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Un asunto muy serio

El líder del PP, Pablo Casado, se reúne con Aziz Ajanuch, presidente del partido Reagrupamiento Nacional Independiente (RNI) Fuente:LaHoraDigital
24 de mayo 2021 – María Mir-Rocafort

Empiezo en el mismo punto en el que dejé mi artículo anterior; con Nina Simone. Nina Simone se exilió voluntariamente de  Estados Unidos en 1969 tras el asesinato de Martin Luther King.  Aquel fue el último palo que mató a los gloriosos sesenta y dejó en su lugar un mundo cada vez más cínico, más decadente, más infrahumano. Los asesinatos de John Kennedy y su hermano Robert habían destruido todo sueño de su  Camelot, del país de utópica justicia social que ambos concebían y prometían. Quedaba Luther King con su lucha por una América libre de la infrahumana lacra del racismo. Cuando le mataron,  se murieron los sueños. Ya no quedó nada más que la certeza de que vivíamos en una selva de animales salvajes dueños de todos los árboles, a los que teníamos que vivir sometidos para poder comer. Hace unos días, hombres, mujeres y niños fueron cayendo en Gaza bajo los bombardeos de Israel; hombres, mujeres y niños buscaron desesperadamente llegar a la tierra de leche y miel que Ceuta les hacía imaginar.  Hoy, Israel ha dejado de matar en Gaza, y Marruecos ha cerrado su frontera para que no sigan pasando  miserables. Los muertos, las casas destruidas, los miserables que han sido devueltos al país de la miseria con sus sueños apaleados hasta la inconsciencia ya solo son cifras que no alteran las emociones a nadie. Nina Simone eligió exiliarse para siempre en Francia. Los seres humanos, verdaderamente humanos, hoy no saben dónde exiliarse.   

Lo de Gaza y lo de Ceuta ha dejado a los  auténticos seres humanos hechos polvo emocionalmente y con un lío mental considerable. 

Por un lado, Biden tiene que apoyar a Israel sancionando la matanza de palestinos indefensos y la destrucción de otra parte de su franja, ya casi destruida por años de ataques y de imposiciones infrahumanas. Biden tenía que apoyar a Israel porque Estados Unidos ha sido el único apoyo lo suficientemente fuerte que ha evitado que se cumpliera el juramento de los vecinos árabes que se comprometieron hace muchos años a echar a los israelitas al mar. Dirigidos por el poder de una derecha salvaje, los israelitas se defienden matando y destruyendo. Su dios y su instinto de supervivencia les llaman a una defensa asesina.

Lo de Ceuta ha dejado ojipláticos a la mayoría de los españoles. Resulta que el gobierno de España no tiene derecho a prestar ayuda sanitaria a quien le parezca sin pedir permiso al rey de Marruecos, porque si al rey de Marruecos no le gusta el enfermo que se está asistiendo, abre la frontera para que pasen a España miles de los miserables que viven en la miseria porque al rey de Marruecos y a las élites que le sustentan les importa un rábano la miseria de los miserables de su país. Quien allí no encuentre para comer que se vaya, a ver si en otro país le dan.  

Diríase que esto era lo peor que le faltaba a un gobierno asediado por la pandemia y por una situación política que sin duda inspiraría una de sus pesadillas a Tenesee Williams, padre de escorpiones rabiosos que exhibían en los  escenarios la potencialidad del odio y el rencor. Pero no, no era lo peor. Lo peor fue descubrir o constatar que dentro de nuestras fronteras, el odio, el rencor, la envidia de los enemigos del gobierno de España podían alcanzar con su lengua venenosa a los mismísimos cimientos del país; que los enemigos del gobierno de España albergaban tanto resentimiento en su seno, que se habían convertido en enemigos de España.

Que el nacionalismo es miope y excluyente lo sabe cualquiera que haya reflexionado sobre el asunto con racionalidad; como sabe cualquiera que una nación que llamamos nuestra por ser el territorio en el que nacimos o adoptamos para vivir, tiene cualidades de hogar, nos introduce en una gran familia, nos hace herederos de su memoria. Si un extranjero menosprecia o insulta a los españoles, difícilmente habrá español alguno que no se sienta ofendido por poco nacionalista que sea. 

Pues resulta que el principal partido de la oposición, en su afán ya casi demente por derrocar al gobierno de España, ha menospreciado a todos los españoles procurando que no alivie nuestra situación económica el dinero que tiene que llegarnos de la Unión Europea; ha amenazado la integridad territorial de España confabulándose con líderes de partidos marroquíes que quieren recuperar para Marruecos las ciudades de Ceuta y Melilla. Esto último merecería el juicio de traición y las consecuencias penales que se derivan del delito. Quien lo perpetró merecería,  sin contemplaciones, el epíteto de traidor. Si no fuera  porque la persona o personas involucradas tienen el eximente de la estupidez, de la más supina ignorancia y tal vez de algunos trastornos de mayor enjundia.          

¿A quién se le ocurre alardear de sus gestiones ante organismos extranjeros para que el dinero europeo no llegue a España? Al jefe de la oposición, Pablo Casado Blanco. ¿A quién se le ocurre alardear de que su jefe, Pablo Casado Blanco, se enteró antes que el presidente de gobierno de la intención de Marruecos de abrir la frontera de Ceuta, gracias a sus reuniones con líderes de los partidos marroquíes que quieren que Ceuta se anexione a Marruecos? El segundo de Pablo Casado Blanco. O sea, que los líderes del principal partido de la oposición no solo traicionan los intereses de España si no que lo hacen en tribunas con micrófonos abiertos y en programas de televisión; o sea, en público y alardeando de su traición como si fuera un gran triunfo. Esto supera, no ya la más ignorante de las ignorancias, sino diversos grados de trastorno mental.

Pero no debería extrañarnos.  El líder republicano de la minoría del Senado de la primera potencia y más antigua democracia del mundo confiesa en tribuna y con micrófono abierto que su principal cometido es bloquear el 100% de las iniciativas del presidente del país. O sea, que las leyes que posibiliten el bienestar de sus electores no son asunto suyo ni de su partido; y lo dice en público como para quedar bien.  El estado de Arizona, gobernado por el Partido Republicano, ha entregado todos los votos y máquinas tabuladoras de votos a una empresa llamada Cyber Ninja, sin ninguna experiencia en la auditoría de votos, para que audite los votos y certifique la victoria de Donald Trump, analizando los papeles a la busca de indicios de bambú para demostrar que hay países asiáticos implicados en el fraude electoral. El jefe del asunto lo dice así en televisión. Y podríamos seguir páginas enteras enumerando disparates; disparates que conocen todos los medianamente informados. Pero lo que en España, en Estados Unidos y en tantos otros países preocupa y mucho a los ciudadanos cuerdos es el grado de demencia que afecta a los líderes de las derechas, a sus seguidores y, lo que es peor, a los votantes a quienes contagian su locura. 

¿La mayoría está dispuesta a poner su vida en manos de gobiernos de dementes? El no tan pesimista tiene la tentación de decir que no será tanto, pero las últimas elecciones de la Comunidad de Madrid le desmienten. Todo es posible. Es posible hasta que se ganen elecciones en un futuro no muy lejano regalando en la puerta de los colegios electorales un chupachup o cualquier cosa a quien vote por uno de los partidos de derechas. ¿Imposible? Estos ojos que han de disolver la tierra vieron hace muchos años como el Partido Estadista Republicano de un estado asociado a los Estados Unidos ofrecía una mano de plátanos a quien les votara. Buena idea si en el país hubiese habido hambre, pero el caso era que, en aquella época, casi todo el mundo tenía una platanera en su terreno. El partido en cuestión perdió las elecciones, pero a mi se me quedó en la memoria la propaganda de un partido contrario. Decía: «Cojan los plátanos y voten a quién les dé la gana«. 

Tal como está la situación en nuestro país, que es naturalmente el que más nos interesa, cabe aconsejar a los cuerdos que no dejen de ver y oír a los líderes de las derechas en mítines y entrevistas por radio y televisión. Yo les aconsejaría hasta que tomen notas para constatar luego los datos que han pronunciado. Quien no se tome a risa lo que digan por considerar sus disparates asunto muy serio, tendrán, de todas formas, garantizada la sorpresa. No hay persona cuerda que no se sorprenda del grado de estupidez e ignorancia que algunos líderes políticos son capaces de exhibir sin ápice de vergüenza. La explicación más racional que a uno se le ocurre para entender el fenómeno es que los susodichos están convencidos de que los de sus audiencias son aún más ignorantes y más estúpidos que ellos. 

Lo más tranquilizador es que, aunque esa audiencia fiel sea multimillonaria, siguen siendo mayoría los que conservan su cordura por respeto a sí mismos. 

24 de mayo de 2021 – María Mir-Rocafort

Como en un partido de fútbol

Dos días después de la fiesta con borrachera que vivió un sector del país durante la visita del rey emérito, Don Juan Carlos I, aún dura la resaca. Fiesta de la prensa del corazón y de otros medios que se cordializaron para regalar a los españoles el recuerdo de la época luminosa en que los reyes y los príncipes se paseaban por calles y mares dando a nuestra España un toque de distinción aristocrática, con una familia real monísima y encantadora, ejemplo de familia bien avenida. Pero aquella era otra época. La fiesta que empezó el jueves 19 de mayo con la llegada a España del rey jubilado fue una fiesta de tercera, como corresponde a nuestros tiempos; tiempos iconoclastas en que se ha depuesto la excelencia para entronizar a la estupidez.  

La estupidez reinante, en nuestro país y países afines, se caracteriza por la división en dos tribus conducidas por líderes irreconciliables. En un bando, los que exigen devoción a los dioses antiguos, a sus leyes y a sus normas. En el otro, una hornada de protestantes, creadores modernos empeñados en convertirse en dioses de una nueva realidad. A la triste fiesta de la llegada del rey depuesto asistieron de lejos las dos tribus, cada cual por su lado y sin mezclarse, para que la plebe viese con toda claridad que España, como todos los países importantes,  es un país dividido como mandan dioses y demonios. Quienes tienen la suerte o la gracia genética o divina de pensar sin imposiciones tribales se preguntan, como el genial humorista que fue Eugenio, «¿Hay alguien más?» Parece que entre una tribu y otra hay un grupo de personas libres de dogmas que viven hincando los codos para sacar al país adelante. Pero, por lo que se oye y se ve, el trabajo de este grupo no interesa a nadie. Las dos tribus imperantes lo ponen a parir por cualquier motivo y a todas horas porque su manía de trabajar delata la ociosidad de los líderes de las tribus. Los medios lo detestan porque aburre. Los que aburren no han ido  a la fiesta. 

