A corromper el mundo

Por los vericuetos de la memoria, tan enrevesados como las circunvoluciones cerebrales, la situación actual de este planeta de locos me llevó al lugar oscuro y maloliente donde un día se me archivó el recuerdo de uno de los libros más monstruosos, más horripilantes  que he leído en mi vida: el Libro de Job. Omito las razones que me obligaron a leerlo la primera vez. Admito que lo he vuelto a leer tragándome la mala leche porque en mi mente se encendió una bombilla que me hizo asociar el espanto que en ese libro se describe a la situación espantosa que hoy estamos viviendo los mortales en todos los rincones de este ancho mundo. En mala hora. Para intentar soportar tragedias leyendo tragedias hay que ser masoquista. Pero me libra del diagnóstico la verdadera intención que me movió a imponerme esa tortura. El Pepito Grillo que siempre está incordiando mi conciencia me aseguró que no podría encontrar mejor referencia para denunciar la podredumbre en la que nos ha tocado vivir que ese libro bíblico que gana en horror al Apocalipsis porque el Apocalipsis se escribió mucho después. 

Nuestra tragedia, la tragedia sin fin del género humano empezó cuando  los hombres se pusieron a inventar dioses. Desde la aparición de la conciencia humana, a los individuos pensantes se les ocurrió que este mundo y que ellos mismos no podían haberse creado solos. Así descubrieron a un Creador. Pero en vez de conformarse con el descubrimiento, enseguida empezaron a tejer mitos; a llenar todos los misterios, todo lo inexplicable con las paridas de su imaginación. La tragedia sobrevino cuando a los más listos de cada comunidad se les ocurrió utilizar a los dioses y a los mitos para sojuzgar al resto. Sólo uno de esos mortales dejó fe de su gran inteligencia y de su profundo respeto a la simplicidad infinita del Creador y de su voluntad al crear todo lo creado. Mientras hombres de todas las latitudes montaban cielos e infiernos con dioses que superaban los vicios de los mortales divinizando la  depravación, la crueldad, todas las lacras que ensucian el alma humana, un hombre, un sólo hombre consiguió comprender la omnipotencia y omnisciencia de un Creador perfectísimo del cual no puede decirse absolutamente nada porque la mente humana no puede comprender a un ser superior ni, por lo tanto, explicarlo sin inventar mitos. Ese hombre narró la creación en el primer capítulo del Génesis con la simplicidad que exigía su respeto y, como Dios, vio que todo estaba muy bien y no escribió nada más. 

Todo el llamado Antiguo Testamento de la Biblia debería reducirse a ese único capítulo que sí parece inspirado por Dios mismo, pero a partir del segundo capítulo, los hombres sacan su pata diabólica para ponerse a escribir barbaridades sobre un dios humanizado por el temor, la envidia, la crueldad y lo peor que aquejaba a las almas de los llamados “escritores sagrados” o de los gobernantes que les dictaban lo que debían escribir para someter a la plebe. Hasta el día de hoy, las religiones mayoritarias resaltan como la mayor virtud de sus fieles el temor de Dios. 

Y vaya si nos dan razones para temer a esos dioses. Entre ellos, uno de los que inspira más pavor es el del Libro de Job. Empieza ese dios hablando con Satán y dándole permiso para causar todo tipo de desgracias al hombre más justo y devoto de la tierra con la única orden de respetar su vida. La conversación parece más bien una apuesta entre ese dios y el demonio. Ese dios apuesta por que, le pasen las desgracias que le pasen, ese santo varón seguirá alabándole y sirviéndole. El demonio dice que de eso, nada; que si se le tuerce la fortuna, ese hombre acabará renegando del dios que ha permitido su desgracia. Y allá va el demonio, con permiso de ese dios,  a matar a todas las miles de reses que Job, el santo varón, poseía y a derrumbar el edificio en el que su siete hijos celebraban una cena matándolos a todos y a causarle al pobre hombre una infección que le llena el cuerpo de pústulas dolorosas y malolientes que le obligan a recluirse en un estercolero porque hasta a su mujer le da asco verle y olerle.  Por si fuera poco, tres amigos le visitan en tan asqueroso lugar con el propósito de consolarle, pero como pasa a menudo,  el pretendido consuelo sale de sus bocas con el aire de superioridad de quien, en vez de consolar, ofrece explicaciones para todos los males y aporta soluciones como si las conociera todas. El libro se compone de los discursos de los tres amigos y las réplicas de Job. 

