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Un asunto muy serio

El líder del PP, Pablo Casado, se reúne con Aziz Ajanuch, presidente del partido Reagrupamiento Nacional Independiente (RNI) Fuente:LaHoraDigital
24 de mayo 2021 – María Mir-Rocafort

Empiezo en el mismo punto en el que dejé mi artículo anterior; con Nina Simone. Nina Simone se exilió voluntariamente de  Estados Unidos en 1969 tras el asesinato de Martin Luther King.  Aquel fue el último palo que mató a los gloriosos sesenta y dejó en su lugar un mundo cada vez más cínico, más decadente, más infrahumano. Los asesinatos de John Kennedy y su hermano Robert habían destruido todo sueño de su  Camelot, del país de utópica justicia social que ambos concebían y prometían. Quedaba Luther King con su lucha por una América libre de la infrahumana lacra del racismo. Cuando le mataron,  se murieron los sueños. Ya no quedó nada más que la certeza de que vivíamos en una selva de animales salvajes dueños de todos los árboles, a los que teníamos que vivir sometidos para poder comer. Hace unos días, hombres, mujeres y niños fueron cayendo en Gaza bajo los bombardeos de Israel; hombres, mujeres y niños buscaron desesperadamente llegar a la tierra de leche y miel que Ceuta les hacía imaginar.  Hoy, Israel ha dejado de matar en Gaza, y Marruecos ha cerrado su frontera para que no sigan pasando  miserables. Los muertos, las casas destruidas, los miserables que han sido devueltos al país de la miseria con sus sueños apaleados hasta la inconsciencia ya solo son cifras que no alteran las emociones a nadie. Nina Simone eligió exiliarse para siempre en Francia. Los seres humanos, verdaderamente humanos, hoy no saben dónde exiliarse.   

Lo de Gaza y lo de Ceuta ha dejado a los  auténticos seres humanos hechos polvo emocionalmente y con un lío mental considerable. 

Por un lado, Biden tiene que apoyar a Israel sancionando la matanza de palestinos indefensos y la destrucción de otra parte de su franja, ya casi destruida por años de ataques y de imposiciones infrahumanas. Biden tenía que apoyar a Israel porque Estados Unidos ha sido el único apoyo lo suficientemente fuerte que ha evitado que se cumpliera el juramento de los vecinos árabes que se comprometieron hace muchos años a echar a los israelitas al mar. Dirigidos por el poder de una derecha salvaje, los israelitas se defienden matando y destruyendo. Su dios y su instinto de supervivencia les llaman a una defensa asesina.

Lo de Ceuta ha dejado ojipláticos a la mayoría de los españoles. Resulta que el gobierno de España no tiene derecho a prestar ayuda sanitaria a quien le parezca sin pedir permiso al rey de Marruecos, porque si al rey de Marruecos no le gusta el enfermo que se está asistiendo, abre la frontera para que pasen a España miles de los miserables que viven en la miseria porque al rey de Marruecos y a las élites que le sustentan les importa un rábano la miseria de los miserables de su país. Quien allí no encuentre para comer que se vaya, a ver si en otro país le dan.  

Diríase que esto era lo peor que le faltaba a un gobierno asediado por la pandemia y por una situación política que sin duda inspiraría una de sus pesadillas a Tenesee Williams, padre de escorpiones rabiosos que exhibían en los  escenarios la potencialidad del odio y el rencor. Pero no, no era lo peor. Lo peor fue descubrir o constatar que dentro de nuestras fronteras, el odio, el rencor, la envidia de los enemigos del gobierno de España podían alcanzar con su lengua venenosa a los mismísimos cimientos del país; que los enemigos del gobierno de España albergaban tanto resentimiento en su seno, que se habían convertido en enemigos de España.

Que el nacionalismo es miope y excluyente lo sabe cualquiera que haya reflexionado sobre el asunto con racionalidad; como sabe cualquiera que una nación que llamamos nuestra por ser el territorio en el que nacimos o adoptamos para vivir, tiene cualidades de hogar, nos introduce en una gran familia, nos hace herederos de su memoria. Si un extranjero menosprecia o insulta a los españoles, difícilmente habrá español alguno que no se sienta ofendido por poco nacionalista que sea. 

Pues resulta que el principal partido de la oposición, en su afán ya casi demente por derrocar al gobierno de España, ha menospreciado a todos los españoles procurando que no alivie nuestra situación económica el dinero que tiene que llegarnos de la Unión Europea; ha amenazado la integridad territorial de España confabulándose con líderes de partidos marroquíes que quieren recuperar para Marruecos las ciudades de Ceuta y Melilla. Esto último merecería el juicio de traición y las consecuencias penales que se derivan del delito. Quien lo perpetró merecería,  sin contemplaciones, el epíteto de traidor. Si no fuera  porque la persona o personas involucradas tienen el eximente de la estupidez, de la más supina ignorancia y tal vez de algunos trastornos de mayor enjundia.          

¿A quién se le ocurre alardear de sus gestiones ante organismos extranjeros para que el dinero europeo no llegue a España? Al jefe de la oposición, Pablo Casado Blanco. ¿A quién se le ocurre alardear de que su jefe, Pablo Casado Blanco, se enteró antes que el presidente de gobierno de la intención de Marruecos de abrir la frontera de Ceuta, gracias a sus reuniones con líderes de los partidos marroquíes que quieren que Ceuta se anexione a Marruecos? El segundo de Pablo Casado Blanco. O sea, que los líderes del principal partido de la oposición no solo traicionan los intereses de España si no que lo hacen en tribunas con micrófonos abiertos y en programas de televisión; o sea, en público y alardeando de su traición como si fuera un gran triunfo. Esto supera, no ya la más ignorante de las ignorancias, sino diversos grados de trastorno mental.

Pero no debería extrañarnos.  El líder republicano de la minoría del Senado de la primera potencia y más antigua democracia del mundo confiesa en tribuna y con micrófono abierto que su principal cometido es bloquear el 100% de las iniciativas del presidente del país. O sea, que las leyes que posibiliten el bienestar de sus electores no son asunto suyo ni de su partido; y lo dice en público como para quedar bien.  El estado de Arizona, gobernado por el Partido Republicano, ha entregado todos los votos y máquinas tabuladoras de votos a una empresa llamada Cyber Ninja, sin ninguna experiencia en la auditoría de votos, para que audite los votos y certifique la victoria de Donald Trump, analizando los papeles a la busca de indicios de bambú para demostrar que hay países asiáticos implicados en el fraude electoral. El jefe del asunto lo dice así en televisión. Y podríamos seguir páginas enteras enumerando disparates; disparates que conocen todos los medianamente informados. Pero lo que en España, en Estados Unidos y en tantos otros países preocupa y mucho a los ciudadanos cuerdos es el grado de demencia que afecta a los líderes de las derechas, a sus seguidores y, lo que es peor, a los votantes a quienes contagian su locura. 

¿La mayoría está dispuesta a poner su vida en manos de gobiernos de dementes? El no tan pesimista tiene la tentación de decir que no será tanto, pero las últimas elecciones de la Comunidad de Madrid le desmienten. Todo es posible. Es posible hasta que se ganen elecciones en un futuro no muy lejano regalando en la puerta de los colegios electorales un chupachup o cualquier cosa a quien vote por uno de los partidos de derechas. ¿Imposible? Estos ojos que han de disolver la tierra vieron hace muchos años como el Partido Estadista Republicano de un estado asociado a los Estados Unidos ofrecía una mano de plátanos a quien les votara. Buena idea si en el país hubiese habido hambre, pero el caso era que, en aquella época, casi todo el mundo tenía una platanera en su terreno. El partido en cuestión perdió las elecciones, pero a mi se me quedó en la memoria la propaganda de un partido contrario. Decía: «Cojan los plátanos y voten a quién les dé la gana«. 

Tal como está la situación en nuestro país, que es naturalmente el que más nos interesa, cabe aconsejar a los cuerdos que no dejen de ver y oír a los líderes de las derechas en mítines y entrevistas por radio y televisión. Yo les aconsejaría hasta que tomen notas para constatar luego los datos que han pronunciado. Quien no se tome a risa lo que digan por considerar sus disparates asunto muy serio, tendrán, de todas formas, garantizada la sorpresa. No hay persona cuerda que no se sorprenda del grado de estupidez e ignorancia que algunos líderes políticos son capaces de exhibir sin ápice de vergüenza. La explicación más racional que a uno se le ocurre para entender el fenómeno es que los susodichos están convencidos de que los de sus audiencias son aún más ignorantes y más estúpidos que ellos. 

Lo más tranquilizador es que, aunque esa audiencia fiel sea multimillonaria, siguen siendo mayoría los que conservan su cordura por respeto a sí mismos. 

24 de mayo de 2021 – María Mir-Rocafort

En la era de la diversión, pasárselo bien

Fin de las elecciones en Brasil, por ahora. ¿Qué ha pasado? Según la prensa escrita, la radio y la televisión de medio mundo, no hay un claro ganador; Lula da Silva, la izquierda, no ha conseguido asegurarse la victoria;  Jair Bolsonaro, la extrema derecha, ganador moral de las elecciones. Quien no se haya esperado hasta la madrugada del lunes para saber cómo acababa el asunto, oye o lee titulares por la mañana y se queda en ascuas. Los titulares ofrecen opiniones antes que datos. Pero ¿quién, rayos, ganó las elecciones?, se pregunta, impaciente, el que, por diversos motivos, siente el aguijón de la curiosidad. Tendrá que seguir oyendo o leyendo o buscando por Internet hasta dar con los resultados. Lula: 48,4%; Bolsonaro: 43,2%. Demonios de todo el infierno, ¿no tenían que haber empezado por ahí soltando después todos los análisis y opiniones que esas cifras provocaran en la mente del periodista que tituló la noticia? ¿Es que ya ni siquiera se pide a un periodista que sepa titular resumiendo datos objetivos y dejando su opinión para el cuerpo del texto? ¿Es que ya ni siquiera disimula un medio la vergonzosa evidencia de que, en esta época que nos ha tocado sufrir, la opinión ha derrotado a la realidad ? Parece que ya no hay medio que procure disimular que es la opinión lo que importa porque es lo que actúa sobre las mentes y, sobre todo, las glándulas de la llamada opinión pública; opinión de un colectivo dócil que se nutre de las opiniones de los que considera importantes, por lo que resulta fácil manipularle  rellenándole la mente de opiniones y excitando sus glándulas con estímulos que le resulten agradables, como se le da a un perro una chuchería para recompensarle un acto de obediencia; acto que consiste, en el caso de un mindundi,  en obedecer a las opiniones de los importantes. Parece que la mayoría sospechara la proximidad  de Armagedón y, ante el horror que se anuncia, cerrara los ojos o se pusiera las gafas 3D, si las tiene, y se dejara conducir y engañar y lo que sea para no enfrentarse a la realidad.     