La visita de Juan Carlos prometió a periodistas, comentaristas y tertulianos un fin de semana sin aburrimiento. Los de la tribu de los antiguos entonaron alabanzas al antiguo régimen y al egregio monarca que modernizó el país. Pero cómo, ¿no le consideraban antes traidor por renunciar a los valores del papa español que llamó a la cruzada nacional contra los infieles demócratas? ¿No se considera anatema cuanto tenga que ver con la modernización? En otros tiempos. Ahora se trata de defender a la sagrada y muy antigua institución de la monarquía, baluarte de valores eternos como la predominancia del macho sobre su costilla, el matrimonio indisoluble y único entre hombre y mujer, la educación de los niños en el respeto a los valores eternos de quienes defienden los valores eternos de la patria. Eso es lo que exigen los tiempos modernos bajo la férula de los defensores de la antigüedad. Y el rey reinante, ¿qué tiene que ver con todo eso? Todo eso lo cumple sirviendo de ejemplo a la sociedad. ¿Y su padre? De su conducta no se habla. Por infiel y corrupto, su  historia resulta más propia de ser comentada por la tribu de los protestantes. ¿Y qué le van a criticar? Al rey jubilado no se le puede culpar por tener queridas; la infidelidad es costumbre avalada por los siglos y signo, además, de opulencia. Al rey jubilado se le hubiera imputado un rosario de delitos económicos de los cuales sí se le habría podido culpar si no fuese por inviolabilidad y prescripciones. Y como estamos en una democracia, lo niegue quien lo niegue, de esa culpabilidad imposible se han agarrado los de la tribu protestante para denostarle por haberse atrevido a pisar suelo español y navegar en españolas aguas como si no se hubiera embolsado millones extranjeros por su condición de rey y no se hubiera dignado a pagar impuestos por sus ilícitas comisiones. 

Y en esas estamos aunque ya hace días que el jubilado volvió a su exilio. Aquí, los protestantes siguen repitiendo que Juan Carlos se ha burlado de los españoles a los que, al menos, debería explicar su enriquecimiento. Hasta el grupo de los que trabajan por España gobernando repiten lo mismo para que les dejen gobernar en paz. Y el que piensa se pregunta si hay algún español del montón a quien interese escuchar las explicaciones del emérito. Los periodistas no se lo preguntan por miedo a quedarse sin la última escena de la comedia, aunque una periodista hubo con arrestos suficientes para  preguntarle al mismísimo rey jubilado si iba a dar explicaciones. Juan Carlos, tan campechano y espabilado como siempre, le respondió con otra pregunta: «¿Explicaciones de qué?» Pregunta cargada de razón y de razones.  

Nadie quiere explicaciones de cómo se pergeñaron proyectos y se acordaron comisiones entre tecnócratas, políticos y amigos del rey. ¿A quién le va a interesar semejante maraña teniendo que exprimirse los sesos cada mes para cuadrar la economía doméstica? Tampoco importa a quien se interesa por algo intelectualmente más sustancioso que los recibos habituales. ¿Explicaciones de qué? ¿De cómo se enriquecen y eluden impuestos los millonarios? La historia es tan vieja como la invención del dinero y de los impuestos. Quien se interese por el asunto a pesar de su obsolescencia puede acudir a los múltiples juzgados que en este país siempre tienen algún caso de corrupción que tratar. 

Hay muchos asuntos que requieren explicaciones, sí; asuntos de rabiosa actualidad, como se dice, que afectan a todos los españoles. Por ejemplo, ¿qué tiene en la cabeza el que se lanza a golpes o con navaja en mano contra una pareja de homosexuales que se atreven a manifestar su cariño como si fueran heteros? ¿Envidia, tal vez? ¿Y qué tiene en la cabeza el que, sabiéndose homosexual, vota a las derechas que condenan la homosexualidad? ¿Ansias de redención? Y por ejemplo, ¿en qué están pensando los padres de un chico condenado por violar, solo o con otros, a una niña o a una mujer, a la hora de votar por las derechas que prohíben la educación sexual en los colegios? Y otro ejemplo, ¿qué piensa el que han acusado de violencia machista y espera juicio, cuando vota a las derechas que le convencieron de que la violencia de género no existe? Y otro, el que acaba creyendo que los inmigrantes roban trabajo a los españoles y cometen crímenes execrables que los españoles son incapaces de cometer, ¿en qué piensa cuando vota a las derechas que le toman por imbécil? Y otro ejemplo y otro y otro. ¿Quién tiene que explicar a los españoles que se rigen por valores humanos cómo es posible que millones voten a los líderes de las tribus que intentan llevar a todos a los tiempos de la pre humanidad? Nadie, ni los mismos líderes de esas tribus que de vez en cuando ganan aquí y allá pueden explicarlo porque las explicaciones yacen en el lugar más oscuro y recóndito de la mente de los que votan por su propia destrucción. Y los protestantes y los medios que pretenden observar seriedad dicen y repiten por todas las ondas que el emérito tiene que dar explicaciones de su corrupción; ¡vamos, hombre!

Esta tarde en España, esta mañana en los Estados Unidos, dos decenas de familias lloran la muerte de sus niños y de dos maestros. Hace años, un gobierno demócrata propuso leyes para el control de armas; para evitar que las armas siguieran cayendo en manos de psicópatas asesinos. Esas leyes duermen en un cajón porque los demócratas no tienen senadores suficientes para aprobarlas. De nada servirá que el presidente y su vicepresidenta hayan vuelto a  clamar, al borde de las lágrimas, por que esas leyes se aprueben. Millones de americanos defienden su derecho a portar las armas que les venga en gana, cómo y dónde les venga en gana. Millones de americanos defienden el derecho de los hombres a decidir el futuro de las mujeres. Millones de americanos defienden el derecho de las empresas a no pagar impuestos proporcionales a sus ganancias. Millones de americanos defienden la sanidad privada. Millones de americanos votan por el Partido Republicano, la tribu que en América exige devoción a los dioses antiguos, a sus leyes y a sus normas; la tribu que aún venera de rodillas a un comediante que se hace pasar por reencarnación de las fuerzas destructivas de la mitología germánica: Donald Trump. 

Hoy, un noticiero enseñó a millones de españoles una cola donde varios cientos llevaban doce horas esperando para comprar entradas a un importante partido de fútbol. Cuesta creer que algunos de ellos estuvieran pensando en que les debían una explicación el rey emérito, su hijo, las tribus que los defienden a los dos. Nadie quiere perder el tiempo oyendo, mucho menos buscando explicaciones. A la hora de votar, se va y se vota y se acabó. ¿Votar por quién? Por el que más goles meta al contrario divirtiendo al personal; como en un partido de fútbol. 

La voluntad contra el odio

Shareen Abu Akleh

Hace algunos años, una conversación en mi despacho se convirtió en una conferencia. Mi interlocutora, psiquiatra dotada con una memoria y claridad de comunicación prodigiosas, empezó a hablar de un libro sobre la deshumanización del enemigo que acaparó toda mi atención. Me dediqué a escucharla. Su explicación del texto tenía la fuerza de una racionalidad indiscutible y esa misma fuerza sacudía el alma con los peores presagios. Aceptar sus tesis era aceptar el triunfo del pesimismo más radical. Mi mente se había negado siempre a aceptarlo y aquella tarde se volvió a negar.

El miércoles saltó la noticia del asesinato de la periodista de Al- Jazeera, Shireen Abu Akleh. Una mujer que hacía su trabajo cubriendo una redada del ejército israelí, recibió en la cara un disparo de un soldado para quien ella no era un ser humano; era un enemigo. Otra víctima del odio a sumar en la lista que nos llega cada día de Ucrania. Pero ayer, un vídeo inmortalizó unos momentos que no caben en lista previa alguna. Mientras parientes y compañeros de la periodista asesinada llevaban su ataúd a la iglesia, la policía israelí se lanzó contra ellos a porrazos porque incumplían la prohibición de llevar banderas palestinas. Solo el valor y la fuerza de quienes lo portaban evitó que el ataúd cayera al suelo. 

La expresión de salvajismo infrahumano de las fuerzas de un orden concebido para aplastar enemigos como si fueran insectos parece corroborar las tesis de aquel libro; los peores presagios del peor pesimismo. Pero resulta igualmente indiscutible que nada puede contra la voluntad de creer. Shireen Abu Akleh era cristiana, y a su iglesia llevaban su cuerpo. En la procesión funeraria había gente de todas las religiones y al paso del féretro, tocaron campanas de todas las iglesias. Su funeral acabó siendo una manifestación de unidad; un desmentido a la proclamación falaz de la victoria del odio. 

Las fotos, los vídeos del funeral de la periodista atraparon mi memoria. Me recordé muchos años atrás en Santiago de Chile, pasando algunos fines de semana en casa de unos amigos de mi madre, un matrimonio de ancianos judíos polacos, ambos supervivientes del campo de exterminio de Treblinka. La anciana cantaba canciones populares judías muy antiguas y hacía los postres más deliciosos que he comido en mi vida. Poco después de aquella estancia, me enteré de lo que había sido el Holocausto. Mi experiencia infantil con aquella gente evitó que todo lo que he vivido después me hiciera antisemita. Mi experiencia adulta me ha llevado a ser anti casi nada. Hace pocos años expresé por qué en un poema que es, de alguna manera, mi respuesta a aquel libro que una tarde me explicó tan bien aquella psiquiatra.

Salmo

Será por mi destino de paso errante.

Será que es cierto

que el oscuro mensaje de la sangre

va, como bardo antiguo,

recorriendo los hijos de los hombres.

Será que por vivirme las historias

que escuchaba o leía

creí haberlas vivido.

Será por lo que fuere,

por lo que fuere tengo

el arpa en Babilonia,

la memoria en Sión,

la llama ardiendo

en el rincón de casa donde posan

mis muertos.

¡Oh, Jerusalén! ¿cómo olvidarte?

¿Cómo olvidar la fuerza de tus brazos

exigiendo a la tierra en la siembra;

el estremecimiento de tu alma  

suplicándole al cielo en la plegaria?

¿Cómo olvidar tus lágrimas regando

siempre tierra de exilio?

