Perfectamente solos

Veo en mi imaginación a un ser humano solo en medio de un desierto sin elemento alguno, ni vivo ni mineral; perfectamente solo. Veo en mi imaginación una multitud ruidosa que rodea a ese ser humano sin afectar en absoluto su perfecta soledad. Parece una paradoja, dos situaciones que no podemos concebir como simultáneas. Sin embargo, todos sabemos que ambas situaciones han coexistido siempre; que siempre se ha aceptado esa paradoja en la lógica del sentido común porque la avala la incuestionable e indestructible realidad, lo que verdaderamente ocurre al margen de nuestras fantasías o deseos. El ser humano está siempre solo consigo mismo en medio de una multitud. Hoy, esa multitud parece hostil, más hostil que nunca.  

Según investigaciones sociológicas, cada vez son más quienes aceptan el peligro del cambio climático; cada vez son más quienes hacen algo, por poco que sea, para frenar la marcha de una especie estúpida hacia la destrucción del planeta que habita. Curiosamente, según investigaciones de otro tipo de disciplinas, mientras más se preocupa la especie humana por conservar el territorio en el que vive, parece que menos individuos de esa especie se preocupan por la humanidad de su alma. Cada vez son más los individuos con apariencia de personas que parecen prescindir de las potencias que distinguen a un ser humano del resto de los animales; cada vez son más los que parecen haberse estancado en la evolución de su alma hacia la plena humanidad, dejándola, por ejemplo, en el estadio del alma de un burro. 

Los Estados Unidos de América siguen ofreciendo en todos los campos evidencias que alcanzan resonancia internacional y que mueven a millones a la imitación. La semana pasada, ese gran país tan imitado proporcionó al mundo noticiones que atestiguan la veracidad de lo afirmado en el párrafo anterior, revelando de golpe la burricie de la mayoría de los hombres, machos y hembras. Esas noticias confirmaban la inconsistencia de la democracia americana y el peligro real y próximo que amenaza con destruir a esa democracia de por sí defectuosa, más defectuosa que la mayoría de las democracias existentes. Esas noticias cayeron en todo el país y parte del extranjero como bombas fétidas, pero lo que más sorprende es la sorpresa que produjeron en la mayoría y que los analistas políticos manifiestan en todos los medios sin ambages. ¿Qué sorprende a la mayoría? Los Estados Unidos no ha sido nunca un país auténticamente democrático. Entre otros asuntos no menos trascendentes, su sistema electoral no se ciñe al voto popular, por lo que los cargos electos no representan a la mayoría de los votantes. Sorprende, en todo caso, que esta horripilante realidad se haya mostrado por primera vez en cueros  ante todo ciudadano mentalmente normal. De pronto, el Tribunal Supremo otorga a cada uno de los cincuenta estados la facultad de consentir o prohibir a las mujeres el derecho a decidir las circunstancias de su maternidad e impide a la Agencia para la Protección del Medio Ambiente que exija a las empresas cambiar del carbón a fuentes de energía renovable. Estas decisiones y otras por el estilo que se temen, son posibles por la mayoría de jueces conservadores, algunos trumpistas, que desequilibra al Tribunal Supremo y afecta, por ende, a la Constitución y a la democracia del país. De pronto, una testigo confirma al comité que investiga el asalto al Capitolio del 6 de enero del año pasado que Donald Trump intentó por todos los medios, legales e ilegales, anular el resultado de las elecciones presidenciales declarándose ganador a pesar de haber perdido y, por lo tanto, presidente durante cuatro años más. Ya no queda duda de que Donald Trump envió a sus seguidores al Capitolio para evitar la confirmación de Joseph Biden como presidente, en lo que pretendía ser un golpe de estado. De pronto, todo el país se entera de que los Estados Unidos de América estuvo gobernado durante cuatro años por un hombre desequilibrado con todas las características de un autócrata de república bananera. Pero lo que más horripila de esa realidad ya incontestable es que ese aspirante a dictador sigue contando con millones de seguidores que aportan a sus arcas personales cientos de millones de dólares para que pueda comprar su triunfo electoral aunque le hayan fracasado todos sus tejemanejes. ¿En qué beneficia a sus fieles la existencia de semejante psicópata? La realidad nos demuestra que cualquier pregunta racional sobra cuando se intenta argumentar con alguien que ha abdicado del uso de su razón.    