Gana la izquierda en Brasil, la mayor economía de América Latina, pero tiene que ir a segunda vuelta. La mayoría de los españoles contestaría automáticamente, ¿y qué? Brasil está muy lejos. A quien no le importa la política de España, el lugar donde vive, trabaja, paga impuestos y recibe lo que los impuestos le aportan, ¿qué demonios le va a importar la política de un país, para él, remoto? Dile que la política determina las leyes y que la ley es una función de la democracia y que la democracia es, hoy por hoy, el único régimen que garantiza la libertad, y te mirará con el desprecio con el que mira la mayoría a quienes entienden que la vida tiene que consistir en algo más que el trabajo y un ocio que permita mandar a la mente de vacaciones. Háblale a la mayoría de política, de la política auténtica que afecta a la vida de los ciudadanos, y te clasificará como un estúpido aburrido al que no invitaría a compartir una comida o un rato de diversión. 

Si hubo una época en la que se admiraba el esfuerzo intelectual de cualquier individuo, hoy el admirado es quien se pone a nivel de la mayoría exhibiendo una manifiesta burricie mental. Que esto es un dato objetivo y no una opinión, lo evidencian las encuestas, los resultados de las elecciones, las estrategias de los medios y, por supuesto, los contenidos de las redes sociales. 

Tienen muchísimo más éxito los disparates de una Ayuso o de un Feijóo, por ejemplo, que cualquier sesuda declaración de la ministra portavoz del gobierno. Los disparates divierten y porque divierten, se difunden más, sobre todo si los textos se rubrican con circulitos que sueltan lágrimas de risa. Como es de perogrullo que el exitoso llama al éxito, los medios alivian la seriedad de las noticias políticas rematándolas con los disparates, los insultos, los agüeros de catástrofes improbables con que las derechas manifiestan su pataleta porque no les dejan gobernar. Las encuestas se reducen a decir al personal quién va a ganar y quién va a perder las elecciones sin mencionar causas y consecuencias para no aburrir. Y las elecciones corroboran el éxito de la estrategia de los medios y de la propaganda por las redes. ¿Cómo, si no, se explica que acaben ganándolas los partidos que por ideología y trayectoria ofrecen un gobierno que beneficia a las élites y perjudica a todos los millones que ni tienen ni tendrán nunca nada que ver con los elegidos por la fortuna; un gobierno que deshumaniza al contrario y al propio sin recursos con una retórica que convierte a la empatía en sinónimo de debilidad y a la honestidad en sinónimo de cobardía desvirtuando todas las cualidades que convierten a un homínido en un ser humano? ¿Cómo, si no, se explica que Ayuso haya ganado las elecciones por mayoría casi absoluta en Madrid y Moreno Bonilla con absoluta en Andalucía y Feijóo tres veces en Galicia antes de lanzarse a la conquista de España? ¿Cómo, si no, se explica que en los Estados Unidos de América, millones de americanos hayan votado por Donald Trump y, en Brasil, millones hayan votado por Bolsonaro, después de que ambos se hayan lucido, en sus respectivos países, con cuatro años de presidencias catastróficas que produjeron catastróficos efectos como, por ejemplo, miles de muertos que podían haberse salvado si no les hubieran mentido sobre la pandemia y el modo de prevenir la enfermedad?

Para responder a esas preguntas, montones de intelectuales del mundo entero han exprimido y siguen exprimiendo sus mentes en busca de respuestas en las circunstancias económicas, sociales, políticas de una crisis que ventila el sálvese quien pueda arrastrando a los ciudadanos hacia cualquiera que les prometa salvación. Esas disquisiciones han ocupado horas de análisis en los medios más serios, miles de artículos, cientos de libros. ¿Y si las respuestas se englobaran en algo mucho más simple? ¿Y si todo lo explicara la necesidad y la voluntad de divertirse?

Los americanos que asaltaron el Capitolio se divirtieron de lo lindo desahogando todas sus frustraciones en la lidia con los policías a palo limpio; en el gustazo de poner sus zapatos sucios sobre los escritorios impolutos de los legisladores; en el placer de chillar barbaridades oyéndolas resonar en  paredes consideradas sacras por los aburridisimos defensores de la historia y de la moral pública. Los brasileños que se vieron de pronto elevados a supermachos temibles por la ley de Bolsonaro que les permitió exhibirse con armas, pagaron con su voto la impagable deuda al genio que entendió y entiende el santo remedio de la violencia contra la frustración de los miserables aquejados de una cobardía que sólo la posesión de un arma les permite superar. Donald Trump ha demostrado y demuestra como nadie hasta qué punto comprende las necesidades de los supermachos de su país y hasta qué punto se compromete a satisfacerlas. Sin otro modo de ejercitar poder que no sea lucirse en mítines multitudinarios, Trump va de mítin en mítin justificando  la violencia, llamando a todos a la violencia para defender a su figura mesiánica. Trump y Bolsonaro se han convertido en los Mesías del inminente apocalipsis en un Armagedón que no ganarán los justos; que ganarán los seguidores incondicionales del sagrado par elegido por sus dioses. En España, la verdad es que Feijóo, con sus insultos y sus amenazas a media voz, ni da miedo ni lo inspira. Tampoco Abascal aunque chille más y se ponga camisas que le vienen pequeñas para lucir pecho. Pero como es lo que hay, hay que conformarse con insultos y amenazas hasta que las elecciones les den el poder y el poder les permita repartir armas también. Nada más divertido y desahogante que aprender a disparar practicando con la diana de fotos o dibujos de políticos de izquierdas.                     

Y los que no son supermachos necesitados de armas y discursos violentos para superar su cobardía, ¿cómo se divierten? Viendo películas y jugando juegos en los que se vean supermachos esparciendo la muerte y la destrucción. Divierte, además, seguir los sucesos en prensa digital -a la prensa escrita sólo van los viejos, pero a los viejos también vale la pena divertirlos porque también votan.  

En fin, que parece que la abundancia de la época anterior educó a la generación siguiente con un dogma único que ha eliminado por inútiles a todos los demás. Dice ese dogma absoluto que la finalidad de la vida humana es pasárselo bien. ¿Y cómo es que el ser humano puede pasárselo bien con imágenes de sufrimiento, destrucción y muerte y con discursos que evocan esas imágenes? Eso no parece asunto de la economía ni de la política; parece, más bien, asunto de la psicología y la psiquiatría. Aunque puede que también en ésto, la respuesta sea más simple. Las escenas morbosas excitan sin dejar huella en el alma. Cuando se acaban, todo se cura con el bálsamo de que «eso no me está pasando a mi». Por eso, el sentimiento de empatía queda cada vez más relegado al ámbito vetusto de los evangelios.

Pobre de aquel que saque como conclusión las palabras del general Mac Arthur al terminar la Segunda Guerra Mundial: «Hemos tenido nuestra última oportunidad. Si no concebimos un sistema mejor y más equitativo, tendremos a la puerta nuestro Armagedón. El problema supone…una mejora del carácter humano…Si queremos salvar la carne, tendrá que ser por el espíritu». Pobres de todos nosotros si la mayoría ni entiende ni acepta esta conclusión. 

Sin dinero no

Hoy noticias y tertulias hablan de dinero porque los partidos importantes hablan de dinero porque el dinero es lo que más importa a los millones que no tienen dinero y que la proximidad de unas elecciones convierte en importantes porque esos millones votan y los votos valen dinero. ¿Y qué dicen del dinero? 

Del dinero, los de las derechas, naturalmente, dicen que hay que bajar impuestos a los ricos. Para que no suene mal, justifican lo que se supone que responde a su ideología intentando convencer a los medio pobres de que si los ricos son más ricos, su riqueza se extenderá a todo bicho viviente como las estrellitas que salían de la varita mágica de Campanita en las antiguas películas de Disney. Parece infantil, pero el cuentecito se ha colado en el corazoncito de millones y los defensores de los ricos están ganando millones de votos en Madrid, en Andalucía, hasta en la fastuosa Italia; sitios llenos de pobres y medio pobres, por cierto.  

En el polo opuesto, los de izquierdas que se consideran más de izquierdas que los otros de izquierdas dicen que hay que bajar impuestos a los medio pobres. Suena bien, pero ¿qué pasa si alguien se pregunta cómo va a ayudar el gobierno a pobres y medio pobres si se queda sin dinero para ayudar a los enfermos y a los estudiantes que no pueden pagarse la sanidad y la educación que sólo se pueden pagar los ricos? Los de izquierdas más  de izquierdas confían en que nadie se haga preguntas tan profundas. Parece infantil, pero es que la mayoría de los votantes son como niños que votan por sus personajes favoritos sin aburrirse haciéndose preguntas de búhos sabios. No hay ninguna película en la que un búho sea protagonista. Los búhos aburren. 

¿Y qué dicen del dinero los de un partido para adultos que sólo habla de posibles sin adornar la realidad con estrellitas fantásticas o con cuentos de camino? Los del partido para adultos dicen lo que se puede y lo que no se puede hacer para conseguir una sociedad más igualitaria en la que los ricos no sean tan ricos y los medio pobres no caigan en la pobreza y los pobres de solemnidad consigan vivir como seres humanos sin ser excluídos de todo lo que un ser humano necesita para disfrutar de su humanidad. De ese partido para adultos se habla poco en la prensa y en las tertulias, y cuando se habla, se habla mal. Ese partido aburre. Y los que se aburren cambian de periódico o de canal por lo que no aportan dinero a los medios.

Entonces, ¿qué hacer si la mayoría prefiere el entretenimiento que le proporcionan sus pantallas para no aburrirse tomándose su vida y las vidas de los demás en serio? Dicen las encuestas que los políticos que se toman su trabajo en serio no ganan elecciones; conclusión fácilmente comprensible tomando en cuenta que las pantallas no enseñan lo que es la verdadera política y para qué sirve. La utilidad primordial de la política auténtica reside en administrar los recursos para que la sociedad de un país sea lo más igualitaria posible. Eso no se puede discutir. Cabría suponer, por lo tanto, que esa es la que debe ser finalidad primordial de los políticos de todos los partidos. Sin embargo, considerando que los partidos necesitan una cierta organización y que esa organización requiere dinero, el pragmatismo obliga a todo político pragmático a buscar dinero por encima de todo antes de pensar en cualquier otra cosa, como por ejemplo, la reducción de la desigualdad.       