¿Cómo olvidar tu sangre

derramada en los campos de todos los reinos,

corriendo por las calles de todas las ciudades,

abrumando todas las conciencias?

¡Oh, Jerusalén! ¿cómo olvidarte?

¿Cómo olvidar tus lágrimas, tu sangre

y la sangre y las lágrimas que vierte

tu defensa asesina?

Será, si alguna vez te olvido,

el día en que mi diestra ya no tenga

memoria que la anime.

El día en que la lengua se me calle.

El día en que el último culpable

justifique la última vileza

del último inocente.

De «El reino nuestro». Antología personal

     

Epidemia de estupidez

Parece que se ha superado lo peor de la Covid 19. Ahora, sin pandemia vírica a la que culpar, estalla ante nuestros ojos, oídos, glándulas una epidemia contra la que no hay vacuna ni cura. Los españoles nos enfrentamos a una epidemia de estupidez que puede modificar durante muchos años o para siempre nuestro modo de vida.

Estamos viviendo una situación grave, gravísima, nos dicen. Hace unos días, los catalanes independentistas desayunaron con una noticia publicada en medios americanos que les provocó un ataque de euforia similar al de un ejército victorioso. El gobierno de España les había espiado, decían los americanos, y lo que dicen los americanos no se puede dudar. Los líderes independentistas corrieron a avisar a los medios españoles. Los medios españoles corrieron a ponerles delante micrófonos y cámaras. Por fin un escándalo iba a librarles de la aburridísima rutina de seguir los esfuerzos del gobierno por reconstruir el país. Un escandalazo digno del sufijo «gate», que pulula por el mundo desde hace 50 años ofreciendo a comentaristas la oportunidad de crear un neologismo para casos de espionaje, produjo un palabro doblemente llamativo por su originalidad y su anglicismo. En España surge  otro «gate»; el catalangate, nuevo término  digno de figurar en medios internacionales.

Los líderes independentistas, curtidos en la provocación de escándalos, no decepcionaron. Después de dar la noticia y de decir que aquello era grave, gravísimo, pidieron cabezas con el fervor de jacobinos decididos a instaurar el Reino del Terror. Pero la euforia y la furia revolucionaria les duró menos que un trance místico. No tuvieron tiempo de decapitar a nadie. Con la crueldad habitual del gobierno español, el ministro de la Presidencia salió de repente en televisión diciendo que a la ministra de Defensa y al presidente del Gobierno también les habían espiado. Todos los micrófonos y las cámaras de todas partes corrieron a Madrid. El asunto capitalino era mucho más grave y más noticieramente jugoso que un berrinche provinciano. Hundido, otra vez,  en la humillación del fracaso, Oriol Junqueras volvió a lanzar al aire la amenaza con que salvó su orgullo en el tribunal que le juzgó: «Lo volveremos a hacer». Nadie le hizo caso. Los referendums ilegales, la proclamación de independencia vista y no vista, las manifestaciones multitudinarias, el bloqueo de avenidas y carreteras, el incendio de contenedores y destrozo de mobiliario urbano solo afecta a los catalanes. Que lo vuelvan a hacer. Es su problema.  

En Madrid, micrófonos y cámaras provocan subidones de adrenalina en políticos, periodistas y tertulianos. Lo del presidente y la ministra sí que es algo grave, gravísimo. Tanto así que hasta el partido agregado al gobierno capta la oportunidad de demostrar otra vez ante el vulgo su irreductible personalidad. Salen su portavoz y una de sus ministras destacando la gravedad del asunto y, para no ser menos que los independentistas catalanes, pidiendo cabezas con fervor robespierano. El portavoz no se corta. Pide la cabeza de la ministra de Defensa de España sin medir el peligro de enfrentarse a tal señora. A Margarita Robles nada la turba, nada la espanta, ni siquiera los que registran sus palabras para sacarles punta y convertirlas en puñales. Sus palabras dicen lo que piensa con una firmeza y rotundidad  que pone firmes a quienes la escuchan. La bisoñez del portavoz del partido agregado al gobierno y la de otros diputados que aprovechan la tribuna para ganar en estatura no les permitió considerar el peligro de enfrentarse a tamaña personalidad. Intentaron atacarla y salieron trasquilados. No así los periodistas y analistas políticos. Las palabras de la ministra y las especulaciones sobre su posible decapitación llenaron espacios enteros en todos los medios hasta que los jefes del tiempo dedicado al análisis comprobaron que estaban aburriendo al personal. Había que buscar otro chivo para que no decayera el morbo y fueron a por Paz Esteban, la directora del Centro Nacional de Inteligencia.  

¿Decayó el morbo? Probablemente, no. Como un suflé mal hecho, el grave, gravísimo asunto del espionaje a independentistas catalanes y miembros del gobierno español no consiguió siquiera que el morbo de los espectadores anónimos empezara a subir. ¿A quién puede excitar el morbo una nevera vacía o medio vacía;  una factura que exige pago urgente como la del agua, de la luz, de la hipoteca, del alquiler; un coche que se está quedando sin gasolina; una enfermedad que podría ser de lo peor, pero que tiene que esperar más de un mes para que un médico la identifique; la dependencia de alguien en la familia que exige cuidados todo el día de todos los días? 

Enciende el pobre y el medio pobre la radio para que le acompañe en el primer trajín de la mañana con sus problemas a cuestas, y por el aparato salen voces diciendo que España sufre un problema grave, gravísimo porque alguien ha espiado a catalanes y vascos y a la ministra de Defensa y al presidente del Gobierno y dicen los catalanes que por eso puede saltar el gobierno y desmoronarse la democracia y alguien del mismo gobierno dice que si no dimite todo dios, el gobierno se hunde. Si dimite todo dios, ¿quién va a gobernar? El pobre y el medio pobre le echa una mirada rápida a la radio con una mueca de desprecio. Ese problema grave, gravísimo afecta a otro mundo que no es el suyo.  ¿Qué sabrán esos a los que les  pagan por hablar lo que es un problema grave, gravísimo? Esos a los que les pagan por hablar viven en el mundo de los políticos y su mayor problema es encontrar tela para seguir hablando. 

Son pocos los adultos que no descubren muy pronto la existencia de dos mundos paralelos que parecen converger en circunstancias especiales, pero que, en realidad, no se tocan.  En uno viven los mindundis que para los políticos solo adquieren forma visible cuando hay que convertirlos en votos. En el otro viven los políticos, siempre preparados para soltar discursos y preocupados por encontrar las palabras  más adecuadas para manipular al personal. Entre un mundo y el otro, viven los periodistas, analistas, tertulianos, buscando noticias para animar el cotarro de los unos y de los otros porque en ello les va el sueldo. 

Con lo del espionaje vario, los periodistas, analistas y tertulianos han encontrado un filón. Parece que el presidente del Gobierno no sabía nada; qué mal, ¿no? La ministra de defensa tenía que haberlo sabido, pero como no lo sabía, que dimita. Que dimita también la directora del CNI que tiene que saberlo todo, pero no lo dice. Se sospecha que el asunto salió de Marruecos, pero no se puede pedir la dimisión del rey de allá porque ese rey puede volver a abrir el paso fronterizo por donde pasan  avalanchas de inmigrantes, y volver a cerrar el otro paso fronterizo en el que se apiñan mindundis marroquíes cargados, como animales, de productos para venderlos en territorio español. ¿Por qué será que el presidente del Gobierno quiere apaciguar al rey de Marruecos como sea?  ¿A quién le importan los miles de desgraciados que ven el cielo abierto en cuanto se abre la frontera y los miles de animales de carga que tienen que volver a sus establos sin haber podido descargar porque la entrada al cielo está cerrada y solo les queda el purgatorio del hambre? Lo que importa es que el mundo sepa que los españoles están dispuestos a luchar para que los saharauis sigan viviendo en campos de refugiados cuarenta años más, para que el mundo entero sepa que somos muy buenos aunque tengamos un presidente dispuesto a traicionarles para que el territorio nacional no se vea inundado por infelices marroquíes pidiendo ayuda  y desprovisto de los productos que otros infelices marroquíes nos vienen a vender.

Pero el asunto de Marruecos ya huele a rancio y sabe a ensalada sin aliñar. ¿Cómo se puede mantener la animación de la feria? A lo mejor, si a los periodistas, analistas y tertulianos se les ocurriera empezar a preguntarse quién o quiénes suministraron la información sobre el espionaje a los medios americanos que la publicaron, estallaría otro escándalo más grave gravísimo que el espionaje en sí. Habría tela para cubrir provincias. Pero eso no puede suceder. Si resulta que ese quién o quiénes son personalidades muy importantes, la noticia no saldría de las reuniones de redacción. Podría ser muy peligrosa para el medio que la revelara. Podría quedarse sin subvenciones.

El mindundi llega al trabajo dispuesto a enfrentarse a otro día de problemas de mindundi. La gravedad apocalíptica de la situación del país se queda en los medios como un cuadro terrorífico en un museo del terror. El mindundi se aplica, más o menos, a su trabajo de todos los días y de vez en cuando piensa en las vacaciones, si se las puede pagar. Una noche cualquiera, la televisión le ofrece una encuesta. Parece que, de haber elecciones, podrían ganar las derechas. ¿Y qué? Con el cerebro baqueteado por sus propios problemas y por los escándalos que comentan los medios y que se cuelan en sus neuronas por repetición aunque no le interesen, al mindundi le da lo mismo quien gane en el mundo de los políticos. Si un amigo que se preocupa por enterarse de en qué mundo vive le suelta un sermón sobre la pérdida de libertades y derechos que sufrirían todos si en este país ganan las elecciones los partidos que pasan olímpicamente de las necesidades de los ciudadanos, el mindundi le corta con una razón incuestionable: la política no le interesa. Al mindundi solo le interesa llegar a fin de mes. ¿Y si las derechas se lo ponen más difícil subiendo impuestos a los mindundis y bajándoselos  a quienes el dinero que tienen saca del montón? ¿Y si las derechas derogan todas las leyes sociales que ha promulgado el gobierno, menoscabando la sanidad, la educación, las ayudas a los más vulnerables? No será para tanto, dice el mindundi. Ya ves, dice la radio que estamos en una situación grave, gravísima por lo del espionaje, asunto que no le importa a nadie, y es verdad, estamos en una situación grave, gravísima por la subida de precios. A lo mejor los de las derechas saben cómo bajarlos, y si no, ¿qué más da? Todos los políticos son iguales y nuestras vidas no van a cambiar, manden los unos o los otros. A lo mejor, el día de las elecciones el mindundi decide no ir a votar. ¿Para qué molestarse?

