Día Internacional del Palabreo

«Parole, parole, parole» cantaba Mina, gran dama de la canción italiana de mi niñez y mi juventud. El Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer ha traído a mi memoria su voz y la sonrisa irónicamente triste con que la cantaba. Palabras, palabras, palabras. 1.171 mujeres asesinadas desde que empezaron a contarse sus cadáveres en 2003. ¿Cuántas más habrá hasta que se muera este año el 31 de diciembre? Mientras tanto y durante nadie sabe cuántos años más, minutos de silencio, flores, manifestaciones con camisetas, pulseritas y pancartas moradas y discursos, muchos discursos, muchas palabras, palabras, palabras. A nadie se le ocurre que mientras miles por todo el mundo se manifiestan y discursean con emotivas palabras reivindicando el derecho de la mujer a vivir sin miedo, a una mujer la está amenazando en su casa  un puño cerrado, un cuchillo. ¿De qué le sirven a esa mujer las manifestaciones, los discursos? ¿De qué le van a servir los minutos de silencio si los golpes o el cuchillo acaban con su vida? 

Todos los golpes que recibí desde los diez a los quince años y el miedo a los golpes que amargaron mi infancia y mi adolescencia me dan derecho a decir, ya sin ambages, que me revientan los minutos de silencio, las manifestaciones y los discursos emotivos que convierten un día como el de hoy en un festival. Mientras miles por todo el mundo se manifiestan y discursean reivindicando el derecho de una mujer, de una niña, a vivir sin miedo, millones por todo el mundo cantan, saltan y gritan por los goles del mundial de Qatar. Mientras miles por todo el mundo se manifiestan y discursean reivindicando el derecho de una mujer, de una niña, a vivir sin miedo, el mundo aparentemente civilizado se postra ante lo millones de Arabia Saudí; ignora la opresión, el terror de las mujeres en Afganistán, en Irán y en muchos etcéteras porque ya no son noticia. Las manifestaciones y los discursos feministas me recuerdan a algún vecino piadoso que alguna vez me curó un golpe que sangraba y no se metió en más honduras porque cada cual tiene sus cosas. Y ese recuerdo me hizo pensar en la cantidad de cosas que tendrá el rey de España que, con tres mujeres en su casa, se va a Qatar sin ningún reparo a ver el juego de los españoles. No sería muy patriota poner en peligro el dinero que países como Qatar y Arabia Saudí invierten en España. Pues bien, los golpes que recibí y el miedo a los golpes con el que viví durante los años más cruciales de mi vida, me dan derecho a decir, a mi provecta edad, que me revienta la hipocresía y que ya va siendo hora de que reviente soltando lo que he callado durante tantos años; repitiendo la solución que tantas veces he escrito demasiado tímidamente. Claro que el problema tiene solución de verdad, sin palabreo. Lo que no tiene solución es la cobardía de quienes, teniendo el poder para solucionar el problema, alivian su conciencia con flores, velas y palabras. 

Una tarde de mis quince años me vi en la terraza del Caribe Hilton de Puerto Rico en una situación que me parecía irreal. Estábamos en una mesa mi padre, mi madre, el segundo marido de mi madre y yo. Dos días antes, mi madre había recibido un telegrama anunciándole la llegada de mi padre al país y ese telegrama había causado en la casa pánico. Yo tenía un ojo medio cerrado por un puñetazo y llevaba varios días diciendo lo que me pedía mi madre que dijera; que me había caído. Eso iba a decirle a mi padre cuando me preguntara, pero mi padre no me preguntó. Sin estridencia alguna, con voz hasta cordial, mi padre se dirigió al marido de mi madre. «Me han dicho que le pega usted a mi hija». El marido de mi madre se explayó enumerando todos los defectos que me convertían en merecedora de todos los golpes. Mi padre le escuchó sin interrumpirle. Cuando el cafre hubo terminado, la cara de mi padre se transformó sin ningún aspaviento. Le miró fijamente con la seriedad de Fassman en el escenario y le dijo, «Usted es un cobarde». La frase y su efecto fueron para mí una revelación. Aquel individuo grande y robusto que desde mis diez años me pegaba todos los días con mano abierta y puño cerrado y cinturón y cualquier cosa que tuviera en la mano,  se convirtió de pronto en un alfeñique tembloroso. «Los tipos como usted», siguió mi padre, «solo pegan a las mujeres porque con un hombre no se atreven.» En ese momento, sentí que se me había muerto el miedo.  Mi padre dijo más, pero no lo recuerdo. «Si vuelvo a enterarme de que pega a mi hija», concluyó, «se va a tener que enfrentar conmigo y le aseguro que lo voy a dejar hecho trizas». El cafre no volvió a pegarme nunca más aunque me hacía la vida imposible con lo que ahora llaman maltrato psicológico. Dos años después, me negué a volver a la casa de mi madre. El asunto se solucionó.  

¿Existe una auténtica intención de solucionar la violencia que sufren las mujeres por parte de sus parejas y de otros hombres? Feministas y políticos responden al unísono que solo se soluciona con la educación. Y sí, es necesario educar a los chicos para que repudien el machismo y a las chicas, para que no lo toleren. Pero no es suficiente. El mundo está lleno de homínidos que no logran evolucionar al grado de seres humanos, y algunos de esos homínidos son cafres. La educación puede transformar en ser humano consciente a quien tenga la disposición de aceptar un criterio moral y de regir por él su conducta. Pero eso, evidentemente, depende de la voluntad de cada cual. ¿Se puede solucionar la violencia contra las mujeres esperando que los hombres quieran educarse y se eduquen? Solo si a feministas y políticos no les importa seguir esperando años de manifestaciones, flores, velas y discursos para decir a las mujeres maltratadas cuánto importa su tragedia personal.  