Hoy en día, lo de una sociedad igualitaria suena a cuento chino. Y no sólo por la desigualdad en los ingresos. Para comprobarlo, basta un ejemplo. Parece que se avanza en conseguir la igualdad entre hombres y mujeres. Hay ministras, presidenta de una capital europea y hasta primera ministra de un país importante. Pero hoy, día en el que, por lo visto y oído, toca hablar sólo de dinero, adquiere relevancia muy relevante algo que sólo afecta a las mujeres. Resulta que en vez de decir que se baja el IVA a los productos de higiene femenina -¿para qué más si no hay mujer ni hombre con cerebro que no lo entienda?-, las tertulias matutinas han dedicado tiempo, reflexiones y comentarios a instruir a todo el personal sobre la regla. Por lo visto, se ha puesto de moda hablar de la regla. Lo han puesto de moda las de un partido de la izquierda más izquierda para ponerse una medalla por haber conseguido meter en rango de ley a la baja laboral por indisposiciones menstruales y por bajar el IVA a adminículos para el mismo asunto. Pues bien, flaco favor le han hecho a las jóvenes recordándoles el mal trago mensual y a las que rechazan en entrevistas de trabajo por temor a posibles bajas mensuales y a quienes tenemos una memoria y una imaginación tan despiertas que una tertulia sobre el asunto nos hace revivir días dolorosos y embarrados. Las únicas que podemos librarnos del efecto nocivo de tanto comentario somos las que hemos dejado el asunto atrás. O sea, que  no hay igualdad posible mientras se tenga la regla, ¿es eso? Pues eso se corregiría en un santiamén si en vez de tanta retórica se dice que se baja el IVA a los productos de higiene femenina y punto. Lo de las bajas por indisposición sobra. Cualquier indispuesto por cualquier motivo puede obtener baja laboral sin especificar motivos. Pero claro, lo de poner la dismenorrea  como causa de baja en blanco y negro y papel oficial es un medallón que puede obtener montones de votos femeninos si se machaca y da la traca con el asunto. ¿Y si causa más problemas que beneficios? Volvemos a lo de siempre; la fe en el voto de los que votan sin hacerse preguntas. Es decir, que muchos que van de políticos convierten la política en politiqueo con su retórica porque el politiqueo consigue más votos que la política y los votos se traducen en cargos y dinero. 

Sorprende que a tantos sorprenda que el politiqueo -populismo, en más fino- del signo que sea, hoy consiga imponerse en tantos países a la política auténtica. El neoliberalismo, término eufemístico para la ideología del reino absoluto del dinero, ha conseguido que se imponga en todo el mundo lo que es rentable y que pierda importancia todo lo que no lo es.  Hablar de política auténtica no es rentable porque requiere de un votante el trabajo de asimilar lo que oye y reflexionar sobre lo que ha oído e informarse para comprobar si le han dicho la verdad. Pocos votantes están dispuestos a meterse en semejante berenjenal.

Politiquear es rentable  porque no requiere tanto esfuerzo. Todos los partidos políticos tienen forofos como los equipos de fútbol; forofos que votan a unos porque les viene de familia o por cualquier otro motivo irracional. Ese forofo ni siquiera se pregunta a quién votar y menos, por qué, por lo que no interesa a los cazadores de votos. A los cazadores de votos interesan los que votan por quien les dice lo que quieren oír; los peliculeros que se pirran por los follones; los rencorosos porque han perdido algo con un partido en el poder; en fin, los que votan con las glándulas. Son esos los que forman el cardumen en los que pescan los populistas porque saben que excitando las glándulas de quienes les oyen, pueden conseguir más incautos que muerdan su anzuelo. Además, excitar glándulas requiere mucho menos esfuerzo que poner cerebros a pensar. Empieza a hablar de la regla, por ejemplo, y tendrás la atención sorprendida de mujeres y de hombres por igual -a muchos interesan los misterios femeninos. Advierte a las jóvenes de los problemas que pueden encontrarse a la hora de buscar trabajo y cómo evitar encontrarse en ese atolladero, y los oídos que intentas seducir se irán a otra parte en busca de algo que les entretenga más. El problema, siempre grave, es que cuando el cardumen inconsciente se hace mayoría, suelen ganar las elecciones los politiqueros que sólo buscan su propio beneficio a costa de lo que sea, aunque lo que sea, sea la mismísima democracia, es decir, la libertad.             

A muchos les costó la libertad con Trump, pero Trump y los trumpistas siguen pescando votos con discursos incendiarios y prometiendo cortar libertades tras convencer al personal de que esas libertades permiten a las minorías imponerse sobre la mayoría patriótica, cristiana y de sangre pura y blanca. Dentro de muy poco sabremos si la mayoría brasileña también se ha tragado el discurso politiquero de Bolsonaro. Ya sabemos lo que pasa en Hungría, en Suecia, en Italia. Ya sabemos que el que no tiene dinero suficiente para considerarse rico se consuela atontándose con las pantallas de lo que tenga. ¿Puede pasar en España? A menos que se prohíban por ley los discursos hueros y engañosos de los populistas, puede.  Pero esa ley no se aprobará nunca. No da dinero 

El mundo cada vez más loco

No recomiendo a nadie que se pase dos o más horas diarias viendo y oyendo a presentadores y analistas políticos americanos analizando la situación en los Estados Unidos. Hay que tener la razón muy despierta para no meterse  en una montaña rusa de emociones que le lleve a caer en una depresión maníaca. La cosa está muy fea, muy loca. Y no hay que ser una lumbrera para darse cuenta de que esa fealdad, esa locura, ha trascendido las fronteras de la Gran América y se extiende por toda Europa como una marea negra mortal; mortal para la libertad de todos; mortal para la democracia que ya empieza a agonizar en todas partes como un pato cubierto de petróleo. 

Debo la cordura que me queda a mis esfuerzos constantes de mi mejor amiga, yo misma,  por animarme con todo lo que me puede animar. Uno de sus esfuerzos al respecto consiste en llevarme la mano a buscar música, canciones que siempre me animan. Una de esas canciones es «Crazy World», «Mundo loco»,  de la película «Victor or Victoria». La película me divirtió mucho en los 80. No sabía entonces que, con muchos años más, esa canción me serviría para quitarme de encima el miedo y el dolor que me causa la porquería negra y apestosa que quiere ahogarnos a todos.  La canto casi todos los días en la ducha. 

«Mundo loco», dice, «lleno de locas contradicciones»…El mundo ha padecido siempre de contradicciones que han llenado las mentes más preclaras de preguntas que no encuentran respuestas. Hoy, por ejemplo, los analistas políticos se preguntan cómo consiguen las derechas -todas ellas extremas aunque algunas se finjan de centro-, cómo consiguen el voto de quienes se las pasan negras para sobrevivir por encima de sus posibilidades reales, como funambulistas que corren sobre la cuerda de la llamada clase media, aferrándose al palo de tarjetas de crédito y préstamos que tardarán toda su vida en pagar. ¿Cómo consiguen el voto de esos infelices quienes prometen bajar impuestos a los ricos y dejar sin servicios públicos a quienes no lo son aunque arriesguen la paz de toda su existencia para parecerlo? ¿Cómo consiguen, en los Estados Unidos, los que se proclaman supremacistas blancos,  el voto de los negros? ¿Cómo consiguen en España y otros países europeos el voto de los inmigrantes con tiempo suficiente en cada país como para tener derecho al voto; cómo consiguen el voto de los hijos de los inmigrantes nacidos en el país; cómo consiguen ese voto quienes prometen expulsar a los inmigrantes si logran el poder?  

«Mundo loco…» sigue la canción. «Eres frío y cruel, y yo, como un tonto, trato de salir adelante, de aferrarme a la esperanza». Como el infeliz medio pobre se aferra a la esperanza de que algún día le tocará la lotería y podrá pagar sus deudas, parece que todos los que no llegan a ricos no pudieran aliviar y endulzar sus vidas con otra cosa que con la esperanza.   

De esperanza vive hoy el italiano que no ha caído en las redes del fascismo encubierto creyendo sus mentiras. Dicen las encuestas que la semana que viene ganará las elecciones generales Giorgia Meloni, del partido fascista Hermanos de Italia. ¿Cuántas mujeres votarán por ella a pesar de que su declarado catolicismo la obliga a prohibir la interrupción voluntaria del embarazo? Su lema es «Dios, patria y familia». ¿Qué familia? Ella nunca tuvo una familia que pudiera llamarse normal. Su concepto de familia retuerce todos los traumas que tuvo que sufrir de niña y adolescente. Concibe una familia en la que nadie goce de libertad individual. ¿Qué patria quiere? La de los supremacistas blancos; una patria sin inmigrantes; una patria en la que los que intentan inmigrar mueran ahogados en sus pateras porque, como Salvini, se les cierre la salvación de entrar en un puerto italiano. ¿Qué Dios?

Muchos se preguntan, ¿cómo pudo Dios crear un mundo abocado a la locura? Esa pregunta se la hace constantemente de diferentes formas quien concibe un dios providente, pendiente siempre de las necesidades de los hombres para responder a sus oraciones. Quien eso se pregunta y quien eso espera es el que cree en dioses creados por los hombres. De Dios sólo sabemos lo que dice el primer capítulo del Génesis, y el primer capítulo del Génesis sólo dice que Dios creó todo lo que existe, incluyendo al hombre, macho y hembra. Todo lo demás que la Biblia y otros libros tenidos por sagrados dicen de Dios, responde a la imaginación de algunos y a las ansias de poder de minorías privilegiadas. Dios creó al hombre, única especie dotada de facultades mentales; le creó macho y hembra, en perfecta igualdad. Dios le dio al hombre en propiedad todo lo creado dejando que hiciera con ello lo que quisiera su libérrima voluntad. ¿Permitiendo que lo destruyera todo? Permitiendo que sus facultades mentales le llevaran a evolucionar para ir alcanzando lo que le diferencia de todos los demás animales: la humanidad. El hombre humano no pide,  ama; ama a sus semejantes por respeto a su propia humanidad. El hombre humano entrega el poder a quienes considera capacitados para administrar los bienes  a favor de todos los que habitan con él en este mundo. ¿Creó Dios ese hombre, macho y hembra, para que entregara el poder a quienes solo buscan su propio beneficio otorgando todos los beneficios de la administración de un estado a los que gozan del privilegio de tener una gran fortuna contante y sonante? Eso tendrían que preguntarse los que votan por partidos que desprecian lo público para beneficiar exclusivamente a lo privado. ¿Y quien no crea en Dios, ni siquiera en un Dios sólo creador? Que donde dice Dios, diga Naturaleza. Las respuestas serán las mismas.     