Parece que periodistas, analistas, tertulianos pierden el tiempo, el suyo y el de quienes les leen o escuchan, dando vueltas y más vueltas al último escandalete hasta que llegue otro. Pero saben los que más saben que no es así. Todos ellos con sus discursos más o menos inteligentes, más o menos aburridos, contribuyen a extender la epidemia de estupidez que garantiza la paz social.  

Tiempo de resucitar

Cuesta recuperarse de la tortura de la Semana Santa. 

Cuesta recuperarse de la tortura de las multitudes que asisten embelesadas a espectáculos espantosos. Miles de ojos contemplando la imagen de un hombre coronado de espinas, con goterones de sangre cayéndole por la cara, expuesto al mundo medio desnudo, clavado en una cruz. Miles de ojos siguiendo a la madre del crucificado, cubierta con ricos ropajes entre los que solo sobresale el rostro transido de dolor. Miles de oídos excitados por la música de bandas, por el redoblar de tambores que acompañan al crucificado y a la madre dolorosa. Miles de cuerpos con la respiración entrecortada; los ojos anegados de lágrimas. Miles de mentes con la razón ahogada por las emociones y la satisfacción de haber cumplido con la tradición.

Cuesta recuperarse de la tortura de multitudes encerradas en los cubículos de sus coches esperando durante horas que se mueva la cola interminable de otros cubículos que esperan barrándole el paso por delante. 

Cuesta recuperarse de la tortura de multitudes que hacen cola para subirse a un autobús, a un tren, a un avión. 

Cuesta recuperarse de la tortura de quienes han conseguido llegar a una playa y, tumbados al sol, no dejan de pensar lo poco que les durará el ocio, lo mucho que les ha costado llegar hasta allí y lo mucho que les costará volver a la rutina diaria, retorno tal vez agravado por un préstamo.

Cuesta recuperarse del esfuerzo de tantas multitudes por creer que se lo han pasado bien y que, cuando llegue el verano, se lo pasarán igual de bien aunque no haya procesiones y para ver crucificados, tengan que visitar alguna iglesia o algún museo. También es bonito, aunque sin bandas ni tambores. Cuando el presente no gusta, queda imaginar un futuro mejor.

Cuesta recuperarse, pero pronto se aprende que la vida es una lucha constante por recuperarse de contratiempos más o menos graves. A algunos les sirve de consuelo pensar que hay muchos que no se pueden recuperar; no en este mundo. Ese pensamiento sirve para agradecer la vida que nos sigue ofreciendo otra oportunidad. 

Estamos vivos. A veces preocupados y tristes por lo que nos cuentan los medios, por todo lo que tenemos que superar en un mundo que no quiere creer que fuimos creados para ser felices o que no sabe cómo cumplir con el propósito de la creación; a veces horrorizados ante tanto horror creado por el hombre. Pero estamos vivos. Otros tienen que vivir temiendo la muerte hasta que algo o alguien les detiene el cuerpo para siempre.

Sabiendo que la política no me podía ayudar a recuperarme, mi voluntad se empeñó en recordarme unos versos de mi antología personal; cuatro cosas de la guerra que me contó mi madre y que mi alma transformó en poemas. Hoy vuelven a mi memoria con las imágenes de Ucrania, de todas las ucranias que siempre hay por el mundo; de todas las madres, los padres, las hijas, los hijos cuyos cuerpos tal vez sobrevivan a las atrocidades de esas guerras, pero cuyas memorias llevarán grabadas hasta que dejen de vivir.

EL TROMPO

Los ojos giran, quietos,
por el mundo que gira,
libres, eternos.
Sueña el niño.
Callemos.

LA FUENTE
A los niños de Gaza, Sarajevo, Pristina, Freetown, Madrid, Barcelona, Guernica, Yemen, Ucrania, etc.

I

Dejó de manar la fuente.
El hambre y la sed se abocan
a las fosas desbordantes
de despojos.

En el muro acribillado
los niños buscan tesoros
y dibujan calaveras
con tizones.

Por los sembrados de cruces,
con las Hidras y las Furias,
los niños juegan cantando
sus venganzas.

Los niños, sobre los huesos,
se acuestan con los fantasmas.
Les lleva el sueño a las sombras
donde blasfeman los ángeles.

II
La fuente vuelve a manar.
Se acercan las bocas ávidas.
Los niños dan a sus hijos
su chorro de hiel y lágrimas.

Y los hijos de los niños
juegan por los mismos campos
con las mismas compañías
cantando los mismos cantos.

III
Vuelve la fuente a agotarse
y vuelven la sed y el hambre
a las fosas desbordantes de despojos

IV
Y vuelve a manar la fuente.
Y vuelven, vuelven y vuelven.

CANCIÓN DE LA NIÑA SOLA
A aquella España, a aquellos niños

I
Mirando la calle
la niña cantaba:
“La gente es color
que te alegra el día
y hace compañía
lejos del balcón.”

La niña cantaba
mirando el torrente:
“Por la calle bajan
banderas, carteles,
carruajes de plata,
fusiles, juguetes,
sábanas con cuerpos,
zapatos con pies,
cajitas con huesos,
sombreros con sesos.
¡Qué bonito es!”

La niña cantaba
a la procesión:
“En cruz de oro y plata
va nuestro Señor,
su Madre enjoyada
y el cuerpo de Dios
en urna redonda
entre rayos de sol.
Le siguen señores
con ricas estolas,
otros de uniforme,
otros con sus ropas
de gente de bien.
Y guapas señoras
y niñas muy monas.
Qué bonita es
la calle tan limpia,
con tanto color
que te alegra el día
y hace compañía
lejos del balcón.”

No bajes, no, no.

TODAVÍA
A los hijos de los niños de la guerra

Todavía
alguna vez con ella me despierto
entre paredes grises y desnudas
al asombro de unas mañanas quietas
sin voces, sin olores, en penumbra.

Todavía
acompaño su triste desconcierto
por el pasillo, la cocina helada,
las puertas que limitan el encierro
donde se vuelve noche la mañana.

Todavía
salgo con ella y su esperanza al patio
por si han vuelto los niños y los juegos,
los cantos y las risas, los geranios,
la ropa al sol, los gatos y los perros.

Todavía
me sorprendo con ella en un desierto
rodeado de puertas atrancadas
y me da miedo la quietud y el miedo,
y con el miedo vuelvo a entrar en casa.

Todavía
prendo con ella el oído ansioso
a la caja de voces de otro mundo
dibujándoles cara y, con sus ojos,
contemplo los dibujos sobre el muro.

Todavía
me alerto con su cuerpo a los aullidos
que estremecen los cielos y la tierra
y corro con su cuerpo perseguido
por nubes de rapaces gigantescas,

con el alma prendida a los zapatos,
con el terror mordiéndome las piernas.
El pavimento es duro, lento, largo.
El refugio parece que se aleja.
El mundo corre, se derrumba al lado
y por donde iba Dios, la muerte vuela.

Todavía
vuelvo con ella a la casa oscura.
Entra la noche por el techo abierto
y hay luna y hay estrellas, pero mudas,
y el silencio del patio está en el cielo.

Todavía
vivo sus hambres, su dolor, su miedo
con el miedo, las hambres y el dolor
de aquella que vivía hambres y miedo
y dolor con el dolor, las hambres
y el miedo de sus muertos.

Todavía…

Exterminadores

Pues bien, como predecían las encuestas, Marine Le Pen quedó en segundo lugar en las elecciones francesas, lo que le permitirá competir con Emmanuel Macron en la segunda vuelta, el 24 de abril. Todos sabemos que Le Pen, como tantos correligionarios suyos en Europa y América, predica las ideas de la extrema derecha ventilando xenofobia, misoginia aún siendo mujer, homofobia y otros horrores paridos por el odio. Nada insólito hasta aquí. Lo que sorprende,  lo que escapa a la razón es que a Le Pen le votaron ayer  8,136,369 franceses. ¿Tantos franceses hay torturados por la progenie del odio? La pregunta me lleva a California, donde una señora, aparentemente normal, se presenta a las elecciones para Secretaria de Estado por el Partido Republicano obedeciendo al mismísimo Jesús, Hijo de Dios,  que se apareció a ella y a su hijo dentro de su armario  llevando un rollo con sus instrucciones en la mano, como ella misma contó en un programa de televisión. El relato de esta aparición sobrenatural llevó a un prestigioso analista político a cuestionar la salud mental de la señora. Pero, ¿no sería más preciso cuestionar la cordura de los compañeros de partido que votaron por su candidatura y la cordura de los militantes que llenan sus mítines?

La democracia sufre en el mundo entero la amenaza de politiqueros populistas, corruptos, autocráticos. Lo estamos viviendo. Ya no hay analista serio que no enuncie esta pavorosa realidad. Sin embargo, no es esa ralea de individuos la que pone en peligro la libertad y el bienestar de los ciudadanos. El peligro mortal que en las democracias nos amenaza a todos es la cantidad creciente de votantes que, por diversos motivos, votan por politiqueros populistas, corruptos, autocráticos, entregándoles el poder para que hagan con nuestras vidas lo que más convenga a las suyas. Cuando esos votos irracionales otorgan la mayoría a un candidato sin empatía ni valores humanos, es decir, a un psicópata, el ciudadano empieza enseguida a sufrir las consecuencias de un maltrato que trasciende el ámbito doméstico afectando a los hogares de todos los pobres y medio pobres; afectando a las mujeres; afectando,sobre todo, a los diferentes, a los extranjeros. Cuando un psicópata de esos llega al poder, su acción destructiva se concentra sobre los ciudadanos más vulnerables porque es de ellos de los que logra extraer mayores beneficios. La pregunta que urge responder es cómo consigue ese voto el psicópata que amenaza destruir las vidas individuales y la convivencia social. 

El psicópata integrado, el que no se distingue por asesinatos en serie y otros delitos que los medios destacan en sucesos, destruye lentamente la autoestima de su víctima alimentando su ego  con la humillación constante del otro hasta acabar con la vida de su mente y de sus ganas de vivir. No es una asesinato violento; es un asesinato oculto, silencioso que por ello suele resultar impune. El psicópata integrado pasa inadvertido en sociedad porque su conducta no excede de parámetros considerados normales y hasta pueden pasar por excelentes personas, socialmente encantadoras. A esos psicópatas apelan los discursos populistas de los autócratas. Siendo los autócratas personalidades psicopáticas también, poseen la inteligencia que les permite desarrollar en grado sumo la habilidad de la manipulación consustancial a este tipo de psicopatía. 

