguía a los obreros de los señores; a los ricos de los pobres. La reacción escandalizada  a las alpargatas del presidente nos reafirma que hoy, como siempre, lo indecoroso es la pobreza; lo indecoroso es recordar, visibilizar la pobreza; lo indecoroso es lucir un estigma que hace del pobre un grupo social inferior cuya presencia afea, estética y moralmente, el panorama que rodea a los ricos y a los que sudan tinta y lo que haya que sudar para no parecer pobres, para no verse devaluados, rebajados, manchados, por el estigma de la pobreza. Este segundo grupo que usualmente recibe el nombre de clase media, es, en realidad,  el grupo de los medio pobres porque a ricos no llegan y a pobres no descienden por tener un pequeño negocio o un sueldo más o menos decente.   

La alpargata tuvo su momento de gloria en el Buenos Aires del 17 de octubre de 1945. Hordas -lo que los diarios argentinos de la época llamaron hordas- de obreros industriales y peones del campo desfilaron por la ciudad más europea de América horrorizando a la que se consideraba la sociedad más culta, más europea, más blanca de un continente coloreado por el mestizaje. La multitud, que exigía la liberación de Juan Domingo Perón, detenido unos días antes,  llegó a la Plaza de Mayo gritando: “Alpargatas sí, libros no”. Todos los estudiosos de aquella revolución económica y social están de acuerdo en que aquel grito no se dirigía contra la educación y la cultura. Era un grito contra las élites acomodadas y cultas que ignoraban la existencia de obreros industriales y peones rurales, incultos, mal vestidos y calzados con alpargatas.  Esas élites acomodadas ignoraban la existencia de los pobres porque no les veían, y no les veían porque no les miraban, y no les miraban porque estéticamente afeaban su panorama. Un autor de la época describió en la prensa la manifestación comentando: “Aparte de otros pequeños desmanes, sólo cometieron atentados contra el buen gusto y contra la estética ciudadana afeada por su presencia en nuestras calles”. De repente, aquella multitud amenazadoramente fea apareció en la gran y opulenta ciudad desorbitando los ojos y descomponiendo los estómagos de la gente de bien. Aquellos pobres iban sin sombrero, sin chaquetas, sin camisas bien abotonadas, con alpargatas, sin y con todo aquello que vestía a una clase social pagada de sí misma y a otra clase que hacía lo posible por imitarla. Los pobres, obreros con sueldos de miseria, no tenían posibles para imitar a nadie que estuviera por encima de su clase. 

¿Cuántos años han pasado desde que el llamado primer mundo presume de grandes corporaciones que le han  hecho rico y de una clase social empeñada en empeñarse hasta lo que haga falta para no parecer pobres? Desde la caída del muro de Berlín, por ponerle una fecha al asunto, se dice que el capitalismo ha triunfado. En América ya solo quedan un par de frescos defendiendo el comunismo. En Asia queda China con un comunismo sui generis sostenido por el gran capital. Y para de contar. El que quiera responder a la pregunta y tenga tiempo, que se ponga a contar los años que llevamos de capitalismo salvaje. Nuestra  realidad es que en España, después del estallido de la Covid 19, hay 5,1 millones de pobres y en el resto del mundo más de 200 millones. O sea, que decir que el capitalismo ha triunfado es una generalización sangrienta. Ha triunfado, sí, para enriquecer aún más a los ricos, enfermar de ansiedad a los medio pobres y dejar a los pobres como estaban porque peor ya no podrían estar. Entonces, ¿era el comunismo la solución más humana a todos los males? Y un cordero negro con patas rubias, decimos en mi tierra. El comunismo fue la gran mentira que esclavizó a los habitantes  de la Unión Soviética, por poner un ejemplo, durante más de setenta años. El comunismo iguala a toda la población de un país en la pérdida absoluta de libertades y con el único derecho de ser todos pobres por igual, reservando los privilegios a las élites del partido único. Y dicen las derechas de nuestro país que nuestro gobierno es sociocomunista. Sorprende hasta dejar la boca abierta que no les dé vergüenza hacer gala de tanta ignorancia. 