Habrá quien se consuele pensando que los italianos pueden votar a Meloni porque Meloni chilla histéricamente convirtiendo sus mítines en espectáculos. Habrá quien se diga que en España, aunque parece que los españoles se parecen emocionalmente a los italianos, no se llega al extremo de votar a un Abascal porque enciende al personal con sus insultos o a un Feijóo porque divierte con la falta de conocimientos que le lleva a meter la pata cada vez que habla. Habrá quien se fie de la humanidad de la mayoría. Pero aparece el resultado de las elecciones generales de Suecia del pasado 11 de septiembre que dio el poder a las derechas, incluyendo a los ultras, y la razón entiende que el mundo entero se ha vuelto loco, loco, loco. ¿Cómo ha podido pasar algo así? La inflación, la amenaza de crisis y, ¿cómo no?, los inmigrantes. La mayoría de los hombres, machos y hembras, quiere la libertad sólo para llenarse el estómago y no tener que compartir la comida con estómagos que lleguen de los países del hambre.  ¿Que las derechas les quitarán todas sus libertades excepto la de comer? Los españoles sintetizan la respuesta en un refrán: «Ande yo caliente…» 

Entonces, ¿también España corre peligro? Que se lo pregunten a los ancianos que malviven en residencias privatizadas. Que se lo pregunten a los enfermos que tienen que esperar larguísimos meses para que les hagan análisis que les detecten un cáncer que podía haberse curado si lo hubieran detectado y tratado a tiempo. Que se lo pregunten a los jóvenes que no pueden seguir estudiando porque no hay medios para contratar a más profesores y dar becas porque el dinero hay que emplearlo en financiar a colegios y universidades privadas. Que se lo pregunten a los medio pobres que tendrán que seguir pagando impuestos porque no llegan a las cantidades, para ellos astronómicas, que exime de impuestos a quien más tiene. Todos esos podrán encontrar respuestas mirando y oyendo a las comunidades autónomas gobernadas por la derecha; una derecha que no tiene nada que ver con lo que se entiende por conservadurismo; una derecha que, llámese el partido como se llame, encubre el ansia de poder del fascismo y la voluntad de beneficiar por encima de todos a los ricos porque son los ricos los que financian sus medios para llegar al poder.  

Mundo loco, rendido ante la violencia que amenaza Trump si le procesan por sus crímenes; rendido ante las derechas del mundo entero que prometen lo que todos menos los tontos saben que no cumplirán. Cantando en la ducha una de mis canciones favoritas me consuelo diciéndole al mundo que «tengo mi orgullo» que «no me rendiré, aunque sepa que nunca podré ganar» porque amo a la creación; porque amo, «!ay, cómo amo a este mundo loco!»         

Como animales domesticados

El pasado 7 de septiembre en España se celebró el solemne acto de apertura del año judicial. Abundancia de togas y puñetas, insignias, medallas. El poder judicial en nuestro país parece reducirse a la exhibición de vestimenta protocolaria cuando toca. Con el Consejo General del Poder Judicial languideciendo por prescripción  durante casi cuatro años, sin poder cumplir las funciones que le son propias, es evidente, hasta a los ojos de los menos enterados,  que a nuestro estado le falta una pata fundamental para su equilibrio; le falta el poder judicial.  

En Estados Unidos, con toga, aunque sin tanta parafernalia, no llaman la atención los trajes, hoy llaman la atención los fallos de los jueces nombrados por Donald Trump antes de que la mayoría de los votantes le echaran de la Casa Blanca. Los jueces de Trump, como les denomina la prensa  más prestigiosa por su objetividad, están emitiendo fallos contra todo precedente y hasta contra toda lógica, dictados por los deseos del padrino.  Sirven de ejemplo la sentencia del Tribunal Supremo con una mayoría trumpista  quitando a la mujer el derecho a decidir sobre su propio cuerpo para dar a cada estado el derecho a decidir por ella, y la reciente sentencia de una jueza federal, también apadrinada por Trump, permitiendo que un tercero neutral estudie los documentos que Trump robó de la Casa Blanca y decida cuales le pertenecen por un privilegio que ninguna ley le reconoce.  Ya es evidente para cualquier americano normal que al estado americano le falta un pata fundamental para su equilibrio; la política le ha cortado una pata al estado; le ha cortado el poder judicial. 

No hay sitio para citar los ejemplos de Hungría, de Polonia, por no salir de las fronteras del mundo occidental. La democracia cojea en todas partes porque lo primero que hace un aspirante a autócrata es poner las leyes de un país en manos de jueces afines; es decir, amputar a un estado, hasta entonces democrático, uno de los poderes que sostiene su democracia. Esta amputación tiene un efecto sobre los ciudadanos. Sabiendo que no puede esperar que la justicia ampare sus derechos, el ciudadano desamparado acata por miedo todo lo que el autócrata y sus secuaces le dicten. 

La democracia cojea y está a punto de derrumbarse en todo el mundo, como si los ciudadanos se hubieran cansado de la libertad que humaniza y estuvieran dispuestos a convertirse en súbditos de los poderosos; como si estuvieran dispuestos a abdicar de la responsabilidad de ser humanos adultos, para vivir como párvulos protegidos por el poder de extraños. 

Como párvulos nos trata la propaganda de partidos que, bajo su fachada de conservadores, esconden el ansia de poder a toda costa del fascismo. De otra forma no se explica el descaro con el que nos mienten; la insultante vacuidad de sus mentiras. Convencidos de la torpeza y pereza de la mayoría para asumir la  responsabilidad de elegir a sus gobernantes informándose y reflexionando sobre la idoneidad y honestidad de los políticos que se ofrecen para controlar su vida, quienes buscan el poder para utilizarlo en su propio beneficio recurren a los métodos de la  propaganda fascista que tantos éxitos ha tenido siempre, sobre todo en tiempos de crisis. 

Hoy vivimos un tiempo de crisis. Hoy los que se aprovechan de los ríos revueltos para pescar inconscientes han empezado por amputar una pata a los poderes del estado para que la democracia se derrumbe sin remisión. ¿Qué puede hacer el ciudadano adulto que no quiere perder su libertad? Reflexionar, razonar, demostrarse a sí mismo y a todos que no está dispuesto a renunciar a sus facultades humanas para dejarse llevar como cualquier animal domesticado.   

El cristianismo de la antidemocracia

Después de más de un año intentando recuperar los papeles que Donald Trump robó de la Casa Blanca antes de ser despedido por los votantes, el Departamento de Justicia logró recuperarlos este 8 de agosto con un registro forzoso de la residencia actual de Trump realizado por el FBI con autorización previa de un juez federal. 

A pocos españoles impresiona la noticia. Los Estados Unidos de América es un país lejano que solo llama la atención a quienes pueden darse el lujo de pasar unas vacaciones en la gran potencia o a quienes se enganchan a una serie americana o a los jóvenes fanáticos de grupos y chunga chungas en inglés o a comunistas atávicos estancados en la idea fija de que Estados Unidos es la morada de Satanás.  A esos se les dice que la democracia más longeva de los países civilizados está a punto de virar a la autocracia de cualquier república bananera y se quedan con cara de quien oye llover. Se les dice que España va por el mismo camino, y la inexpresividad de la cara se anima con un toque de incredulidad.  Para quienes comen todos los días sin problemas para pagarse la comida y van a su trabajo o a sus estudios sin problemas para pagarse el transporte y van al médico o al hospital sin problemas para pagar por que les curen porque es público, el mundo está como está y ya les está bien. La filosofía, las ideologías, la política no son asunto suyo. 

La polarización que hoy divide a la sociedad americana en dos bloques enfrentados hasta tal punto que algunos analistas ya hablan de guerra civil, por el momento incruenta, es asunto de todos, de absolutamente todos los ciudadanos del mundo porque a todos nos amenaza. En 2016, el voto popular eligió a Hillary Clinton presidenta de los Estados Unidos de América, pero un lío de la misma naturaleza que la Ley d’Hondt hizo que los votos electorales llevaran a la Casa Blanca a un psicópata narcisista capaz de cargarse, no solo a la democracia, sino a la mismísima soberanía del país. Donald Trump hizo y deshizo en la presidencia lo que le dio la gana atacando a Europa; iniciando una relación epistolar que él mismo calificó de amorosa con Kim Jong-un, autócrata asesino de Corea del Norte; una relación de amigos para siempre con Putin, autócrata asesino de Rusia; aliándose a otros poderosos por el estilo. Expulsado de la Casa Blanca por el voto popular y electoral de la mayoría de los americanos, Trump se llevó a su casa documentos clasificados como ultra secretos. ¿Para qué? Considerando sus peligrosísimos amigos, hay que estar muy desinformado o ser un perfecto descerebrado para que las glándulas no reaccionen como las de un erizo amenazado. Putin gobierna la segunda potencia mundial en armas nucleares; Kim Jong-un tiene gente trabajando sin descanso para meter a su país en la lista de países nuclearizados; los países de los otros amigos por el estilo de Trump tienen armas nucleares también. ¿Pensaba Trump ofrecer secretos de estado a esos monstruos a cambio de dinero o a cambio de que le ayudaran a  recuperar y conservar para siempre el poder? No hay analista político que hoy no se haga esa pregunta, abiertamente o no.   

Y todo eso, ¿qué tiene que ver con España? Todo.

El 41,7% de los americanos tiene una opinión favorable de Donald Trump. El trumpismo se ha convertido en un culto con millones de fieles. ¿Cómo es posible que tantos ciudadanos acepten que les gobierne un perturbado que durante cuatro años hizo de la mentira y del apoyo a leyes antidemocráticas su forma habitual de gobernar? La respuesta más fácil es que los medios afines a la ultraderecha le ensalzaban y le ensalzan divulgando mentiras a su favor y contra sus adversarios con fervor goebbeliano. Lo mismo responde el español que intenta explicarse la preponderancia de las derechas en las encuestas españolas. Pero en Estados Unidos abundan los medios, los periodistas y los analistas políticos honestos que cada día difunden la verdad. ¿Cómo es que no logran llegar y penetrar en las mentes de los que viven engañados por el método de la propaganda hitleriana? La respuesta hay que buscarla en el poder de Cristo.

La extrema derecha de Estados Unidos se ha puesto el nombre de «Christian Nationalists». Así se definen muchos políticos del Partido Republicano, partido hoy entregado en cuerpo y alma al trumpismo, que aspiran en noviembre a ser elegidos representantes y senadores del Congreso americano. El «nacionalismo cristiano» predica la santísima trinidad del orden racial, la libertad cristiana y la violencia machista. El orden racial significa respeto a la supremacía de los blancos. No se puede permitir que inmigrantes de otras razas y religiones tomen por asalto el país elegido por Dios para ser modelo de cristianismo. La libertad cristiana exige obediencia a las costumbres y reglas de la familia cristiana rechazando la abominación del amancebamiento, del aborto, de la homosexualidad. La violencia machista fue aprobada por la voluntad de Dios dando al macho mayor masa muscular y fuerza gracias a la mayor concentración de testosterona en su sangre, por lo que su preponderancia sobre la mujer obedece a la naturaleza por evidente mandato divino. Pero, ¿se justifica la violencia? En una nación entregada al respeto a la ley y el orden, la transgresión no solo puede sino que debe castigarse por todos los medios, incluyendo medios violentos. 

¿Hay algún partido o partidos en España que, sin hacer ostentación del nombre de «nacionalista cristiano», abracen y prediquen, abierta o encubiertamente, la misma trinidad que el «Christian Nationalism» americano? ¿Hay algún o algunos partidos que parecen tener empleados con la única función de seguir todos los suspiros del Partido Republicano de los Estados Unidos para repetir su doctrina y sus mensajes en España? ¿Hay algún o algunos que apliquen en España los métodos de la propaganda goebbeliana para divulgar su ideología?