Para explicar los votos que reciben los populistas que se presentan a elecciones con ideología fascista o sin ideología ni programa definido, los analistas recurren a la ignorancia del votante, a su malestar ante los problemas del país y a su pérdida de confianza en la política de los partidos convencionales. Estas explicaciones responden a un análisis sin duda racional, pero se quedan en la superficie. Ninguna persona psicológicamente equilibrada intenta mejorar su situación económica y social votando por el candidato de un partido sistémicamente corrupto o cuya ideología garantiza la utilización de los impuestos para beneficiar a empresas privadas ignorando la necesidad de los servicios públicos. Ninguna persona psicológicamente equilibrada vota por el candidato de un partido que predica el miedo y el odio al extranjero instilando sentimientos tóxicos y sensación de inseguridad. Ninguna persona psicológicamente equilibrada, hombre o mujer, vota por el candidato de un partido que niega el derecho a la igualdad de hombres y mujeres y que niega la libertad de hombres y mujeres para emparejarse según su santa voluntad con personas del mismo sexo. Ninguna persona psicológicamente equilibrada vota por el candidato de un partido que niega, de un modo u otro, la libertad, las libertades que garantiza la democracia. La única explicación que apunta al núcleo del problema no es, por lo tanto, ni política ni sociológica. Los millones de votos que obtienen candidatos fascistas, sean de extrema derecha o extrema izquierda; el constante incremento de votos de partidos fascistas en todo el mundo actual responde a causas psicológicas, por lo que son los psicólogos y psiquiatras, no los analistas políticos, los que pueden aportar soluciones a este gravísimo problema que nos afecta a todos. 

Al carecer de la empatía que hace de la persona un ser humano, el candidato psicópata ignora a quienes no le reportarán otro beneficio que votarle y solo les tendrá en cuenta para manipularles con mentiras durante sus campañas electorales y sus mandatos. En situaciones más o menos normales, suelen aumentar la pobreza de los que no son ricos negando toda asistencia pública; en situaciones extremas, llegan a provocar guerras cuando consideran que pueden beneficiar sus intereses. Al carecer de la empatía que hace de la persona un ser humano, el psicópata no ha llegado al grado de evolución que puede considerarse humanidad. Enfocando, pues, el problema desde una perspectiva antropológica, los psicólogos y los psiquiatras son los únicos que podrían encontrar una solución a los trastornos de candidatos tóxicos y a los trastornos de aquellos que les votan. Por ejemplo, el fenómeno fue estudiado por el psiquiatra polaco Andrzej M. Łobaczewski que sí llegó a conclusiones profundas sobre el modo en que los autócratas influyen en el avance de la injusticia social  y cómo se abren paso hacia el poder. Dice en su obra más importante que la autocracia, que él llama patocracia por su origen patológico, es una enfermedad de grandes movimientos sociales seguidos por sociedades enteras que, durante la historia, ha afectado a movimientos sociales, políticos y religiosos, al igual que a las ideologías que la acompañan, convirtiéndolos en caricaturas de sí mismos.

No habíamos salido de una depresión apabullante cuando nos cayó encima una pandemia que, de un modo u otro, nos ha afectado a todos; que a todos nos amenaza con convertirnos en caricaturas de lo que fuimos. Todos necesitamos en mayor o menor medida, tratamientos que nos permitan recuperar nuestra humanidad; es decir, el uso correcto de nuestra razón y la empatía que nos permite vivir como seres humanos en sociedades humanas. La cualidad humana es lo único que puede vencer a los exterminadores de la democracia, de la convivencia en paz, en unión, en auténtica libertad consciente de nuestros derechos y solidaria con los derechos de todos los demás.   

La diana de los fascistas

Fassman y Deyka, mis padres

Publicado en mi blog «Algo que contar»

Nací de padres fuera de lo común. Tal vez por eso he pasado mi larga vida intentando comprender a los que se suponen mortales comunes. No lo he conseguido y supongo que ya no lo conseguiré. 

Por diferentes motivos y de diferentes formas, la política marcó mi infancia y, por lo tanto, mi vida entera. No por influencia familiar. La relación de mis padres con la política dependió siempre del azar y tuvo más de azarosa que de normal. La mía, podría haberla predecido una pitonisa. No tiene más base racional que un capricho de Moira o Fatum o Destino, si esa deidad, como se quiera llamar,  no fuera una excusa para librarnos de la responsabilidad que nos impone el libre albedrío.   En cualquier caso, empecé en la universidad a estudiar Ciencia Políticas y he terminado compartiendo mi opinión política en redes, en blogs y en diarios digitales. Nunca se me ocurrió pasar de ahí.   

Me contó mi madre una anécdota que no recuerdo en absoluto. La cuento como ella me la contó porque resulta necesaria para entender ciertas cosas.  Un día mis padres celebraron una comida en su casa. Cuando los invitados se marchaban y mis padres los acompañaban a la puerta, pasaron por la sala y allí estaba yo, sentada en el suelo leyendo un periódico. Tenía cuatro años. Los invitados se detuvieron ante lo que les pareció una escena divertida. Todos rieron, todos exclamaron elogios. Uno, digo yo que con ganas de aguar la fiesta, me preguntó qué estaba leyendo. Le leí de carrerilla un titular de la página que tenía abierta. Cuenta mi madre que todos se quedaron pasmados y que los más pasmados fueron ella y mi padre. Nadie supo nunca quién me enseñó a leer. Yo siempre lo he sospechado para no caer en la irracionalidad. Por su trabajo en el teatro, mis padres llegaban de madrugada a su casa o al hotel, dependiendo de dónde estuviéramos. Dormían hasta muy tarde y yo estaba siempre a cargo de una cuidadora. O me enseñó a leer una de esas señoras, lo más racional,  o nací con una facultad de fenómeno de feria como mi abuela y sus hijos; facultades que la ciencia no consigue explicar y, como yo tampoco les encuentro explicación, prefiero no pensar en ello. La verdad es que, a estas alturas de mi vida, me da igual. En cuanto a mi afición a los periódicos, supongo una explicación muy sencilla; no tenía libros. 

Mi afición a la lectura de periódicos y luego a los libros cuando los tuve libró a mis padres de los inconvenientes de soportar los ruidos y carreras de una criatura normal.  Podían llevarme a reuniones y comidas de mayores con la certeza de que yo no saldría del silencio mientras me pusieran un periódico o un libro en las manos. Mi padre me llevaba siempre a sus tertulias de café. Hasta que ninguno de los dos pudo llevarme a parte alguna porque se separaron cuando yo era muy pequeña; volvieron a juntarse por exigencias de un contrato; volvieron a separarse meses después y acabaron divorciándose. Yo fui a parar a un internado del que salía en vacaciones; vacaciones tan poco comunes como poco común había sido mi vida hasta entonces.  

La separación y el divorcio de mis padres ocurrió en América. Mi padre insistió cuanto pudo en que mi madre y yo volviéramos a Barcelona para que yo pudiera llevar una vida normal con mis abuelos, mis tíos, mis primos. Pero mi madre, que sin saberlo ni proponérselo era la mujer más auténticamente feminista que he conocido en mi vida, se negó rotundamente a volver a la España oscura en la que había conocido la muerte, el hambre, la represión, el desprecio a la mujer. Ella se quedaba conmigo en lo que era, aparentemente, tierra de libertad, y si mi padre quería verme, tendría que desplazarse hasta donde el destino -otra vez el destino- llevara a mi madre. 

Mi padre apareció en Lima porque mis primeras vacaciones me tocaron en Perú. Estábamos mi madre y yo en un hotel de lujo y lo que percibí entonces o después, a nivel inconsciente, claro, fue la intención de la mujer de presumir ante su ex marido de lo bien que se había montado la vida sin él. Al anunciarme que mi padre vendría a verme, mi madre me ordenó que le hablara en inglés. Pero, ¿cómo iba yo a comunicarme con mi padre en un idioma que él desconocía? Supongo que no le hice caso porque mi madre se vio obligada a comunicarle a mi padre que la nena sabía inglés. «Dile algo  a tu padre en inglés, nena». Algo habré dicho, supongo. No recuerdo la reacción de mi padre, si de alguna manera reaccionó. Mi padre no estaba para gracietas. Traía entre ceja y ceja convencer a mi madre de que volviera conmigo a Barcelona, lo que originó una discusión. Aquí se me apaga la memoria y se me vuelve a encender en un cine al lado de un hombre altísimo y fornido que no había visto nunca y que, por algún motivo, me había llevado al cine. Nunca le perdoné al individuo que me llevara a ver una película que me hizo llorar desde el principio y hasta muchos días después, cada vez que me acordaba. Tuvo el hombre la suerte de que yo no lloraba a gritos. Las lágrimas me caían en silencio. «¿Nos vamos?», me preguntó en un momento dado. Le miré y vi que a aquel hombretón le caían las lágrimas también. Nos fuimos y, aunque no pude superar la tristeza, le agradecí que pasara un buen rato comprándome helado y golosinas. Al volver al hotel, me enteré de que el individuo era un detective o algo así al que habían contratado para que mi padre no pudiera raptarme. No le dí ninguna importancia al asunto porque en mi mente se había grabado para siempre la escena en la que Bambi se queda huérfano porque un cazador ha matado a su madre. 

Las próximas vacaciones me tocaron en Caracas. Mi padre fue a buscarme al hotel en el que estaba con mi madre y pude salir con él. No se volvió a mencionar a Barcelona y a su familia, pero recordé lo del rapto porque, mientras estuve con mi padre, dos hombres nos seguían a todas partes. Mi madre me explicó muy pronto a qué se debía su miedo a perderme. Según la ley de Franco, si yo pisaba territorio español, la patria potestad pasaba a mi padre que podía negarse a dejarme salir del país. «Lo que quiere tu padre es obligarme a volver a España para tenerme esclavizada con su familia». Eso, entonces, no lo entendí, pero tampoco pregunté. Lo que entendí fue que el asunto se arregló haciendo firmar a mi padre  un documento en el que se comprometía a dejarme salir de España cuando se me acabaran las vacaciones. Desde entonces, pude estar más tiempo con él y volver a conocer a la familia de Barcelona que casi había olvidado. Menos aquel día en Caracas. Años después supe que aquellos dos hombres que nos siguieron durante el día que mi padre pasó en esa ciudad no tenían nada que ver con los miedos de mi madre; tenían que ver con la política.  Fue la política lo que aquella vez no me dejó pasar unos días con mi padre.         

