El derecho a vivir

Diríase que el derecho a vivir de los demás se respeta, simplemente, cumpliendo el quinto mandamiento: «No matarás». Pero ese mandamiento se refiere exclusivamente a la vida biológica. Vivir es, en el ser humano y hasta en algunos animales, algo mucho más complejo que el funcionamiento de su cuerpo. El hombre -término que utilizo siempre en el sentido genérico del primer capítulo del Génesis refiriéndome a macho y hembra- tiene facultades mentales y emociones que determinan la calidad del proceso de vivir. Ese proceso puede ser satisfactorio o no, naturalmente. Vivir, para el hombre, puede ser el tránsito por un camino lleno de obstáculos que dificultan su existencia o una vía de constante superación que le permite una existencia feliz. Ambas opciones no dependen casi nunca de la voluntad de cada cual; casi siempre dependen de la voluntad de los otros. En este mundo nuestro, matar es un crimen que se sale de la normalidad; respetar el derecho a vivir es otra cosa. En este mundo nuestro, respetar el derecho a vivir de los demás es la excepción y no la regla. 

Algo se ha empeñado en recordarnos la muerte. Los medios de desinformación masiva nos introducen por los oídos y nos instilan en el cerebro el mensaje que destruye toda esperanza: «Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris». Como si el dios punitivo y hasta vengativo del Apocalipsis quisiera avisarnos de la proximidad del fin de los tiempos, sobre nuestro mundo se desatan tormentas, diluvios, fuegos. Hasta ahora, muchos disfrutaban las imágenes de esas tragedias lejanas desde la comodidad de su sofá sabiendo que durarían lo que durara el telediario. Hasta que llegó el cuarto jinete, la Muerte, también llamado la Peste. Llegó la Peste y empezó a llevarse a miles al otro mundo y aún se los sigue llevando. Nadie sabe si el virus letal llegará o no al sofá de su casa invocando al Ángel de la Muerte. Pero para la mayoría, mejor no pensar en eso.

Muchos creyeron que tantas experiencias horribles producirían en las mentes el efecto de la homilías medievales moviéndonos a la contrición y al propósito de enmienda.  No ha sido así. Al jinete del Hambre no le hace caso el que tiene la nevera llena. El jinete de la Guerra sólo produce emociones fuertes  desde la pantalla del vídeojuego, del televisor, del cine. El día en que no haya con qué llenar las neveras o que políticos dementes desaten una guerra que estalle ante la puerta de nuestras casas está muy lejano. Podría afectar a nuestros hijos, a nuestros nietos, pero nosotros ya no estaremos aquí para sufrir esos horrores y bastante negro es ya el presente como para ponernos a sufrir el futuro.  Como hemos tenido que apañarnos nosotros, nuestros hijos y nietos ya se apañarán. 

De nada sirve hoy recordarnos la muerte como aquellos esclavos que  seguían a los generales en los desfiles de sus victorias recordándoles que habían de morir para que no se endiosaran. Hoy ya sabemos que todos nos tenemos que morir y que pensar en eso atenta contra lo que dicen los manuales de superación personal. Lo más sano es pensar en positivo, en distraernos para olvidar el presente, en un botellón, por ejemplo, sin dejarnos amilanar por la resaca del día siguiente ni por la posibilidad de pasarla en una UCI. Lo más sano es vivir según el aforismo extraído de un poema de Horacio: Carpe diem. Sigue la frase en el poema aconsejando que te fíes poco del mañana, tan poco como puedas. Pero hoy se enseña que más sano es no pensar en el mañana en absoluto. 

No pensaron, no piensan en el mañana los trumpistas que asaltaron el Capitolio de los Estados Unidos para evitar que un recuento legal de votos electorales diera la presidencia al candidato elegido por la mayoría de los americanos para gobernar el país. Defender a Trump les permitía formar parte de un grupo de valientes patriotas dispuestos a cargarse la república democrática más longeva y más importante del mundo. Sus corazones latían y siguen latiendo con la emoción de aquellos generales romanos victoriosos a los que había que recordar su condición de mortales. Porque otro hecho objetivo que les sigue animando es su voluntad de no rendirse. La lucha contra la moralidad caduca de la democracia sigue y debe seguir en pie porque tarde o temprano les llevará a la victoria. Victoria contra la moralidad, contra las vacunas, contra el cambio climático, contra todo aquello que quiere convertirles en ciudadanos respetuosos de la libertad de los demás; algo incomparable con la gloria de sentirse ciudadanos heroicos  con derecho a pasar a la Historia como héroes de la destrucción de la sociedad convencional.

No piensan en el mañana los políticos que abjuran de todo valor moral para entronizar al poder en sus mentes y en las mentes de todos los demás, haciendo de la consecución del poder el único valor absoluto al que debe rendirse cualquier otro valor. La mentira, los insultos que esos políticos profieren sin freno alguno demuestran a las claras su coraje, su certeza de que lo que conduce a la victoria es la valentía visceral y nada más. 

El gobierno polaco, por ejemplo, ha acabado con el poder judicial en su país sometiendo a los jueces con leyes que les supeditan al poder ejecutivo. El Consejo Europeo le impone una sanción económica por su atrevimiento. El dictador bieloruso acude en su ayuda desatando una crisis internacional con el envío de miles de miserables a la frontera de Polonia. Polonia pide ayuda a la Unión Europea, que tiene que dársela por narices porque tampoco sabe qué hacer con los refugiados ni importa a nadie. Hombres, mujeres y niños medio muertos de frío, de hambre, de sed, vuelven a demostrar cada día que el derecho a vivir de los demás depende de quien quiera respetarlo.

Pero el ejemplo más palmario para nosotros nos lo ofrece nuestro país. Ayer, como cada miércoles, las tres derechas volvieron a exhibir su renuncia a todo valor moral mintiendo e insultando al gobierno, demostrando sin ningún reparo que el único valor absoluto que reconocen es el poder y que su ansia de recuperar el poder perdido les exime de cualquier otra consideración. Ayer, las tres derechas no debatieron sobre los problemas que aquejan a los españoles. Esos no interesan a nadie a la hora de elegir titulares de prensa, noticias de telediarios, temas de tertulias radiofónicas y televisivas. Interesan las broncas, destacar las broncas, convencer a los ciudadanos de que el Congreso solo sirve para airear broncas. ¿Que eso resta seriedad al poder legislativo? Si algo ha demostrado la Peste a la mayoría es que la vida no se puede tomar en serio. 

Destruida la seriedad del poder legislativo, ¿qué queda? Hace tiempo que el poder judicial languidece gracias a los esfuerzos de las derechas para demostrar a los ciudadanos que el poder de sus partidos es superior al de los jueces. Es muy posible que la última demostración haya propinado al poder judicial el golpe de gracia. Aprovechándose de la responsabilidad institucional del gobierno socialdemócrata, el Partido Popular, que si no es ultraderecha, lo parece, ha logrado colar en el Tribunal Constitucional a un juez de sus huestes y,  encima, corrupto. ¿Que qué queda? Queda una ciudadanía cada vez más propensa a buscar en la diversión una escapatoria a tanta tragedia, a tanta miseria moral, a tanto obstáculo en el camino de la evolución. 

Es posible que esa escapatoria incluya votar por alguna de las tres derechas porque divierten más que las izquierdas y no exigen progreso. ¿Que cualquiera de esas tres derechas amenazan nuestro derecho a vivir como seres humanos? (Véase Madrid) Es posible.

Publicado por MARIA MIR-ROCAFORT - WEB

Bloguera. Columnista

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