La metáfora de la santísima trinidad aquí no es nueva. Es la doctrina que inspiró al gobierno franquista que se inspiró, a su vez, en el fascismo italiano en el que, a su vez, se inspiró en el nazismo alemán. Es la misma doctrina que el gobierno franquista impuso en todos los rincones del territorio nacional empezando por adoctrinar a los niños en los colegios y siguiendo por garantizarse la fidelidad de los adultos mediante un control absoluto de prensa, radio, cine y televisión cuando ésta llegó. Los nacionalistas españoles de extrema derecha, como los del partido de Bolsonaro en Brasil, como los del de Orban en Hungría  no han inventado nada. Estudiaron del fascismo doctrina y modos como actor que estudia su papel para una representación, y tan bien lo estudiaron y tan bien lo actúan que han merecido y merecen la ovación de millones. Su papel es incontrovertible. ¿Pero por qué? ¿Por qué ha vuelto una ideología que  crispó a sociedades enteras, que infundió el odio como se contagia una pandemia,  que hizo estallar guerras causando millones de muertos? 

En la investigación de ciertos crímenes, para dar con el culpable se dice que hay que seguir al dinero. Solo en la semana siguiente al registro de su casa, Trump recibió diez millones de dólares en donaciones. Hoy por hoy, en los países modernos, el nombre de Cristo ya no tiene el mismo poder que en un lejano antaño aunque se sigue utilizando para dar a quien le hace falta la tranquilizadora sensación de pertenencia a una tribu. El poder supremo y absoluto lo tiene el Dinero. El que se abre paso como una gigantesca excavadora, aquí, en Estados Unidos, en todo el mundo, es el Dinero. ¿Qué llama a ciertos jóvenes a afiliarse a un partido político y a introducirse en sus intríngulis con su ambición puesta en un cargo y, más allá, en verse en una lista electoral? Como confesó un personaje político español de derechas, estaba en política para forrarse. Para forrarse estaban muchos del Partido Popular como demostró la retahíla de causas penales que a muchos llevó a la cárcel; y las que faltan. ¿Qué mueve a obispos y sacerdotes a predicar a favor de los partidos que abrazan la doctrina del nacionalismo cristiano? A muchos, más que la fe les mueven las donaciones. En vísperas de las elecciones al Congreso de los Estados Unidos, la petición de donaciones hoy ocupa más tiempo en los medios norteamericanos que las «celebrities».  El éxito de un político y su influencia en un partido lo determinan los millones de dólares que sea capaz de recaudar en donaciones, por lo que en cada vídeo de propaganda electoral, sale el protagonista o una voz en off pidiendo dinero. A los jueces no se les puede comprar sin incurrir en delito grave, pero el poder permite a los políticos nombrar a jueces dispuestos a vender honra y lo que haga falta por obtener un cargo importante con un sueldo de importancia igual. Los nacionalistas cristianos del mundo entero saben que teniendo de su parte a la iglesia católica y a las iglesias protestantes y a la banca y a los grandes empresarios y a la judicatura tienen despejada la escalinata hacia el poder y garantizada la permanencia en los sillones de mando a menos que los mandatarios se pasen de listos o de tontos como les pasó a Aznar y a Rajoy. ¿Y qué les pasó a los socialistas en 2011? Lo mismo que nos quiere pasar ahora a los españoles.

Por motivos que a la mayoría parecen no importarle, nos ha caído encima la inflación. Para contener la inflación, los bancos centrales se ven obligados a subir tipos de interés. La subida de intereses lleva a los economistas a predecir crisis. Los políticos del nacionalismo cristiano lanzan gritos de crisis por todo el país y los medios abierta o subrepticiamente afines los repiten con altavoces.  ¿Y qué tiene  que hacer en una crisis un medio pobre, de esa clase que se llama media para hacerse ver? Encomendarse a Cristo y votar por nacionalistas cristianos porque esos tienen el beneplácito del poder divino en el cielo y del poder del Dinero en la tierra. ¿Y qué hacen los totalmente pobres, esos que los nacionalistas cristianos no ven y de los que, por lo tanto, ni hablan? Esos generalmente no votan porque generalmente se resignan a no importar a nadie.

Las encuestas predicen el triunfo de los nacionalistas cristianos en el Congreso de los Estados Unidos. Las encuestas predicen el triunfo en España de los nacionalistas cristianos si ahora hubiera elecciones generales. ¿Qué hacemos? Podemos resignarnos permitiendo que nos gobierne el Dinero disfrazado de falso cristianismo o podemos entregar el gobierno a los seres humanos que anteponen el bienestar de la gente a todo lo demás. Como siempre, la libertad y la calidad de vida de todos depende de los votantes.                   

La dictadura de las máquinas

El lunes  8 de agosto, un registro en la casa del ex presidente de los Estados Unidos, Donald J. Trump, revela al FBI una cantidad de cajas con documentos pertenecientes al gobierno, algunos de los cuales contienen secretos que podrían poner en peligro a toda la nación. Perdidas las elecciones, el tipo se fue de la Casa Blanca llevándose todo lo que pudo. Una semana antes, la Conferencia de Acción Política Conservadora escucha con fervor el discurso racista y homófobo de su invitado, Viktor Orban, primer ministro de Hungría, alabando sus mensajes y sus logros de autócrata. El registro en la casa de Trump lanza a la prensa ultraderechista y a todo el Partido Republicano a una campaña de diatribas contra el FBI, el Departamento de Justicia y el fiscal general de los Estados Unidos. El antes partido conservador demuestra, ya sin duda, haberse convertido a un radicalismo de derechas que intenta convencer a los ciudadanos de la inoperancia y la corrupción de las instituciones más sagradas, las instituciones que han de velar por el bien de los ciudadanos, de la democracia, del país. América se hunde.  

Todos nos hundimos; nos estamos hundiendo en un agujero rodeado por una atmósfera que todo lo seca, que todo lo oscurece. Vemos cuerpos como el nuestro, formas que se mueven a nuestro alrededor, pero sin vida humana. Vemos a los demás sin intuir los latidos de su corazón, el fluir de su sangre, la vida de su mente, de su alma. Podemos ver algunas caras, pero son como las caras virtuales que aparecen en nuestras pantallas, con ojos cuyos mensajes no se pueden percibir. Las máquinas nos han ido transmutando a todos en máquinas.  

Para los políticos, formamos parte de un algoritmo a resolver. La diferencia entre unos partidos y otros está en las soluciones a las que llegan por la vía de sus objetivos. El objetivo de los partidos progresistas, los que se llaman de izquierdas,  es conseguir que la sociedad siga avanzando, que cada ciudadano siga evolucionando como ser humano, con las facultades  y las cualidades que se suponen a la humanidad, y que en virtud de su ciudadanía, gocen todos de igualdad de derechos cumpliendo todos con los mismos deberes. El objetivo de los partidos retrógrados, los que se llaman de derechas, parece ser que los ciudadanos retrocedan a las épocas en que solo las élites gozaban de los derechos y privilegios de la ciudadanía, mientras la masa anónima se reducía a la cualidad de súbditos destinados a sostener y mantener los derechos y privilegios de las élites. En una democracia, el votante decide a cuál de las dos opciones entrega el poder de gobernarle. El fin último de todos los partidos es, por lo tanto, convencer a la mayoría de los votantes de que les entreguen el poder. Es en el trabajo de convencer a los votantes donde la diferencia de objetivos entre los partidos de izquierdas y los de derechas salta hoy con una evidencia aterradora. Los partidos de izquierdas apelan a la humanidad del votante ofreciendo programas que conducen al progreso de cada individuo. Los partidos de derechas apelan a los instintos y emociones de quienes les escuchan sugestionando al votante con mensajes de rencor, odio, venganza con el fin de inducirles a destruir la humanidad de las sociedades en las que viven. ¿Intentan las derechas devolvernos a la era de los homínidos a quienes solo preocupaba la supervivencia? 

Esa sería la menos aterradora de las conclusiones. Las circunstancias cambian. Ese horrendo retroceso a la era prehistórica podría cambiar en cuanto cambiaran las circunstancias que lo habían permitido. Esos homínidos prehumanos podrían volver a iniciar su proceso de evolución. Ocurrió después de la derrota de los asesinos que intentaron destruir las sociedades humanas durante la Segunda Guerra Mundial. Comprobados los efectos espeluznantes del retroceso, los hombres, machos y hembras, estuvieron dispuestos a recuperar su humanidad por dolorosos que les resultaran sus esfuerzos. Seguían siendo hombres, machos y hembras; seguían conservando mente, alma, con un resquicio por el que llegar a sus facultades humanas. ¿Conservan hoy ese resquicio abierto los hombres, machos y hembras?

Hoy nos está pudiendo la tecnología. El aparato que casi todos llevan encima para dedicarle ojos y atención en cuanto disponen de un minuto libre, se ha ido adueñando de nuestras facultades; sobre todas, de la voluntad, privándonos, por lo tanto, de la libertad. La facilidad con que la mayoría ha renunciado a sus facultades humanas, entregando libertad y voluntad a un teléfono, ha llamado la atención de los empresarios con olfato y medios para manipular a millones de clientes en beneficio de sus cuentas bancarias y ha llamado la atención de los políticos para manipular las mentes de millones de votantes convertidos en súbditos de sus móviles. El móvil ofrece a los jóvenes y no tan jóvenes juegos sobre realidades destructivas que excitan a la violencia. Esa excitación la aprovechan desde el cineasta a cantantes y grupos musicales al día. La aprovechan, como no, los politiqueros. 

Para sugestionar votantes, los asesores que aconsejan al politiquero sobre lo que debe hacer ya no recurren a teorías políticas ni programas; recurren a lo que pueda agitar instintos y emociones como los agitan los juegos de los móviles, los titulares y las historias truculentas, la percusión y los gritos de los cantantes que dejan a la música en música de fondo, las escenas salvajes de violencia y destrucción que convierten las películas en éxitos. Con la razón aturdida por tanto movimiento y tanto ruido, con la libertad y la voluntad entregadas a las máquinas, al votante, ya incapaz de reflexionar, se le puede dirigir a votar por quien le ofrece mayor entretenimiento.                 

Las derechas, aquí y en todas partes, ya no intentan convencer al ciudadano sobre la necesidad de conservar tradiciones, de respetar estamentos, de conformarse con el destino que su dios da a cada cual. Las derechas han comprendido que las máquinas están convirtiendo a los votantes en máquinas y que el resultado de las máquinas se puede predecir por algoritmos. 

Donald J. Trump sigue teniendo millones de seguidores en los Estados Unidos. Viktor Orban goza de gran popularidad en su país. Putin está a punto de anexionarse a Ucrania. Las encuestas en España dicen que las derechas ganarían hoy las elecciones a los partidos progresistas. ¿Qué le queda en este mundo a los seres humanos que no están dispuestos a renunciar a su humanidad, a su voluntad, a su libertad? Nos quedan las ganas de seguir luchando para conseguir llamar la atención de quienes nos rodean para que sean capaces de levantar los ojos de sus pantallas para ver y oír cuanto tienen a su alrededor. Nos queda la esperanza de que nos vean y nos escuchen. 