España tiene ricos de sobra y le sobran mucho más los medio pobres. Los españoles tenemos tanta libertad que podemos decir cualquier disparate sin temor a la cárcel, como hacen las tres derechas y otros más. Lo que no tenemos en España es una legislación adecuada para erradicar la extrema pobreza. Lo que no tenemos los medio pobres es la moral, la humanidad para exigir esa legislación mediante protestas que hagan reaccionar al gobierno contra el enriquecimiento desmedido de quienes hacen todo lo posible por incumplir sus deberes de ciudadanos. ¿Que por qué no se organizan y protestan los pobres? Quien se atreva a hacer esa pregunta que se imagine saliendo de la adolescencia o en la primera juventud sin otro consuelo para sus horas muertas que el porro que pueda pillar gracias a algún colega. Que se imagine lo que siente  una chica sin trabajo porque no le da la gana de dejarse acosar a cambio de un sueldo de miseria. Que se imagine insomne pensando en cómo pagar el alquiler. Que se imagine mirando una nevera vacía con hijos hambrientos en casa. Aunque claro, cada cual tiene lo suyo y no es cosa de ponerse a imaginar los problemas de los demás.

Entre todos los problemas que aquejan al pobre, el más grave es la desvalorización personal en cuanto percibe que nadie le valora, en cuanto se percibe  estigmatizado por una sociedad que le excluye, como aquellos leprosos de hace siglos, como aquellos judíos de la Alemania nazi marcados con su estrella de David. El pobre ya no lleva alpargatas. Ya no se hacen alpargatas para pobres. Lo indecoroso hoy es hacer cola en una de las llamadas colas del hambre; pedir fiado en una tienda hasta que te dejan de fiar; pasarte el día sentado en un banco porque ya no sabes adonde ir. Pero al pobre no le importa ni el decoro. Con el concepto de la religión predicado por el calvinismo que luego asumieron las confesiones llamadas protestantes, el pobre ha tenido que aceptar que su pobreza le excluye hasta de la relación con Dios. El triunfo del capitalismo salvaje adopta al dios calvinista y el dios calvinista dice que si a uno le va mal en la vida es porque es malo y se lo merece. Al pobre no le queda ni la fe ni la esperanza ni el amor. Puede que con un poco de suerte le caiga alguna sobra por caridad, pero la caridad no es lo mismo que el amor aunque a algunos les convenga confundir los términos. El pobre está solo o en compañía de otros pobres que también se saben solos.

Reflexionando sobre la realidad que oculta, a nadie le puede extrañar el guirigay que se ha armado por las alpargatas de Pedro Sánchez ni de dónde ha salido el escándalo. Solo podían escandalizarse quienes desprecian la pobreza, quienes la consideran indecorosa, quienes, creyendo en dioses anticristianos, juzgan a los pobres como seres inferiores dejados de la mano de su dios. Y eso solo les ocurre a los de extrema derecha, lo que a su vez nos revela que las derechas en nuestro país solo conocen y aceptan su extremo.

Las alpargatas de Pedro Sánchez nos han revelado, además,  la lentitud con que la humanidad evoluciona hacia la auténtica empatía que nos hace humanos y la hipocresía de quienes se llaman cristianos para pescar votos mientras deprecian al hijo de un carpintero de Galilea que era pobre de solemnidad. Benditas alpargatas si a algunos les sirven para evolucionar.

Los dioses manipulados

Los fanáticos mezquinos y machistas siguen a dioses mezquinos y machistas creados por individuos mezquinos y machistas. ¿A qué mezquina clase de dios le puede importar que las mujeres enseñen el pelo, que no se vistan con modestia monjil, que estudien, que salgan de sus casas a trabajar, que hablen en las congregaciones, que no vivan sujetas a los hombres? ¿A qué clase de dios se le ocurre someter a la mitad de la población al imperio de la otra mitad? No puede haber un Ser perfecto, Creador de cielos y tierra, que ocupe su tiempo en asuntos más propios de cotilleo que del destino de los seres humanos; entre otras cosas, porque un Ser eterno no tiene tiempo. Empezó a manipular la figura del Creador quien se sacó de su imaginación el segundo capítulo del Génesis o quien se lo dictó al que lo escribió. El Creador, manipulado por los hombres, se convirtió en un bruto sin conciencia ni compasión. Esos hombres infrahumanos no podían crear más que dioses inhumanos en el sentido más peyorativo del término.

Cuando en el segundo capítulo del Génesis se escribe el mito de la creación del hombre y la mujer, los hombres ya habían descubierto su superioridad física aunque no sabían que la fuerza se la debían a la testosterona. Esa fuerza superior les permitía dominar a las mujeres. Pero no les bastaba aplastar físicamente al sexo más débil. Tenían que atrofiar también sus facultades mentales, menoscabar su inteligencia no fuera que las físicamente más débiles aprendiesen a defenderse de ellos utilizando herramientas o algunas artes. 

