El verdadero objeto de la reflexión

Antes de elegir a quién queremos que nos gobierne, la ley en España nos ofrece un día para reflexionar, para pensar detenidamente a quién vamos a otorgar el derecho a tomar decisiones que afectarán nuestra vida. El asunto es de una rotundidad que eriza. Por ejemplo, si a un anciano con una pensión muy baja, el gobierno se la sube un 0,25% mientras la leche, por decir algo, sube un 30%, ese gobierno le afectará la salud. Más aún se la afectará si  ese gobierno contrata la alimentación en residencias públicas a empresas privadas que ofrecen sus servicios a precios ridículos en detrimento de la salud de los ancianos. Más aún si a un anciano enfermo se le niega atención hospitalaria. Claro que se supone que ese anciano ya ha vivido y que lo que le queda de vida es tan socialmente irrelevante que ya no le importa a nadie. Aunque también cabe suponer que si un anciano enfermo fallece clamando por una atención que nadie le brinda o aporreando la puerta de su habitación, cerrada para que no moleste, los hijos de ese anciano tendrán que soportar toda su vida el dolor de haberle dejado morir así. Generalmente, las desgracias no afectan sólo a quien las sufre. Se esparcen como virus contagiando el dolor a los más próximos al desgraciado. Por eso, si las decisiones de un gobierno causan desgracias a un grupo de personas, pueden acabar desgraciando a una parte considerable de la sociedad. Por eso, el legislador consideró necesario estipular un día de reflexión antes de las elecciones para que cada ciudadano piense muy bien a quién va a otorgar el poder de gobernar su vida.

¿A alguien se le ocurre imaginar que la mayoría de ciudadanos con derecho al voto se encierra en su casa el día de reflexión para informarse de las propuestas de los candidatos y tomar una decisión meditada, basándose en datos y experiencias, sobre qué personas y partidos  le ofrecen garantías a su bienestar? Sólo plantearlo produce a cualquiera sonrisas de incredulidad. Por supuesto, hay quien no necesita tomarse un día para reflexionar porque ha seguido a diario las políticas del gobierno y las propuestas de la oposición. Según las estadísticas, sin embargo, la mayoría dice pasar de la política. Hay muchos que pasan tanto que hasta pasan de votar. Esta indiferencia también produce sonrisas; sonrisas de pena ante una ignorancia de tan graves consecuencias que, de pensarlo, acaba produciendo miedo. Esa indiferencia podría explicar las encuestas que dicen que los políticos que han basado su campaña en insultos  y mentiras contra el adversario sin ofrecer sus propuestas de gobierno pueden alcanzar votos suficientes para gobernar. Cualquier persona de inteligencia media  que otorgue crédito a esas encuestas se queda estupefacto. Si un partido no propone su proyecto de gobierno será, se supone, porque no lo tiene. Y un político que se propone gobernar sin proyecto, sea como presidente de autonomía o alcalde, responde a la definición de dictador empírico; es decir, que ese individuo está dispuesto a gobernar según lo que se le vaya ocurriendo a su santa voluntad de día en día sin otra consideración que la de su propio beneficio. ¿Tantos millones de personas están dispuestas a entregar el gobierno de sus vidas a individuos a los que sus vidas les trae al pairo? ¿A tantos les trae al pairo la calidad de sus propias vidas? Son tan graves las consecuencias que un mal gobierno puede tener para los ciudadanos que, en el momento de depositar el voto en la urna,  ninguna persona inteligente y mentalmente sana  puede estar dispuesta a ceder a presión alguna para elegir a un gobernante, ni siquiera a la presión de sus propias simpatías.

Entonces, ¿hay que suponer que millones carecen de inteligencia media o que millones sufren algún trastorno mental? Es posible que la respuesta revele algo aún más inquietante. Quien está dispuesto a poner la calidad de su vida en manos de un mal gobierno es que no se quiere y quien no se quiere a sí mismo no puede querer a los demás.

Tal vez el día de reflexión resultaría más provechoso si cada ciudadano lo dedicara a reflexionar sobre sí mismo. ¿Qué descubriría en el fondo de su indiferencia o de su rechazo a la política? ¿Qué descubriría si cayera en la cuenta de que ni siquiera sabe a quién votar? O, ¿qué descubriría si analizara objetivamente su simpatía por políticos ignorantes, mentirosos, corruptos sabiéndolos ignorantes, mentirosos, corruptos? Tal vez comprendería que la persona con la que tendrá que convivir las veinticuatro horas del día durante todos los días de su existencia le pide respeto, afecto; le exige votar por los políticos que ofrecen respeto y afecto a los ciudadanos a la hora de tomar decisiones que conciernen a sus vidas.  

Publicado por MARIA MIR-ROCAFORT - WEB

Bloguera. Columnista

Un comentario en “El verdadero objeto de la reflexión

  1. Un acertado artículo en el momento justo.
    Ojalá ese artículo lo leyesen muchos de esos «pasotas» de la política, esos que dicen que todos los políticos son iguales sin detenerse un momento a analizar lo que dicen.
    Son muchos los que votan a unas siglas, tengan estas proyecto o carezcan de él. VOX como ejemplo de lo que digo, utilizan el mismo programa ¿programa?… para la península, las islas o la aldea más remotamente remota. Les da igual, saben que nadie se va a molestar en comprobar que en Lugo no hay ni habrá metro, que en Cáceres la pesca de la sardina les tiene sin cuidado. Podría seguir, pero creo que ya han cogido la idea.
    No todos los políticos son iguales, no todas las políticas son iguales, entender esto no necesita más exfuerzo que dedicar unos segundos a reflexionar.
    Que mañana día 28 todos vayamos a las urnas sabiendo lo que unos y otros ofrecen, lo qué es más beneficioso para nosotros y para la mayoría de ciudadanos.
    ¿Ingenuo?… espero que no, y sí informado.

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