La única auténtica solución me la sugirió mi padre aquella tarde. Los cafres son cobardes que atacan al más débil porque saben que no se podrá defender. Los hombres cafres maltratan a las mujeres porque las superan en porcentaje de testosterona en sangre y la testosterona incrementa la masa muscular y ósea y la fuerza. Ante los golpes de un cafre, una mujer no tiene defensa posible. Pero, ¿qué pasaría si esa mujer tuviera maña suficiente para evitar los golpes del cafre y vencer su fuerza?  La pregunta encontraría respuesta rápidamente si en todo los colegios se impartieran, por ley, a las niñas clases de defensa personal y esas clases se impartieran a adultas gratuitamente. ¿De qué sirve que en manifestaciones y pancartas feministas se diga que la mujer quiere salir a la calle sin miedo? No sirve absolutamente para nada porque el que está dispuesto a violar a una mujer que ve caminando sola  no piensa en manifestación ni en pancarta alguna. Otra cosa muy distinta ocurriría si cundiera la información de que las chicas salen del colegio sabiéndose defender. Poco después de aquella tarde memorable en la que mi padre me reveló muchas cosas sin saberlo, salió en la portada de varios periódicos americanos la  noticia de que un japonés delgado y bajito había dejado tontos en el suelo a cuatro hombres que le habían atacado en un callejón. El japonés tenía una academia de karate y judo. La noticia puso de moda a las artes marciales causando furor.

Con las clases de defensa personal desde pequeñas, se acabaría el problema de la violencia contra las mujeres. ¿Cómo es que esa solución tan sencilla no se le ocurre a nadie? La respuesta nos enfrenta a otro problema. ¿Cuántos políticos hay en los países democráticos que se atrevan a proponer esa solución? Evidentemente, ninguno.  

Para enseñar a los niños la igualdad de facultades y derechos de hombres y mujeres, bastaría leerles y explicarles el primer capítulo del Génesis. «Creó, pues, Dios al hombre…macho y hembra los creó». Sustitúyase la palabra Dios por Naturaleza para los no creyentes; la igualdad de machos y hembras de la misma especie sigue siendo cierta. ¿De dónde salió entonces la desigualdad que las mujeres tuvieron que sufrir durante siglos, que aún sufren en algunos países, que siguen sufriendo en países democráticos que conservan discriminaciones atávicas? Salió de la superioridad que al hombre otorga la testosterona y de la doctrina y los mandamientos de los dioses creados por los hombres. Hoy por hoy, la desigualdad intelectual de las mujeres solo la puede afirmar un imbécil. La desigualdad física no se puede negar y por eso los cafres siguen maltratando y matando a mujeres.

Publicado por MARIA MIR-ROCAFORT - WEB

Bloguera. Columnista

3 comentarios sobre “Día Internacional del Palabreo

  1. Parole, parole, parole, Soltanto parole.
    Es cierto, María, la palabrería llena de lugares comunes y gastados eslóganes no parece estar consiguiendo grandes logros en la lucha contra la violencia de género.
    Las manifestaciones, lazos morados y pancartas tampoco parecen llegar a los bárbaros a los que ni prestan atención a ese movimiento; bueno, sí, lo bautizan como feminazis… Hay que j…e
    Tu propuesta suena bien, amiga, pero quizás lo único que se lograría es que la lucha de la educación y la inteligencia fuese sustituida por la contienda entre hombres cafres y mujeres luchadoras ¿Lograría eso que se terminasen los asesinatos machistas, las violaciones y el acoso psicológico y la brutalidad?… No lo sé, francamente.
    En familias, digamos normales, los hijos e hijas siguen el ejemplo de lo que ven; los padres no se gritan, no se pelean y sus discusiones, que por supuesto las hay, se dirimen siempre sin la presencia de los hijos.
    Debo decir, hablando de experiencias personales, que yo me crié en ese ambiente, quizás esa sea una de las razones por las que yo nunca he ejercido la violencia física que tanto me repugna. Pero entiendo que los comportamientos contrarios existen, que son intolerables y que algo hay que hacer, además de todo lo hecho hasta el momento con escuetos resultados.
    Sigo pensando, quizás ingenuamente, que la educación en casa y en la escuela, desde el parbulario, son las mejores armas para combatir esa lacra intolerable que lo invade todo, eso y unas penas que hagan pensarselo más de una vez a los hombres antes de dar la primera bofetada.
    Hace unos años escribí un poema corto que quiero compartir con todos cuantos nos leen.
    LA ROSA MARCHITA

    ¿Por qué lloráis, mujer, acurrucada en esa esquina?
    Porque la rosa del amor se marchitó y solo quedan espinas
    ¿Cuidasteis de la rosa con fervor regándola cada día?
    La cuidé, señor, y la regué, más el color a la flor no volvía
    ¿Y el hombre que os la dio, os ama todavía?
    Él dice que me ama, oh, señor, pero con crueldad me clava las espinas
    ¿Hicisteis vos algo que lo ofendiese, fuisteis buena esposa y amante?
    Lo fui, señor, yo le amaba, era mi vida, más el dolor mató el amor que le tenía
    No sufras más, mujer, no lloréis, pues no es desdicha el arrancar de cuajo esa flor que os martiriza e iniciar nueva vida, vida que has de vivir sin temor y con justicia, pues no es amor el sufrimiento, ni ama aquel que os trae desdicha.

    Valladolid 25 noviembre 2018
    DOA

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