Y bien,  esa espantosa realidad nos hace poner mientes en lo que ya está sucediendo en nuestra parte del mundo. Digamos que por imitación, para simplificar el asunto, el trumpismo se extiende por todas partes como una marea negra. ¿A alguien con mente saludable se le escapa la similitud entre los politiqueros trumpistas americanos y los politiqueros trumpistas españoles, por ejemplo? Aprovechando la aritmética de normas que no respetan las mayorías elegidas, el Partido Popular bloquea la renovación del Consejo General del Poder Judicial y del Tribunal Constitucional. Es decir, se apropia del poder judicial de nuestro país impidiendo que ese poder cumpla su función de servicio a los ciudadanos. Con ese poder atado y bien atado, el Partido Popular y Vox, su excrecencia, dedican sus esfuerzos económicos y de otra índole a asegurarse propaganda favorable en casi todos los medios de comunicación. Trump cuenta con Fox News, Newsmax y otras corporaciones «conservadoras» para propagar sus mentiras y mantener a sus fieles en un trance hipnótico que les impide cuestionar su fidelidad. El Partido Popular y Vox consiguen el mismo efecto aunque por medios aparentemente menos espectaculares. Muchos periodistas y analistas de nuestro país han encontrado la manera de no arriesgar reputación, empleo y sueldo diciendo la verdad, yéndose por la tangente de la equidistancia y el «pero». La equidistancia instila en las mentes de quienes les escuchan la sospecha de que todos los partidos son iguales, y esa sospecha infunde la decisión de no votar.  El «pero» diluye todo comentario positivo sobre los logros del gobierno que se hayan expuesto con anterioridad. Se sabe, sin ninguna duda, que los votantes conservadores no dejan de ir a votar; unos por conveniencia, otros por tradición familiar, otros por miedo al progresismo, otros por haber sucumbido al trance hipnótico inducido por la propaganda. Luego la equidistancia favorece la abstención de los progresistas. El «pero» deja como conclusión un comentario negativo sobre el gobierno progresista para que sea esa conclusión negativa la que se quede en las mentes y prevalezca sobre la noticia de cualquier logro del gobierno que se haya tenido que dar. Ayer la prensa escrita nos ofrecía un ejemplo. Dice un titular: Pedro Sánchez anuncia que hará fijos a más de 67.000 profesionales sanitarios en España. Al que sigue como subtitular: Nuevo enfrentamiento en el Gobierno de coalición por el gasto en Defensa. Conclusión: el gobierno de coalición es una olla de grillos. No puede gobernar bien. No puede durar. Los periodistas y comentaristas salvan su reputación exhibiendo falsa neutralidad mientras observan, a pie juntillas y conscientemente, los consejos de Joseph Goebbles sobre la propaganda política. La equidistancia y los «peros» siempre son defendibles, aunque sea a base de falacias.   

El efecto observable y evidente de todo lo anterior es la polarización, la división de los países en dos bandos. En una esquina, los fieles al «conservadurismo» trumpista incapaces de distinguir una ideología que defiende los privilegios de las élites económicamente más fuertes de otra ideología que defiende los derechos todos los ciudadanos, incluyendo pobres y medio pobres; incapaces de distinguir las  mentiras de la verdad. En la otra esquina, los ciudadanos que creen en la igualdad de derechos y deberes, que conciben la política como gestión de los recursos en beneficio de todos. La lucha entre ambos bandos no tiene una duración prefijada. Las mentiras, las acusaciones, los insultos al contrario de los líderes que confunden, consciente y voluntariamente, la política con el politiqueo van cronificando la división, van convirtiendo a la política en apestada social hasta el punto de prohibirse en ciertas reuniones como tema de conversación para evitar reyertas. Degradar a la política al nivel de obscenidad que no debe discutirse en público produce en el ciudadano normal un rechazo al arte y ciencia que debe garantizar el bien común. Puesto que del gobierno depende la calidad de nuestras vidas, vivir de espaldas al gobierno, a la política, es entregar a otros el poder de administrarnos renunciando a defender nuestros derechos, a defender, por encima de todo, nuestra libertad. Es lo que pretenden los fascistas.

Dicen las encuestas que a millones de americanos no importa tener un presidente que viole la ley. Dice la realidad que a millones de españoles no importa votar a un partido condenado tres veces por beneficiarse de la corrupción. Un rápido análisis del asunto lleva a la conclusión de que millones de personas excusan y hasta admiran al listo que sabe defraudar a los tontos beneficiándose de su debilidad mental. Pero un análisis más profundo revela un pozo sin fondo, un agujero negro en el que desaparece todo vestigio de humanidad.