Perfectamente solos

Veo en mi imaginación a un ser humano solo en medio de un desierto sin elemento alguno, ni vivo ni mineral; perfectamente solo. Veo en mi imaginación una multitud ruidosa que rodea a ese ser humano sin afectar en absoluto su perfecta soledad. Parece una paradoja, dos situaciones que no podemos concebir como simultáneas. Sin embargo, todos sabemos que ambas situaciones han coexistido siempre; que siempre se ha aceptado esa paradoja en la lógica del sentido común porque la avala la incuestionable e indestructible realidad, lo que verdaderamente ocurre al margen de nuestras fantasías o deseos. El ser humano está siempre solo consigo mismo en medio de una multitud. Hoy, esa multitud parece hostil, más hostil que nunca.  

Según investigaciones sociológicas, cada vez son más quienes aceptan el peligro del cambio climático; cada vez son más quienes hacen algo, por poco que sea, para frenar la marcha de una especie estúpida hacia la destrucción del planeta que habita. Curiosamente, según investigaciones de otro tipo de disciplinas, mientras más se preocupa la especie humana por conservar el territorio en el que vive, parece que menos individuos de esa especie se preocupan por la humanidad de su alma. Cada vez son más los individuos con apariencia de personas que parecen prescindir de las potencias que distinguen a un ser humano del resto de los animales; cada vez son más los que parecen haberse estancado en la evolución de su alma hacia la plena humanidad, dejándola, por ejemplo, en el estadio del alma de un burro. 

Los Estados Unidos de América siguen ofreciendo en todos los campos evidencias que alcanzan resonancia internacional y que mueven a millones a la imitación. La semana pasada, ese gran país tan imitado proporcionó al mundo noticiones que atestiguan la veracidad de lo afirmado en el párrafo anterior, revelando de golpe la burricie de la mayoría de los hombres, machos y hembras. Esas noticias confirmaban la inconsistencia de la democracia americana y el peligro real y próximo que amenaza con destruir a esa democracia de por sí defectuosa, más defectuosa que la mayoría de las democracias existentes. Esas noticias cayeron en todo el país y parte del extranjero como bombas fétidas, pero lo que más sorprende es la sorpresa que produjeron en la mayoría y que los analistas políticos manifiestan en todos los medios sin ambages. ¿Qué sorprende a la mayoría? Los Estados Unidos no ha sido nunca un país auténticamente democrático. Entre otros asuntos no menos trascendentes, su sistema electoral no se ciñe al voto popular, por lo que los cargos electos no representan a la mayoría de los votantes. Sorprende, en todo caso, que esta horripilante realidad se haya mostrado por primera vez en cueros  ante todo ciudadano mentalmente normal. De pronto, el Tribunal Supremo otorga a cada uno de los cincuenta estados la facultad de consentir o prohibir a las mujeres el derecho a decidir las circunstancias de su maternidad e impide a la Agencia para la Protección del Medio Ambiente que exija a las empresas cambiar del carbón a fuentes de energía renovable. Estas decisiones y otras por el estilo que se temen, son posibles por la mayoría de jueces conservadores, algunos trumpistas, que desequilibra al Tribunal Supremo y afecta, por ende, a la Constitución y a la democracia del país. De pronto, una testigo confirma al comité que investiga el asalto al Capitolio del 6 de enero del año pasado que Donald Trump intentó por todos los medios, legales e ilegales, anular el resultado de las elecciones presidenciales declarándose ganador a pesar de haber perdido y, por lo tanto, presidente durante cuatro años más. Ya no queda duda de que Donald Trump envió a sus seguidores al Capitolio para evitar la confirmación de Joseph Biden como presidente, en lo que pretendía ser un golpe de estado. De pronto, todo el país se entera de que los Estados Unidos de América estuvo gobernado durante cuatro años por un hombre desequilibrado con todas las características de un autócrata de república bananera. Pero lo que más horripila de esa realidad ya incontestable es que ese aspirante a dictador sigue contando con millones de seguidores que aportan a sus arcas personales cientos de millones de dólares para que pueda comprar su triunfo electoral aunque le hayan fracasado todos sus tejemanejes. ¿En qué beneficia a sus fieles la existencia de semejante psicópata? La realidad nos demuestra que cualquier pregunta racional sobra cuando se intenta argumentar con alguien que ha abdicado del uso de su razón.    

Y bien,  esa espantosa realidad nos hace poner mientes en lo que ya está sucediendo en nuestra parte del mundo. Digamos que por imitación, para simplificar el asunto, el trumpismo se extiende por todas partes como una marea negra. ¿A alguien con mente saludable se le escapa la similitud entre los politiqueros trumpistas americanos y los politiqueros trumpistas españoles, por ejemplo? Aprovechando la aritmética de normas que no respetan las mayorías elegidas, el Partido Popular bloquea la renovación del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional. Es decir, se apropia del poder judicial de nuestro país impidiendo que ese poder cumpla su función de servicio a los ciudadanos. Con ese poder atado y bien atado, el Partido Popular y Vox, su excrecencia, dedican sus esfuerzos económicos y de otra índole a asegurarse propaganda favorable en casi todos los medios de comunicación. Trump cuenta con Fox News, Newsmax y otras corporaciones «conservadoras» para propagar sus mentiras y mantener a sus fieles en un trance hipnótico que les impide cuestionar su fidelidad. El Partido Popular y Vox consiguen el mismo efecto aunque por medios aparentemente menos espectaculares. Muchos periodistas y analistas de nuestro país han encontrado la manera de no arriesgar reputación, empleo y sueldo diciendo la verdad, yéndose por la tangente de la equidistancia y el «pero». La equidistancia instila en las mentes de quienes les escuchan la sospecha de que todos los partidos son iguales, y esa sospecha infunde la decisión de no votar.  El «pero» diluye todo comentario positivo sobre los logros del gobierno que se hayan expuesto con anterioridad. Se sabe, sin ninguna duda, que los votantes conservadores no dejan de ir a votar; unos por conveniencia, otros por tradición familiar, otros por miedo al progresismo, otros por haber sucumbido al trance hipnótico inducido por la propaganda. Luego la equidistancia favorece la abstención de los progresistas. El «pero» deja como conclusión un comentario negativo sobre el gobierno progresista para que sea esa conclusión negativa la que se quede en las mentes y prevalezca sobre la noticia de cualquier logro del gobierno que se haya tenido que dar. Ayer la prensa escrita nos ofrecía un ejemplo. Dice un titular: Pedro Sánchez anuncia que hará fijos a más de 67.000 profesionales sanitarios en España. Al que sigue como subtitular: Nuevo enfrentamiento en el Gobierno de coalición por el gasto en Defensa. Conclusión: el gobierno de coalición es una olla de grillos. No puede gobernar bien. No puede durar. Los periodistas y comentaristas salvan su reputación exhibiendo falsa neutralidad mientras observan, a pie juntillas y conscientemente, los consejos de Joseph Goebbles sobre la propaganda política. La equidistancia y los «peros» siempre son defendibles, aunque sea a base de falacias.   

El efecto observable y evidente de todo lo anterior es la polarización, la división de los países en dos bandos. En una esquina, los fieles al «conservadurismo» trumpista incapaces de distinguir una ideología que defiende los privilegios de las élites económicamente más fuertes de otra ideología que defiende los derechos todos los ciudadanos, incluyendo pobres y medio pobres; incapaces de distinguir las  mentiras de la verdad. En la otra esquina, los ciudadanos que creen en la igualdad de derechos y deberes, que conciben la política como gestión de los recursos en beneficio de todos. La lucha entre ambos bandos no tiene una duración prefijada. Las mentiras, las acusaciones, los insultos al contrario de los líderes que confunden, consciente y voluntariamente, la política con el politiqueo van cronificando la división, van convirtiendo a la política en apestada social hasta el punto de prohibirse en ciertas reuniones como tema de conversación para evitar reyertas. Degradar a la política al nivel de obscenidad que no debe discutirse en público produce en el ciudadano normal un rechazo al arte y ciencia que debe garantizar el bien común. Puesto que del gobierno depende la calidad de nuestras vidas, vivir de espaldas al gobierno, a la política, es entregar a otros el poder de administrarnos renunciando a defender nuestros derechos, a defender, por encima de todo, nuestra libertad. Es lo que pretenden los fascistas.

Dicen las encuestas que a millones de americanos no importa tener un presidente que viole la ley. Dice la realidad que a millones de españoles no importa votar a un partido condenado tres veces por beneficiarse de la corrupción. Un rápido análisis del asunto lleva a la conclusión de que millones de personas excusan y hasta admiran al listo que sabe defraudar a los tontos beneficiándose de su debilidad mental. Pero un análisis más profundo revela un pozo sin fondo, un agujero negro en el que desaparece todo vestigio de humanidad.

Ayer, fiesta nacional en los Estados Unidos, un individuo se convirtió en francotirador disparando contra las personas que participaban en un desfile de conmemoración del Día de la Independencia. En todos los medios, los programas de noticias y de comentarios políticos se centraron en el suceso emitiendo vídeos, declaraciones de las autoridades y entrevistas a testigos. Uno de esos testigos condensó en pocas palabras todos los males de este mundo, todos los males que revelan el peligro de extinción del género humano. Era un veinteañero con pinta de burgués saludable que caminaba por una acera junto al desfile cuando empezó el tiroteo. La periodista le pregunta qué sintió viendo a los hombres, mujeres y niños desplomarse en la calle al recibir el impacto de las balas. El joven contesta que son cosas que pasan. La periodista le pregunta si el suceso afectará sus vacaciones. El joven, impertérrito, contesta que no, que no es asunto suyo. 

Son millones los que creen que la política no es asunto suyo, que no es asunto suyo la defensa de la democracia, de las libertades de todos incluyendo a todos, que no es asunto suyo el sufrimiento del prójimo. Son millones los que habitan este mundo sufriendo, sin saberlo, la desnuda soledad del egocéntrico. Naturalmente, quien no encuentra en su alma ni un vestigio de empatía carece del alivio que proporciona confiar en la compasión de los demás. Ese joven tan conforme con las cosas que pasan como pasan no intentará modificarlas, no intentará mejorar el mundo en el que habita. Solo, pavorosamente solo, vivirá engañándose con la compañía virtual que le ofrecen las pantallas; convertirá su vida en un metaverso hasta que las pantallas se apaguen.  

Aún quedan millones al otro lado del cuadrilátero que no se resignan a la extinción de la especie humana; que no se resignan a la helada soledad de quien ignora al prójimo. De esos millones pende la esperanza de todos.     