Que Venezuela había sufrido una dictadura y acababa de estrenar democracia gracias a un golpe de estado lo sabía por los periódicos y por una escena que, gracias a los periódicos, pude entender perfectamente. 

Pocos días antes de llegar mi padre, me vi en la terraza de la casa de unos amigos de mi madre. Había varios adultos, casi todos mujeres, todos de pie mirando al cielo. De pronto empezaron a gritar: «Adiós, mi general». Las mujeres lloraban. Gritos y llantos los provocaba un avión o un helicóptero, no recuerdo el aparato, que, por lo visto llevaba al general de todos ellos. Mi madre también lloraba. No sé si le pregunté quién era el general o si me lo dijo ella sin preguntarle. «Ahí va Pérez Jiménez hacia el exilio. Le han derrocado», me dijo. ¿Cómo sabía esa gente que Pérez Jiménez iba en aquel aparato? Tenían en la casa una radio muy rara que no solo se escuchaba, sino que se podía hablar por ella y comunicarse con el que estuviera hablando al otro lado. Aquella radio había dicho que Pérez Jiménez saldría en breves momentos de no recuerdo dónde haciendo que todos los asistentes corrieran a la terraza para despedirle.     

Días después llegó mi padre y años después supe que los hombres que nos seguían eran de algo así como la Secreta. Mi padre se había distinguido unos años antes por sus relaciones con la dictadura y el nuevo gobierno seguía sus pasos para asegurarse de que no intentara nada malo. No creo que mi padre tuviera nunca intención alguna de meterse en política porque de política no me habló hasta que yo tenía más de treinta años cumplidos para preguntarme a quién había que votar y por qué, pero la fama deja, por lo visto, una marca indeleble. En aquellas vacaciones solo pude pasar un día con él porque aquella «secreta» se encargó de meterle en un avión para sacarle del país esa misma noche.  

Lo que hoy más recuerdo, lo que he recordado siempre con la claridad de un recuerdo reciente es la escena del grupo en la terraza mirando al cielo y despidiéndose de su general. Su general, Marcos Pérez Jiménez, se había distinguido, entre otras cosas, por la represión inmisericorde de sus adversarios políticos. Poco después, informada por la prensa, como siempre, empecé a preguntarme cómo había personas que lloraban por su deposición y su exilio. Eso tardé muchos años en comprenderlo y, a estas alturas, no estoy segura de comprenderlo del todo. Solo sé, y eso sí lo he aprendido, que en todas las épocas y todos los países, siempre ha habido personas que, por diversos motivos, han sido dianas de los fascistas; gente dispuesta a permitir que el fascista de turno destruya sus valores, destruya su humanidad convirtiéndoles en súbditos serviles de los mandamases. 

Un altísimo porcentaje de rusos aprueba hoy las atrocidades que comete un criminal de guerra como Putin. En América, en Europa, en España, por no irme tan lejos como el extremo oriente, millones siguen y votan a individuos que niegan la libertad, es decir, la cualidad con que fuimos creados seres humanos. Lo que significa que votan contra su humanidad. ¿Hay ser humano alguno que pueda comprenderlo? Yo no. Aunque sí he encontrado con los años una explicación a la conducta de mis padres en relación con fascistas. Pero esa es otra historia.      

Algo que contar

En mis peores momentos, cuando mi mente se esfuerza por encontrar soluciones a problemas reales, me vuelve a la memoria la escena inicial de una película que he visto muchas veces; «La leggenda del pianista sull’ oceano». En la gran escalinata de una plaza, de noche, aparece un hombre sentado en un escalón  limpiando su trompeta. Piensa. Recuerda su trabajo como trompetista en la orquesta de un trasatlántico, pero en su pensamiento, lo que más le atormenta es la certeza de haber dejado en el barco a un amigo, un amigo incondicional, de esos que muy pocos tienen la suerte de encontrar en su vida; la certeza de que no volverá a verle nunca más y de que nunca más volverá a tener un amigo así. Recuerda entonces una frase que su amigo solía decir: «Nunca estarás realmente acabado mientras tengas una buena historia y alguien a quien contársela».   

Yo tuve quien me contara buenas historias desde que era muy pequeña. Me las contaba una mujer que, en aquella época, cualquiera hubiese dado por acabada. En aquella época, una mujer no podía vivir satisfactoriamente, mucho menos triunfar, sin un hombre al lado. Un día esa mujer, casada con un hombre como el dios de la sociedad mandaba, se vio sola, desamparada, pero tenía buenas historias y tenía a quien contárselas. Yo siempre las escuché con tal atención que sus palabras se transformaban en mi mente en cosas y situaciones reales. Seguí a esa mujer por calles, edificios, habitaciones en las que nunca había estado. Vi y oí a las personas que le hablaban y a quienes ella hablaba. Viví esas historias como si las estuviera viviendo sin darme cuenta, por supuesto, de que estaba viviendo la infancia, la adolescencia, la juventud de aquella mujer con más intensidad que mi propia vida. La noche del 10 de octubre de 1948, por ejemplo, vi a esa mujer rompiendo aguas en la mesa de una cena formal en la Embajada de España en Buenos Aires. Vi cómo  dos hombres, uno el marido de la mujer y el otro el embajador,  hacían una sillita con los brazos, cómo la mujer se sentaba en la sillita y cómo los dos, a toda prisa, la llevaban al coche de la embajada. Supongo ahora que con ella iría su marido, pero yo solo la veía a ella porque estaba con ella.  El coche se detuvo en la primera maternidad que apareció en su  camino. Allí parió la mujer a las 2:00 de la madrugada del 11. Aparecí yo entonces, pero no me vi porque ella no me incluyó en la historia. En una historia posterior supe que nací con mucho pelo y muy negro. 

Hoy me toca correr de la mano de mi madre hacia un refugio porque atruenan las alarmas que anuncian muerte en las casas y en las calles. El refugio no es un sótano de Ucrania; es un metro de Madrid. ¿Pero hay alguna diferencia? Son carreras que rompen la vida diaria. Es el miedo de los niños confundidos por el terror en los ojos de sus madres. ¿Qué pasa? Los hombres se están matando y matan a cualquiera que aparezca en su camino. ¿Por qué? Los niños no lo saben y por el estupor que transmiten las caras de las madres, se ve que los adultos no lo entienden. Alguien que manda mucho ha mandado que se maten hombres, mujeres, niños. En Madrid, en Ucrania, en Yemen, en cualquier parte donde alguien que manda mucho decide que se maten los demás. ¿Para qué? ¿Para que un día dejen de matarse y empiecen a limpiar escombros y a reconstruir lo que quede de sus vidas y ese alguien que mandaba u otro más o menos igual mande mucho más sobre los miserables en que los ha convertido a todos?     

Ayer vi vídeos y fotos de una manifestación en Madrid. Junto a camioneros, agricultores, cazadores y otros que dicen ser del campo, aparecían personajes con poses y expresiones arrogantes que a todas luces no eran como los que protestaban; que a todas luces eran esos alguienes que quieren mandar. Y oí en la radio a quien proponía soluciones imposibles para la mala situación económica que agobia a tantos y a otros que no ven otra solución que la de independizarse de un país y a otros que reclaman el derecho a vivir en condiciones infrahumanas los años que hagan falta hasta que el que manda por encima de todos les permita independizarse para seguir viviendo en condiciones infrahumanas. Me quedé mirando en mi alma a aquella mujer que, sin darse cuenta, me robó la infancia sustituyéndola por la suya. Me encontré preguntándole ¿qué pasa, mamá?, ¿por qué?, ¿para qué? Y entonces volví a oír en la radio la sirena que anuncia muerte y volví a correr con mi madre de once años hacia un metro de Madrid y a vivir el estupor, el miedo en los ojos de mi madre, de su madre, de todos los que estaban allí aferrándose a la vida; como en un sótano de Ucrania. 

Dicen los que saben mucho que el asesino al que le ha dado por matar ucranios para expandir su poder, caería, si triunfa, en una locura que le instigaría a seguir matando y que quienes podrían detenerle no se atreven por cuestión de intereses, de dinero. Y mientras escucho sus sesudos discursos comprendo todos los porqués. Pasa lo que pasa por la sencillísima razón de que la mayoría es estúpida y, como decía un economista y filósofo italiano, la estupidez de la mayoría acaba siendo la ruina de un país. Y quien dice un país, dice el mundo entero. Millones de estúpidos en el mundo entero ayudan a los alguienes que solo quieren mandar para que manden mucho más. Uno de esos alguienes marcó a fuego la vida de mi madre y, seguramente, la mía también. Pero esa es otra historia.        

Creadores y destructores

Otra guerra lejos. Vuelvo a mi Biblia. Mi Biblia solo tiene una página; el primer capítulo del Génesis. En él me cuenta el autor todo lo que puedo saber de Dios y lo esencial que tengo que saber del hombre, macho y hembra. En él me dice que soy de la estirpe del Creador y que fui creada con la misión de crear, de pasarme la vida creando. ¿Creando qué? Empezando por crear mi propia vida, las posibilidades son infinitas. Puesto que mi creación debe ser, esencialmente, como la creación del mundo que Dios me dio, un mundo que Dios vio que era bueno, el sentido de mi vida es seguir creando lo bueno; seguir creando el Bien. ¿Y el Mal? Dicen algunas religiones, de las que han creado un dios a imagen y semejanza de sus creadores, que el Mal es el demonio. Al margen de ese invento, dice la razón que el Mal es lo que destruye lo bueno creado para crear algo perverso en su lugar. ¿Quién crea el mal? Yéndonos a los principios de la historia, malvado es quien traiciona a su padre; el peor crimen para los griegos, el peor crimen para los romanos; el crimen contra la pietas, honrar a los progenitores. Siguiendo ese instinto que mueve el sentimiento, tan ligado al instinto de supervivencia, el Mal es el que intenta destruir el  mundo creado bueno por el Padre Creador, para crear  un mundo malo en su lugar. A quien no tenga fe en ningún ser sobrenatural, la razón puede llevarle a las mismas conclusiones. 