La manera de menguar las facultades de la mujer para asegurarse su sometimiento  fue inventarse el mito del pecado original y atribuir a su dios la condena y el castigo de las mujeres como autoras del infame pecado de la desobediencia, para encadenarlas de por vida con la culpabilidad, con la aceptación de su inferioridad moral. En ese mito, inventado mucho después de la maravillosa narración del capítulo primero, el dios de sus inventores crea al hombre del polvo del suelo y, estando el hombre dormido, le arranca una costilla para crear a la mujer. ¿Quién puede concebir a un dios que necesita polvo y un hueso para crear algo? A un Creador omnipotente, no, desde luego. Pero a todas las mujeres existentes y por venir les deja bien claro que ese dios las creó utilizando un hueso no vital del conjunto de huesos que protege los órganos de la caja torácica. Ese humilde origen les debía recordar a perpetuidad que ese dios las creó de una parte irrelevante del cuerpo de los hombres para que les acompañaran y les ayudaran, siempre supeditadas a ellos. ¡Y vaya si lo han recordado! 

A estas alturas de la humanidad, las mujeres siguen soportando las consecuencias de ese mito ignominioso. ¿Cómo es posible que las mujeres mismas hayan asumido durante siglos ese estado de inferioridad y sumisión y hayan legado a sus hijas esa situación infrahumana transmitiéndoles la fe en un dios creado por los machos de la especie a su conveniencia? Las razones saltan a la vista. Por una parte, la ignorancia   que las ha llevado a creer todos los cuentos que los sacerdotes de esos dioses falsos y sus textos falsamente sagrados repiten; por otra, la realidad de que la mujer es inferior al hombre en fuerza física y, por lo tanto, vulnerable. En nuestra zona del mundo se ha salvado la desventaja de la ignorancia incorporando a las mujeres a la educación escolar. La desventaja física no se puede superar por la negativa a enseñar defensa personal a las niñas en los colegios y a las adultas en gimnasios subvencionados. Cada vez que un hombre mata a una mujer se realizan actos de homenaje a la fallecida y manifestaciones contra la violencia de género. Todos y todas sabemos que esos actos y la condena a los culpables y las ayudas de diversos tipos a las víctimas son paliativos que no evitan heridas y que no evitan muertes. ¿Por qué nadie exige soluciones? ¿Por qué se permite que politiqueros de derechas y medios afines sigan difundiendo desinformación sobre la violencia de género?  ¿En nombre de la libertad de expresión? Yo digo que en nombre de una cobardía heredada y por otros motivos, los gobiernos no se atreven a acabar con esa lacra. 

Millones de mujeres en Afganistán esperan aterrorizadas lo que saben que las espera cuando las fuerzas internacionales salgan del país dejándolas en manos de brutos infrahumanos. Lo sabemos todos, pero Afganistán está muy lejos, y sus mujeres y sus niñas carecen de la importancia de las materias primas que tiene el país y que diversos países codician. Hacerse con el comercio de esas materias será la máxima prioridad de algunos gobernantes dispuestos a negociar con los talibanes. A todos esos politiqueros de chaqueta y corbata les grita un hombre al que crucificaron porque quiso cambiar el mundo y acabar con los dioses falsos: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!”

Llenos de muertos y de toda inmundicia están los que venden su conciencia a cambio de votos para conquistar el poder y desde allí conservar a los dioses falsos para que sigan perpetuando la falsa moral en la que vivimos. En España, las tres derechas están dispuestas a tragarse todos los muertos que causó el franquismo hasta después de la guerra, toda la represión, toda la humillación de las mujeres, todo lo que haga falta para conseguir un sillón con sueldo importante. Adelantando soñados triunfos, sus politiqueros se dedican a posar en fotografías que destaquen su cualidad de próceres y a decir barbaridades del gobierno en sus discursos para hacer gala de su valentía. Por lo que parece mala intención, las mujeres relevantes de sus partidos demuestran una ignorancia y una ineptitud que contribuye al desprestigio de su género. ¿Qué pretenden? 

Que todo vuelva atrás y que los dioses manipulados se encarguen de que nada cambie, de que sigan mandando los de siempre, que los y las de siempre se dejen mandar. 

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