Encima de burros, apaleados

Recuerdo un dicho de mi madre: «Encima de burro, apaleado». El dicho asalta mi memoria cada vez que leo o escucho en algún medio  que, según las encuestas, en Andalucía gana las elecciones el tándem PP-Vox. Es cierto que, como dije en mi artículo anterior, las sociedades se están derechizando en el mundo entero, y que el fenómeno se debe a una mayoría que ha conseguido ascender de pobres a medio pobres gracias a una nómina que les permite endeudarse para creerse ricos. Tristísima manifestación de un autoengaño que convierte a millones de personas en moluscos gasterópodos con facultades y emociones encerradas en una concha que protege su egoísmo. 

Vivir en un engaño permanente atrofia la razón por falta de uso. La razón, atrofiada, acepta que el egoísmo se traduzca como un inmoderado y excesivo amor a sí mismo, lo que, prescindiendo de los adjetivos, es condición indispensable para lograr la felicidad. La adjetivación confunde. Amarse y, por ende, respetarse a sí mismo, es imprescindible para vivir a gusto con la persona que tienes que convivir toda tu vida durante todas las horas de tu vida, de acuerdo. Pero el egoísmo no tiene nada que ver, ni de lejos, con el amor. Egoísmo es vivir permanentemente en un estado de yoísmo que impide ver y comprender los intereses de los demás, y esa ignorancia del otro impide ver y comprender los auténticos intereses de uno mismo; impide vivir en un estado de felicidad permanente. 

El egoísmo convierte a quien lo padece en un burro según la segunda acepción del diccionario: persona bruta e incivil; bruta por necia, torpe, tosca; incivil por falta de cultura, de educación, por grosería. El egoísta carece de empatía, y siendo la empatía un sentimiento que distingue exclusivamente a los seres humanos, su carencia revela que la persona no ha evolucionado a la categoría de ser humano. El egoísta tiene su razón atrofiada por falta de uso. El egoísta es, por lo tanto y en realidad, un burro, en esa segunda acepción del término.

Que alguien creado para llegar a ser humano se quede en burro parece un fracaso de la creación, a menos que la persona que de ese modo se estanca se haya estancado por su propia voluntad; la voluntad de no plantearse nunca para qué ha venido a este mundo. El planteamiento lleva a una deducción muy sencilla. El ser humano posee las cualidades necesarias para ser feliz aunque circunstancias adversas le impidan sentirse alegre. La alegría, el júbilo es un sentimiento pasajero, como una fiesta. La felicidad es un estado permanente que ninguna circunstancia puede alterar porque nace y se nutre del amor y el respeto a uno mismo.

Las actuales circunstancias políticas en la mayor parte del mundo amenazan convertir a la mayoría de los ciudadanos en burros. La amenaza está sumiendo a los seres humanos en reflexiones lóbregas. 

La primera potencia mundial estuvo a punto de perder las libertades y derechos que garantiza la democracia el 6 de enero de 2021 cuando una horda de burros muy brutos asaltaron el Capitolio de los Estados Unidos para alterar el resultado de las elecciones y mantener en el poder a un burro más bruto que todos juntos dispuesto a instaurarse como dictador vitalicio en la democracia más antigua. Donald Trump y la horda de sus seguidores fracasaron en ese intento, pero están dispuestos a volverlo a intentar en las elecciones de 2024. ¿Qué les garantiza la posibilidad de triunfo? La derechización de millones de egoístas a quienes no importan en absoluto la igualdad y la justicia social; egoístas incapaces de pensar que un día pueden ser ellos quienes necesiten leyes de igualdad y justicia que les permitan vivir dignamente.

En Madrid, a una mayoría de egoístas no importó en absoluto que las políticas de una mujer aún más egoísta que todos juntos negara asistencia hospitalaria a miles de ancianos enfermos de covid, por dar solo un ejemplo de su gobierno inhumano. La agonía de esos ancianos en residencias supera las escenas más truculentas de una película de terror. La mayoría de los egoístas votó en las elecciones para confirmar a esa mujer en el poder prescindiendo de la falta de humanidad que demostraba su voto. 

Hoy, dicen las encuestas que la mayoría de los egoístas andaluces votarán para que siga en el poder un hombre que echó a miles de sanitarios de la sanidad pública poniendo en peligro la vida de enfermos que carecen de asistencia médica por falta de personal; por dar solo un ejemplo de su gobierno inhumano. 

Los seres auténticamente humanos se preguntan qué está pasando; se preguntan si tantos millones en el mundo entero están dispuestos a renunciar a su humanidad o han llegado a tal punto de burricie que ya ni saben lo que la cualidad humana exige. Lo que menos se entiende es que esos burros ni siquiera puedan detenerse a considerar que al entregar el poder a partidos con ideas inhumanas, se arriesgan a convertirse ellos mismos en víctimas de esas ideas. Lo que menos se entiende es que tantos quieran vivir como burros a merced de dueños brutos. Lo que menos se entiende es que, encima de burros, quieran vivir apaleados. 

Al carajo las encuestas

Debate decisivo. Canal Sur

Habrá quien, fuera de Andalucía, ignore a las elecciones andaluzas por considerarlas un asunto extraño a sus intereses. También hay quien, por lo mismo, las ignora aún viviendo en territorio andaluz. Mientras, en la nube negra en la que se refocilan las fuerzas malignas que están amenazando al mundo entero, estallan risas de película de vikingos en una escena de plena borrachera. Se ríen de nosotros, se ríen de los que van por la vida creyéndose algo sin darse cuenta de que, para los reyes de las finanzas, solo somos bufones reemplazables. 

Todos los analistas de la realidad sociológica y política coinciden en que los ciudadanos con derecho a votar se han derechizado. Prescindiendo de explicaciones filosóficas y psicológicas y sociológicas y de cifras y de cuanto solo pueda interesar a especialistas, la aparente derechización de sociedades diversas puede observarla cualquiera, por poca luz que tenga su entendimiento, a simple vista de pájaro. Parece una moda, como la de los vaqueros rotos o descosidos. 

A finales de los años 60 del pasado siglo, la moda era la revolución. Las sociedades empezaron a izquierdizarse. Lo moderno era  transgredir las normas que habían impuesto hasta entonces sociedades clasistas. Pero la moda es cíclica; tiene que serlo porque no hay diseñador capaz de producir novedades sin límite. De repente, alguien tuvo la brillantísima idea de inventar la tarjeta de crédito y las vidas de casi todos dieron un vuelco. El nuevo siglo empezó a imponer una moda vieja con ciertos detalles que la hicieran pasar por nueva. Volvieron los vaqueros rotos que habían hecho furor en los 90, pero volvieron de marca y caros para que nadie los confundiera con los pantalones gastados de un obrero. Las tarjetas de crédito permitieron a las masas acceder a ese lujo y al lujo de sentirse burgueses y distinguirse del montón por su observancia de la moda y su capacidad de cambiar de coche y de ir de vacaciones a algún lugar más o menos remoto en el que creerse ricos por unos días gracias a a la indolencia que suponían a los ricos. 

Mientras, los banqueros se reían, se ríen, calculando ingresos multimillonarios procedentes de los medio pobres que se tienen por medio ricos gracias a tarjetas de crédito y préstamos. Las cifras de empleo van bien y eso significa que van bien las nóminas ingresadas en bancos y eso significa que, amparados por esas nóminas, los del montón podrán seguir endeudándose para seguir creyendo que pertenecen a una clase superior. De esa ilusión crecen las fortunas mareantes de banqueros y de quienes venden productos que atraen a millones de medio pobres que se endeudan para comprarlos, para sentirse miembros de esa nueva clase global de quienes empeñan sus vidas para pasar por acomodados. Es muy probable que de esa nueva clase haya surgido la derechización.

Con los pies en la tierra y sin dejar que la mente se ponga a elucubrar sesudas explicaciones, cabe responder sencillamente a una sencillísima pregunta. La derechización, ¿qué tiene de malo? Si uno se lo pregunta a los millones que por el mundo entero asisten a mítines de politiqueros de las llamadas derechas y ultraderechas, dirán que nada y que al contrario. La gestualidad de un Donald Trump, por ejemplo, con movimientos de labios y cabeza dieciochescos, algo afeminados, extravagantes en un cuerpo de su envergadura, y los disparates y  barbaridades que dice resultan más divertidos que cualquier espectáculo. No es lo mismo ver y oír a un comediante esforzarse por un sueldo para hacer reír, que ver y oír a todo un político soltando paridas con gestos estrambóticos, máxime si es presidente de alguna parte. Y aunque todavía no sea presidente. En nuestra Andalucía, sin ir más lejos, acabamos de tener una demostración. Abascal, o los asesores de campaña de Vox, tuvieron la brillante idea de traer a Georgia Meloni, italiana ex ministra en uno de los gobiernos de Berlusconi y presidenta de varias juventudes fascistas, como estrella en un mitin de Macarena Olona. Puse vídeo del mitin. Empezó la señora con una voz tan baja y suave que me costó oírla. Acerqué mi oreja al aparato por el que sale el sonido y de pronto la individua suelta un grito que descontrola mi mano y me doy en todos los dientes con mi taza de té. Chilla, no para de chillar al punto que parece que le va a dar algo. Que sí y que no, dice. Que sí a la familia natural y que no al lobby LGTBI; que sí a la identidad sexual y no a la ideología de género; que sí a la cruz y que no a la violencia islamista; que no a la inmigración, que sí a la vida y que no a la muerte. La honestidad me exige decir la verdad y la digo con perdón. Los chillidos y los síes y los noes de aquella mujer hicieron retumbar en mi mente una sola palabra: joder. Una palabra que siguió retumbando como un eco mientras veía a cientos, o eran miles, de asistentes ponerse de pie y empezar a aplaudir y a gritar tan rabiosamente como un forofo tras un gol de su equipo. Cuando los gritos se apagaron, agradecí el aire de mi ventilador y el efecto del fumarato de bisoprolol que me había tomado poco antes de que empezara el escándalo.  

¿Qué tiene de malo la derechización? Dicen las encuestas que en las elecciones andaluzas del 19J la mayoría votará por los que aplauden los síes y los noes de la italiana y de sus correligionarios españoles. ¿Y eso qué significa? Eso significa fanatismo, intolerancia, pérdida de libertades y derechos.  Pero no será para tanto. Dicen las encuestas que el que va a ganar es un señorito muy bien vestido, simpático, comprensivo, muy preocupado por la gente, dice. Dicen que si no gana con votos suficientes gobernará con los de la que chilla, pero eso está por ver. Por lo pronto, a millones de medio pobres con créditos que les maquillan de medio ricos no les queda otra que votar por el señorito tan educado que viste tan bien porque ese voto es como el carnet de miembro de la clase global de acomodados. Hoy no está bien visto votar por un partido que lleva en sus siglas lo de Obrero por más que sus políticas beneficien a obreros. Los obreros son de una clase inferior. Hoy no está bien visto ir predicando justicia social. Eso es de los que pasan su tiempo libre en ONGs porque no pueden permitirse otra cosa. Hoy se lleva el individualismo, dicen en la radio, porque en el fondo todo individuo es un emprendedor y emprender empieza por conseguir una buena nómina que se pueda estirar hasta que llegue el éxito definitivo con una buena pensión.