Hoy, el mundo sufre a un asesino empeñado en transformar en malo todo lo bueno destruyendo a las criaturas que se oponen a sus designios de destructor. Su maldad le ha llevado a atacar una nación para apropiársela, para destruir cuanto en ella pueda haber de bueno. Y no es la primera nación que intenta destruir. Antes destruyó a su propio pueblo. Para crear, para ser capaz de crear cualquier cosa, el ser humano necesita una facultad esencial; la libertad. Por no meternos aquí en discusiones filosóficas sobre el libre albedrío, simplifiquemos ciñéndonos al concepto de libertad mental. Sin libertad mental se puede copiar; pero sin libertad mental, crear es imposible. Este destructor empezó por minar la libertad de sus compatriotas para forzar su sometimiento a los designios de su voluntad destructiva. Cuando obtuvo el poder suficiente para imponer su voluntad sobre las leyes y la plebe de su país, su ambición obnubiló todas sus facultades lanzándole a la conquista del mundo para someterlo a su albedrío. Así nacieron y crecieron todos los imperios y parece que así quieren seguir naciendo y creciendo. El destructor que hoy amenaza al mundo se llama Vladimir Putin, pero nunca han faltado destructores en la historia de la humanidad.     

Hace algunos años, por ejemplo, los españoles se dividieron abiertamente entre buenos y malos. Los buenos aprovecharon la libertad para crear, para ir creando un mundo de libertades y derechos que hasta entonces les habían negado las monarquías. Los malos les atacaron para destruir lo que habían creado. Buenos y malos hubo en ambos bandos ideológicos, pero llevaron al extremo su maldad los que destruyeron vidas para que jamás pudieran volver a crear. Amparados en una ideología, Fancisco Franco y su tropa asesinaron a españoles a mansalva con la ayuda de los bombardeos de otros dos destructores, Hitler y Mussolini. Defendían a España, decían; un nombre inerte al que sólo da vida la sangre, la vida de los españoles. Porque el nombre de un país es como cualquier cáscara vacía sin los habitantes que dan a ese nombre categoría de hogar. Franco y su tropa, vencedores de la guerra, siguieron matando después de la victoria; siguieron cortando lenguas y secando plumas hasta destruir por completo la libertad que permitiera a los españoles volver a crear. Los fascistas les redujeron a todos, de vástagos del Creador, a súbditos del Mal entregados, por el miedo, a obedecer y respetar al Mal. ¿Fascista Mussolini, Hitler, Franco? Por supuesto, pero también Stalin y sus predecesores y los destructores que le siguieron. Entonces, ¿qué significa fascismo?  

Hoy el  fascismo se ha camuflado con tal habilidad que cuesta identificarlo. Por un lado, la palabra fascista se ha reducido a la categoría de insulto vulgar ocultando así sus armas pavorosas. Por el otro, la ignorancia lo ha convertido en definición ideológica exclusiva de las derechas. Pero lo de izquierdas y derechas es una antigualla del siglo XVIII que surgió de la colocación  de los representantes de la Asamblea Francesa de la Revolución. En la complejidad política de nuestros días, no sirve. No sirve, desde luego, para identificar el fascismo. Tan fascista es lo que se llama ultraderechas como el comunismo con su lucha de clases y su dictadura del proletariado. No es que los extremos se toquen; es que ambos aparentes extremos de algo distinto son lo mismo. En la realidad dolorosamente comprobada durante el siglo pasado y hasta nuestros días,  el fascista no se atiene ni a una ideología ni a un programa determinado. No persigue imponerse, como cree quien lo asocia exclusivamente a las derechas,  para defender los privilegios de los privilegiados. Tampoco persigue imponer los derechos de los proletarios como proclama cuando se disfraza de comunismo.  El fascista de un bando y de otro solo busca el poder para imponer sus propios privilegios y los privilegios de aquellos que les llevan al poder y les ayudan a conservarlo. 

Los catorce puntos con que Umberto Eco desnudó al fascismo, mi Biblia de una página los resume en una sola oración: El fascismo es el Mal. El Mal quiere privar al ser humano de la memoria de su estirpe creadora y se reconoce por utilizar todos los medios a su alcance para privarle de su libertad mental anulando así su capacidad y su voluntad de crear. El fin del Mal es destruir todo lo que vio Dios que era bueno; todo lo que reconoce como bueno la razón. 

Hoy el Mal, el fascismo, se yergue como un peligro mayor que el demonio de las supersticiones. La destrucción de Ucrania no saciará el apetito de poder de Putin ni de los oligarcas que deben a su poder las inmensas fortunas que han amasado. Destruida Ucrania, irán a por otra democracia en la que puedan acabar con la libertad; y después de esa, otra y otra. Los pacifistas, en el colmo de la ingenuidad o de otra motivación oculta, predican que a la Rusia de Putin se la debe apaciguar con el diálogo. ¿Mientras la Rusia de Putin va destruyendo la libertad allí donde se lo aconseje su estrategia para seguir destruyendo? Los políticos demócratas con sentido de estado temen defender a Ucrania con sus armas ante la amenaza de una guerra mundial. ¿Mientras la Rusia de Putin va llevando sus guerras de un país a otro como una pandemia peor que la causada por cualquier virus? 

El ciudadano corriente, que no ve la necesidad de implicarse en guerras lejanas ni en líos de política que no entiende ni le interesan, sigue su vida diaria planeando diversión y vacaciones para descansar del trabajo, sin sospechar siquiera que la debilidad de su mente le convierte en la diana preferida de los fascistas. O a lo mejor sí lo sospecha o lo sabe. A lo mejor ya le parece bien volver a aquella época gloriosa del Imperio Romano con aquellos espectáculos tan divertidos en que corría la sangre de gladiadores o de tipos luchando con fieras. Hoy eso resulta una exageración y, además, no hace falta porque cosas más truculentas puede disfrutar en la televisión, en su tableta, en su móvil. Mientras el imperio, sea quien sea el emperador,  le garantice el pan, ¿para qué va a perder el tiempo tratando de reflexionar sobre la primera página de la Biblia o preguntándole a su razón para qué ha venido  a este mundo?    

El piano de Dios

Dice el protagonista de «La legenda del pianista sull’ oceano» que el mundo es el piano de Dios, un piano con un número infinito de teclas; un número infinito de posibilidades. También son infinitas las posibilidades que la libertad confiere al hombre; un número infinito de posibilidades que perviven en una mente humana hasta el final de su vida biológica y quién sabe si más allá.  Esta realidad erige una muralla que ningún extraño puede salvar; que no pueden salvar ni psicólogos ni psiquiatras. Nadie puede extraer hechos del análisis de la mente de otro. Todo cuanto se extraiga no será nunca más que una opinión.

A pocos adultos bien informados habrá sorprendido el espectáculo de circo de pueblo que esta semana nos ofrecieron los protagonistas del principal partido de la oposición. Condenado dos veces como partícipe en delitos a título lucrativo, el Partido Popular se ha visto involucrado en tantos juicios por corrupción que solo pueden creer en su honestidad los patéticamente ilusos. No cabe suponer que de esos haya millones en España. ¿Por qué son, entonces, millones los que votan por ese partido en todo tipo de elecciones? 

Esta semana, en la pista del circo se expuso una pareja de trapecistas con escasa destreza y ningún arte que se balanceaba en sus respectivos trapecios amagándose mutuamente con un puñal en la mano. El montaje del número era tan penoso que solo podían tomárselo en serio y sentir miedo los más ingenuos. Sin embargo, todos los críticos lo comentaron en los medios como si se tratara de una muy efectiva película de terror y hubo público que se dejó conmover hasta el extremo de tomar partido por uno de los dos protagonistas. Unos llegaron a gritar el nombre de la damisela en la calle acompañados por la policía y por un mariachi que le cantaba al galán derrotado «Canta y no llores». Líderes del Partido Popular con los cargos más importantes se pusieron de parte del galán. Uno de ellos, el de más prestigio, ordenó que no llegara la sangre al río mientras otra, sacada del museo arqueológico del partido, pedía más víctimas. Ganó el más prestigioso y el número terminó con el trapecio en el suelo y los dos trapecistas dándose la mano, aunque la otra mano, tras sus espaldas, ocultaba los puñales. Buena estrategia propagandística para que el público ávido de sangre volviera al día siguiente a por más emoción. No cabe suponer que entre periodistas, líderes y público haya tanto estúpido en este país; entendiendo por estúpido la definición de Cipolla: aquel que hace daño a los demás sin obtener ningún beneficio. ¿Por qué, entonces, se conmueven tantos, de la élite y de la plebe, barruntando en tan triste espectáculo un desastre nacional?

Para responder a esas preguntas y más que nos plantea el asunto habría que sentarse en el taburete de Dios y enfrentarse al teclado de posibilidades infinitas. ¿Quién sabe lo que le pasa por la mente a un mindundi cuando coge una papeleta del Partido Popular y la deposita en la urna electoral? ¿Quién sabe lo que pasaba por la mente de quienes gritaban «Ayuso, presidenta» en la calle sabiendo que les estaban filmando para exhibirlos en un telediario; sabiendo que ante toda España figurarían como partidarios de la mujer que ordenó que no se llevaran ancianos enfermos a los hospitales omitiendo el deber de socorro que exige la ley, que exige la Justicia en cualquier país con poder judicial independiente? ¿No les perturbaba ni el más mínimo escrúpulo, ni un asomo de vergüenza? Cuando Pablo Casado se levanta de su escaño en el Congreso para interrogar al presidente del gobierno sobre su gestión y una y otra vez le repite «sus socios comunistas, etarras, separatistas» como un antiguo disco rayado, ¿no colige que los ciudadanos pueden pensar que carece de ideas, de programa, de  liderazgo? Casado podría ofrecer una respuesta fácil a esta pregunta: «Con eso me votan». Pero tomando en cuenta sus insultos al presidente y los insultos al presidente que Ayuso lanza con entusiasmo igual, uno podría sospechar razones más profundas: ¿el odio que produce la envidia? ¿la necesidad de eliminar de la vida política a un hombre como Pedro Sánchez que constantemente, sin decirlo, les recuerda su mediocridad? 

