Bajo a la cocina. Doy el desayuno a mis tres peludos. Me preparo el café con leche. Entro en mi despacho. Enciendo el ordenador. Enciendo la radio. Abro el correo, abro X y empiezo a leer y contestar mensajes. Rutina de cada día, pero algo me sorprende. Me sorprende mi tranquilidad.
Hoy es un día climatérico, me digo, recordando un adjetivo que mi madre utilizaba con frecuencia refiriéndose a situaciones críticas, peligrosas. Hoy nos jugamos un lustro de nuestra vida eligiendo a quienes, desde el Parlamento europeo, decidirán asuntos que afectarán la vida de quienes vivimos en los países unidos del continente. Los europeos de esa unión tenemos que elegir entre dos tendencias que son, en realidad, dos modos muy diferentes de vivir: amparados por la justicia social o desamparados por quienes predican e imponen la doctrina del «sálvese quien pueda»; cobijados por una sociedad solidaria que sacraliza la libertad y la igualdad de todos o amenazados por una motosierra mental que a todos nos divide. Tan grave es el asunto que es para echarse a temblar y, sin embargo, me siento inusitadamente tranquila; con una tranquilidad pasmosa. ¿Debo esta tranquilidad a la esperanza de la que hablaba en mi artículo de ayer? ¿La esperanza de que en nuestro mundo haya más seres auténticamente humanos de lo que parece?
Dentro de un rato bajaré al pueblo, haré lo que tengo que hacer, votar por mi vida, por mi. Y volveré a casa con ganas de seguir escribiendo, pero no artículos; retales, ideas sueltas. Me apetece dejar que mi mente se ponga a parir con la bendita tranquilidad que hoy me está regalando este día tan especial.