Ayer, fiesta nacional en los Estados Unidos, un individuo se convirtió en francotirador disparando contra las personas que participaban en un desfile de conmemoración del Día de la Independencia. En todos los medios, los programas de noticias y de comentarios políticos se centraron en el suceso emitiendo vídeos, declaraciones de las autoridades y entrevistas a testigos. Uno de esos testigos condensó en pocas palabras todos los males de este mundo, todos los males que revelan el peligro de extinción del género humano. Era un veinteañero con pinta de burgués saludable que caminaba por una acera junto al desfile cuando empezó el tiroteo. La periodista le pregunta qué sintió viendo a los hombres, mujeres y niños desplomarse en la calle al recibir el impacto de las balas. El joven contesta que son cosas que pasan. La periodista le pregunta si el suceso afectará sus vacaciones. El joven, impertérrito, contesta que no, que no es asunto suyo. 

Son millones los que creen que la política no es asunto suyo, que no es asunto suyo la defensa de la democracia, de las libertades de todos incluyendo a todos, que no es asunto suyo el sufrimiento del prójimo. Son millones los que habitan este mundo sufriendo, sin saberlo, la desnuda soledad del egocéntrico. Naturalmente, quien no encuentra en su alma ni un vestigio de empatía carece del alivio que proporciona confiar en la compasión de los demás. Ese joven tan conforme con las cosas que pasan como pasan no intentará modificarlas, no intentará mejorar el mundo en el que habita. Solo, pavorosamente solo, vivirá engañándose con la compañía virtual que le ofrecen las pantallas; convertirá su vida en un metaverso hasta que las pantallas se apaguen.  

Aún quedan millones al otro lado del cuadrilátero que no se resignan a la extinción de la especie humana; que no se resignan a la helada soledad de quien ignora al prójimo. De esos millones pende la esperanza de todos.     

Publicado por MARIA MIR-ROCAFORT - WEB

Bloguera. Columnista

Un comentario en “Perfectamente solos

  1. Admirada amiga María.
    La densidad y sabiduría que transmite tu artículo da, nuevamente, prueba de lo bien amueblada que tienes la cabeza y por ende el alma.
    La soledad siempre ha sido motivo de inquietud para mi. Nacemos solos y nos vamos de este mundo de igual forma, solos.
    Hace muchos años escribí una elegía a una madre muerta al dar a luz:

    Te fue adversa ya al nacer la fortuna, y apenas eres y estás triste.
    Tristes tus labios y vacíos del tierno pecho de tu madre, insensibles tus manos de caricias y sordos tus oídos de dulces nanas, ciegos tus ojos del entrañable rostro y solo pequeño, desamparado y ya por siempre solo.
    Confundiéndose toda, su sangre y la tuya, que es la misma, no oyó tu feliz grito de nacido, no vio agitarse al aire tus brazos y tu cuerpo estremecerse todo al triunfante momento de la vida.
    No te vio, pequeño, ni te supo tu madre dolorida, pues al darte a ti la tuya dejaba entre algodones de púrpura su vida.

    Valladolid, 1980

    Esa soledad de la irremediable ausencia siempre me sobrecogió. Ahora, con los años y la experiencia de una larga e intensa vida, me preocupan y aterran las soledades que con tanta maestría describes en tu brillante artículo.
    He pasado unos días de relax en mi querida Galicia. Tengo la fortuna de conocer un hotelito «La arboleda», se llama, en la pedanía de Sanxenxo, muy cerca de la playa de La Lanzada y de otras incontables pequeñas calas. Pues bien, cuento esto porque la familia propietaria del hotel es la que trabaja codo con codo para mantener ese remanso de paz siempre abierto a los huéspedes, que cómo mi familia y yo, lo venimos disfrutando hace años.
    No existe la soledad fría y calculada de los grandes hoteles, muy al contrario, el trato es tan cercano, tan humano y empático, que sientes estar en tu propia casa, allí no hay cabida para la soledad o la tristeza. Vuelvo siempre de aquel pequeño paraiso insuflado de nuevas energías y con la fe en el otro renovada.
    El politiqueo y la política seria tienen otro sentido, es lo que ocurre siempre que estás rodeado de buena gente, de almas generosas con las que es muy fácil conectar.
    La vida debería de ser siempre así, no lo és y bien lo sé, pero si los seres humanos nacemos buenos e iguales, deberíamos pensar, tú lo haces, y muy bien, el por qué hay tanta gente egocéntrica e insolidaria.
    Yo, entretanto, espero el nuevo verano para cargarme de positividad y amor, porque sin lo último seríamos esos burros a los que te refieres.
    Abrazote de verano, amiga.

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