Las redes sociales hierven de respuestas, unas más educadas, otras menos y algunas, groseras. En cualquier caso, opiniones, porque nadie puede penetrar en las mentes de los politiqueros fascistas. El gran misterio siguen siendo las razones que mueven a los votantes a entregarles el destino de sus vidas sabiendo que sus vidas importan poco o nada a los líderes del politiqueo; sabiendo que la aparente cercanía al pueblo que esos líderes demuestran cuando acceden a hacerse un selfie con un mindundi no tiene nada que ver con la empatía, tiene que ver con la pesca de votos porque son los votos los que otorgan el poder. Cuando, terminado el recuento en una jornada electoral, cientos o miles de personas jalean a un líder del Partido Popular elegido presidente, expresando su alegría como si la presidencia la hubiesen ganado ellos, uno se pregunta, ¿qué sienten cuando ese líder privatiza la educación, la sanidad? ¿Qué sienten cuando ese líder les niega todo tipo de ayuda de su gobierno porque no se puede dar nada gratis? ¿Se resignan? ¿Se desahogan llenando las redes de improperios? ¿Se sueltan improperios a sí mismos por haber votado a gente que solo les ha utilizado para llegar al poder? O, incapaces de sustraerse a la idea de que pertenecer a un partido de ricos disimula su pobreza o medio pobreza, ¿les siguen votando?

Quien sabe. El teclado de Dios es infinito. El único consuelo de los sensatos es recordar que la esperanza, en el sentido de «a Dios rogando y con el mazo dando», también puede ser infinita si uno quiere.  
  

En el país de las maravillas

Mitin de Vox en Castilla y León

Anoche, mientras iban saliendo los resultados de las elecciones de Castilla y León, me vi consolando y llamando a la esperanza a los amigos socialistas que manifestaban pesarosa sorpresa. No me costaba ningún esfuerzo.  Esos resultados empezaron a causar en mi alma una leve sonrisa que, al finalizar el recuento de votos, estalló en una risa liberadora de toda pena. A media noche, recibí un email de mi hijo, algo insólito a aquellas horas. Se ve que estaba el pobre preocupado suponiéndome muy afectada por haber perdido las elecciones el partido socialista.  Me reí otra vez. Escribí algunas frases más de consuelo para los pobres amigos que se daban por derrotados y me fui a mi habitación. Al notarme sonriendo con ganas me detuve en las escaleras para preguntarme, «¿Se puede saber por qué estás de tan buen humor?» Me contestó mi memoria, «Alicia, Alicia en el país de las maravillas». Empecé a ver a Alicia encogiéndose, creciendo, volviendo a encogerse, volviendo a crecer en medio de un mundo absurdo poblado por absurdos animales cuyos actos y diálogos, ajenos a la razón, negaban toda lógica. Volví a reír y di las gracias al alma de  Lewis Caroll. Me metí en la cama. Puse la radio para escuchar más análisis del tema, pero no pude prestar mucha atención. Mi memoria me llevó a otro rompecabezas: «Finnegans Wake» de James Joyce. En algún momento me quedé dormida, y como una lirona dormí hasta las 8:00. No recuerdo si soñé. 

Ayer, en Castilla y León, Pablo Casado quedó muy lejos del triunfo arrasador que esperaba en votos, pero ese fracaso aparente no debería llevarle hoy a la tristeza o la desesperación. Pablo Casado tuvo ayer el triunfo trumpiano de comprobar que se la había dado con queso de vaca y oveja, regado con vino, a casi cuatrocientos mil castellanos y leoneses; audiencia a la que muy pocos comediantes pueden aspirar. Decidme si no es para sonreír que los analistas políticos de todos los medios de comunicación sigan tomándose a este hombre en serio, profundizando en sus discursos disparatados, inventando sentido a sus actos absurdos, llenando páginas y horas de tertulias analizando el sentido que ellos mismos le acaban de inventar. James Joyce sonreía de oreja a oreja leyendo las críticas de críticos sesudos que deslomaban sus cerebros por explicar racionalmente un libro que Joyce había escrito al dictado de mil cosas ajenas a su facultad racional. Lo que trae a mi memoria la escena de la genial película «El club de los poetas muertos» en la que un profesor de literatura ordena a sus alumnos que arranquen de un libro las páginas que él considera inservibles. Dentro de unos días, quienes votaron por el PP tirarán a la basura las inservibles fotos y discursos de Casado. ¿Y después? Un creyente formal contestaría que, después, lo que Dios quiera.

«¿Lo que Dios quiera?», replicarían los descreídos de Vox. «Será lo que queramos nosotros». Pues bien pensado, tendrían razón. Anoche, un triunfante Abascal decía que a su candidato Juan García-Gallardo se le había puesto cara de vicepresidente. Hoy imagino a Mañueco de rodillas ante el caudillo de Vox, llorando a moco tendido: «Abascal, por Dios, no me hagas eso. Si te meto en el gobierno me linchan hasta en Bruselas. No te quiere nadie». Abascal, en súbito arrebato de furia ante tan imprudentes e insultantes palabras, le coge por el cuello y  grita a un ayudante «Que le corten la cabeza». El de cara de vicepresidente le suplica: «Todavía no. Consolidémonos un poco más.  Ya verás que pronto alcanzaremos el poder absoluto. Entonces podrás mandar que corten la cabeza  a quien te dé la gana». Pero Abascal se ha embalado. Entra un sirviente a decirle que están en la puerta los de Soria ¡Ya! pidiendo audiencia. «Que les corten la cabeza», grita Abascal. «Pero, ¿por qué?» pregunta humilde y acojonadamente su vice. «Porque son separatistas. España una, grande y libre», Abascal vuelve a gritar. Abascal se tranquiliza cuando su aide-de-camp le asegura que los de Unión del Pueblo Leonés no le presentarán ningún problema y que los de Podemos siguen obsesionados solo con cargarse a Pedro Sánchez. Siendo imposible el sorpasso, Podemos se conforma con restar. «¿Restar a quién?», pregunta Abascal amenazando con el ceño. «Al PSOE, ¿a quién va a ser, mi general?» «Ah, bueno. Pues que sigan restando. Que resten, que resten», exclama Abascal mientras le toman medidas para otro chaleco antibalas. «Recuérdame que un día de estos invite a cenar a Iglesias y a la otra, como se llame. Y tú, vicepresidente, aprende. A los que te ayudan hay que hacerles la pelota, pero no demasiado.» 

Tudanca termina su discurso, en el que ha felicitado a los ganadores del PP, como está mandado, y dicho poco más, como Pedro Sánchez. Y es que Tudanca, como Pedro Sánchez, se empeña en la sobriedad, oral y gestual. No se quieren enterar de que a la plebe la aburren los asuntos de gobierno. ¿A quién le importa si el gobierno ha subido las pensiones, si ha mejorado la reforma laboral, si sube los sueldos, el salario mínimo y no pares de contar? Eso es cosa de los políticos que para aburrirse les pagamos. En los mítines hay que ofrecer caña, guerra para que los asistentes se diviertan, como hace Ayuso y mira como le va. Pedro Sánchez se cree que es presidente de Francia o de Alemania o de uno de esos países tan importantes donde le reciben tan bien. A Casado no le recibe ningún finolis de esos de Europa; no le reciben porque es español, tan español como los de Vox, como los que se levantan al amanecer a ordeñar lo que sea, como los amos a los que no importa ensuciarse los zapatos visitando un establo de vez en cuando para hacerse una foto. Aquí, los españoles tuvieron que estudiar la carrera del hambre durante tantos años que lo que aprendieron se lo han pasado a sus hijos con la sangre. Al amo se le respeta como se respeta al toro y a la pila bautismal. Al amo se le respeta tanto que hasta se respeta su derecho a robar. No se habla de cosas aburridas, de tragedias tampoco. Mira como lo entiende Santiago Abascal que exige al PP que derogue las leyes de Memoria Histórica y de Violencia de Género. Con tanta serie, con tanta discoteca donde ya se puede entrar, con tanto smartphone y tanto viaje a crédito hay que ser tonto para amargarse la vida pensando en tragedias y asuntos serios. ¿Como la sanidad, la educación? ¿A quién se le va a ocurrir hablar de esas cosas mientras se toma una caña con los amigos? Y con el sol que hace. ¿Sequía, cambio climático? Anda ya, a decírselo a quienes están disfrutando de una terraza en pleno invierno. De los asuntos serios solo habla el PSOE, y así les va. 

A un analista americano se le ocurrió decir por televisión antes de ayer que Estados Unidos está al borde de una guerra civil. Al presentador y a mí se nos puso cara de seriedad incrédula.  La  cosa está muy mal porque los republicanos están montando allí otro país de maravillas; de los países de maravillas que monta el fascismo, pero de ahí a una guerra civil, sonaba a exageración. Entonces el analista empezó a explicarse. En un país profundamente dividido entre fascistas y progresistas, en el que todos tienen derecho a portar armas, basta que un grupo se líe a tiros con otro para que la matanza se extienda por todo el territorio nacional sin necesidad de ejércitos. El presentador se puso blanco y yo busqué en un cajón de mi escritorio una pastilla para la arritmia. 

Los españoles estamos profundamente divididos como demuestra el casi empate del domingo entre las opciones fascistas y progresistas. Afortunadamente, solo los cazadores pueden comprar armas. ¿Y si los más fascistas de todos los fascistas se empeñan en legislar, en nombre de la libertad, algo parecido a la segunda enmienda de la Constitución americana para que cada español lleve una pistola en el bolsillo?  Entonces los viejos muy viejos se alegrarán de haber envejecido y de que no les quede mucho tiempo por vivir. Pero esperemos que eso no ocurra. Esperemos que lo del domingo haya sido una chifladura pasajera y que, cuando los chiflados se den cuenta de lo que les va a costar a todos haber votado como votaron, tengan un súbito ataque de cordura que les haga fiscalizar al gobierno que se forme y no volver a votar jamás a tontas y a locas.

Lewis Caroll salió del jardín maravilloso en el que había metido a la pobre Alicia despertándola de su sueño. James Joyce mete a los lectores de su Finnegans Wake en un círculo interminable empezando por donde termina y terminando por donde empieza, más o menos como la vida misma. Uno puede acabar mareado si se pone a pensar que la vida de los habitantes de este mundo está condenada a girar y girar saliendo de un punto para pasar una y otra vez por el mismo sitio. Aunque esa reflexión también sirve para soportar con sonrisas la locura de ayer. Pasemos por donde pasemos en los próximos días será, de cualquier modo, un pasar pasajero que no nos impedirá seguir adelante hasta que toque volver a pasar.  Además, según  algunos críticos, Finnegans Wake también recrea la experiencia de los sueños. A lo mejor resulta que, como Alicia, un día nos despertamos  hartos de tanto mareo y decidimos avanzar de verdad. Consuela pensar que depende de cada uno de nosotros.            

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