Quien tenga la paciencia de leer esos discursos y la inteligencia de asociarlos a nuestros días, temblará de pavor. Esos individuos atribuyen a su dios cualidades y defectos que hoy, encarnados en ciertos políticos,  amenazan destruir el mundo trocito a trocito. El dios de esos discursos atenta contra la libertad individual e inflige al hombre  los peores castigos sólo por atreverse a ser libre. Quien analice a ese dios con detenimiento logrará descubrir las cualidades que los tiranos y las hoy llamadas derechas de todas las épocas han atribuido a sus dioses para aterrorizar a la plebe y mantener a todos sumisos. Para conseguirlo, cuentan con la ignorancia de la mayoría. Dice Job en una de sus réplicas: “En verdad, vosotros sois el pueblo, con vosotros la Sabiduría morirá”.

Los brutos que cuentan con la muerte de la sabiduría confían en la credulidad de los ignorantes para meterles en la cabeza todas las trolas que les convienen para conseguir y aferrarse al poder. Trump no se cansa de repetir que le robaron la elecciones. Ayuso no se cansa de repetir que la libertad de hacer lo que a uno le dé la gana es un derecho superior al de no infectarse y no infectar a parientes y conocidos con el virus que nos está infectando a todos y que puede matarnos. Abascal no se cansa de repetir que los inmigrantes entran en España a violar mujeres y a robar, para mantener en ebullición la violencia de sus huestes por si un día hace falta para conseguir el poder a las malas. Los segundos y terceros de estos líderes no se cansan de repetir lo que sus líderes repiten. Esa sarta de mentiras infames que las derechas dejan caer sobre los cerebros de los ignorantes como una gota china tienen el aval de la envidia y la venganza que los hombres han atribuido a sus dioses desde el principio de los siglos. Eso les exime de culpa por sus mentiras y les permite mentir impunemente cuanto quieran. ¿No hacen sus dioses lo mismo? El límite a las mentiras de un político corrupto sólo lo establece su imaginación; imaginación omnipotente capaz de crear dioses a la medida de su maldad. “Vosotros no sois más que charlatanes, curanderos todos de quimeras”, les diría Job, y con razón.

Corren por las redes fotos que sobrecogen. En una está Casado rodeado de ovejas como el Buen Pastor que de Cristo predica la Iglesia. En otra, Ayuso conmueve posando como una Dolorosa que pide un paso de palio para que la saquen en procesión. La referencia a tradiciones religiosas no es casual. Hasta a quien se proclama ateo le sale de vez en cuando, aunque sea  involuntariamente, un ramalazo de fe. El hombre, macho y hembra, se siente demasiado solo en este mundo como para no necesitar el consuelo de una ayuda sobrenatural. Quien rechaza religiones institucionalizadas, se abraza a creencias que le llenen el vacío. Últimamente, por ejemplo, millones de americanos se confiesan creyentes de una secta llamada QAnon. Si se curan de las fantasías demenciales que predica esa secta, ya se inventarán otra. Porque si de algo es el ser humano consciente desde su nacimiento, es de su impotencia, y esa impotencia lleva a los desprevenidos a entregar su voluntad a cualquiera que les ofrezca protección, natural o sobrenatural imaginario. Muchos se preguntan de qué sirve un Dios que no pueda acabar con las desgracias y dejarnos vivir con la esperanza de que todas las desgracias se acabarán. Muchos piensan que un Dios que no nos ofrece su divina providencia no sirve para nada. Muchos prefieren ignorar la existencia de la divinidad demostrando, aunque no se lo propongan, que los creyentes lo son por interés. Eso, ciertos políticos lo tienen también muy claro y por eso no se cortan a la hora de prometer.