¿Que qué tiene de malo la derechización? Para los ancianos enfermos que murieron desatendidos en residencias madrileñas, por ejemplo, nada. Muertos están y, total, ya habían vivido. La derechización entronizó a una mujer joven y saludable que gracias a su gracia chulona  está haciendo a la capital de España más famosa que el chotis de Agustín Lara. Pero no hay médicos. ¿Y quién quiere oír hablar de médicos? Vencida la pandemia, los enfermos vuelven a ser una minoría, y las minorías no ganan elecciones. ¿Es por eso que el señorito que aspira a renovar su mandato como presidente de Andalucía no se lo pensó mucho para echar a miles de médicos cuando se dio a la pandemia por vencida? Exacto. ¿Y todos esos que se quedaron sin médico y tienen que esperar meses por asistencia, por un diagnóstico, por una intervención? Enfermos, o sea, minorías. ¿Pero no dice el señorito que le importa la gente? La gente viva, saludable, con edad y con ganas de votar por quien es la quintaesencia del señorito de buena familia para que, en el momento de depositar el voto, el votante se sienta miembro bona fide del gran club universal de las derechas.

La palabrota que me sacó el espectáculo de la fascista italiana me sigue dando vueltas en la mente cada vez que intento reflexionar. Dicen las encuestas, me repite, además, la aguafiestas que llevo dentro con su irreductible racionalidad. Al carajo, le responde la que dentro de mi quiere seguir creyendo en un mundo en que la mayoría haya evolucionado al nivel de ser humano. Las encuestas no son infalibles; es más, raras veces aciertan. Aún quedan días para animarse pensando que un votante no tiene por qué confundir unas elecciones con un partido de fútbol; que un votante ante la urna sabrá que se juega su propio bienestar y el de su familia durante los siguientes cuatro años. 

Hoy, Andalucía guarda el secreto de lo que será el futuro de los andaluces. Para no escuchar voces agoreras, mi memoria me canta, con la voz cristalina de mi madre, la «Andaluza» de Granados que me cantaba cuando era muy pequeña: «Andalucía, sultana mora. Reina del día que ríe y llora…Alma de España que guarda en su entraña amor». Al carajo las encuestas. 

Como en un partido de fútbol

Dos días después de la fiesta con borrachera que vivió un sector del país durante la visita del rey emérito, Don Juan Carlos I, aún dura la resaca. Fiesta de la prensa del corazón y de otros medios que se cordializaron para regalar a los españoles el recuerdo de la época luminosa en que los reyes y los príncipes se paseaban por calles y mares dando a nuestra España un toque de distinción aristocrática, con una familia real monísima y encantadora, ejemplo de familia bien avenida. Pero aquella era otra época. La fiesta que empezó el jueves 19 de mayo con la llegada a España del rey jubilado fue una fiesta de tercera, como corresponde a nuestros tiempos; tiempos iconoclastas en que se ha depuesto la excelencia para entronizar a la estupidez.  

La estupidez reinante, en nuestro país y países afines, se caracteriza por la división en dos tribus conducidas por líderes irreconciliables. En un bando, los que exigen devoción a los dioses antiguos, a sus leyes y a sus normas. En el otro, una hornada de protestantes, creadores modernos empeñados en convertirse en dioses de una nueva realidad. A la triste fiesta de la llegada del rey depuesto asistieron de lejos las dos tribus, cada cual por su lado y sin mezclarse, para que la plebe viese con toda claridad que España, como todos los países importantes,  es un país dividido como mandan dioses y demonios. Quienes tienen la suerte o la gracia genética o divina de pensar sin imposiciones tribales se preguntan, como el genial humorista que fue Eugenio, «¿Hay alguien más?» Parece que entre una tribu y otra hay un grupo de personas libres de dogmas que viven hincando los codos para sacar al país adelante. Pero, por lo que se oye y se ve, el trabajo de este grupo no interesa a nadie. Las dos tribus imperantes lo ponen a parir por cualquier motivo y a todas horas porque su manía de trabajar delata la ociosidad de los líderes de las tribus. Los medios lo detestan porque aburre. Los que aburren no han ido  a la fiesta. 

La visita de Juan Carlos prometió a periodistas, comentaristas y tertulianos un fin de semana sin aburrimiento. Los de la tribu de los antiguos entonaron alabanzas al antiguo régimen y al egregio monarca que modernizó el país. Pero cómo, ¿no le consideraban antes traidor por renunciar a los valores del papa español que llamó a la cruzada nacional contra los infieles demócratas? ¿No se considera anatema cuanto tenga que ver con la modernización? En otros tiempos. Ahora se trata de defender a la sagrada y muy antigua institución de la monarquía, baluarte de valores eternos como la predominancia del macho sobre su costilla, el matrimonio indisoluble y único entre hombre y mujer, la educación de los niños en el respeto a los valores eternos de quienes defienden los valores eternos de la patria. Eso es lo que exigen los tiempos modernos bajo la férula de los defensores de la antigüedad. Y el rey reinante, ¿qué tiene que ver con todo eso? Todo eso lo cumple sirviendo de ejemplo a la sociedad. ¿Y su padre? De su conducta no se habla. Por infiel y corrupto, su  historia resulta más propia de ser comentada por la tribu de los protestantes. ¿Y qué le van a criticar? Al rey jubilado no se le puede culpar por tener queridas; la infidelidad es costumbre avalada por los siglos y signo, además, de opulencia. Al rey jubilado se le hubiera imputado un rosario de delitos económicos de los cuales sí se le habría podido culpar si no fuese por inviolabilidad y prescripciones. Y como estamos en una democracia, lo niegue quien lo niegue, de esa culpabilidad imposible se han agarrado los de la tribu protestante para denostarle por haberse atrevido a pisar suelo español y navegar en españolas aguas como si no se hubiera embolsado millones extranjeros por su condición de rey y no se hubiera dignado a pagar impuestos por sus ilícitas comisiones. 

Y en esas estamos aunque ya hace días que el jubilado volvió a su exilio. Aquí, los protestantes siguen repitiendo que Juan Carlos se ha burlado de los españoles a los que, al menos, debería explicar su enriquecimiento. Hasta el grupo de los que trabajan por España gobernando repiten lo mismo para que les dejen gobernar en paz. Y el que piensa se pregunta si hay algún español del montón a quien interese escuchar las explicaciones del emérito. Los periodistas no se lo preguntan por miedo a quedarse sin la última escena de la comedia, aunque una periodista hubo con arrestos suficientes para  preguntarle al mismísimo rey jubilado si iba a dar explicaciones. Juan Carlos, tan campechano y espabilado como siempre, le respondió con otra pregunta: «¿Explicaciones de qué?» Pregunta cargada de razón y de razones.  

Nadie quiere explicaciones de cómo se pergeñaron proyectos y se acordaron comisiones entre tecnócratas, políticos y amigos del rey. ¿A quién le va a interesar semejante maraña teniendo que exprimirse los sesos cada mes para cuadrar la economía doméstica? Tampoco importa a quien se interesa por algo intelectualmente más sustancioso que los recibos habituales. ¿Explicaciones de qué? ¿De cómo se enriquecen y eluden impuestos los millonarios? La historia es tan vieja como la invención del dinero y de los impuestos. Quien se interese por el asunto a pesar de su obsolescencia puede acudir a los múltiples juzgados que en este país siempre tienen algún caso de corrupción que tratar. 

Hay muchos asuntos que requieren explicaciones, sí; asuntos de rabiosa actualidad, como se dice, que afectan a todos los españoles. Por ejemplo, ¿qué tiene en la cabeza el que se lanza a golpes o con navaja en mano contra una pareja de homosexuales que se atreven a manifestar su cariño como si fueran heteros? ¿Envidia, tal vez? ¿Y qué tiene en la cabeza el que, sabiéndose homosexual, vota a las derechas que condenan la homosexualidad? ¿Ansias de redención? Y por ejemplo, ¿en qué están pensando los padres de un chico condenado por violar, solo o con otros, a una niña o a una mujer, a la hora de votar por las derechas que prohíben la educación sexual en los colegios? Y otro ejemplo, ¿qué piensa el que han acusado de violencia machista y espera juicio, cuando vota a las derechas que le convencieron de que la violencia de género no existe? Y otro, el que acaba creyendo que los inmigrantes roban trabajo a los españoles y cometen crímenes execrables que los españoles son incapaces de cometer, ¿en qué piensa cuando vota a las derechas que le toman por imbécil? Y otro ejemplo y otro y otro. ¿Quién tiene que explicar a los españoles que se rigen por valores humanos cómo es posible que millones voten a los líderes de las tribus que intentan llevar a todos a los tiempos de la pre humanidad? Nadie, ni los mismos líderes de esas tribus que de vez en cuando ganan aquí y allá pueden explicarlo porque las explicaciones yacen en el lugar más oscuro y recóndito de la mente de los que votan por su propia destrucción. Y los protestantes y los medios que pretenden observar seriedad dicen y repiten por todas las ondas que el emérito tiene que dar explicaciones de su corrupción; ¡vamos, hombre!

Esta tarde en España, esta mañana en los Estados Unidos, dos decenas de familias lloran la muerte de sus niños y de dos maestros. Hace años, un gobierno demócrata propuso leyes para el control de armas; para evitar que las armas siguieran cayendo en manos de psicópatas asesinos. Esas leyes duermen en un cajón porque los demócratas no tienen senadores suficientes para aprobarlas. De nada servirá que el presidente y su vicepresidenta hayan vuelto a  clamar, al borde de las lágrimas, por que esas leyes se aprueben. Millones de americanos defienden su derecho a portar las armas que les venga en gana, cómo y dónde les venga en gana. Millones de americanos defienden el derecho de los hombres a decidir el futuro de las mujeres. Millones de americanos defienden el derecho de las empresas a no pagar impuestos proporcionales a sus ganancias. Millones de americanos defienden la sanidad privada. Millones de americanos votan por el Partido Republicano, la tribu que en América exige devoción a los dioses antiguos, a sus leyes y a sus normas; la tribu que aún venera de rodillas a un comediante que se hace pasar por reencarnación de las fuerzas destructivas de la mitología germánica: Donald Trump. 

Hoy, un noticiero enseñó a millones de españoles una cola donde varios cientos llevaban doce horas esperando para comprar entradas a un importante partido de fútbol. Cuesta creer que algunos de ellos estuvieran pensando en que les debían una explicación el rey emérito, su hijo, las tribus que los defienden a los dos. Nadie quiere perder el tiempo oyendo, mucho menos buscando explicaciones. A la hora de votar, se va y se vota y se acabó. ¿Votar por quién? Por el que más goles meta al contrario divirtiendo al personal; como en un partido de fútbol. 

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