Hoy los políticos corruptos nos prometen libertad para matarnos y matar a los demás. Varios gobernadores americanos han prohibido la imposición de mascarillas a los niños que empezarán sus clases en los colegios la semana que viene, en nombre de la libertad de los padres para permitir que se infecte quien se tenga que infectar. De Afganistán huyen millones despavoridos ante el avance de los talibanes que prohíben todo tipo de libertades en nombre de su dios, menos la libertad de matar a cualquiera que les lleve la contraria. En nombre de su dios, hay obispos y sacerdotes en nuestro país que justifican la violencia de género y el abuso de niños y que atribuyen la discapacidad mental de los hijos a los pecados de sus padres. Son sus dioses, dicen los creyentes en la desigualdad,  los que permiten el enriquecimiento de los ricos por el medio que quieran y puedan y la miseria de los pobres por no saber o poder medrar. Esos dioses son los que, por los siglos de los siglos, han bendecido la ignorancia porque el que se preocupa por saber acaba perdiéndoles el temor.  

Nadie puede demostrar que Dios existe. Nadie puede demostrar lo contrario. Pero cualquier ser humano que se precie puede negarse a aceptar dioses corrompidos por hombres corruptos que los utilizan para corromper el mundo.         

Publicado por MARIA MIR-ROCAFORT - WEB

Bloguera. Columnista

3 comentarios sobre “A corromper el mundo

  1. Desde el Homo sapiens al Homo sapiens sapiens, 365.000 años nos contemplan. La cifra puede variar, siempre son estimaciones de los paleontólogos, pero por lo que sabemos hasta hoy, es que nuestros orígenes están en el sur de África, en las orillas del río Zambeze. ¿Cómo se te queda el cuerpo, Abascal y la comparsa?.
    La humanidad es débil, siempre necesitamos de otros para salir adelante. Primero es nuestra madre que nos amamanta y nos cuida, somos desvalidos por completo solos. Después el padre cazador que nos enseña a sobrevivir, sea, hace centenares de siglos, o en la actualidad. Luego nos socializamos y nos identificamos con las personas que nos parecen más compatibles con nuestro carácter. Por último buscamos pareja para aparearnos y perpetuar la especie.
    Durante todo ese proceso, hasta la muerte, el ser humano se siente solo, no puede explicar grandes pandemias que han asolado a la humanidad, no entiende determinados fenómenos atmosféricos ni, en definitiva, qué es y para que vino a este mundo. Y ahí comienza el problema: La búsqueda de un ser superior que nos protege y a cuyas decisiones atribuimos todo cuanto no sabemos explicar. Al ser superior lo llamamos Dios, y para controlar el mundo y darle una cierta apariencia de control, llegan los sacerdotes, rabinos, muecines, bonzos… Con ellos llegan los dogmas, las verdades absolutas, la fe a sangre y fuego, la discriminación del que no abraza la fe del carbonero, del que osa pensar que todo depende de nosotros mismos, que nadie sobrenatural nos va a proteger ni a castigar. Y así se va corrompiendo el mundo, porque a esos enviados de los dioses o de un único Dios, la codicia, el adoctrinamiento y el control de los que son sus fieles, les ha llevado a lo largo y ancho de la historia de la humanidad a las mayores calamidades y desgracias.
    Efectivamente, nadie puede demostrar la existencia de Dios ni lo contrario, por lo tanto: libertad absoluta para pensar y elegir lo que mejor convenga a cada cual, para vivir de acuerdo a esos principios morales y éticos que se fundamentan en el respeto al otro.
    He ahí lo que significa libertad, tan solo eso, tanto y tan difícil de eso.

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